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Full text of "Marcelina Almeida Edicion Literaria. Por Una Fortuna Una Cruz"

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POR UNA FORTUNA UNA 0RUZ. 


PO* 




p 



MONTEVIDEO: 


IMPKEVn *RIE*TAL. CALLE DEL ¿í DE «AIO U». *• 

IWOO. 














I 

!. \ U'rJGUAY 


B Cl v 


IONAL 


AL PUBLICO. 


Habiéndonos confiado la autora, entre va- 
rios auténticos que posée de personas respe- 
tables y competentes, una carta del Sr. Dr. 
Don Luis José do la Peña , y la que el céle- 
bre poeta oriental Don Francisco A. de Fi- 
gueroa le lia dirijido orijinal, y hecho él mis- 
mo Sr. Figueroa publicar en seguida, en va- 
rios Diarios de la capital; nos liemos aventu- 
rado á solicitar de la autora, el permiso com- 
petente para colocar estos testimonios, que 
hablan mas alto que nuestra pobre opinión de 
Editores, en favor de la intelijencia de esta 
amable dama. 


El Editor, 

Domingo 1'rniaiMlfX. 









Señor» Doña Marcelina llmcida. 


Leí con el mas vivo interés los trabajos que T’d. fe dignó 
enviarme. Me he complacido viendo en ellos una manifesta- 
ción de su intelijencia distinguida , y de los sentimientos de. su 
corazón. Pienso, que producciones como las de J d. serán leí- 
das por todos con interés, y dignamente apreciadas. 

En mi, han robustecido el concepto que de antemano había 
formado de sus talentos, por la reputación que. ellos le han 
dado. 

Deseo vivamente que continúe empleando latftlixts disposi- 
ciones de que ha sido dotada, en pro de la Patria y de la 
humanidad. 

Con especial placer me o/vosco á Vd. como — 

Su atento seguyo servidor — 

IjIiím Jomc «le la Peña. 


t la lluitrada y digna SeAorlta DoAa Marcelina Almelda, pidiendo 
•er «uaerltor A «u obra Llterarl i. cuya publicación ic ha auuu- 
dado y «pie espera el público con grande Inter*» 


Dinos Marcelina bella 
Oriental por adopción; 

Cuando saldrá á luz tu estrella! 
Pues ya anhelo ver en ella 
Tu celeste inspiración. 


— 6 — 


Bien tu nombre ya predice 
Que tu obra será un joyél; 

Si en anagrama felize 
“ Marcelina Almeida” dice 
Mana de la rica miel”. . . .( 1 ) 

Salve dulce clavellina 
De Oriente honor especial! 

De Oriente, si! Marcelina, 

Que aunque has nacido arjentina 
Has florecido Oriental. 

Hija de Apolo y Minerva, 

En verso y prosa á la vez 
Tu alto estilo no se enerva: 

Y el Genio á tu obra reserva 
Rico lauro y digna prez. 

Tierno arbusto que naciente 
El vandálico furor 
Arrrancó y echó al Oriente: 

Aquí fue dó felizmente 

Dió á luz su primera flor (2) 

De Oriental el nombre, y sello 
Con legal derecho asi 
Logras; y me plasco en ello 
Pues mi Patria un lauro bello 
Goza, gozándote á tí. 

( 1 ) Este és uno de I09 diez y seis anagramas que el autor de esto» 
versitos, sacó ó compuso de aquel nombre hace muchos años, admirando 
las primeras producciones de esta señorita, muy niña entonces. 

( 2 ) Muy niña, publicó aquí su primera novelita, bastante correcta, 
donde ya brillaban los destellos do uua alta inspiración. 




Hora el seudónimo fiel 
De Abel , tomas disfrazada 
“Marcelina Almeida Abel” 

Mas amor descifra en el 

“Reine mi bella aclamada" (3) 

Nunca dejes de Oriental 
El título: no por Dios! 

Aunque tu país natal 

Te imponga otro en caso tal, 

Prefiero que tengas dos. 

Asi entre los suscriptores 
De tu anunciado joyel 
O jardín de ricas flores, 

Quiero que mi nombre honores 
Gravándolo humilde, en él. 

Francisco A. de Figueroa. 

Montevideo, Noviembre 10 de 1860. 

(3) He aquí otro nuevo y oportuno anagrama— Perdón, 8\ he revela- 
do el sendónimo, bien conocido ya, oon que la uiodoata escritora digiráis 
Bus numerosos y bellos artículo* periódUUa. 


El autor. 






c. :i*s3>¿i<íUt *: 


«- P 


, . . • ' . i. 2- 

'.. ..;• . ; :.S^¿ m... \l '■. 























Al Público Oriental. 


Tengo que cumplir una deuda sagrada de 
gratitud con el Gobierno y la sociedad Orien- 
tal. Jamás habré tenido la dicha de llegar á 
espresar bastante todo el cariño, con que mi 
corazón ha recibido la j onerosa protección á 
la empresa que hoy pongo en práctica, afian- 
zada en esa demostración unánime del Go- 
bierno, y la sociedad de este país. 

Montevideo es mi segunda patria: la tierra 
de mis simpatias y de mi juventud. La amo 
tanto, como á la patria de mi madre: como á 
la patria de mi nacimiento ! Hacer esta confe- 
sión, es una satisfacción para mi : y la socie- 
dad de este pais hospitalario y bello; sabrá 
comprender la estension de mi profunda amis- 
tad por ella: si bien no va significada del mo- 
do que la siento. 


Marcelina Almeida. 







A MI MADRE. 


Era necesario empezar, y ya estoy en el 
áspero camino, madre, donde tantos han esco- 
llado, y tantos han triunfado de los obstáculos. 

Solo confio en la protección pública, y en 
Dios que guiará mi planta débil. Creo ade- 
mas, que bajo la inspiración de tu sagrado 
nombre— que le trazo con los ojos inundados 
de lágrimas — mi suerte será propicia. 

En tu ausencia, be sufrido los amargos 
é interminables dolores que el destino me 
daba en amarga copa, como una ofren ia 
que todos los seres tenemos que deponer en 
las áras de la Fé : yo no be dudado nunca, 
sinembargo; be cumplido el mandato sintien- 
do romperse el corazón en pedazos: pero be 
triunfado, escudada con la creencia en Dios y 
tu profundo cariño, ¡ ob madre ! 

Al volver á la providencia el préstamo que 
me ba hecho de esta pequeña porción de 


— 12 — 

ideas que ecsiste eu mi mente, siento una 
intensa alegría ; porque comprendo que es 
una ley que tenemos que cumplir tarde <5 
temprano. 

Ahora, madre de mi alma ! ruega á Dios 
que inspire mi cabeza : bésame, y dame tu 
santa bendición ! 

Creo y espero ! 

tu hija : 

Marcelina Almeida. 




POR UNA FORTUNA UNA CRUZ. 


Exposición de las personas del Romance. 


CAPITEL*© I. 


No vamos á mentir como romancistas lectores: va- 
mos al contrario, á referir simplemente, la verdadera his- 
toria de una muger joven, que personas de su cercanía nos 
han referido testualmente. 

— Será necesario decir el pais en donde nació : cuales 
eran sus padres ; donde pasó la historia y si la muger era 
bella ? 

— Es absolutamente necesario nos responde la ley su- 
prema del pueblo ; y nosotros, pobres diablos que segui- 
mos á la letra la palabra del pueblo ; empezamos á denun- 
ciar el pais, la familia, y á delinear la belleza como nos es 
posible, se entiende : y quiera Dios que no nos salga como 
el primer embrión de todos los caprichos de Goya! 


La familia, era una de esas pobres familias que vie- 
nen como por via de industria, á la América del Sud des- 
de Burdeos, como desde Canarias : desde Galicia, como 
desde los alrededores y el centro de Jénova. 


14 — 


Esta, venia de Burdeos: marido y mujer honrados. 
Traían dos hijos crecidos, y muy mal criados como deci- 
mos en familia, y con la esperanza y la posibilidad de du- 
plicar el numero. 

Llegaron á Chile, donde fueron bien atendidos: y 
por abreviar la narración, diremos que al fin de unos 15 
años, ya tenían una fortuna á costa de trabajo : otra hija 
muy bella, de la misma edad de la fortuna, que se llama- 
ba Inés; y la ambición de colocará aquella hija mas allá 
de ellos mismos : si esto pudiera admitirse en su orgullo pro- 
vincial. 

La familia tenia el apellido de Picotti ; y entre las 
personas que cultivaban su sociedad, se distinguía un su- 
jeto cuyo nombre era Pedro Lemaitre; sujeto de porte 
grave, al que todos le daban por esta circunstancia, el 
nombre de juicioso no siendo tal vez, sinó un hombre de 
cáracter duro : y se distinguia, porque se habia constitui- 
do el caballero servente de la Señorita Inés. 

Inés iba al Teatro ; Pierre Lemaitre, la tendía su ro- 
llizo brazo. Inés iba al baile, Pierre Lemaitre la llevaba 
el schál y el bouquet : en fin, se habia hecho necesario el 
Señor Pedro á la familia Picotti, menos á Inés, que invo- 
luntariamente desviaba su brazo del de Monsieur Pierre, 
y aunque fuera con el pretesto de plegarse una cinta des- 
ceñida de su seno, provaba que quería ser libre de aquel 
yugo que la imponía la sociedad y la cotidiana persecu- 
ción del hombre que la acompañaba á todas partes. 

En cuanto á los dos viejos pues ya lo eran locos de 
alegría iban repitiendo á cada paso de la pareja: 

— “Que felices seremos si Inés se casa con este Mon- 
sieur Lemaitre : hombre que no es un muchacho, sino un 
hombre que pasó su primera juventud: hombre de gran 
fortuna; y quien sabe! por las palabras qhe él dejó caer 
anoche debe de ser ó Marquéz, ó algún principe incógnito 
que viaja por distraerse y trabaja á la vez.” 

En cuanto á Inés, iva diciendo, sin que falte una letra 
á esta secreta conversación del alma. 

— “Ah ! Si en vez de este hombre viejo, pezado, unifor- 


— 15 — 


me como el reló de box que está en nuestro comedor, vi- 
niera á mi lado Claudio! Si en vez de mirar esta cabeza 
demasiado seria para mis ojos de quince años, viera la ru- 
bia y cándida cabeza de Claudio! Si en vez de esta voz 
destemplada, tan seca para mis oidos de quince años, es- 
cuchara la voz argentina y apasionada de Claudio! 

“Pero este viejo es mi demonio: es la pezadilla de mi 
alma! Despierta, héle ahí, con el paltó marró; el sombrero 
negro; la corbata negra y los ojos desarrollados en venas 
sanguinolentas! Si duermo, se me aparece con su mano ru- 
da y bastarda hiriendo mi corazón; marchitando mi juven- 
tud, y lanzándome al porvenir de un eterno llanto ! y 
Claudio, dulce y suave como esas flores del templado cli- 
ma del medio-dia; con su boca sonriente de amor y de es- 
peranzas, llamarme como un loco: y yo! asida á este yu- 
go: agonizando de odio y de fatiga, de desesperación y de 
amor por Claudio, gritar: viejo, maldito seas, maldito, 
maldito!” 

— Esta conversación inédita de Inés, no dejaba de ser 
verdad porque era inédita testo á mil autores sobre esto. 

En cuanto á Monsieur Pedro, nos hacemos responsables 
de lo que decía. 

— “Si: la amo! como dijo el viejo da Silva en Hernani, 
arrastrado de amor y de zelos pero es demasiado joven para 
mi, yo no me alucino, por mas que alucine á otros, ó lo 
pretenda: no! yo tengo 56 años: soy de un carácter seve- 
ro hasta la amargura: las muchachas necesitan galanteos 
bromas, zelos, que sé yo! Si hago el dandy, Inés se mofará. 
Si hago el astuto, Inés creerá que me he vuelto el Don 
Bartolo del Barbero de Sevilla; y si hago Monsieur Pedro 
Lemaitre, en su tono natural, Inés me detestará. 

— “Que arbitrio en este caso? — Una mentira. Fraguar 
con mucha arrogancia, é indiferencia estudiada que ten- 
go una gran fortuna, insinuarlo sin dejar comprender el 
intento, en el espíritu de los dos viejos ambiciosos; y de- 
jar andarlas cosas hasta que el proyecto madure.” 

Tales eran en efecto, las personas principales de esta 
historia ; esepto, los dos hermanos de Inés que habia- 


— te- 


mos olvidado trazar aunque de paso sus señales, para dar- 
les sus pasaportes para cualquier sitio del mundo á donde 

se dirijan. . 

El mayor era Antonio de Paula Picotti: joven hasta los 
28 años, de estatura pequeña, rostro atezado, cabellos la- 
sios, fríos como si se les hubiera prestados un difunto; ojos 
de vívora, diminutos hasta necesitar la doble óptica para 
distinguir en ellos la pupila: dientes enormes, las piernas 
convecsas; flaco, enfermizo, y con un carácter estranado, 
en dos raizes funesta; una envidia profunda de todo y 
por todo: y una ciega vanidad de nada y por nada. 

El segundo se llamaba Anjcl — sin duda por que era un 
demonio; á no ser que los ángeles terrestres tenga por 
ecselencia, las cualidades prescriptivas de la raza satáni- 
ca — Anjel era alto, cabellos colorados, ojos verdes, boca 
grande y desabrida: espaldas capases de sobi'ellevar el 
peso que cargó Arquimides sobre sus hombros: y con un 
estilo de mióme en todo , y desimulo á la vez; que llama- 
ría la atención de un fisonomista el mas concienzudo. 
Aparentemente, era un pobre diablo; pero en el fondo, 
era un verdadero diablo 

Inés al contrario, como sirviendo de faro á los navegan- 
tes de la vida, en el inconmensurable espacio, en el cual 
Dios se servia separarla de aquellos tópticos de la natura- 
leza estraviada; se destacaba bella y protectora del bien y 
la esperanza. Su cabeza juliánica, daba el testo á las be- 
llezas de la época: — ojos negros grandes y palpitantes de 
una vida íntima y entusiasta á la vez, ceñidos por pestañas 
de un negro mas perfecto todavia, animaban el límite de 
un rostro entre grave y dulce; dotado de una piél blanca 
y transparente, como las flores de la Caña mariposa. 

Su estatura era mediana: una cintura finísima, unas 
manos al estilo de los modelos, de que se’valen los pinto- 
res para estudiar el difícil dibujo de las bellas manos, ha- 
cian un complecso de verdadera gracia y belleza de estilo. 

Su educación á la cual habían atendido estraordinaria- 
rnente sus padres, acaso con doblada intención; era mas 
que esmerada, superior. < Ymocia v practicaba todas las 


17 


lenguas vivas, y los sistemas de Lavater y Gall; y la His- 
toria del mundo y su Geografía, la eran perfectamente 
familiares, como los trabajos de aguja, á que dedicaba su 
tiempo cotidianamente, por gusto, ó por economia de fa- 
milia. 

Habia ademas, en esta niña, el jérmen innato de las 
ideas, pero de las ideas en flor. Santa semilla que jermina 
en la cabeza del adolescente , hasta que llega á tocar con 
la amarga raíz de esa planta ecsótica, herencia propia- 
mente del viejo, que se atreve á cruzar la patria del 
amor y de la juventud, en nombre de la esperiencia. 

Tal era Inés; y para que conociéndola se ponga en apti- 
tud amigable con los lectores, añadiremos que ademas, 
Inés habia soñado con esa santa impresión, que en la 
tierra llamamos Amor., y le habia soñado como es natu- 
ral según su manera de ser. 

El ideal , era uno de esos hombres pálidos de cabellos 
negros y suaves; ojos lánguidos y ardientes, como si las 
refracciones del acero disputaran á la luz del sol sus mis- 
teriosos rayos: y bajo la ecsistencia de una pasión inmen- 
sa: hombre triste, profundo, y quien sabe si hasta desgra- 
ciado por ella ' 

Las mugeres adivinan en la infancia su destino. 

Claudio , era el compendio de su ideal: no su ideal mis- 
mo. Pero era joven: la amaba locamente: ella no creia 
engañarse amándole por su parte con ceguedad: y después 
al lado de Monsieur Fierre Lemaítre, otro menos á propó- 
sito que Claudio habria bastado para hacerla jurar que mo- 
ría de él y por él! 

Tal era la situación de Inés, en el momento a que nos 
referimos. 




CLAUDIO PRADO, 


CAPITULO II. 


La casa de Claudio Prado, era una pequeña casa por 
los estreñios de la ciudad, pintada de amarillo, con sus bal- 
cones de forma ojiva y sus larga persianas Orientales, ve- 
lando un interior lleno de coquetería. 

Cuatro eran las habitaciones de aquella casa. Claudio 
y un domestico solamente, se encerraban en ellas: y el 
saloncito de recepción era un idilio de la póetica y dulce 
imajinacion de Prado. 

Un magnifico piano de Erard, y un violin de ébano; 
parecían indicar que el dueño de aquella mansión era un 
dilettantí soñador de Taíberg y de Sívori: pero al ver en 
igual escala, dos severos lienzos de Historia Sagrada sin 
concluir, auio en el caballete, y el otro colocado en la pa- 
r-ed como para observar el efecto de la lontananza; queda- 
ba indeciso el observador, si intentaba clasificar, cual era 
la profesión de aquel habitante. 

En fin: los pormenores de aquella casa eran de un gusto 
tan suave, que la mujer mas caprichosa no habría tenido 
una objeción que hacer 

Claudio, por su parte, era un joven de 25. años; alto 
delgado, de color pálido, cabellos rubios, ojos azules y una 
boca espresiva y franca, como la boca de un bueno. 

En el momento en que intentamos colocarle á la vista del 
lector: está neglijentemente sentado en un diván de cache- 
mira verde-mar, en redingote de tisú blanco con flores sal- 
tantes; gorro negro de terziopelo, y chinelas de razo de la 
India azul-negro. La postura, es la que toma el que can- 




— 19 — 

¡jado pide á los sillones repozo: pero en sus ojos; en la luz 
triste y ardiente de sus ojos, fijos en unas flores que tenia 
en las manos; se advertía, que Claudio ni estaba cansado, 
ni reposaba; sino que Claudio sufría 

— “Mujeres mujeres! — decia como si alguna mujer le 
escuchara el sarcasmo — asi quiebran el divino cristal de la 
esperanza! asi seducen para dar la muerte! el hombre cré- 
dulo y ciego se arrastra como un cobarde, entre el humo 
de la mentira y el dolor de la verdad, sin fuerzas para ano- 
nadarlas, para maldecirlas ! 

Y después de una pausa, que sin duda significaba una 
convicion directamente individual; proseguía 

— “Es en valde luchar: el amor esta aqui; en el cora- 
zón! si yo le puedo arrancar de esta cárcel en la cuál le ha 
encerrado mi destino, yo me salvo!. . . .Pero esa ingrata 
que como todos los ingratos se complacen en estudiar 
la calidad del veneno con cpie matan, y las convulciones 
del dolor que causan; esa mujer lijera, quedará tranquila 
en la vida! y yo olvidado: muerto! 

Y dejo caer la frente sobre las flores que apretaba 
entre sus manos. 

— De quien hablaba Claudio ? — Sin duda de Inés: por 
que sufría? Sin duda porque Inés estaba prometida á 
Monsieur Lemaitre; y los amantes ciegos, no saben que 
detras del altar nupcial suele esconderse una mortaja para 
algunas: una careta irrisoria para otras: un delito y una 
traición para tantas mas. 

— Pobres amantes! la ley es dura: pero si reflecciona- 
ran, no la hallarían tan cruel para ellos, como para ellas. 

En fin, Claudio Prado era ese; tal como le hemos queri- 
do bosquejar. Pasemos á los asuntos de la casa Picotti, que 
nos llaman, al ruido que hacen. 


ERROR. 


CAPITIIIO III 


Don Juan Picotti había caído enfermo gravemente por 
el mes de Junio, y toda la familia, estaba bajo esa impre- 
sión, cuya verdadera fisonomía no és el dolor; sino la duda 
mezclada á la tristeza, y la inquietud al miedo verdadero. 

En una de esas noches de sobresalto y mal estar para la 
familia; el enfermo llamó á su hija Inés al lado de su ca- 
ma, y con voz trémula y dolorosa la hizo esta esposicion 
introductoria, estando presentes todas las personas de la 
familia; y como es consecuencia, llorando todos á la vez. 

— “Hija mia! los padres somos como los cimientos de 
una casa: si faltamos, la casa cae. Los hijos que ven desa- 
parecer sus padres, quedan espuestos á todos los sinsabo- 
res y los peligros de una vida larga y caprichosa, en lucha 
con el ardor y la debilidad de sus pasiones. Tu, hija eres 
mi ambición (nótese que esta palabra abarca dos califica- 
ciones advertencia; del autor) yo voy á morir en breve, y no 
quiero dejarte á merced de esa fluctuación de impresiones 
en que perece generalmente la juventud. Yo voy á 
morir Inés. . . . 

Inés caé de rodillas delante de la cama de su padre, con 
las manos juntas y llorando de lo íntimo de su alma: — el 
anciano sigue: 

— “Si alma mia! veo tu devoto cariño á este pobre vie- 
jo, y todo lo espero de tí! es verdad que todo lo puedo es- 
perar de tu amistad, hija? y alargó sus manos pálidas has- 
ta tocar la frente de su hija. Inés, con la palabra mojada 
en lágrimas, respondió: 


— 21 


— “Todo padre, todo! 

En la voz que hacia tal promesa se advertía una de esas 
impresiones dolorosas que tienen su esplicacion, en el sa- 
crificio: pero el padre, solo recojió la palabra en su testo. 
Todo y por consiguiente prosiguió: 

— “Bien hija; lo que concederás á tu padre moribundo 
(aquí se ecsajeraba la verdad,) es la realización de una 
deuda que tengo que cumplir cerca do. . . . 

— De quien? preguntó Inés alzando la voz y clavando 
sus grandes ojos, en los ojos fijos en ella de su padre, en- 
fermo, amarillo como un ídolo de cera. 

La familia se estremeció bajo el sonido de la voz de 
Inés, y el enfermo sobre todo resintió doblemente la im 
presión; pero ocultándola, prosiguió: 

— A quien, hija mia? A Monsieur Fierre Lemaitre. 

Inés dió un grito de terror y cayó desmayada. El en- 
fermo dió un gran suspiro de congoja, pues comprendió 
que aquel ay del alma de su hija, no era la forma esplícita 
de una negativa; sino la íntima y seria convicción de un 
corazón que mide de un golpe el porvenir, y se asusta de 
su propia entidad. La familia entera, comprendió súbita- 
mente ásu vez, la definición; y sin pararse á meditar mas, 
corrio á socorrer á la desmayada que necesitaba de veras, 
de sus atenciones., 

Como era de esperarse, volvió en su acuerdo al caber de 
un rato por medio de aplicaciones convincentes: pero, 
como no era de esperarse, Inés resentía una fiebre violentu- 

E1 enfermo se hallaba peor, y desgraciadamente ó feliz- 
mente; el asunto de Monsieur Lemaitre, quedó suspenso 
todavía. Inés se vió obligada á guardar cama, y al sigui- 
ente dia, aun no se notaba mejoría. 

Lemaitre entró por la noche de ese dia á la habitación 
del padre de lúes; y se notó, que al recibir la noticia — 
mistificada por consiguiente de la enfermedad de esta po * 
bre niña; sufrió su rostro la infieccion taciturna de unjes- 
to, sin duda de dolor: pero como hombre Je mundo — según 
dicen los viejos que cifran | a esperiencia en hacerse du- 


roí y desconfiados hasta del bien — Mr. Pierre se reconcen- 
tró y habló simplemente de la salud de Picotti. 

Inés, por su parte, sometida á la influencia de un secre- 
to pesar, tanto mas vivo, cuanto que era incomunicado — 
tenia en aquel instante su pálida frente reclinada sobre la 
almohada, que la parecia hecha de fuego; y de cuando en 
cuando, se oian dos ó tres palabras que salían involunta- 
rias de sus lavios — “Dios mió! sálvame!” y fijaba sus ojos 
febriles en la puerta como si esperara alguna cosa. 

En un instante dado, una sirvienta se acercó á la cama, 
y la habló en voz baja, dándole algún objeto, que Inés 
escudó con sus almohadas, y la criada desapareció: en se- 
guida entró alguna de las personas de la familia; y la en- 
ferma volvió á su estado de inflecsible silencio y melan- 
colía. 

Tres dias después de esto, convaleciente, ya Inés pero 
sumamente abatida leia un salmo de la Sagrada Escritu- 
ra, y su madre se acercó á ella: Inés con los codos apo- 
yados sobre una mesa y el Libro Santo en las manos, al- 
zó su cabeza y vió á su lado á aquella señora, á quien 
amaba tanto: la madre la habló. 

— Hija: tu padre se nos vá! — y escondió el rostro en- 
tre las manos: Inés la miró decididamente y replicó: 

— Y qué; no hay esperanza, madre? 

-Hija mia! Solo una: pero eso és imposible. . . . 

— Imposible! repitió fríamente Inés y porqué? Cabe 
en lo humano el sacrificio que hay que hacer para sal- 
varle?. . . . 

— Si, hija: dijo tímidamente la madre. 

— Y cual és Señora? preguntó de un modo nuevo y 
decidido, Inés. 

La madre se puso de rodillas ante su hija, y tomándo- 
la las manos en silencio, las besó llorando. Inés la levan- 
tó, en silencio también, con profunda gravedad y dijo es- 
ta sola palabra: Entiendo! 

Su frente se cubrió súbitamente de una de esas som- 
bras inesplicables que sirven de preludio á las grandes 
tempestades del alma, y como si la resolución tomada so- 


23 — 


bre el pedestal del sacrificio no tuviera la inmensa virtud 
de conducirla al instante de su consumación: pasó las 
frías manos por su frente: dio algunos pasos por la habi- 
tación: después volvió á tomar el Libro de los Evangelios 
leyó ó mas bien oró mentalmente, v desapareció dejando 
sola, y sorprendida á su madre. 

Inés entró al cuarto de su padre. En efecto estaba 
malo. Al verle, esta niña sensible por fibra, se desconcer- 
tó; toda su fuerza moral, acababa de sufrir un golpe im- 
previsto delante de la mirada desencajada de aquel enfer- 
mo, que era su padre! 

Hay cuerdas inflecsibles en la naturaleza humana que 
parecen hechas á prueva de inmensos dolores y sacrifici- 
os: asi és el cariño de las madres á los hijos, y el de los hi- 
jos á los padres. 

Tal lo sintió Inés en aquel momento, viendo que de 
la bárbara ecsijencia de su vida entera, solo recordaba, 
que su padre sufría. 

Se acercó al enfermo, y él la reconoció tendiendo una 
mano vacilante que ella recojió en las dos suyas y la besó 
con respeto. — Estas buena hija? 

— Si padre: mi pena es veros siempre enfermo ! 

— Y el viejo que en su capricho-sistemado ó vago de que 
iva á morir se disponía desde dias atrás; empezó la letanía 
de “hija; voy á morir.” 

En estos momentos entraba D? María Picotti; y su 
presencia pareció que servia de autorización doble á la 
idea del anciano; pues no solo prosiguió con mas calór; 
sino que el nombre de Monsieur Lemaitre volvió á salir 
de sus labios. Por esta vez, Inés al oirle contrajo su fren- 
te y sus lábios; vagó una sonrisa amarga sobre ellos, y 
permaneció muda. El padre continuó como si estubiera en 
plena salud — 

— “Si tu no me dás la dicha, de fijártu suerte hija antes 
de morirme yo dejaré este mundo desésperado. Monsieur 
Lemaitre tiene fortuna: lamia ha sufrido grandes contras 
tes con las guerras de estos malditos paises de la America: 
sois tres, y con vuestra madre cuatro: — que les queda para 



— 24 — 


vivir! — Nada hija, nadaícásate con Monsieur Lemaitre, es 
un hombre bueno, juicioso; te ama con pasión; insiste en 
pedir tu destino para hacerlo brillante: cede, y veé que 
en esto vá la vida de tu padre ! 

Inés alzó sus ojos hasta los ojos de su padre, y como 
si hablara, con Dios, mas bien que con los seres dijo: 

Yo amo! 

La madre — A quien, por Dios ? 

Inés — A Claudio Prado. 

El padre — A ese muñeco sin posición; sin porvenir ! 

La madre — A esa ficción de hombre ! 

Inés decidida — A Claudio Prado ! 

El padre apesadumbrado — Y piensas dejarme morir 
sin temer que el remordimiento peze desde hoy sobre tu 
vida? 

Inés — Por que el remordimiento ! Yo no tengo culpa 
de amar ó un hombre, y de mal querer á otro. 

Eso esta en el destino. Son dos zonas diferentes: Clau- 
dio es la zona meridional, donde florecen los árbo- 
les temprano, y las brisas de las estaciones dulces, empa- 
pan el alma de impresiones celestes: — Lemaitre, es la 
zonaíi’iay destemplada del norte, donde las nieves se al- 
zan intermediarias, entre la tierra y la atmósfera, sin obte- 
ner jamas el calor necesario para vivir de otra cosa, ni pa 
ra alimentar otra vida. 

Claudio es el ánjel de mi guarda: — Lemaitre es el 
apóstata de mi dicha, que sin saber por que, cruza mi ca 
mino y quiere detenerme en el suyo ! 

Inés lloraba al acabar estas palabras verdades. 

La madre taciturna — Ah ! si las niñas supieran lo que, 
es entregar su suerte á un hombre sin fortuna, desco- 
nocido! 

Inés vibrante de pasión — El matrimonio madre es un 
azár: la fortuna un medio de perder la felicidad intima, y 
bí Claudió es un desconocido, Lemaitre es un hombre 
cuyo pasado ignoro é ignoráis vosotros, padres ! 

El padre — Pero es un hombre honrado á la vista de 
todo el mundo ! 


Inés — Claudio ademas del nombre de una familia ho- 
nesta, tiene la ventaja de tener una profesión sublime ! 

La madre con desden — Si; és pintor ! 

Inés — Es un artista profundo! 

El padre — Qué me importa su arte, fei la fortuna con 
que cuenta es limitada? y cuando vengan los hijos, se les 
dará de comer pinturas y lienzos ? 

Inés — desdeñosamente — 

Los hijos de los artistas no se mueven de hambre padre 
y sus nombres llegan ¡i ser tan respetados, como los de 
esos principes de sangre que acata el mundo. Ademas: 
aunque los padres tienen la misión de pensar y de acon- 
sejar sobre el porvenir de sus hijos; cuando esa misión se 
traduce mal, ó se ladá un jiro inocentemente equivoca- 
do; dej enera en una misión desgraciada. 

La madre — Demasiado temprano te abrogas el derecho 
de justificar el mal, y de argüir contra el bien y tus ma- 
yores! 

Inés — meditando. Es (pie vosotros me habéis hecho 
llegar hasta ese punto, ecsitando mi pobre cabeza de quin- 
ce años, á cargarse con el pezo de una refleccion que me 
ahoga 

— Inés; te casaréis con Lemaítre? preguntó el viejo sin 
hacer atención á refleccion ninguna. 

Inés taciturna respondió — Jamas! 

La madre — Y no me habías dicho que estabas dispues- 
ta á todo por salvar á tu padre? 

Inés — Mas de que le salvo con ese sacrificio horrible, 
en nombre de Dios, Señora? 

De todo! dijo el anciano picvalecíendose de un instan- 
te dte debilidad que creyó notar sobre el rostro de su hija 
de todo! estoy perdido: mi fortuna. . . .oye la decía bajan- 
do la voz como para un secreto: yo lo he perdido todo! tu 
hermano me ha dejado con un mal nombre en el comer- 
cio: Lemaítre me promete salvarme de esta ruina si le doy 
tu mano. Te negarás ahora, hija mia? 

Inés miró á todas partes comó si buscara un salvador, 
pero aquellas paredes, aquellos objetos que la rodeaban, 


estaban fríos é inmóviles como las lozas de las tumbas: 
Inés lo comprendió y arrancando de su alma toda oposici- 
ón, toda idea que pudiera servirla sin duda de faro para 
guiarla; como el suicida que el mismo prepara el instru- 
mento que debe de romper su vida, asi aquella criatura 
rica de la savia de un amor perfectible; con una imagina- 
ción brillante: en la hora de la vida en que recien empie- 
zan los sueños y las esperanzas; cerró las puertas de su 
tumba sobre su corazón y le dijo á la cabeza — “te estacio- 
narás en el nublado cielo de la indiferencia y el hastió” 
y volviendo á su padre con las mejillas encendidas, acaso 
de un rubor oculto, ó de un odio simulado, esclamó: 

— Y que hay que hacer aquí para salvar la honra y la 
vida de un padre! 

El padre irradiado, se incorporó y dijo: decirle á Le- 
maitre que vuelva, pues tus últimas desatenciones, le ale- 
jaron de tu sociedad. 

Inés tomó un papel de sobre una mesa, y con un lápiz 
escribió tomada de un vértigo : 

“ Volved /” 

A las diez de la noche entraba Monsieur Lemaítre con 
el rostro templado en un mas dulce tono que el de cos- 
tumbre, y la familia que en silencio esperaba su visita en 
el salón, al verle rompió en un saludo de alegría. Le- 
maítre buscó con sus ojos verdatres, sin duda álnés, pe- 
ro era el único individuo de la familia que faltaba allí. 

La madre pareció notarlo, se levantó después de un 
momento, con cualquier pretesto, y á poco rato apareció 
Inés pálida como si hubieran impreso su rostro en cera. 
Venia totalmente vestida de negro: los cabellos rizados 
y caidos sobre los ombros daban al tipo una espresion de 
tristeza y de resignación, semejantes á la espresion con 
que la imaginación reproduce los profundos martirios de 
las victimas condenadas por el consejo de los Diez, en la 
época de la negativa de la ley, y de la vergüenza de la 
asociación humana. 

Traia simplemente en las manos un ramo de inmorta- 


los helio tropo, pensamientos y resedá ceñido con dos cin- 
tas, una negra y otra morada, y aquellas manos tristes en 
su postura, y en el color palidísimo de la piél, caían jun- 
tas ácia lo bajo de una cintura fina y suave como el vásta 
go de la caña. 

Un saludo frió y respetuoso fué la señal que manifestó 
á Lemaítre de pié y con una no disimulada alegría, que 
Inés le había remarcado. 

Empezaron en breve á entrar les habitúes, y entre ellos 
se presentó Claudio Prado, vestido sencillamente, pero 
con un decoro y una soltura dignos de un verdadero artista. 

Claudio se acercó á Inés y cambió estas palabras, en 
medio del murmullo de la conversación jeneral. 

— Porque estas triste Inés? 

— Por que me van á sacrificar. 

— A quien, y ó qué'? 

— A Lemaítre, y á la plata. Adiós ! 

— Yo te puedo salvar y tu puedes salvarme de morir 
Inés! 

— Es imposible! Ya esta todo hecho: moriremos los 
dos ! 

En este instante la figura pozante, amenazadora de Le- 
ma? t re, se interpuso entre aquellos dos seres, y los adio- 
ses de un amor profundo; y dirijiéndose con galantería á 
Inés, la dijo; señorita Inés vuestro buen padre está ya mui 
bien de salud; como un motivo de enhorabuena, yo me 
atrevo á rogaros, nos hagais oir vuestra linda voz en la 
aria final del Torvattorc. 

Inés titubeó un momento, y con la voz tomada de gra- 
ves impresiones, respondió— Señor no canto. 

— Pero tocareis siquiera, algún trozo de música en el 
piano? 

— Eso es mas fácil — replico con indiferencia aceptan 
do la mano de Lemaítre que permanecía tendida acia ella 
ya hacia un rato. Lemaítre la condujó al piano y se alejo; 
su objeto había sido arrancarla del lado de Claudio. 
De Claudio que se había quedado como una metáfora de 
Ovidio, subyugado bajo el poder de uno de los tantos 


— 28 — 


Dioses de su cielo, y esperando de un momento á ot ro, set- 
convertido en algo que no fuera su propia especie. De 
Claudio aturdido, debilitado por un cúmulo de sensacio- 
nes tan rápidas como impetuosas, tanestrañas y tan graves 
á la vez. 

Mas, cuando fijos sus ojos en Inés, vió que deponía un 
ramo de llores sobre el piano, sin saber como, ni porqué, 
se puso de pié, se acercó allli y sin decir una palabra 
tomó aquel ramo y lo guardó en su seno. 

Inés, dió un ay perceptible solo por Claudio y por Le- 
mattre, que ni ver acercarse á aquel al piano, se había 
puesto de pié, á su vez en pos de él, los brazos cruzados, 
y como esperando el desenlaze de aquella escena: mas 
Claudio se separó de allí sin percibir la presencia de aquel 
hombre, y fue á sentarse en el otro estremo del salón. 

Inés dejó el piano, y tomó un asiento donde quiera: Le- 
maftre permanecía de pié, los brazos cruzados, y según su 
costumbre ordinaria, batiéndose los bigotes con los dedos. 

En un instante, Claudio se acercó á Inés, mas pálido 
que un enfermo de muerte y la dijo — “ADios! estas llores 
irán á mi tumba!” 

Inés le respondió — “En ellas van mi calvario y mi amor 
Adiós!” — Se separaron. 

A los dos dias después de esto, se celebraba una boda en 
la casa de Pieotti. Era el casamiento de Pierre Lemaítre 
con Inés. 

Lemaítre tenia 6G silos, y acababa de recibir el dote de 
la mujer de las manos do su padre que consistía simple- 
mente en la “Fé de bautismo de su hija, que cumplía ese 
dia quince años ! 

Invocamos un Fisiólogo consumado que se ocupe de 
esplicar la felicidad de esta pareja. 

Lástima que haya desaparecido de la tierra un Ilalzzac 
que escribió tan bien, la Fisiología del matrimonio! 


ANTONIO Di: PAI LA PIl'OTTI. 


«apitii.o IV. 


Este Antonio de Paula Piootti, del que solo lijeru- 
mente hemos trazado algunos rasgos, pues hasta ahora no 
era mas que un filamento de familia; tiene en la actuali- 
dad, que venir á ocupar un sitio en la sociedad del lector, 
sea para bien ó pura mal: mas es necesario. 

Eh aquí pues á nuestro Antonio de Paula, con sus ojos 
imperceptibles, sus piernas conveosus como si intentaron 
formar un óvalo; eu su cuarto, con las manos tundidas en 
los bolsillos de su frac á hi ruarquisse, paseándose á todo 
pasearse y hablando solo enalta voz. 

— Sí, decía: ya esta casada Inda: sn marido tiene fortuna: 
me acerco ií ella: la ruego: la lloro, la pido que me haga 
dar una posición, pues la mia la lio perdido dos veces y 
vuelvo á tenor plata, pasaos, mujeres y todo cuanto un 
hombre ambiciona. 

“Pero mi padre, inusperto como es, le dirá tí Mr. 
maitre — decia pensativo: que yo le he arrumado «los oca- 
cúmesjque be echado por tierra la habilitación que medió 
Mr. Fe/irs, pues tiene tal preocupación un favor de su yer- 
no, que no lo ocultará nada, y entonces estoy perdido! 

“Es necosario pues, que yo me adelante; que yo vea á 
Inés, hoy mismo: en un mes do casada, ya debo de tener 
alguna ¡atinencia cerca de su marido: y bien: que la em- 
plee para mi! decia con arrogante fatuidad. Al fin soy bu 
hermano; y quien sabe lo que yo puedo llegar á sor al- 
gún dia con mis ambiciones!. . . . 

Y al decir esto; una de esas sonrisas pálidas y sinies- 


— 30 — 


tras, dibujó sobre sus amortecidos lavios, los perfiles es- 
traños de una predicción fatídica. 

— Es tan cierto, que á veces los seres mas insignifican- 
tes, suelen ser llamados á probar la entidad de un desti- 
no ajeno yesepcional! 

Las utopias de la vida humana, son como las utopías 
délos sueños: bárbaros testimonios del pensamiento, des- 
bordado de sus centros. 

Aquel Antonio de Paula, por si solo; ya era una anomalía 
como hermano de Inés; colocándose á su lado á participar 
de la índole de su destino, venia á ser un sarcasmo. 

El carácter naturalmente desconfiado y arrastrado en 
el cieno del vicio; había dado á aquel hombre, un aire de 
impertinencia tan odiosa, que un ser bueno se encontra 
ba siempre nial á su lado. A aquella impertinencia sejun- 
taba el deleite de una vanidad ciega: la idea de creer que 
osando, el mundo era suyo: y lo diremos todo; creía que 
era el Adonis de la fábula pagana, delante de la cual be- 
lleza, las Vénus del mundo cristiano, caían amortigua- 
das de fanatismo y adoración. • 

Era un soñador atrevido, pero sin culto por ninguna fa- 
cultad especial que pudiera hacer de su propio yo, un ído- 
lo: por mas que su todo llegara á servir de ídolo abstracto 
á su locura. Era el soñador á ciegas: sin iluminación inte- 
lectual: navegaba sin brújula por el mar de la vida, como 
navegaría un peno tirado por un brazo poderoso, en 
medio de un rio inmenso: á la casualidad. 

En fin: aquel Antonio de Paula, era la demostración 
positiva de la ecsistencia de la bestia-hombre que algunos au- 
tores han probado que vive en el mundo social; y para 
intentar desnaturalizarla, habría sido necesario pedir á los 
consortes Picotti, que tomaran la venia de su magestad 
natural, y les consintieran volver á producir otro ente 
mas perfeccionable que aquel bendito retoño de sus verdes 
años. Como se vé, esto era físicamente imposible: y por 
consiguiente, nuestro Antonio de Paula, seguirá tal cual 
lo formaron sus dueños y padres. 

Después que se hizo él mismo la promesa de hablar á 


— 31 — 


Inés, tomó su sombrero de castor negro, lo colocó medio 
«obre sus ojillos color tabaco; y se echó á andar mas que 
resuelto: decidido á poderlo todo. 

En efecto entró en la habitación intima de Inés sin anun- 
ciarse: como Pedro por su casa; y encontró a su hermana 
con un baton de casa, de seda azúl de Indias, franjas ne- 
gras: escofieta de encajes de Inglaterra: babuchas color 
lápiz y sentada en un divan de seda encarnado con filetes 
ile oro. 

Inés se inmutó al verlo, no sabemos si de gusto ó de 
disgusto; y se estableció la siguiente conversación. 

Inés — Tu poraqui Antonio? y mamá? 

Auto nio — Ansiando verte querida hermana se habían 
pasado quince dias sin saber de tí; mas yo he estado tan 
ocupado después de tu casamiento — Mamá, bien de salud. 

Inés al oir esta palabra se puso aun mas pálida délo 
que la encontró su hermano; Antonio siguió: 

— Lo x-ecuerdas? yo me ocupaba en arreglar las cuentas 
con Mr. Fears : y solo tuve un momento la dicha de abra- 
zarte; después no te he vuelto á ver — Papá ya esta bueno. 

Inés con gravedad — Si? me alegro. 

Antonio — Eres feliz Inés; no es verdad? 

Inés — cubiertas las mejillas de un rubor inusitado: 

— Y porqué me lo preguntas? 

Autonio — Porque lo creo. 

— Te lo habrá dicho papá sin duda! dijo Inés, con una 
de esas voces de segundo sentido. 

— No; replicó el buen Antonio; yo soy quien lo creo y 
para probártelo — anadia, como si le estuviera haciendo 
una concecion de verdades deseadas — te venia á pedir 
un favor; ese favor será la prueva de tu felicidad: y de 
tu influencia cerca de Lemaltre. 

— Inés sorprendida — Antonio has perdido la cabeza; ó 
estás embromando; de que se trata: que hay? 

— No te sobi-ésaltes: oye ! 

Yo estoy perdido si tu no me salvas — 

(y se esforzó cuanto pudo por llorar y lloró en efecto, 
como un chiquillo de poca vergüenza.) 


Inés, fuera que ella estuviera conmovida por si misma, 
fuera que en aquella confecion ccsabruto hubiera tocado 
una fibra de su corazón: ello es que empesaron á correr 
lentamente algunas de esas lagrimas frias que en algunos 
momentos de la vida vacia, se deraman por cualquiera 
imprecion. 

Cuando Antonio vió que su hermana lloraba; no se 
puso á investigar el porque de sus lágrimas — ni lo hubiera 
podido aquella cabeza cerrada — negativa: — se lanzó lla- 
namente á sus brazos, esclamando: 

“Sálvame hermana mia! — 

Inés, le recibió en sus brazos, como se recibe el pezo 
de un cuerpo completamente estrauo á nuestras fuerzas: 
y le respondió — 

— Pero qué se puede hacer por tí? 

— Bien poca cosa para tí: y para mi es la salvación y 
la vida ! 

— Habla! dijo con estraña gravedad aquella mujer jo- 
ven, que por estraño destino también era hermana de 
aquel hombre; y casada con otro, cuyu corazón no se to- 
caba el suyo. 

Antonio se sentó á su lado-y siempre con ias manos de 
Inés en sus manos; la dijo — 

— No falta un dependiente de primera clase, en el es- 
critorio de Mr. Lemaitre? 

—-No lo sé — 

— No querías interceder con tu marido por un puesto 
de esa clase para mi? 

—Habría sus dificultades — respondió cencidamente 
Inés mirándole de lo. cabeza á los pies. 

—Y, cuales Iués querida? 

— Que Lemaitre es sabedor que tu no te has condu- 
cido bien en los negocios y Mr. Jears es su amigo y 

Antonio se puso pálido no de vergüenza sin duda: tai- 
vez de esa cólera, que disimulada se manifiesta bajo el 
tono fuerte que solo debiera pertenecer al tono del do- 
lor. 

Tienes razón — Añadió cavilando, y dejando caér las 


manos de Inés de entre las suyas, para colocarse una eTi 
los lavios como para disimular la torpeza que lo avasa- 
llaba. 

Inés — sonriendo tristemente, talvez divertida de com- 
prender las sensaciones que ajaban aquella alma enferma 
del mal del vicio y de la ambición. 

— Y bien: yo hablaré con Lemaitre sobre tu posición fu- 
tura Antonio: si me prometes tener juicio yo lo haré to- 
do; pero si dudas de tí; ten la franqueza de. decirme 
■“dudo.” 

— Antonio con la mano sobre el pecho como un actor 
de aldea. 

— Yo te juro que seré el mas leal; el mas bueno de los 
servidores de tus intereses: tu lo verás: jamas tendrás ra- 
zón de arrepentirie, te lo juro delante de Dios! 

— Inés. Bien, tranquilízate: yo haré por tí lo que por 
un amigo: lo que por un hermano. 

— Antonio. Gracias mi hermana mas querida; gracias! 
Al acabar de decir estas palabras, Mr. Lemaitre se presento 
en la puerta de la habitación; y con aquella mirada sór- 
dida y escudriñadora, revisó el toiüete. de aa/mme; la ale- 
gría del hermano, y todos los detalles de la situación en 
fin. Pero como los hombres acostumbrados á cambear 
mercancías por plata, y plata por mercancías; jamas ma- 
nifiestan la confianza en la compra ni la alegría de una 
ventaja; Mr. Lemaitre, quedó impenetrable, sobre la im- 
presión que el conjunto de aquella escena había hecho en 
su espíritu. 

Inés por su parte, se conoció que sacudió algún teso- 
ro de su alma como un recuerdo: y con un tono de voz 
inesplicable le dijo: 

Lemaitre; mira á Antonio ciego de la esperanza de 
estar con nosotros. 

Lemaitre se acercó á Inés se sentó á su lado como invo- 
luntariamente y mirándola fijamente como para encontrar 
el doble sentido que él buscaba en toda palabra y á toda 
acción; 

— Y porqué? preguntó vivamente. 

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- 34 — 


— Porque quiere t rabajar, y no tiene donde. 

— Pues el hombre que desea ser hombre , no necesita 
sino decidirse á ser honrado; respondió Lemaítre, levan- 
tándose y golpeando con la mano el hombro de Antonio 
de Paula. 

Este, como si le hubieran tocado con un hilo elcétrico 
se levantó, inclinó la cabeza ante su protector presunto, 

y respondió con humilidad: 

— La juventud comete errores: pero no crímenes pues 
solo el nacido para ellos los pone en práctica: todo hom- 
bre que no sea un criminal puede ser un hombre honra- 
do señor. 

Lemaítre le miró de cabeza á pies: sorprendido de la 
lucidez de su entendimiento, cuando jamas le Ikibia oido 
decir sino dos ó tres palabras mal coordinadas; y como 
esperto en la definición de esas meditaciones, dijo para 
sí: 

La ambición hace cambeár á un necio, en un discreto; 
pero rara vez á un ladrón, en un escrupuloso contador: — 
y se sonrió vagamente. 

Inés lo advirtió sin entender las secretas palabras de su 
juicio: y trató de precisar el asunto. 

Y bien Lemaítre: no habría un sitio para mi hermano? 

Lemaítre, la miró de un modo significativo, y le res- 
pondió: 

— Para tu hermano si, Inés: mas para Antonio de Pau- 
la Picotti simplemente, nó! 

Inés, cubierta de vergüenza — Y porqué Pedro? no soy 
yo déla familia que lleva ese apellido? 

— Si: respondió fríamente Lemaítre: pero ahora el tuyo 

és el mió: y por consiguiente tu familia empieza bajo 

este apellido: Lemaítre! 

Antonio sorprendido — Pensáis quitarle el apellido de 
sangre á Inés? 

— Y vos pensáis ser un hombre discreto y no un im- 
pertinente? respondió Lemaítre, con los ojos fijos en An- 
tonio de Paula. Este que como todo cobarde, su mejor ami- 
go era precisamente el que lo injuriaba: se deshizo en 


— 35 


respuestas conciliatorias con Lemaitre: mientras que Inés* 
triste y serena á la vez, parecía que empezaba á vislum- 
brar la lontananza de un porvenir erizado de espinas. 

Después de un momento, Mr. Pedro sedirijió á su mujer 
con esta pregunta, efecto sin duda de meditaciones: 

— Y bien madama: quieres á tu hermano en casa? 

Inés respondió: Sí. 

— Crees que se comportará bien? 

— Me lo ha jurado. 

— Entonces pudeis venir desde mañana á ocupar vues- 
tro sitio de primer dependiente, en la casa introductora 
de Lemaitre y compañía. 

Inés se levantó le tomó una mano que oprimió amiga- 
blemente entre las suyas; y le dijo con una espresion an- 
jéliea: 

— Gracias amigo mió! yo no olvidaré jamas esta bondad! 

Lemaitre la dió un beso de hermano en la frente, y un 
apretón de manos á Antonio de Paula, que loco de ale- 
gría le repetía: gracias señor, gracias Inés: yo seré digno 
de mi posición lo juro: lo juro! 

Y viendo que Lemaitre se disponía á salir tomó su som- 
brero y salió á su lado diciendo apenas un frívolo saludo 
á Inés, tal estaba de fanático con el nuevo empleo. Le- 
maitre tomó un camino distinto; y Antonio de Paula el 
del café: allí iba como los Andaluzes del bajo pueblo, á 
redoblar tambores, en obsequio á su posición; y de todo 
trataría menos de decir que su hermana era la autora de 
aquel bien. 

Antonio de Paula Picotti volvió esa noche á las doce 
á su casa: y se durmió pesadamente como un hombre 
(pie ha hecho un camino inmenso. 

Inés supuso al saberlo que había tenido en el café al- 
guna conversación muy viva con el antiguo Dios de los 
célebres poetas clásicos: el Dios Baco. 

Pero Inés lo supuso en secreto, y Lemaitre ignoró siem- 
pre aquella circunstancia de mal augurio para su pobre 
negocio. 

Vaya corriendo esa bola (pie llaman mundo! 


tNlíEL JMCOTTI. 


t ll'ITIi.O V. 


Este Angel que económicamente pensando, seria algu- 
no de los miembros del reyno satánico, donde, desde la 
caída del primer Angel, se refujíaban todos los caídos de 
su jénero, sin duda: era como el bastardo de la familia Pi~ 
cotti por mas que no hubiera antecedido á su nacimiento, 
fraude en el derecho conyugal etc. y la presencia de los 
esposos hubiera radicado su advenimiento sobre el mundo, 
con la fé bautismal, que inaugura ¡i todo recien nacido. 

Bastardo de la familia Picotti, csplicaremos por que; 
pues todo el marcaba una raza distinta en cuanto al 
físico, masen cuanto al alma este Anjel era como los de 
su apellido. 

La familia entera (eseptuando á Inés) era de esas fa- 
milias que son malas por descendencia. Desde los tatara- 
buelos de padre y madre, se referian traídos de su tierra 
antecedentes fatales, de carácter y de hechos: por ejem- 
plo uno. 

Un bieneehor de un miembro de esa familia, quedó 
arruinado enfermo y solo, un dia: el beneficiado por él 
le recogió en su casa creyendo pagar asi la deuda inmen- 
sa de una gratitud que debiera de ser imperecedera; pero 
como aquel acto era violento y solo por vanidad puesto 
en práctica, sufrió muy pronto la reacción siguiente. 

El enfermo pobre, y solitario, se volvio loco de sufrir; 
y el ateo, el bárbaro que le habia dado una habitación en 
su casa, tubo bastante fuerzas para ponerle en el portal 
de una Iglesia! pudo haberle llevado á un hospitál; 


— 37 — 


pero temió el ojo »lel mundo, y eligió como la ramera, ln 
inclusa para deponer el fruto de sus placeres; eligió el 
portal de una Iglesia para tirar á su bienechor; al biene- 
ohor, desgraciado, loco, y abandonado en la tierra! 

Creemos provar con este hecho toda la barbarie de 
sangre de esa familia: pues uno de ellos, no fue bastante 
honrado para decir á Dios — “cumplo con un capítulo de 
tu doctrina: la caridad.” 

A este tenor se referían sucesos en jénero que atesti- 
guaban la crueldad; el cinismo de aquella familia: heren- 
cia fatal que había ido pasando de padres ú hijos. Sola- 
mente Inés se eseptuaba, como dijimos, de aquella regla: 
parecia haber retundido esclusivamente en ella la natu- 
raleza, toda la savia que nutre el corazón del divino teso- 
ro de la sensibilidad; y por una demostración jenerosa de 
la justicia de Dios, se creería que había dejado á toda 
aquella jente sin corazón, para hacer que un miembro 
privilejiado de entre ellos, les mostrara como el sol su 
luz ó la tierra; lo que es sentir, amar, creer, consolar y 
esperar. 

La familia Picotti era negativa absolutamente sobre 
esta fas de la filosofía relijiosa: pues ella, hacia consistir 
la reí ij ion en mentir, en fomentar el mal, en dudar del 
bien, y no esperar ni creer sino en la plata. 

Bien: Anjel tenia su credo particular: vivir íi costa de 
todos, y no tomarse pena por nadie; le venían & desper- 
tar cuando dormía, diciéndole: su padre se muere: alzaba 
la cabeza; estendia los brazos; miraba á todas partes como 
dudando de la verdad, y con voz fría respondía allá voy: 
aunque no viniera en una hora por ejemplo. 

Se moría un amigo; aunque jamas tuvo uno, pero al- 
guno de esos seres que se llaman amigos: la habitud de 
verse, de hablarse, dá derecho siquiera para una palabru 
de triste recuerdo, á cualquiera: mas Anjel Picotti, se 
contentaba con desarrollar el principio universal: allá ire- 
mos todos. 

Se trataba de hacer una colecta para socorrer á un des- 
graciado: el Anjel terrestre no tendía sus alas para abrí- 


38 — 


garle con su calor. En fin: primero él; segundo (l;y siem- 
pre ¿1 en todo. 

Se casó Inés; Anjel fué á verla á los quince dias y como 
estás: y adiós fueron las palabras mas graciosas de la en- 
trevista. 

Mas cosa rara! en medio del aforismo de aquella torpe 
indiferencia de todo y por todo, liabia una fibra dañada; 
en la que parecía que la naturaleza hubiera derramado 
un vaso de amarguísimo veneno; la envidia. Un ser feliz 
para él, era el horror de sus sentidos: la fiebre de sus 
malos deseos y el punto donde concentraba sus tiros sus 
asechanzas y sus ambiciones. Cualquier malvado hallaba 
en él, un brazo y una cabeza dispuesta, y en ese límite, 
se despedazaba la pereza, quedando de pie satánica y odio- 
sa la fea maldición del crimen! 

Hasta entonces, Anjel Picotti había mirado con la fria 
indiferencia de seres á sus ojos, como todos, á su herma- 
na Inés y ¡í Antonio; y por consiguiente después de la 
nueva posición del segundo, se dijo que no solo Inés era 
feliz con un marido de primera condición — términos Pico- 
tti para designar áLemaííre — sino que Antonio de Paula, 
era como Jefe de la casa introductora de Lemaítre y com- 
pañía; bajo esos auspicios, le liabia colocado su buena 
hermana, y le había aceptado Mr. Lemaítre su buen ma- 
rido y por consiguiente era feliz. 

Anjel oyo aquella ponderación de bienestar con ese 
jesto raro que solo sabe hacer el envidioso; raza aparte de 
las otras razas malignas: jesto que consiste en un frunci- 
miento de frente y de labios, dando asi á la fisonomía, 
la importancia de un desdeñoso desprecio, mientras que 
el ojo delator; quemado bajo el fuego de la desesperante 
ansiedad y el voto mas infáme contra la dicha ajena; fijo 
en un punto; envía uno de esos resplandores, que hacen 
encojer los nervios por instinto, 6 por que su tétrica elec- 
tricidad, se ampara de la electricidad ajena. 

Desde la noche de ese dia, entró Anjel á su casa, mas 
tarde que otras veces; muy pensativo, y como coordinan- 
do un plan; se encerró en su habitación se sentó llana 


mentó en un sillón, y empezó una conversación con su i/ó; 
de esta franca manera: 

— “Si yo no tomo la iniciativa, no seré sino el Anjel 
Picotti que solo es conocido de si mismo: y siempre apa- 
receré una pobre bestia: empezemospues, amigo yó, nues- 
tra vida; y veamos si nos hacemos entender, cu el tono 
verdadero en que la naturaleza templó nuestra alma. 

“Antonio feliz; ocupando una posición que le dá ven- 
tajas inmensas sobre mi! este miserable que ni sabe como 
se puede hacer una intriga: (pie tiene mas vanidad que 
Un pavo real cuando se pasea ciego de si mismo, osten- 
tando sus galas: ese ente valdría mas que yó á los ojos del 
mundo! y después, esa Inés, demasiado buena para llegar 
ó ser feliz jamas: y sin embargo la que yo quiero sepultar 
antes del tiempo señalado en la nada: esa Inés, que lia pre- 
ferido á Antonio para darle una posición que no merece! 
esa Inés, debe de ser desgraciada. . . . y lo será! pronunció 
con un acento hueco y terrible como el acento de ese vien- 
to occidental (pie batiendo sus alas en una temperatura 
sumamente baja, deja oir sus lóbregos tonos, ya sobre los 
hierros de una ventana elevada, ya sobre las torres de los 
templos, como si viniera diciendo palabras de fatal ame- 
naza contra el mundo: y quedó por un instante en silen- 
cio. 

“Mas, como podré yo tan seco siempre con Inés, y con 
Antonio arribar á docilizar mi estilo cerca del uno y de 
la otra? por qué medios? 

Y derrepente; como siguiendo la secreta inspiración 
que parecía dominarle, se levantó y dijo con una de esas 
vozes (pie manifiestan la confianza sobre la adquisición de 
un negocio: — Señor Yó; estoy dispuesto ¡i todo: la astucia 
hará el resto! 

A poco se tendió vestido sobre la cama, se durmió; pero 
no tan tranquilamente como siempre. Al otro dia muy 
temprano fué al cuarto de Antonio, (pie como un dandy , 
de la moda pasada, se recontoneaba y se daba aires de 
gran cosa delante de un espejo. Anjel se detuvó un mo- 
mento en la puerta antes de entrar; riendo de las postu- 


— 40 


ras y el aparato de Antonio, que seguía balanceándose- 
sobre sus piernas rotundas, y talareando un aire francés de 
mal gusto; pero que como ya era dependiente de una 
casa Francesa; hasta los aires que entonara deberían de 
ser Franceses. 

Antonio vi¿> la figura plástica del Anjel de la familia* 
Picotti: dió una media vuelta á la izquierda, y poniéndose 
junto á él: 

Y bien: entra hombre de Dios, le dice: que haces ahí 
mirándome como un enamorado? 

Anjel, entró paso á paso, y se sentó al lado de Antonio- 
Antonio — Pero que tienes que estás tan callado? 

Anjel — Estoy como siempre. 

Antonio — Yasabras que soy primer dependiente de la 
casa introductora de Lemaítre y compañía: — y acercándose 
al oido del hermano como si fuera un secreto y todo 
esto, por gracia de Inés: de esa santa que Dios ha puesto- 
en nuestra familia para solo hacer el bien, y sacrificarse 
por todos/ 

Trató de enternecerse; y lo consiguió; pues despunta- 
ron sobre aquellos ojos trios y amortecidos dos lágrimas 
compradas al puesto de primer dependiente. 

Anjel lo estaba observando. 

Antonio siguió: Sabes que ese empleo Anjel me traerá 
grandes resultados? no crees que puedo llegar á ser algún 
dia con un poco de viveza y de práctica en los negocios; 
un sucesor de Mr. Pierre Lemaítre. 

Anjel con frialdad: sino es mas que esta tu ambición, 
no es gran eosa por cierto! Al fin Mr. Lemaítre empezó 
eon menos que tú; en país estranjero, sin amigos, sin fa- 
milia, y sin apellido que constase como bueno. 

Antonio — Tienes razón yo tengo, mil ventajas 6obre él,; 
y yo seré su sucesor; pero doblando mi posición, con ese 
envidiable y jeneroso instinto que me gobierna y me lle- 
vará siempre adelante. 

— El deseo de ser algo; no: digo mal: de ser una gran 
cosa! 

Anjel se sonrió maliciosamente; dejó ver aquel jesto dé 


— 41 


que hizimos mención al empezar este capitulo, y respon- 
dió: No consiste en deséarlo ni en pensarlo: sino en tener 
el tino y la oportunidad de verificarlo. 

Antonio dió dos vueltas de vanidad por última vez al 
espejo; y respondió: 

Eh! el tiempo y la destreza harán el resto Anjel 

recalcó las palabras de Antonio — el tiempo y la destreza 

harán el resto y se puso á jugar con la larga cadena 

de oro, que pendía de un reló magnífico que ostentaba á 
cada instante, sacándole de la faltriquera para saber la 
hora. Antonio miró el reló con envidia pues el suyo era 
mediocre y le dijo con petulancia: tengo en trato uno 
mejor que el tuyo Anjel. 

Anjel le miró y replicó: sin dúdate refieres al reló? 

Precisamente. 

Y bien, le respondió entonces está demas ofrecerte este. 

Gracias en dos dias, tendré ya el mió! 

Tan pronto! murmuró Anjel, indeliberadamente sin 
duda. 

Es que Inés me ha dado una grave cantidad, de su mo- 
tivo para que no caresca de nada en este primer mes. 

Anjel: Pero es que en la casa de tus padres vives per- 
fectamente y no careces de nada. 

Antonio — Pero ella que tiene por mi una ciega pre- 
dilección, no sabe que hacer: és como una madre faná- 
tica, todo le parece poco! 

Anjel — Con que asi es Inés para tíV y levantándose y to- 
cando el hombro de su hermano con su mano pezada,le dijo 
estas palabrás con un tono sordo y desigual. 

— Pues oye: tu que te ves amado de esa hermana como 
ninguno; tu que subes por ella el primer escalón de la 
esperanza; tu que la ves santa, buena, dulce, y biene- 
chora, que sin duda lo és: tu Antonio de Paula Pi- 
cotti: tu serás su verdugo: tu serás el Caín de la histo- 
ria profana! — y sin respuesta, aquel hombre frió, en apa- 
riencia pero dominado de la sed del demonio: de la sed del 
mal sali ó lentamente de la habitación de Antonio que que- 
dó de pié, una mano en la cintura como desafiando la 


42 — 


gracia del bajo pueblo y im dedo de la otra, colocado en 
el ojfíl del chaleco, los ¿jos pequeñísimos siguiendo la es- 
tampa que se dibujaba todavía, sobre la hoja abierta de 
la puerta por donde había salido aquel hombre. 

Antonio estaba como helado en el mar de la vida de 
las ilusiones: aquella amenaza de un porvenir de cieno, no 
debería de herir su alma transitoria y mesquina: pero el 
susto de que otro ser hubiera sorprendido una de sus ideas 
secretas: la desesperación de ver quebrado el vidrio de 
su careta, por la mano ruda de un ser, que podía dejar 
de ser su hermano, para hacerse un enemigo, en cualquie- 
ra hora: esto era lo que había sorprendido á Antonio en 
medio de sus ilusiones y de sus planes cerrados. 

Pero era necesario no hacerse esperar tan luego, en la 
primera época del patrocinio amistoso de su hermana, y 
hermano político: y Antonio sacudió sus impresiones; 
compuso su rostro, y fue á ocupar su puesto. 

En cuanto al Anjel en cuestión; había creído conve- 
niente visitar á su hermana y á Lemaítre: y sin dar una 
señal de mas en sus visitas; se había retirado satisfecho 
de su conducta, y de la posibilidad de trasponer el límite 
que pisaba Antonio de Paula. 

Asi lo justificó el mismo, al entrar á su cuarto con 
estas sencillas palabras — “al porvenir!” 


UNA TUMBA. 


i imi i.ii vi. 


Una tarde del mes de Setiembre, al año de casada 
Inés; paseaba esta joven con su marido, en dirección al 
cementerio; paseo triste, esepcional, dirán los lectores, 
para dos recien casados pero sin duda en ese año había 
tenido tiempo de entrar la filosofía de la vida á casa de 
los novios: y convencidos de la instabilidad de las cosas 
del mundo, irían talvez á justificar con sus propios ojos, 
la verdad fría, y eterna, que se cubre con un sudario, un 
poco de tierra, y una loza. Después de haber hecho, un 
pedazo decamino bien melancólico, de cierto; al ir á bajar 
una pequeña elevación de tierra, vejetativa como todos 
los sitios del suelo Americano; pasaba un cortejo fúne- 
bre, que hizo encojer el corazón naturalmente tímido 
de Inés, haciéndola decir, con emoción: una tumba!. . . . 
Dios mió! volvamos ¡i casa Lemaltre: este paseo es 
demasiado triste: me siento mala. 

Lemaltre, se sonrió y la respondió: 

Inés; ese es un camino que todos tenemos que trillar 
con nuestra vida: es necesario acostumbrarse á ver estas 
escenas naturales. 

— No: no puedo quien sabe sino és alguna madre! y ca- 
yeron dos lágrimas de sus ojos. 

— Pero lasmadres dediez yseis años como tu Inés; no 
se mueren asi no mas: replicó Lemaltre, con galantería. 

— Es que Dios, no cuenta los años sino las horas! 

— Es que las horas forman los años; y con ellas se for- 
ma la cifra de la vida: añadió Lemaltre. 

— Verdad: dijo Inés como distraída de la idea de Le- 


maitre; y preocupada del cortejo fúnebre que se iba des- 
lizando lentamente, ácia la dirección del cementerio. 

Lemaítre pareció notarlo; y queriendo talvez arrancar- 
la del sobresalto que el pensamiento de ser una madre, 
había ajilado el cerebro de Inés: la dejo un instante, y 
como á seis pasos de ella, preguntó á uno de los indivi- 
duos del cortejo: 

— Quien es el muerto? 

— El preguntado, volvió los ojos hacia el preguntante; 
y respondió simple y concisamente: Claudio Prado. 

Lemaítre se retiró y volvió á colocar el brazo de su se- 
ñora en su brazo; pero Lemaítre pareció pensativo. 

Inés por su parte; había recibido el golpe en el cora- 
zón; y por esa ley no instintiva de la mujer según algunos 
han afirmado; sino social, completamente, impuesta y 
aprendida: la mujer, encontró fuerzas en la misma herida 
de su corazón; y haciéndose un coloso, trató de parecer 
tranquila aunque su rostro denunciaba un secreto profun- 
do, por medio de tintas tan pálidas como las rosas de ben- 
gala. 

Lemaítre, con la precaución y la actividad de un ma- 
rido de doce meses, quiso asegurarse de que su mujer no 
sufría; y si sufría al fin era por un muerto; el haría el ról 
de consolador: Lemaítre quiso vindicar su duda. 

— Y, bien, volvemos ú casa, ó seguimos? dijo á Inés, 
sin mirarla. -Seguimos repuso Inés, con el tono compues- 
to de la mayor indiferencia. 

Lemaítre — has oido el nombre del muerto Inés? 

Inés — no. 

Lemaítre — Pues no es una madre, como tu te figura- 
bas; es un hombre solo en la vida. 

Inés — Desgraciado doblemente por eso Pedro; pues 
habrá sufrido aun mas que los que tienen familia! 

Lemaítre — Con que para ti, todos merecen compasión: 
los que tienen vínculos, como los que viven y mueren 
solos! eres muy buena Inés: y aunque yo tengo el cora- 
yon de un hombre acostumbrado á los trabajos de la vida, 
comprendo el tuyo; y tus bondades. 


— 4 .» 


Inés — No Lemaitre: no soy buena: para serlo necesita- 
ría prácticar ciertas doctrinas, (jue aun hé descuidado. 

— Cuales Inés? 

— La caridad Pedro! — y el cortejo seguía siempre delan- 
te de ellos pausadamente y ellos tras él como si el destino, 
les hubiera trazado la senda por donde deberían de andar 
aquel dia. 

Al fin, el cortejo hizo alto, pues el término de su canti- 
llo estaba señalado delante de ellos, con una gran portada 
de hierro y una cruz en su cima. 

Lemaitre é Inés se detuvieron también como si lucran 
refracciones de aquella masa que parecía formar un solo 
cuerpo; y como és de orden, esperaron que entrara la co- 
mitiva primero. La entrada quedó á poco libre y la pare- 
ja se introdujo lentamente en aquel espacio sosegado y 
tan necesario á los pueblos y á la humanidad que recono- 
ce un Dios, para (pie sus miembros insepultos no hagan 
parte del alimento de las bestias y de las intemperies. 

Inés se sentó en un banco de piedra y Lemaitre siguió 
adelante leyendo con esa vana curiosidad del mundo los 
renglones que decoraban cada tumba. Inés á su vez des- 
pués de haber descansado un momento, cubierto el rostro 
con su manta de blondas francesas, se acercó lentamen- 
. te al concurso mortuorio que había entrado; y oyó esta 
conversación entre dos de los jóvenes que le componía. 

Alfredo — Pobre Claudio! tan joven y morirse desespe- 
rado! 

Julio — Asi le sucede al hombre que se fia de una mu- 
jer: al fin le abandona por otro! 

Alfredo — Pero si ese rival siquiera hubiera tenido ju- 
ventud, belleza, talento! pero era completamente negati- 
vo sobre estas dotes. 

Julio — Le conocías? 

Alfredo — No pero comisco su nombre y sus cualidades. 

Julio — Tampoco le conosco yo; me han dicho que se 
llama Lemaitre y la infiel 

Alfredo interrumpiéndole — Inés! 

Inés trémula enjugando el frió sudor de su frente; oía 



4G — 


aquella breve historia, como oye un condenado á muerte 
la sentencia que le lee su verdugo: horrorizada. En aquel 
instante la comitiva cayó de rodillas ante la tumba que se 
había abierto para recibir el cuerpo de aquel difunto; y sin 
saber como, Inés siguió la impulsión y cayó de rodillas 
también, como una hija delante de la tumba de su madre 
ó como tina amante desgraciada delante de la tumba de 
un bien perdido. 

Un joven como de veinte y cinco años Alfredo de Riera 
amigo del muerto, dijo ti su memoria unas cuantas pala- 
bras de recuerdo, y de creencia en la eternidad. En ese 
momento, y cuando el joven pronunciaba con mas entu- 
siasmo el nombre de Claudio Prado; llegó silencioso y con 
paso muy mesurado, Lemaítre, al sitio de la tumba lau- 
reada, y encontró á la piadosa Inés, resando, y con una es- 
traña ajitacion en su pecho. 

Lemaítre la contempló un instante; y con voz fría, la 
dijo: Inés; vamos. 

Inés se levantó en silencio y colocando su brazo en el 
de su marido le siguió sin desplegar sus labios hasta llegar 
tí su casa. 

Al entrar, el ama de leche de la hija de Inés y Lemaítre 
salió tí recibirles con la niña Aurelia en sus brazos. Inés la 
tomó en los suyos la besó muchas veces y Lemaítre se re- 
tiró á su habitación til parecer sombrío. 

— Lemaítre había sorprendido el secreto de un amor, 
en la soledad de una tumba? — Trataría de comprobar ese 
amor, en la eternidad de otra vida? — El tiempo lo dirá. 


DUDA. 


< triTi i.o vil. 


Lemaitre retirado en su habitación se liabia quedado 
como perdido en una atmofera sin hiz, donde la retina 
podia llegar á suponer, la imposibilidad de dar forma 
á las figuras de la percepción; completamente sombría. 

Estaba sentado en un sillón, cerca de su bufete, la fren- 
te oculta entre sus manos, y los ojos completamente 
cerrados. En torno de la habitación reinaba un perfecto 
silencio, que solo fue interrumpido por que Lemaitre, 
levanto la cabeza después de un rato de meditación, y 
empezando á pasearse á largos pasos por la habitación, 
dijo, con una voz sombría y como corroborando una idea, 
con la <pte había luchado profundamente. 

Esta mujer no me ama! y calló nuevamente paseando 
sin cesar. 

— Si; prosiguió á poco, pero yo lo sabia antes de mi 
casamiento; sabia sus amores con Claudio’, sabia que. . . .y 
aqui hizo una pausa como si le costara trabajo pronun- 
ciar la frase: pero haciendo un esfuerzo, tal vez de amor 
propio prosiguió: 

No hay que hacerse ilusiones, yo lo sabia; sabia (pie 

esa mujer me aborrecía pero que se yó; el diablo, 

tentó mis sentidos, ó el corazón? 

Se preguntaba con estrada injenuidad — pero sean los 
sentidos, ó el corazón, yo lié cometido un error irrepara- 
ble que á los cincuenta y tantos años de edad, tiene algo 

ó todo de la estupidez y que hacer ahora? proseguía, 

pasando sus dedos por los cabellos cortos de su cabeza, 
al molde de los testa ferros : 


— 48 — 


— Hacerse indiferente; kaeer como que no entiendo 
este amor á un difunto: — y luego, riendo agregaba: 

— “Pues también seria gracioso que yo me pusiera á 
darle de puñaladas á un cadáver por que mi mujer quiere 

ese cadáver mas: és que ella prefiere ese muerto 

al vivo:és que aquel muerto era su ideal; y el vivo és su 
fantasma — digámoslo en fin; su odio; pero reflecionemos 
Lemaítre — se decia á si mismo; veamos en que podrá 
acabar este odio. 

Y sentándose nuevamente como si estuviera en socie- 
dad con algún intimo amigo suyo, empezó á hacer estas 
reflecciones. 

— “El odio de una niña de quince años és natural que 
vaya adquiriendo nuevas formas, y mayores proporciones, 
v hoy madre ya; esa niña de quince años tiene un lazo 
doble, tanto mas pesado cuando no se ama al marido; 
porque, cuanto mas virtuosa sea la madre y la esposa de- 
lante del mundo, porque cumple con su ley: delante de 
Dios, por que le ofrece el sacrificio de su vida y de su alma: 
mas inmenso el yugo: mas terrible la sujeción á el; que 
resultará de esta lucha secreta? que vendremos á ser 
como dos hermanos, á cierta época de la vida: y los hi- 
jos añadía con voz sorda: — los hijos serán los tes- 

tigos y las victimas de esta situación equivocada del des- 
tino 6 la casualidad! dijo como sino quisiera apoyar 
las creencias forzosas en algún poder superior por su re- 
presentación moral, sino dejarlas vagar sobre una razón 
tísica en la forma, é incierta en su fondo como son casi 
todas las razones del ecseptismo — si desde ahora, se pu- 
diera evitar esa desgracia escrita con letras infalibles, en 
el porvenir! — decia pensativo: mas de que modo? en la 
'America del Sud no se conoce el divorcio sino por la 
ruptura absoluta; en fin por el escándalo social: y siem- 
pre son los hijos, los ciegos motivos que caen bajo las 
manos de ese mundo, para destruir en pedazos el nom- 
bre de los padres! .... 

Y sin ser ni por sueños, un adepto de la escuela Román- 


— 49 — 


rica; dijo con tristeza y desesperación “maldición; mal- 
dición!” 

Volvida pasearse gravemente ajitado, cuando se abrió 
la puerta de su habitación v apareció Inés con su hij$ 
*en los brazos; Lemaítre se estremeció de esa interna ale- 
gría que en los seres sanguíneos, se manifiesta por la su- 
presión absoluta del pálido, y el transporte, de ese encar- 
nado vivo, en las megilías y en la frente: adelantó algu- 
nos pasos ácia Inés y sonriéndose la dijo: 

— Ola! tu por aquí; y con esta carga! y tomo á so 
hija de los brazos de su madre. 

Inés, aunque muy pálida y con anchas sombras en sus 
hermosos ojos se sonreía á su vez y parecía de acuerdo 
•con su actualidad: solo una investigación profunda habría 
podido encontrar en el fondo de aquella sonrisa ftn esfu- 
erzo y un no se que del desabrimiento del sacrificio. 

Inés se sentó al lado de su marido, que con la niña en 
los brazos parecía haberse olvidado hasta de la duda que 
lo atormentaba: del porvenir, de todo; y que solo veia 
talvez, en el dibu jo suave de aquel rostro de niña, los per- 
liles bellos y amados de la mujer á quien había ligado su 
destino. 

Inés le observaba, no sabemos si comprendiendo el se- 
creto, y al fin le dijo: 

— Y tu que. hacías, antes devenir yo, tan solo Lemaítre? 
Lemaítre, alzó la cabeza v le respondió sencillamente al 
parecer; te esperaba Inés. 

— Y si no hubiera venido? añadió Inés con puerilidad. 
— Habría sentido engañarme — replicó Lemaítre, con un 
tono melancólico que jamas había notado Ines en la voz 
de su marido. 

— Te habrá provado mal el paseo? me pareces cansa- 
do, añadió Inés — y ella que estaba fija en el rostro de Le- 
maitre; vió pasar á aquella pregunta, como una sombra 
siniestra por sobre toda su fisonomía; pero haciendo so- 
bre si mismo un imponderable esfuerzo respondió: 

— No Inés; no estoy cansado, hemos hecho un bu en pa- 
se© aunque triste, es verdad? — decía fijando sus ojos en lo* 
i 


ojos de Inés, y jugando con las manecitas de la pequeño 
Aurelia. 

— Es verdad — respondió Inés con un acento traicio- 
nado. — Pero tu lo quisiste Inés: complací tu melancólico 
deseo. (Observando su fisonomía) 

Inés — sabes amigo mió, que para una niña como yo que 
empieza la vida; el camino que tiene que andar, está eri- 
zado de espinas; y al fin es muy largo ! 

Lemaítre — con doble intención, y rojas las mejillas 
nuevamente al oir el recuerdo de la juventud de Ines, 
que era como un reproche á sus muchos años: 

— Muy pronto desesperas de la vida, y comprendo que 
de la felicidad: — las niñas que empiezan la vida simple- 
mente hablando, no tendrían punto de vista fijo en el por- 
venir; pero las niñas que como tu empiezan su carrera pol- 
la noble misión de la madre; tienen su radio en el pre- 
sente, y el porvenir, casi no es otra cosa, que la refracción 
de este radio. 

Inés — súbitamente sonrosada; — és verdad : pero las 
madres son seres y piensan como los seres. 

Lemaítre — Con una diferencia, madama; que las ma- 
dres tienen que dejar sus pasiones de mujer, para hacer- 
se señoras de su casa y de si mismas, y ante sus maridos! 

Inés — sorprendida del tono súbito de amargura de 
Lemaítre, y adivinando sin descifrarlo, como se adivina 
á esa edad, todo el martirio, que le estaba reservado al 
periodo santo de sus horas de joven; trató de mudar la 
conversación, dirijiéndose á Aurelia que dormía en los 
brazos de su padre. 

— Duerme LemíatreV le preguntó con una voz ánjelica. 
Este volvio como el magnetizado, á ceder su secreta duda 
á la dulce nota de aquellos lavios tan lindos; desapareció 
la amargura de su rostro; y con voz tranquila le respon- 
dió : 

— Sí: la ves? cuan bella es esta criatura! 

Aurelia despertó, dió un grito de llanto v la madre la 
tomó en los brazos y desapareció. 

Lemaítre, volvió á quedar solo: esta vez, viendo desa- 


parecer la figura lina y voluptuosa ile Inés; de aquella 
mujer tan joven; tan bella, y pensando que solo le perte- 
necía esa figura, sin que entrara en el cálculo afirmativo 
de la posecion, ni el corazón ni el pensamiento; y si él 
huviera conocido los célebres versos de la poetiza Neo- 
grandina la Rendon, titulados “wcíV” que dicen: 

“Mentira todo, cuanto ven los ojos. 

“Y cuanto palpan las terrenas manos! 

Habría hecho la misma triste ironía de las ilusiones; de 
las esperanzas, y mas que todo de su propiedad de mari- 
do: aunque en esto no estubiera de acuerdo con la señora 
Rendon, que viuda, consagraba su Lira, á llorar la pérdi- 
da de su marido. 

Lemaitre volvió á quedar nuevamente sometido á la 
influencia de aquella duda , que como un despertador de 
la razón y de la conciencia, venia de rato en rato á de- 
cirle al oido. 

“El espacio del mundo absorverá tu dicha: tu error, 
tendrá por juez tu propia conciencia” y algunas veces, 
pasó por sus ojos, como un fantasma burlesco, que riendo 
como el diablo, y haciéndole horribles j estos, dejaba 
oir á la vez estas irónicas palabras: — Porqué sufres hoy, 
si creistes ayer ? quisistes mujer joven, bella inteligente? 
la encontraste! lo único que olvidastes fué que esa rosa 
tenia espinas! ahora sufre las espinas que torturan tus 
plantas: que mientras no formen corona en tu cabeza, 
puedes decir con fé — “adelante, adelante”! 


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\l ISTF.lt 10. 


IAPITU.» VIII. 

Todas las naturalezas privilejiadas tocan en las pasio- 
nes, los estreñios; no sabernos si está averiguado donde 
eosiste el jérmen de este principio — si en la parte abs- 
tracta del ser; ó en la parte ecsacta llamada así, porque se 
palpa, ó está al alcance de la investigación, mas ó menos 
cierta del estudio lmmano. 

Mas lo que sabemos definitivamente es lo que dijimos 
al principio de este capítulo: (pie todas las naturalezas 
privilejiadas, tocan en las pasiones los estreñios. 

Inés era de este numero, que <le veras no és el nías es- 

tenso. 

— Nacida con una imaginación entusiasta, con el idéal 
de lo bello, dibujado con colores brillantes en lo mas fino 
de sus percepciones; resentía la necesidad de hacer prac- 
tico aquel bien soñado y buscado desde la niñéz. 

Lanzada á los quince años, á merced de una serie de 
tropiezos, que acabaron por darla el lazo de esposa, y de 
madre, sin ver interesado en este lazo ni su imajinacion, 
ni su corazón: 

Esta niña, lo mismo que esos hermosos pimpollos lle- 
nos de fragancia v de vida que arrancados del centro de 
la planta y espuestos al vano capricho de vasos de ador- 
no, se debilitan, y van muriendo de inanición: asi Inés, 
veia irse desgastando su vida intelectual, y desarrollán- 
dose á su pesar, las formas de su vida visible. 

Tendía una mirada á lo pasado y veia alzarse una tum- 
ba; miraba el presente y se veia esposa, y madre, sin 


— :»:] — 


comprenderlo: el porvenir se presentaba iriste, largo, j 
tunebre, delante de sus pupilas llenas de inmaculadas 
imájenes, y de concepciones hijas de la primera vida. 

Doloroso contraste sin duda; y lo peor de todo sin re- 
medio! 

^ bien: Inés cara ;¡ cara con el Sacerdote de la verdad: 
«•I sepulcro, y el sepulcro de un ser amado; sintió reaccio- 
narse su vida, toda su alma, y suijir como por milagro, 
una y mil quimeras de otra vida, cayendo en pedazos las 
vanas instituciones del mundo, sus falsos principios, y por 
absoluta cosa al fin de todo, á Dios, levantarse como di- 
ctándole al mnndo-“Todo vuestro trabajo de siglos será 
como la obra de un instante; nada hay verdadero sino la 
redención .” — Entonces, esa niña, á mirado con frió desdén 
el mundo; á parapetado su alma con las poderosas reílec- 
ciones que surjen del seno de la muerte, y sola en su ha- 
bitación, después de llegar del Cementerio, ó tenido esta 
conversación; esta meditación; esta lucha. 

— “Oh mundo.' mundo! chico como toda obra de Uw 
hombres! 

— Qué eres hoi delante de esa tumba ? La vanidad de 
la muerte que se viste de gala, para engañar al persecu- 
tor de la estirpe humana; y hacerse después, doblemen- 
te horrorosa, cubriendo con un sudario, el inmóvil es- 
queleto; y mostrando por (Mitre el polvo, la seca calave- 
ra: y el pedazo de mármol funerario, que cubrirá el eá- 
daver para siempre ! 

— Eso es el mundo todo; un cádaver vivo: mañana, 
esta jeneracion será un cádaver muerto, que abriré su 
osario para dar paso á otras jeneraciones que tendrán en 
breve la misma suerte! Y ese mundo pide sacrificios: cree 
que tiene derecho para erijirse en Juez, en protector, ó 
en Juez y delator del bien y del mal! y por él, y auto él, 
han sacrificado las esperanzas mas engaímdoramente dul- 
ces de mi primera vida: y por él, y ante él, quedo yo in- 
móvil, callada y soportando el dolor secreto de un amor 
perdido: de un corazón despedazado; porque ese mundo 
delataría á la esposa infiel aunque solo lo fuera en memo- 


— 54 — 


ría; y esa hija reclamaría mañana sobre el rostro de si* 
madre, una falta que jamas hubo cometido! 

— Que és esto gran Dios — decia tomándose la cabeza 
entre las manos, como si quisiera contener, el poder del 
elemento destructor, que la abrasaba — que és esto de 
comprender la nada de la vida; y luchar á la vez, con la 
juventud, con la fuerza; con una pasión que talvez no és 
sinó un sueño; y con un marido que no se amará jamas, 
Dios mió; Dios mió ! Porqué lié llegado á merecer este 
castigo, cuando apenas el alba de la vida se levantaba 
sobre mi cabeza? Sin este sacrificio, yo no vería en es- 
queleto esa sociedad que hoi desprecio: loca con mis qui- 
meras, formaría parte de ella, sin ecsaminar lo que valía, 
ni lo que me debia: ni lo que me robaba ! Mas la ambi- 
ción de mi familia, sobre todo de mi padre, abrió una tum- 
ba para mi corazón; y erijió un altar para mi destino; para 
saciar sus vanidades ! y sin embargo; proseguía de un 
modo afirmativo — Lemaítreno es rico: la fortuna que forjó 
para engañar la credulidad de esos ancianos, entiendo que 
solo fué un arbitrio: y este és caballero? decia enroje- 
ciendo sus lánguidas mejillas del transporte de la ira; ese 
és el caballero sin igual que mis padres y hermanos aca- 
tan hasta la bajeza! Lo mismo hace un falsificador, para 
absorverse la fortuna ajena; y tiene la pena de muerte! y 
estos falsificadores de destinos; estos traidores, asesinos 
del alma y de la esperanza, que nbsoiven una vida, como 
si fuera una propiedad esclusiva, aunque esa vida caiga 
rota en pedazos á sus plantas; estos hombres que quieren 
á una mujer, por sí, y para sí, sin indagar nada: esos de- 
ben sufrir el horrendo castigo que está reservado á los 
horrendos crímenes! 

Y la escitacion febril que quebranta la fuerza mas 
viva, cuando, la lucha supera ó se balancea, al valor de la 
fuerza; inundó su corazón, y se dejó tomar de un golpe 
de lágrimas. 

Inés lloró; no como lloran los niños á gritos, desespe- 
rados de sensaciones: sinó en silencio y profundamente; 
como si las fechas de su vida se hubieran adelantado tan- 


u» yái que cu medio de la sombra de las esperan /as 
muertas; se sentara sobre el ataúd que las encerrara para 
siempre, a vindicar el dolor humano — como una victima. 

Sola, en su habitación; pues desde que entró á ella, 
después de besará su hija, volvió á ponerla en manos de 
la aya: — podia en verdad, llorar á su antojo. 

Sin enjugar las lágrimas; dejó su asiento y se dirigió 
ácia una pequeña caja de ébano de sobre mesa incrustada 
en nácar; tocó un resorte secreto de plata, apenaR 
perceptible, de uno de los lados de la caja, y apareció en 
el aaliente de él un billete, un retrato, y un ramo de llo- 
res. 

— Mas; las lágrimas se secaron súbitamente por el 
susto: se acordó que la puerta estaba sin el resorte que la 
hacia invulnerable; y corrió á hacer práctica su seguri- 
dad. 

Encerrada yá, se entregó á la pasión de su alma: abrió 
el billete; y leyó con una voz templada en la nota mas 
suave que pudiera haber encontrado Bellinf para dar el 
último ¿dios á su María, estas palabras — 

— “Verdad que me dejas solo en la vida? qué me 
abandonas por otro? que voi á perderte para siempre? 
para siempre! 

— Como has podido, criatura, decir al hombre que 
alienta por que tu le amas: “me perderás para siempre!'’ 

— Todavía no puedo creérlo : quiero oirlo otra vez de 
tus lavios para quedar convencido; dár un adiós á la 

tierra, y dejarme morir Inés!. que has hecho! por qué 

has cedido á la ambición de ese bárbaro padre, de esa per- 
versa familia? porqué no teacordastes que Claudio vivís 
para tí, para salvarte de cualquier peligro; para comba- 
tir con todos los obstáculos que se interpusieran á tu 
paso, á tu dicha? Como después de tus juramentos y los 
inios delante de Dios; has ido á hacer este juramento que 
solo han escuchado los hombres ? Quién té ha amado 
como yó ? quien té amará como yo ? 

Tu has debido estar loca cuando asi me has olvidado: 
y si me habías dejlejar un «lia: porque pusiste* en mis ma- 


nos tu ¡májen; no temes que yo te pierda, diciendo a ese- 
bárbaro que vá ;í ser tu marido: “me pertenece: es miar 
aqui esta su retrato: aquí están sus cartas: aquí estáo> 
estas flores que irán á morir en mi tumba: aquí está todo» 
lo que dá el amor para hacerse visible; y en el alma la 
esencia infinita que le mantiene para hacerle digno de 
Dios!” v después, ella tiene la palpitante reniiniceucia de 
mi yo: mi retrato; también ella me ha dicho en mil pape- 
les justificativos: “tuya en la vida: tuya en la tumba” y 
con estos documentos se casaría ese bárbaro sin verse 
amado-: sabiendo que tiene un rival;; que esa mujer no 
puede ser suya jamas ! . - . .Pero si yo hiciera esto, tu te 
morirías desesperada; tu familia despreciaría á la virjen 
sin razón; y esa virjen, verdadera señal de la pureza sobre 
la tierra; vendría sollozando de amor, y de pena á mis- 
brazos habiendo perdido posición, familia, todo!, . . . 

“No! no te quiero á costa de ti propia! mi amor és v 
mas grande, por que no és la loca sensación de la pasión, 
sinó el óleo bendito del sentimiento, que purifica el cora- 
zón mortal, y lo eleva á mas intimas palpitaciones — á 
Dios! .... 

— “Yo te amaría de rodillas, sin tocar ni la orla de tu> 
traje, si para conservarte mia, fuera necesario este sacrifi- 
cio á las sensaciones del deseo: yo seria la víctima L pero- 
te tendría á mi lado; escucharía tu voz : vería tus ojos, 
devorantes, saludar mi alma marchita, como los santos 
ven las maravillas de la creación, creyendo que no les 
pertenecen sinó en acsioma: pero cuyo verdadero dueño- 
es Dios. Asi te miraría yo, diciéndole á los sentidos, con- 
templad, pero no devoréis la ofrenda, que está consagra- 
da al alma, para hacer de ella, un culto; v las manos no 
tocarían el altar ! 

“Ah! porqué me has dejado! mi vida que solo era bue- 
na porque tu la animabas de tu calor, sin tí ese és un 
asunto concluido. Ya no quiero gloría, y lo digo sin deses- 
peración: ya no habrá nada para mi deseo, para mi ambi- 
ción! que haría yo con el aplauso de ese mundo, algtra 


día si eso aplauso no encontraba éoo t*u ii: en ii qn<- eiv $ 
la mujer de mi destino V 

“Para qué, y para quien trabajaría'' Quién recojcria en 
su seno mi gloria, para divinizaría si tu eres de otro? Des- 
pués de perderte, todo me és ya indiferente: te lo digo 
eon profunda tranquilidad: el dolor, lo mismo que ese gu- 
sano torpe, y escurridizo que hace su marcha incesante, 
sobre el cádaver, como sobre la flor; absorviendo la ma- 
teria asquerosa del uno; la esencia preciosa de la otra: el 
dolor como ese gusano, devorará mi vida. 

— “Con las lágrimas en los ojos, telo digo: me matará el 
dolor; y tu llorarás en breve sobre la loza de mi tumba. . 

Qué puedo decir contra ti V qué la avaricia de un 

padre y de toda una familia te há sacrificado, y causa mi 
muerte? 

“Dios los juague! y Dios, haga que te encuentre algún 
dia en ese mundo suyo, para adorarle juntos” ! . . . . 

Aquí concluía la carta de Claudió: la misma, quesillo 
lo há olvidado el lector — le fue dada por una criada, 
cuando enferma Inés, se veía amenazada de perder su li- 
bertad y su amor, para entregarles al poder absoluto de 
un dueño egoistay frió! 

Inés cayó de rodillas con la carta en las manos delante 
de un lienzo que suspendido en un ángulo de la habita- 
ción representaba la virgen Dolorosa — y permaneció un 
momento en aquella postura, como substraída á todo pen- 
samiento humano. — Después se levantó, tomó un óvalo 
de oro, guarnecido de perlas: tocó un boton figurado con 
una perla de la guarnición; se abrió una tapa; y quedó 
visible el rostro ele Claiulió Prado, con sus largos y risa- 
dos cabellos, y sus ojos de una belleza artística. — Inés 
sintió enrojecerse: sus blancas y trasparentes mejillas — y 
sin llorar decía: 

— “Que bello era! todavía me parece que escucho 
aquella voz tan clara, y tan insinuante, pronunciando mi 
nombre, repitiéndome” te amo: te amaré mientras viva!” 

— Como ha pasado esta muerte? este casamiento, esta 
estraña combinación de malas cosas Dios? — v que puedo 


vo hacer ahora siendo ya esposa y madre? y como 

sí este recuerdo tuviera el poder de aumentar su fuerza 
destinada al sacrificio; cerró el medallón; depositó el bi- 
llete ásu lado, y contempló un momento sin besarlas, unas 
flores ceñidas con un lazo negro, que consistía en unas 
siempre vivas, un pensamiento , y un cliotropo — reunió todo 
encerrándole en la caja de ébano, la que aseguró perfecta- 
mente: y alzando la cabeza con enerjia — dijo sin duda á 
Dios: 

— Ahora la careta: la fuerza en este caso es el disimulo: 
el disimulo, la refleccion sobre el orden social de un 
mundo que no vale gran cosa por otra parte: y la reílec- 
cion el espacio, donde por todo bien de mi doctrina; en- 
cuentro la ecsistencia de una hija á la que van dedicadas 
todas estas abnegaciones! Sea en nombre de Dios y de 
ella! decía mirándose á un espejo de gran toillete que 
se destacaba en el fondo de la habitación como delatando 
sus menores sonrisas, sus mas leves movimientos. 

Se halló muy cambeada; anchas y dominantes sombras, 
se tendían bajo sus ojos, invadiendo un largo perfil de sus 
mejillas: — y arreglando sus risados cabellos de un negro 
esplendente; reponía: 

— “Se conoce que he sufrido; sospechará mi marido el 
por qué? — y con marcada indiferencia proseguía: “y que 
me importa? al fin dirá ese hombre plástico y mesquino, 
sufre por un muerto! vaya por otras que gozan y sufren 
por los amantes vivos ! en la vida social; la mujer debe de 
saber disimular. Con ese parche en la conciencia, y en 
el rosero, la mujer puede vivir madre y esposa y respeta- 
da, por mas errores que cometa. — Quién vá á dar impor- 
tancia á este secreto mió? lajente se burlaría de mí, sin 
compadecerme; y compadecerían á mi marido por amar 
á una pobre loca enamorada de un muerto. 

Tales serian las palabras del mundo, si el mundo llega- 
ra á sorprender este recuerdo de mi alma. Guardémosle 
— decía con convicción; guardémosle; desde hoy consagro 
mi vida, á hacer todo el bien posible á las desgraciados: y 
i dominar mi corazón, delante de mi marido, y delante 


del mundo: Dios solo será testigo, y Juez de la intimi- 
dad de mi alma.— Al decir esto njitó el cordon de una 
campanilla: y se presentó el aya de Aurelia — Y mi hija? 
preguntó Inés: — duerme? — El aya por toda respuesta fue 
á traer á la pequeña Aurelia. 

La madre la tomó en sus brazos y pasó á la habita- 
ción de su marido donde sucedió la conversación que en 
el capitulo Duda transcribimos del original — sin quitarle 
una letra. 

Cuando Inés volvió á su habitación después de aque- 
lla conversación con Lemaitre; se hizo sencillamente este 
reproche. 

— “Inés: tienes diez y seis años: reflecsionas sin prac- 
ticar; ah! y que distinto es hablar de hacer. Lemaitre, há 
podido sorprender mi secreto; en que consiste — decía la 
niña esposa , «pie otras saben disimular con tanto acierto? — 
Investiguemos: veámossi yo soy capaz ó seré de hacerme 
impenetrable desde hoi, para el mundo entero! 

Y la niña, inclinó la cabeza en las manos y quedó su- 
rnetjida en una profunda meditación. 

— Veámos lo que hace la mujer en adelante 


r<>XVBKSA<'|0\ di; familia, 

CAIMTI 1,0 IX. 


Al siguióme din de estas rellcoeiones de Inés; Don 
•luán v Doña María Picotti, sentados en la galena de la 
izquierda de su casa, y tomando, aunque Bordaleses el 
r,eé del Pais, el mate: — señal positiva dicen nuestros 
buenos gauchos , de que el estrangero no se vá de la tierra: 
— tenian la siguiente conversación: 

Doña María — Vistes anoche Juan, que rumbeado es- 
taba el semblante de Inés? halda llorado!. . . .Si fuera 
posible creer que Lemaítre conociera que no es amado ! 

Don Juan — Eso, por sabido lo calla Lemaítre. Tam- 
bién él me pareció disgustado: hasta conmigo, guardóse 
semblante serio, todo el tiempo que duró nuestra visita. 

Doña María — Malo, malo ! ya empiezan las espinas ! 

Don Juan — Y aquién no han punzado esas espinas 
después de un año de casados? Acuérdate tu misma, de 
aquella noche de baile, en casa de la tia Manuela Alcór: 
sinó rompes las cintas que adornaban tus cabellos; vo... 
estaba dispuesto á hacerlo por tí. 

Doña María — Me acuerdo! pero no todas las mujeres 
tienen la fuerza para sufrir, que yo he tenido Juan. Tus 
impertinencias: el vicio inseparable de las mujeres, que 
luí sido tu rey, en la vida, ;í cualquiera otra la habría 
cansado. 

Don Juan — V qué habrías hecho; ó habría hecho cual- 
quiera otra con cansarse; de sufrir á su marido? 

Doña María — Echar como tantas otras por la calle del 
medio, como dice el vulgo. 


bou Juan — \ adúnde te habrías dirijido? 

Doña María — A donde quiera. 

I )on .1 uan — Habrías tomado iui amante > 

boña María — O habría t rabajado para uo tomarle. 

Don Juan — Eli ! perlas ul mar! osos son petardos en día 
de trabajo; las mu jeres casadas que se separan de sus ma- 
ridos, no hacen sino elejirel hombre que debe de enga- 
ñarlas mejor. 

Doña María — No todas Juan — llay mujeres que buscan 
en la medianía el mejor modo de hacerse honradas. 

bou Juan — Bien: dejemos esto: todas las mujeres son 
buenas cañas de pescar! 

Doña María — Gracias: siempre iuistes para nd, tan ga- 
lante como en este momento: pero yo no olvidé jamas el 
cuarto mandamiento contra los pecados capitales. 

Don Juan — Ah: si la templanza! 

Doña María — Es verdad. Quiera Dios que Inés practi- 
que esa santa virtud, como la ha practicado su madre! 

Don Juan — Eres tu propia apolojista: mas en cuanto 
á Inés; yo te voy á decir mi parecer. Sabes lo que creo 
queés Inés? una niña con ideas muy estrav a gantes, que 
hará sufrir ú su marido; y quien sabe si nosotros entrare- 
mos en el número de los que lloren. 

Doña María — Y qué causa ha podido producir ese pen- 
samiento? Acaso, la seria y profunda resignación, con 
que ha aceptado el marido que la has dado Juan? Acaso, 
el juicio con que está manejando su casa, á los quince 
años? — vaya: veamos porqué la jnsgas asi. 

Don Juan — Sonriendo: — Ya veo que se toca la cuerda 
del amor propio: por que las madres todas, se creén vér 
reflejadas en sus hijas; pero oye ú tu pesar; esa niña tie- 
ne mucho que dar de sí, todavía; ahora solo se vé un lado 
del carácter de ella: á los veinte años, tu la veras tal cual 
é<. 

Doña María — Doble culpa entonces; pues que has ca- 
sado á esa niña demasiado temprano. 

Don Juan — Y ámi que me importa, ñor ejemplo, que 
sea buena ú mala para su marido? — no lo és para mi! 


Doña María — Buena doctrina! lo que no quieras para 
tí, no lo desdes para nadie — dice el evanjelio — por que 
lo hás olvidado? — y después Juan: los hijos que son ma- 
los fuera de sus padres: pueden ser malos con sus padres 
algún diai 

"Don Juan — Pero entonces, yo talvez no viviré! 

Doña María — Pero si crées en otra vida, no te regoci- 
jarás supongo del mal ajeno, ni menos miraras con indife- 
rencia la felicidad de tu hija ó su desgracia. 

Donjuán — (Con nonchalance) Déjame de otra vida: 
la cierta és esta: después, quien sabe donde nos vamos. 

Y luego María; los hijos se han hecho para despren- 
derse de sus padres; anda tú, á trazarles el camino que 
deben de seguir: se reirían sobre tu cara. 

Doña María — Pues Inés no es así: y hasta ahora me has 
provado con una razón, que esta noble criatura, sea el 
triste modelo que tu me has trazado. 

Don Juan — Viendo que esta objeción no tenia réplica; 
se contentó con decir: 

Bien: el tiempo lo dirá: pero no me negarás que Le- 
maítre está disgustado? 

Doña María — En vez de negarlo, lo confirmo: lo lié 
notado sombrío. 

Don Juan — Y, 'supones por qué puede ser? 

Doña María — Como hombre esperto, habrá sorprendi- 
do el frío del desamor, en una caricia; y el olvido de su 
persona en mas de una ocaeion. 

Don Juan — Mirando de alto á abajo, á su mujer. 

— Ah! mujeres! mujeres! vosotras sabéis mas, que los 
doctores viejos: y armaís mas trampas, que los ejercita 
dos cazadores, para los pájaros indefensos. 

Doña María — Siempre la misma manía! y ya que eso 
fuera cierto: — quien tendría la culpa de que la mujer su- 
piera del corazón humano mas que el hombre? — sin duda 
Dios, y vosotros que os aclamais señores del mundo — Por 
qué le niegan á la mujer derechos que le sobran: derechos 
que la naturaleza le ha dado? Por qué la obligan á estre- 
char sus conviciones; su alma; su destino? — Por qué este 


sarcasmo para la amiga y compañera de la vida del hom- 
bie, cuando para él están abiertas todas las puertas: para 
su paso no hay obstáculos; para su deseo no hay impo- 
sible! La ley; la organización social, le concede este 
caudal sin eesámen; y el hombre le lleva bajo su pezo 
como el águila su fiereza, .su fuerza y su cortejo de aves 
inferiores! 

Don Juan asombrado — Pero en que escuela has 
aprendido esa filosofía mujer? Te estoy desconociendo á 
tal punto: que creo que eres un doctor de derecho dis- 
frasado con tu persona. 

Doña María (sonriendo) — t¿ué irónia ! así somos las 
pobres mujeres! cuando nos vindicamos sencillamente, 
sorprendemos la ignorancia de nuestros enemigos de 
intuición: y se mofan del raciocinio, como se mofaría un 
muchacho mal criado, del bonete de turco, sobre la ca- 
beza de un francés. 

Don Juan — Pero qué cambio es este? Volvió á repe- 
tir asombrado y no se cansaba de mirar á su mujer, tal 
vez sintiendo que le hubiera espetado aquel trozo de filo- 
sofía como el llamaba á la verdad; á la hora de la vida, 
en que la figura de la juventud, habia desaparecido de- 
jando en su pos, el feo luírapo de los años, como un 
ejemplo de espiacion. 

La señora sin hacer atención á las sorpresas de su ma- 
rido, siguió la conversación en su base: 

— Inés está fría para nosotros. 

Don Juan — Es verdad: también lo lié notado: mas no 
alcanzo el porqué. 

Doña María — El porqué: el porque! Ese secreto está 
en tu ambición, Juan, y en mi debilidad. Vé ahí una prue- 
va de lo que importa, que una mujer casada sea sierva, 
en vez de señora: no puede ni hacer respetar á sus hijos: 
ni hacerlos felizes! 

Don Juan — Veárnos porqué. 

Doña María con gravedad — Si cuando tu, te empe- 
ñaste» en adjudicar; diré — la mano de tu hija, á ese hom- 
bre que puede ser su padre, solo porque ese hombre decía 


que [viiin joríuiHt, y lu tuya estaba en ruptura; yo; la 
madre, y tu mujer, hubiera levantado la cabeza, y te 
hubiera dicho — usando de mi fuero — -jamas! ese enlace 
no se liará mientras Inés no lo pida! — esa niña que ó 
los diez v seis años yá es madre, sin haber dado todavía 
su corazón al hombre de su cariño: esa niña que será muy 
desgraciada; estaría hoy á nuestro lado: elijiria el ser que 
podría darle las horas buenas, que se llaman felicidad: y 
no la verías hoy, tria, grave, y pensadora; cuando las flo- 
res de la esperanza, están sahumando recien, la cabezera 
de su lecho de adolescente. — Qué quieres hoy de ella? 
reflecciones amargas!- — todo lo mira sobre fondo negro 
porqué no ama: y si aína, no está á su lado la criatura de 
su pensamiento. 

Don Juan — Pero tu sabrás María que en Europa casi 
rodas las mujeres se casan j.x»r convicción: sobre todo, las 
jentes ricas: vo creo que Inés se acostumbrará. 

Doña María — Jamas! Hé leído sobre su frente ese ju- 
ramento: parece desprenderse hasta de los poros de su 
piel tan dulce, y tan joven. 

Doña María lloraba al decir esto. , 

Don Juan — Y tu misma no la empeñaste# á ese enluce? 
Doña María — Es cierto; porque tú lo ordenabas con 
esa severidad, que há sido la regla de tu carácter cerca de 
mi — y yo, que siempre tímida, hasta en la vejez; no hé 
sabido sino hacerme instrumento de tus mandatos: con- 
tribuí áque Inés, rompiera en pedazos su corazón, para 
satisfacer tus ambiciones, Juan ! 

Don Juan — Pues no te veo ahora tan sumisa como en- 
tonces! 

Doña María — Porque Dios me sujiere estas palabras 
va vanas, porque el mal está hecho! Creés que si hoy 
mandas obedeceré menos? Refleceionar no es ejecutar: 
y si mi cabeza piensa; mi voluntad es ciega, y mi paso de- 
vil. 

Don Juan (come subyugado) — María: no recuerdas 
squél joven que amaba a Inés, y que liaee poco murió 
jíeguti dicen, de dolor por haberla perdido? 


- G¿ 


Doña María — A quién — á Inés f 

Don Juan — Si: lo luí oido á nuestros dos hijos Anto- 
nio, y Anjel: y . . . .que se yo; decía como trayendo á la 
memoria algún recuerdo perdido — que se yo— si LemaS- 
tre, no me dijo también un dia que Claudio Paulo, ama- 
ba tanto á Inés, que le costaría la vida el haberla perdido. 

Doña María — Y en qué fecha te lo dijo? 

Don Juan — Me parece que Imcen dos ó f res meses. 

Doña María — Estaría zeloso Lemaitre entóneos? 

Don Juan — Mas de quién — del muerto? 

Doña María alzó los ojos al Cielo, y con voz profunda, 
dijo — Quién sabe! 

En aquel momento se presentó delante de ellos Anjel, 
con su aire de nonchalarur. habitual, y jugando como de 
costumbre con la larga cadena do oro, que respondía de 
la ecsistenciaen la faltriquera, de su magnífico roló, y son- 
r i é n dose preguntó : 

— De qué se trata? 

Donjuán — De un asunto que tu conoces, y del que 
puedes dar informes como nadie. 

Anjel — Cómo por ejemplo?. . . .preguntó, reclinando 
sus dos brazos en la baranda de la galena. 

Donjuán — No me dijiste un dia, que Claudio Prado, 
amaba tan ciegamente á Inés que se moría si la perdía? 

Anjel conservando su postura — Y después añadí algo 
mas: — que Claudio Prado habia muerto de pasión por 
Inés: — Y (pié hay con eso? 

Donjuán — Pero Lemaitre no lo sabe? — añadió sin 
confiar al hijo las palabras de Mr. Fierre. 

Anjel — Tan bien, corno y ó. 

Doña María como corroborando una antigua apren- 
sión; — Bien me lo decía el corazón!. . . . 

Anjel — volviendo el rostro acia su madre y sin dejar 
el descanso de sus brazos sobre la balustrada — Y qué hay 
sobre esto; algún miedo de desgracia; ó ya cosiste la des- 
gracia? sepamos el motivo del pronóstico del corazón 
vuestro, madre? 

Doña María — Hijo; creo qpe Inés no será dichosa, v Le- 

5 


— 6«5 


maitre. . . .aquí hizo una pausa, que Aiijel trató de salvar 
diciendo: 

Y Lemaitre bastante astuto, para no perder en la par- 
tida — es verdad ? 

Doña María — A vezes los hombres mas astutos, hijo, 
son victimas de sus propias pasiones. 

Anjel hizo un jesto imperceptible; el jesto de los envi- 
diosos de que ya liemos denunciado las formas: y dejando 
su postura; con ojo observador y á la vez un tono com- 
puesto de indiferencia, se dirijió al grupo de los ancianos: 
empezó á pasearse y á seguir la conversación — Pero de 
todos modos, madre: que puede haber de alarmante en 
este asunto ? 

Doña María — Que luí notado sombrío á Lemaitre, y ó 
Inés muy pensativa: algo mas; llorosa! 

Anjel — No és estrado: Inés, amaba ciegamente á Clau- 
dio: Lemaitre lo sabía: vé que Inés sufre de la muerte de 
aquel y Lemaitre está zeloso de un sepulcro! Sonriendo. 

Doña María — Tanto peor Anjel: un amante vivo, podia 
alejarse, y aquietar el ánimo del marido zeloso: mas un 
amante muerto; no puede traer sinó un zelo perpetuo: un 
perpetuo sinsabor y una solución tan tria como ese sepul- 
cro, hijo! 

Don Juan — Quimeras! 

Angel — pensativo y como si hubiera encontrado el 
hilo de una idea, que flotara desde tiempos en su me- 
moria, sin poder elaborarla — “No tal: no son quimeras, 
padre; es racional la refleccion de mi madre: ese casami- 
ento tan desigual! acaban! por una ruptura tenebrosa. . . 

Doña María — asustada — En nombre de Dios! traten 
de disuadirá ese hombre para que no lleve las cosas á la 
desesperación! — Hablen con Inés: que no se deje ver tal 
cual és: sinó tal cual debe de ser hoy, como mujer casada 
y madre: háblenle de su hija, de Dios, de todo lo que 
pueda convencerla; hacerla volver en sí de su error, y 
Lemaitre se calmará. 

Angel — Pero, si Lemaitre está quiet o madre: refleecio- 
nar, y sufrir, no «*s hacer; mas vo hablaré hoy con él, y 


después con Inés sin comunicarle mi entrevista con su 
marido: croo que quedará oso arreglado: «i lo monos si 
Dios me proteje! dijo, mirando de través á los dos viejos 
que respondieron. 

Don Juan — Tu eres capa/ de arreglar eso y mucho 
mas hijo. 

Doña Marta — Que la Virgen, siga tu paso y oiga mis 
votos, hijo mió! 

Angel se alejó. 

Dos vozes se cruzaron en la escalera: 

Adiós, Angel: — adiós Antonio! 

Era Angel, que saludaba bajando, á Antonio que su- 
bia, y le respondía á su vez: y luego, cantando siempre su 
aíre Francés, como el del Chatelaine, par exemple — y ha- 
ciendo piruetas de ensimismado — Antonio se dirijió ¡ti gru- 
po de los ancianos. 

Doña María — Ola hijo— y cómo está Inés? 

Buena mamá — y decía mamá, desde que estaba en 
ejisa francesa. 

Don Juan — Y Lemaitre; siempre contento y bueno 
para tí? 

Antonio — Ah! es una pasión! Escuchad — aquí traigo 
una confianza: una habilitación para uno de esos pueble- 
cilios del territorio donde pienso que voy á empezar mi 
fortuna. 

Donjuán abriendo tamaños ojos — De veras hijo? Y 
eso por intercesión de la linda hija de mi alma, Inés? 

Antonio— Es verdad; me quiere Inés con delirio: ella 
lo há hecho todo: há hablado; há rogado y Lemaitre ha 
concedido. 

Doña Maria — Inés es una santa! — dijo lijando sus ojos 
tristes en su marido como si le quisiera recordar, el torpe 
modelo que había él hecho de su noble hija; pero el an- 
ciano avaro; ya no veia ni oia, sino por la habilitación de 
Antonio; y ni oyó ni hubiera oido que significaba aquella 
reseña. 

Don Juan — Y cuando marchas hijo? 

En algunas semanas ¡mpá. 


ti 8 


Doña María — Y dime Antonio tu creés que es feliz Le- 
uiaitre é Inés ? 

Antonio como recordando alguna circunstancia olbida- 
da: 

— Me parece que no: aunque rí bien lo digo, no tengo 
en que fundarme para pensarlo. 

Doña María — No lias notado demasiado grave á Lemai- 
tre? 

Antonio — Es verdad! y ahora recuerdo — (pie hoi al 
darme su confianza en el negocio que me aleja de la casa; 
me dijo — “trabajad para no depender de nadie, aunque 
no creáis que en tener fortuna, consiste la felicidad: pero 
el Jiombre debe ser hombre ! 

Doña María — Y que dijo Inés? 

Antonio — Lloró me abrazó y me dijo: “no te cases ja- 
mas con mujer de la cual no tengas pruevas de su pro- 
fundo cariño: por qqé la harás cargar la cruz del dolor, 
hasta la muerte, y nj tu fortuna ni tus desvelos, lograrían, 
hacerla decir siquiera — “el porvenir será mejor!” Nada 
Antonio: las llores de esa cabeza bajo el Cielo del desa- 
mor, se secarían, como bajo los hielos eternos de los 
4ndes.” 

Poña Marqi — (rían Dios! y Leu mitre la oyó 

Antonio— Sí. 

Don Juan ajitado — Y qué dijo? 

Tomó su sombrero y salió mientras que Inés me repe- 
tía sin cesar “no te cases sin ser arnado!” 

Doña María — Ah! será posible que Por una fortuna, se 
le haya dado una Cruz, á esa niña tan buena: tan sumisa 
tan intelijente y tan linda? — y clavando una mirada triste 
y dolorosa en su marido, eselamó: — Ah Juan! que has 
hepho, que lias hecho! 

Donjuán — Bajó sus ojos y guardó silencio. 

Antonio se dirijió á su madre, y la dijo: 

— Y qué queréis que se haga en este asunto? 

— Hablar á Lemaitre, álnés: disponer bien esos ánimos 
en favor el uno del otro: y ver si se puede obtener que no 


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sea el Calvario de Inés tan horroroso como parece que 
se le prepara hoy! 

Antonio — Perded cuidado mamó: que lo que yo no 
pueda con Inés, y con el marido, no lo podrá nadie. Voy 
ó hablar á Inés primero; á Leinaitre después: sin decirle 
que hé visto á aquella por nada. 

Don Juan — Trabaja hijo sobre este asunto; porque de 
esto has de sacar provecho! 

Doña María — Trabaja en bien de la humanidad; de tu 
hermana, y por conciencia de tener que parecer delante 
de Dios como cristiano hijo mió, algún dia! 

Antonio alejándose — Así lo haré mamá; asi lo haré! y 
desapareció. 

Anjel hablaba con Lemaitre^en su habitación, en la 
hora en que Antonio, subía la escalera, que conduela al 
toillete de Inés. 

El capitulo siguiente dará la esplicacion de estas dos 
conferencias. 


De como pueden tratar do* coiiftiwionado* 
un mÍNiiio a*unto. 


CAPITULO X. 


Anjel había golpeado suavemente la puerta entreabier- 
ta del cuarto particular He Mr. Lemaítre; en momento en 
que este estaba leyendo en uno de los diarios de la Ca- 
pital, unos sentidos versos á la memoria de Claudio Pra- 
do, por un Alfredo de. Riera : estos eran los versos; 

Balanceando recien, en la rivera 
la flor primera de la edad de Prado: 
una mano mesquina y traicionera 
la arrojó al fondo de ese mar helado. 


Sin tiempo de salvarse; nadie pudo, 
recojer el aroma de esa flor; 
que tan contado espacio en tierra estubo, 
luchando siempre con profundo amor. 

Aqui dejó esa flor la planta viva, 
de dó nació su dicha y su dolor; 
esa planta perdió una flor amiga, 
pero ella queda fresca en su esplendor. 

Las flores si se arrancan, se envejecen: 
las plantas sin las flores viven mas: 
y cuando ya cansadas se adormecen; 
mueren como los sueños sin edad. 


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Artista, y desgraciado — tu destino, 
iué pensar y sentir profundamente: 
una mujer, cruzo por tu camino 
y arrancó la corona de tu frente! 

Aquí hizo una pausa Lemaítre. 

Anjel observaba por entre la puerta entreabierta sin 
ser visto de Lemaítre. Este manoseó por un instante con 
una rabia convulsiva, aquel papel delator; y con una 
sonrisa de entera ironía, se dijo asi mismo: “Adelante! 
veamos en que para esta historia.” 

t^uión era esa mujer? una inconstante: 
que por una fortuna, dió una vida: 
cruzando en otros brazos, palpitante, 
la patria del dolor y la mentira! 

Mas tarde Claudio, la veras caér 
victima de su error, arrepentida: 
y torrentes las lágrimas verter, 
quu arrancó ciega, á tu pasión perdida! 

Y la verás llegar donde reposas: 
jadeante con la Cruz, porque trocó; 
las ilusiones del amor hermosas, 
creyendo, que fortuna es corazón! 


Y tú bendito, que la amabas tanto: 
que no pudistes sin morir, perderla: 

— enjuga en tu sudario, el triste llanto, 
de esa mujer que te dejó en la tierra! 

Alfredo de. Riera! 

— Esclamó Lemaitre, repitiendo en voz alta, la firma 
que estaba al pie de aquellos versos, en el momento que 
Angel, inició su presencia por medio de un golpe leve á 
la puerta; — bien entendido que ese golpe fué dado, en la 
oportunidad que él creyó que podía servirle de pretesto 


para entablar urta conversación intima: y habiendo teni- 
do tiempo y datos para corroborar, que Lemaitre, no era 
feliz, y por que. 

Adelante — dijo Mr. Lemaitre, divisando á Anjel, que 
se adelantaba á él, con mas atención que de costumbre. 
Bonjour, Mr. Lemaitre. 

Bonjour Anjel, cómo vá de salud? 

—-Gracias, bien. 

—Y cómo está Inés y la chica? preguntó Anjel, sen- 
tándose á su lado. 

Lemaitre — perfectamente: madre é hija, se mantienen 
en una igualdad de termómetro, que no discrepa ni un 
átomo. 

— Buen temple amigo! ese es un talismán para la fa- 
milia y una promesa de buena marca para no dudar de 
la bondad de Dios. — Dijo Anjel y se sonrió cordial- 
mente. 

Lemaitre — es verdad: pero la salud no es la sola garan- 
tía que pudiera pedir un marido, y un padre. 

Anjel — Entre-severo — Y falta á Mr. Lemaitre, el com- 
pieeso de las garantías que necesita un marido'? Lemai- 
tre — Ecsaminando el rostro de Anjel cuyo sentido am- 
biguo, no había podido descifrar jamas. 

— Y por qué me lo preguntáis Anjel'? 

Anjel, con doble intención — Lo pregunto, porque vos 
me lo habéis dejado suponer. 

Lemaitre — Yó? de qué modo? — no aeostumdro caba- 
llero, dar á nadie, el permiso de entrar á investigar, ni á 
juzgar mis acciones de familia ni mis ideas de casado. 

— Anjel, tornando á su mira secreta. 

Escusad la viveza de mi pregunta; pues yo he venido 
á ofreceros una razón de tranquilidad doble, que espero 
que vuestra practica de hombre de mundo no desechará. 

Lemaitre, por toda respuesta manoseó, sus anchos y 
largos bigotes, y puso el diario sobre el bufete, que has- 
ta entonces, había permanecido en una de sus manos. 

Anjel prosiguió— Los hermanos amigo mió, no pode- 
mos ser ni jueces, ni testigos ante la ley: pero si pode- 


xuos ser simplemente individuos, en la intimidad, y como 
tales — -justos, sobre cualquier asunto de que se trate. 

Lemaitre — sacó el reló de su faltriquera; miró la hora: 
ó iva á levantarse sin contestar; negando asi, la idea vul- 
garizada de que no hay pueblo mas educado que el pue- 
blo francés : si Anjel, volviendo sobre si, no hubiera he- 
cho la siguiente estratejia viendo que sus dos tentativas, 
habian fracasado. 

— Y bien; la política se ha hecho cargo de la parte co- 
mercial del pais, y si vos no entráis por el aro , como di- 
ce el pueblo — las bancarrotas, serán la esplicacion ecsac- 
ta del método arbitrario. 

Lemaitre, se detuvo, y con cierta indiferencia, respon- 
dió : 

Eh ! mejor para los que se dejen embobar ! 

Anjel; pero amigo no se trata de dejarse embobar: 
sinó de que le emboben á pesar de uno. 

Lemaitre, como si estuviera ya, en la practica de una 
negociación. 

— Pero eso será lo que taze un sastre! 

Sentándose nuevameute, mientras que Anjel, intencio- 
nalmente, en el fondo, pero casualmente en apariencia, 
había tomado el diario, y leia, el artículo de fondo, con 
calma. Mas, derrepente Anjel, pareció sorprendido; y sin 
dejar de léer para sí, manifestaba tal ansiedad que Lemai- 
tre no pudo dejar de preguntarle : 

— Qué os llama la atención de ese modo en el diario? 

Anjel — Estos versos que acabo de encontrar en la 
“Sección Literaria,” 

— Lemaitre, atraído tal vez, por el punzante dardo, 
qne le habia herido antes. 

— Y tienen esos versos alguna relación con vos, por 
ejemplo? 

Anjel, tratando de atraerlo cada vez mas al terreno — 
Por desgracia, Lemaitre! pues si cada familia supiera lo 
que ira individuo al parecer insignificante; puede tener 
que hacer algún dia, con la tranquilidad y el bien-estar 
de la casa; tendría mas cautela en la elección de sua re- 


laciones. — Anjel, vio cruzar una sombra de sospecha, 
por sobre la frente severa de aquel marido; y observó á 
la vez, que haciendo un grande esfuerzo Robre si mismo 
respondió : 

— Y que influencia ingrata ha ejercido la relación de 
aquel joven, pues supongo que áél os referís; en vues- 
tra familia y en su bien-estar? — y fijó al soslayo, sus ojos 
en los ojos de Anjel. 

Anjel, doblando el Diario con distracción pensada 
pero muy bien encubierta : 

— Una influencia Lemaítre, involuntaria: pero de gran 
trascendencia. 

Lemaitre pareciendo ignorarlo 

— Alguna mala especulación con vuestro padre ó con 
Antonio? 

Anjel — No: una pasión. 

Lemaitre — Algún vicio incorregible acaso? 

Anjel — No, una pasión de corazón! 

Lemaitre — Y por quien y quien la inspiró ó la sintió? 

Anjel — Por quien? Por Inés. Quien? — Claudio Prado! 
y fijó sus ojos profundamente en el semblante de Lemaí- 
tre, el cual como de costumbre se puso súbitamente en- 
carnado. 

Lemaitre con el diario y sin mirar á Anjel: 

— Si, eh? sin duda á eso se refieren esos versos? no es 
esto? ahora comprendo vuestra sorpresa. 

Anjel — que queréis? cuando se estima el apellido de 
familia y 

Lemaítre alzando sus ojos hasta la frente de Anjel: 

— Como es eso Caballero? que misterio ecsiste entre 
ese hombre y la que hoy es mi mujer? creo tener el de- 
recho de pedir una esplicacion clara y satisfactoria. 

Anjel — con suspicacia. Ninguna sospecha alarmante 
Sr. Lemaitre; pero los compromisos que se deriban de 
esos amores imprudentes; las vozes que se esparcen y se 
creen maliciosamente; después el amor profundo de uno 
y otra, es un castillo desafiador del tiempo, del estado de 


la sociedad y tulvez hasta de la propia nada: hasta de la 
tumba Lemaltre! 

Este se levantó, paseó ¡1 grandes pasos la habitación 
ajando sus anchos vigotes, con los dedos crispados de una 
rabia mal disimulada: y al cabo de unos minutos, dijo 
preocupado de la última idea. 

— El castillo por si solo, no sabría defenderse de la 
fuerza constructora y tenaz que proviene de la voluntad 
espresamente del dueño traicionado, y de vuelta ó sus 
dominios: el castillo caerá ó caerá su defensor! 

Anjel sonriendo de una manera particular, y talvez 
recreando su fibra dañada de ver sufrir á otro, fuera quien 
fuera. 

— Pero és que los muertos saben guardar sus fortalezas 
inmóviles con adeptos tan positivos, y tan suyos; que los 
vivos retroceden espantados ó desanimados, por el inson- 
dable puente, que media entre el posible y el imposible! 

Lemaitre — Mayor razón, de veras, para no estimar los 
recursos que puedan ligar la defensa de un vivo á un 
muerto: son convicciones rotas, al haber pasado el puente 
que como decís, separa, el posible del imposible. 

Sonriendo á su vez pero de distinta manera; parecia la 
sonrisa del triunfo de la idea propia, sobre la idea ajena. 

Anjel — Mas lo que yo os puedo afirmar, és que si un 
muerto fué amado profundamente, será amado en su se- 
pulcro de polvo, bajo la loza, y con su seca calavera, lo 
mismo que en la vida, ó mas intimamente quizá, por una 
imajinacion romanesca como la de Inés. 

Lemaitre se estremeció, como si le hubieran punzado 
el corazón: Anjel lo percibió pero pareció no haberlo no- 
tado: Lemaltre tomó un grado de sangre-fría, evocada 
del amor propio y contestp: Tanto peór para ella que 
tendrá que habitar en el nicho de un muerto por capri- 
cho, teniendo un cíelo inmenso por dosel y un mundo 
por terreno para su planta! 

Anjel (con circunspección) pues asi son las mujeres 
amigo, y sobre todo esa mujer jóven que se llama Inés: 
que es mi hermana! 


Y volvió á lijar sus ojos siempre en vela para buscar 
el mal, bajo aquella voluntad siempre perezosa para ha- 
cer el bien, en los ojos inyectados de sangre de Lemaítre. 

Lemaitre'paseándose: — Siento mucho haber elejido en 
este caso á vuestra hermana por compañera, pues á saber 
que amaba tanto los muertos, la habría dejado con sus 
padres, que al fin ellos habrían sabido ó conducirla alli, 
según su deseo; ó - 

Anyel Ínter ampiándole vivamente, y complaciéndose en 
ver aí viejo rico, y soberbio, sometido sin querer confe- 
sarlo, al poder de una sensación, que lo podía llegar á 
hacer un miserable; un dévil. Pues creo que ella siente el 
trueque mas que vos, Lemaítre: — confesión de ami- 
go: — dijo acercándose y tomándole la mano con cordia- 
lidad. 

Lemaítre, sin desconcertarse, pero visiblemente ajila- 
do — De veras? pues se puede tomar la revanche. 

Anjel — No: aun no es tiempo amigo mió: ella és buena 
hasta el sacrificio; vos lo sabéis como yó, sed franco: ella 
no se desmiente: si sufre, sufre en silencio; qué cargo iríais 
á hacerla? — Si ama, ama á un muerto; de qué deshonor 
la podríais imputar? en fin esperad; después vos habéis 
tenido la ciega manta de hacer de Antonio un negociante 
y un amigo protejido por ella, el cual vendrá á ser su apo- 
yo é irán contra vos mujer y hermano. 

Lemaítre — Raciocinando, y sentándose cerca de Anjel 
— Y que tiene que ver Antonio con que Inés ame á ese 
muerto? 

Anjel — Nada mas, sinó que si tomarais la revanche , 
como dijisteis: en vez de un enemigo tendríais dos. 

Lemaítre — Eso és no calcular, pues que yo puedo qui- 
tarle á mi enemigo ese cómplice. 

Anjel’ — Y como? 

Lemaítre — Colmando sus ambiciones. 

—Y no están satisfechas? Preguntó Anjel bajo-, aquel 
jesto, que designamos como peculiar á su fisonomía,, en 
ciertos momentos de la vida. 


?? 


Leinaitre ecsaminando á su vez, á Anjel — Pero no su- 
dadas! 

Anjel — y que liaríais en este caso por ejemplo? 

— Hacer yo un viaje á París, y dejarlo como jerente 
de la casa introductora de Lemaitre y compañía. 

Anjel sintió ardérsele la frente de una de esas impre- 
siones que descomponen la sangre; pero disimuló la emo- 
ción: 

— Y eréis? dijo con aire glacial que Antonio servirá 
con cordura vuestros intereses? No tendréis que luchar 
con dos sepulcros, el uno el de vuestra dicha: el otro el 
de vuestra fortuna? 

Lemaitre, se sonrojó y temió haberse dejado ver como 
un niño; mas recuperando la entidad de hombre de mundo 
y el frió continente de un comerciante acostumbrado á 
las alzas y bajas de la plaza: dió entereza ú sus ideas y en- 
caminó de este modo la cuestión. 

— No seamos niños, Anjel: vos alcanzareis que yo no 
soy hombre de tertulias, que hacen una chambonada por 
dar cpic decir á cuatro holgazanes y á cuatro coquetas de 
pacotilla; no: dejemos bis cosas como van; si Inés ama los 
huesos de un cádaver que importa? — Si llora y reza sola 
queme importa? Seria lo mismo que si llorara por su pa- 
dre ó por su madre; esas lágrimas no hacen mal! Es buena 
esposa corno lo manda la Santa madre Iglesia? — basta. 
Es buena madre como lo pido la naturaleza? Basta tam- 
bién: por consiguiente Anjel, vamos andando y dejadla 
que ame hasta las cenizas de ese esqueleto! 

Anjel vió bajo su suspii az observación, que Lemai- 
tre ambicioso por fibra, tomaba el consejo para su cora- 
zón, de su avaricia ; pero que su amor propio quedaba 
sin posición ; espuesto á tocio ataque y por consiguiente 
acsesible á las influencias estradas; pero calculador co- 
mo todo malo, creyó que en aquel momento no se debe 
ria aventurar una palabra mas ; sobre todo, cuando veía 
la decisión en perspectiva, de un marido ambicioso, que 
miraba primero la talega que el corazón, y dijo para sí : 
— “ el resto se hará en otra ocasión’’; — y dirijk5ndo.se 


sencillamente á Leuiaitre — “Teneis razón hermano , (le 
dijo por primera vez), esa filosofía vale un tesoro : — 
Quiera Dios guardar á Inés y á Antonio cerca de vos de 
todo mal ! 

Este hipócrita voto, se perdió sin duda en lo raso de la 
tierra, sin subir ni un grado á la atmósfera siquiera; pues 
desde ese instante Inés no pudo arribar á algo bueno 
cerca de aquel hombre. — Hay votos en verdad que pa- 
recen maldiciones ! 

Lemaitre sacó el reloj, y dando un golpe en la mesa, 
dijo: — las cuatro y aun no he ido á ver é Mr. Fears que 
hoy me esperaba <í las tres ! 

Ary'eL — Esto equivale á una despedida. — Tomando su 
sombrero para despedirse. 

Lemaitre, tomando el suyo y señalando con su mano 
la habitación particular de su Señora. — Allí está vuestra 
hermana : hasta mañana ! — Hasta mañana, dijo Angel á 
su vc/j ; y ambos salieron tomando un camino diferente: 
Lemaitre bajó la escalera para ir á la entrevista con Mr. 
Fears, y Anjel tomó la dirección de la habitación de 
Inés. Golpeó con el puño de oro de su varita de junco 
la puerta, y la puerta se abrió. 

— Adelante, — dijo con una voz dulce Inés, y Anjel 
entró. 

Buena tarde hermana — dijo este, poniendo su som- 
brero sobre una silla, y sentándose en un divan de ter- 
ciopelo verde mar. — Y corno vá de salud ? — prosiguió, 
viendo que Inés seguía relijiosamente ocupada en dibu- 
jar una cabeza del Moisés, copiada con suma exactitud 
del testo, por Mr. Lebrun. Inés dejó el lápiz : alzó sus 
brillantes ojos hasta los ojos de Angel, y respondió sen- 
cillamente : — Bien. 

— Te creía acompañada. 

— Es verdad ; lo he estado hasta ahora ; pero hace un 
instante que Antonio se fué. 

— Ola ! y que dice esa pobre bestia? dijo Aniel jugan- 
do con su barita sobre la punta de las botas, como un 
indiscreto, ó como un disimulado. 


— ?9 — 


Inus se sumió, de una manera bien do acuerdo con el 
título que daba Anjel á Antonio. 

\ a sabes que él se figura que todo lo sabe v todo lo 
puede. 

Anjel me alegro que le conozcas, que le estimes en 
lo que vale. 

Inés — crees que porque callo no entiendo el mal, y 
no conozco á los malos 1 . . . . 

Estas palabras coincidenciales con el secreto bárbaro 
de Anjel y su carácter malo en jeneral, hicieron que es- 
te hombre frió y audaz se pusiera pálido : pero la cos- 
tumbre de mentir, hace profundos en este arte á los hom- 
bres : Anjel pareció ser de este número. Y bien — aña- 
dió dejando su asiento y yendo á ecsaminar el trabajo 
empezado de Inés, valiéndose de un lente con ribetes de 
oro cincelado, al estilo de las joyas de la ant igua Roma. 

— Y bien : referidme las simplezas de ese muñeco. 

Inés — que te puedo decir que tú de su carácter no se- 
pas ? es un niño. 

Anjel — siempre observando el dibujo al través del 
lente ficticio. — Si: pero un niño perverso ! 

Inés — Gracias á sus vicios ! 

Anjel — No : á los malos instintos. 

Inés—Ecsajcras Anjel: tú siempre le has tenido una 
ciega antipatía. 

Anjel — Como si no diera gran valor á aquella reminis- 
cencia : — Sabes Inés que el perfil de este rostro tiene 
una gravedad enteramente sagrada ? 

Inés. — Te parece que voy trabajando con écsito esa 
cabeza ? 

Anjel — Sí ; te inspira el jcne.ro V 

Inés — No precisamente el fondo filosófico de esa faz 
del arte ; sino simplemente la conformación evanjélica 
de esa cabeza. 

Anjel— Trabaja ; yo quisiera tener esa actividad, y 
esa intelijencia, para poder alzarme del cieno en que se 
hunden mis pies! pero la pereza me mata : la largura del 
tiempo desanima mi cabeza impaciente, en contradic- 


— so 


cion con mi carácter; y teniéndolo todo, nada tengo, y 
pudiendo ser algo nada soy ! Al hablar asi aquel hombre 
tan frió, quedó como estático en un sombrío pensamiento. 

Inés le observaba por la primera vez de su vida, y que- 
dó sorprendida del cambio que obraba la idéa de ser algo 
en el deseo de un perezoso — mas que sin duda alguna, se 
le podía dar el nombre de envidioso. 

Mientras pasaba la nube por su frente, el lábio im- 
postor trabajaba una mentira, elaborándola en el seno 
mismo de la investigación— y decia sentándose nueva- 
mente. 

— El tal Antonio parece que te quiere convertir! — 
verdad Inés ? 

Inés sonriendo— Y en qué ? — Según la fábula Ovídicu 
ó á qué ? — Según el cristianismo ? 

Anjel — Sonriendo con ese punzante pliegue de ironía, 
que se traza en los lábios del malo en el momento en que 
pone en ejercicio sus facultades. 

— Según la fábula Ovídica — creo que querría haceros 
un gusano — según el cristianismo una idiota de esas que 
llaman santas, porque no hicieron sino llorar y sufrir por 
amor de Dios. 

Inés sorprendida del lenguage. 

— Y para que me querría un reptil tan miserable como 
un gusano ? 

Anjel — Para estrujarte bajo sus pies y absorverse el so- 
lo todo. 

— Inés —como burlándose : pero como podria un de- 
pendiente ocupar el sitio de una esposa ? 

Anjel — De modo que no en el lecho conyugal: pero si 
en la parte mercantil, de esa esposa y de ese marido. 

Inés — Y por la misma razón, sin duda, me querría una 
idiota ; porque santa yo, soy demasiado profana para lle- 
gar á serlo? 

Anjel — Sin ninguna duda! 

Inés — Como reflecsionando. 

—Y seria verdad, que un hermano protejido, fuese un 
verdugo para mí en la vida ? 


Aujcl se levantó, tomó las manos de Inés, con tinji- 
«3a ternura, y la dijo con un acento profético al parecer: 

— Inés: Cuando se sube á una eminencia hueca, al 
llegará la cúspide, la eminencia cae; y entonces desgra- 
ciado del que esté en la cima ! — v tomando su sombrero 
apresuradamente, salió sin dar tiempo á'u na' respuesta. 

Inés quedó pensativa. 

Cuando reconoció que estaba sola empezó á analizar en 
su memoria todo lo que Antonio la había dicho— y en un 
momento dijo alzando la voz 

• -Cosa rara ! — Antonio me previene contra Anj el, y 
Anjel contra Antonio! — Por cual deberá empezar racio- 
nalmente mi desconfianza ó la investigación del funda- 
mento de esa desconfianza? — Este Anjel siempre fué muy 
envidioso, lo recuerdo; y ahora por mas que quiera ocul- 
tarlo, se trasluce hasta por el tejido de su piel la transpi- 
ración ajitada de esa enfermedad que separó á Cain del 
resto de los mortales ! Está zeloso de la posición de An- 
tonio— lo veo ; quiere dibujarme su carácter con colores 
de cieno — y si no puedo dudar que Antonio es un nécio, 
que tiene vicios que han corrompido su carácter, no pue- 
do creer ciegamente que esté ya depravado su corazón 
enteramente. 

— Ecsaminemos con cordura — proseguía. 

Antonio ha venido á verme con dos objetos — veamos 
por qué y á qué. 

El primero alejar á Anjel de mi relación. — Esto pue- 
de encerrar un principio de suspicacia mal aplicado ; ya 
sea para el presente, ya para el porvenir : — segundo, sa- 
ber la historia de mi corazón ; pero la historia actual! — 
advirtió la joven con madurez: — que querrá hacer con 
ella? aquí hai astucia y un mal propósito, — vijilemos: 
Antonio tiene ambición ! 

Anjel enseguida con su suspicacia jeniallpnrece inten- 
tar mostrarme la verdad terrible encerrada en una pro- 
mesa oculta de desgracia — y en ella figura el nombre de 
Antonio; — mas para que y porque me hace esta confian- 
za? — por cariño? ó por ódio á Antonio? — por fidelidad á 
6 


mi fortuna y á la <le Lamaitre, ó por doble ambición f — • 
Esto es costoso averiguar, pero lo averiguaré ! 

Y cayendo en una profunda melancolía, quedó con los 
ojos cerrados, la boca entreabierta, como si un recuerdo 
de la dicha perdida quisiera entablar relación íntima con 
los misterios y los silencios del alma, por última vez. 


EL AMIGO DE CLAUDIO PUADO. 

CAPITULO XI. 


A los dos años de casada Inés, se daba un baile en una 
casa elegante de aquella ciudad, cuya dueña era amiga 
de madama Lemaitre : esta concurrió á él con su mari- 
do. Entre las muchas personas que esta dama presentó 
á Inés, se encontraba Alfredo de Riera, — al cual espera- 
mos que el lector no habrá olvidado, auque su conoci- 
miento con él, no ha sido hecho sino de paso. 

Inés quedó sorprendida de la belleza varonil y espresi- 
va de aquella figura; de aquella cabeza colocada artísti- 
camente sobre un cuello altivo y bien delineado ; y la 
circunspección social, no fué bastante á encubrir á los 
ojos de Alfredo, la impresión repentina, que su presen- 
cia había causado en el ánimo de Inés : pero bastante or- 

§ ullo8o para atribuirse una conquista que solo la vaci- 
ad torpe de un mendigo de conquistas busca y encuen- 
tra, en cualquiera manifestación casual á vezes, quedó 


tal cual estaba, y creyó atinar, atribuyendo al recuerdo 
de Claudio Prado : de un amor profundo, tal mutación. 

Después de esas fórmulas sociales, Alfredo se retiró á 
una de las antesalas, en ocasión que Mine. Lcmaitre se 
paseaba con Magdalena Artey íntima amiga suya por el 
salón contiguo ; y como era galantería interponer el ofre- 
cimiento de su brazo, después de la presentación, Alfre- 
do se acercó y dijo á Madama : 

“ Señora aquí está uii brazo.” 

Inés aceptó, y pidió ó su amiga de tomar el otro brazo 
de Alfredo. 

Magdalena Artey paseó cortos instantes cerca de ellos, 
y con cualquier pretesto se retiró al salón principal, si- 
guiendo el paseo Alfredo é Inés, y estableciéndose la si- 
guiente conversación. 

— Alfredo, — Señora : ¿sois feliz? 

Inés lijó sus grandes y espresivos ojos en Alfredo, 
como si quisiera investigar el ¡>or qaé de aquella pregun- 
ta; y sobre todo, como si quisiera recordar un no <¡ur de 
algo confundido en su memoria, cubierto con el oropel 
del mundo ; pero recobrando su gravedad habitual res- 
pondió : 

— Para la felicidad, si és que vos queréis encontrarla 
en la vida caballero, no busquéis tan luego la forma de 
una fiesta. ... Id al santuario de una amistad profunda, y 
allí hallareis gozos infinitos, que no vé sino Dios; divinos 
cantos de amor purísimo y una fé sin límites. 

Alfredo se balda detenido en medio del poseo, y sin 
saber como, contemplaba á aquella mujer de una belleza 
poética y suave, que habia puesto su figura al resplandor 
de la luz íntima de su alma, y resplandecía por tanto con 
la mistificación del únjol y de la mujer. 

Inés se apercibió efe lo estraño de aquella contempla- 
ción y pidió á Alfredo de sentarse. El se sentó ó su ludo 
y siguió la conversación. 

— Habréis amado Señora... ? 

— Caballero soy casada ! 

— Lo sé ! pero. . . . 


— 61 


— Es necesario creér en el amor Caballero, cuando una 
mujer responde como yó en este momento. 

— Perdonad ! mas yo creo tener derecho á una confian- 
za por parte vuestra Inés. 

— Por qué, Señor? 

— Conocisteis á Claudio Prado ? y Alfredo clavó sus 

ojos de un negro pronunciado en los ojos de Inés. 

— Inés se puso pálida, como si toda la sangre de su ser 
se hubiese refujido á su corazón; pero contestó con frial- 
dad estudiada. 

—Si. 

— Y bien Inés : yo era su mejor amigo, pues que no le 
he olvidado; yo era su íntimo amigo, pues era su confi- 
dente. 

— Confidente! — murmuró Inés como para sí. En las 
cosas del alma solo Dios ! 

— Esclusivarnente, Señora? luego dudáis de lo mismo 
que ensalzabais hace poco; de la amistad ? 

— No ! pero me sorprende que un hombre íntelijente 
como Claudio, tuviera necesidad de recurrir á otro para 
sobrellevar la carga de sus secretos! 

— Estaríais zelosa Señora, por acaso ? 

De qué y de quien Caballero? 

De un amigo en tal caso! dijo incisivamente Alfredo : 
pero Inés, tornando siempre sobre su posición, respondió 
con altura: — Caballero, os repito por segunda vez que soy 
casada. 

Al concluir esta frase, se dibujó en la pared del salón 
vecino la sombra de una persona, que venia hacia aquel 
lado ; era Mr. Lemaitre, que mas sério que de costumbre 
caminaba lentamente, seguido de Antonio de Paula, que 
con un dedo en los lábios, parecía descifrar la estatua de 
Aipócrates en su misteriosa postura. 

Inés se sonrojó al ver á su marido, sin saber por qué, 
y tratando de disimularlo, logró llamar doblemente su 
atención ; Alfredo por su parte permaneció en su sitio, 
hasta que Inés, dirijiéndose á Lemaitre, le dijo sencilla- 
mente. 


“ Lemaitre, este Caballero es el Sr. Alfredo de Riera.” 
Caballero — indicando á Lemaitre — este és mi esposo. 

Alfredo de pie saludó, y hasta alargó su mano hacia la 
del marido ; pero aquel de pié, mudo, se contentó cou in- 
clinar como por fuerza la cabeza, y sentarse eu frente, 
con aire taciturno. 

Iués había recibido uno de esos golpes de amor pro- 
pio, que no se curan después con disculpas, ni cou repa- 
raciones de otro jénero ; y viendo que Alfredo tenia en- 
cendidas la» mejillas de ira y de orgullo, quiso distraér 
aquel asunto incomprensible para ella, de Alfredo, su 
marido y ella propia. Asi, hizo una seña con su pulida 
mano A Antonio de Paula para que se acercara, que aun 
permanecía en pie con un dedo en los lAbios, observando 
alternativamente A su hermana, A Alfredo y A Lemaitre. 
Antonio se acercó. 

— Me llevas al salón? le dijo Inés. 

— Yo! replicó con un aire de duda y de indiferencia 
que dejó fria A Inés. 

— Tu! si: tu! insistió con firmeza Inés. 

— No puedo, respondió, y fué A instalarse al Indo de 
Mr. Lemaitre que sin dejar de jugar con sus largos bigo- 
tes, miraba de hito en hito á Inés y al jóven. 

Inés estaba impresionada de un cúmulo de sensaciones 
tan rápidas como estañas: y viendo que su hermano se 
negaba A acompañarla, dejó su asiento y se dirijió A su ma- 
rido. 

— Lemaitre, llévame al salón: — dijo con injeuuidad; 
pero el rn trido sin dignarse mirarla, le contestó: — Yo 
estoi demos en este momento para vos señora: y apun- 
tando con la mano A Alfredo prosiguió — ese hombre pue- 
de serviros para ese objeto. 

Un movimiento impulsivo hizo levuritar A Alfredo de 
su asiento, y provocar A aquel hombre: pero otro movi- 
miento repulsivo le hizo aceptar el desprecio como arma, 
contra el miserable: y dirijiéndose A Iués trémula como 
un lirio blanco combatido por el choque de una tempes- 
tad, la dijo con grave urbanidad. 


— 86 


— Señora; aceptad mi brazo como el de un hermano, 
pues veo que no hay aquí ninguno, y miró á todas partes 
hasta hacer descansar la mirada en Antonio. 

Este, por una de esas chispas que la vanidad enciendo 
en el ara del atrevimiento, se adelantó á Alfredo y le di- 

j° : 

— Aqui está uno; y ese os impide dar vuestro brazo á 
mi hermana. 

— Alfredo (sonriendo) y porqué si gustáis esplicármelo? 

— Porque porque sois un miserable' 

— Miserable! repitió Alfredo acercándose á Antonio — 
y bien preparaos á provármelo! 

— En hora buena. 

— Cuando? 

— Mañana- 

— La hora? 

— Las ocho. 

— Sitio? 

— Elejid, 

— Un billete os lo indicará: os cedo el derecho de la 
elección de armas, que me pertenece como ofendido: por 
ahora dejadme entrar en la fiesta; y con aire decidido, 
presentó su brazo á Inés nuevamente que sintiendo 11a- 
queár sus rodillas y su cabeza, le dijo, “Es imposible! 
és imposible! mi coche; yo me retiro.” 

Lemaítre se levantó de su asiento, con la frialdad mas 
profunda, mandó preparar el coche y volvió para llevar 
á su mujer que palpitaba de inquietud de asombro y de 
dolor en aquel sitio. 

Al despedirse Alfredo la dijo: 

— Adiós Señora! rogad por mas de uno en la vida! Inés 
alzó los ojos al Cielo, y respondió: 

— Y por mi, nadie. Dios mió! 

Inés cayó desmayada en los brazos fríos de Lemaítre 
que la contemplaba é iva diciendo para si: 

— Los hermanos de esta desgraciada niña son sus ver- 
dugos! Estos la han delatado como infiel! — yo lo he creí- 
do ? no lo se bastante; pero tengo que aparentarlo para 


correj ir cualquier error por leve que sea. — Y esos dos mi- 
serables por ambición de plata sacrifican á una hermana! 

“Desdichada! anadia besándola en la frente mientras 
el coche se deslizaba por las largas calles de la ciudad, 
sin pensar en volverla á la vida. — Cuan bella eres, y 
cuan buena es tu alma! yo sé que no soy amado: que lo 
fué otro: que lo puede ser este Alfredo de Riera que An- 
tonio y Anjcl me han designado como amante tuyo, y 
rival mió! — Pero tengo yo derecho de romperle en peda- 
zos el corazón? de atormentarla: de dividirla de su hija 
que ama, y la ama tanto? 

Oh! no! y mientras hacia esta última reüeccion, Inés 
abria sus ojos: y con la voz trémula le decia — Leraattre; 
amigo mió! donde estamos? 

— En tu casa Inés, dijo Lemaítre conmovido, viendo 
que el coche se detenia. Lemaítre la bajó en sus brazos, 
y pidió á la camarera que atendiera á Madama, que sufría: 
en seguida se retiró á su habitación. 

Pasada una hora que estaba sola Inés, sintió la voz de 
Antonio que llamaba íi Lemaítre ajitado y le hablaba en 
seguida. 

Ah! dió un grito Inés, — se batirán! 

— Mr. Lemaítre ovo el grito y las palabras, pues volvía 
yá á la habitación de Inés, y la respondió entrando y sen- 
tándose a la cabezeru de la cama: 

— Déjales! se vau á batir: Antonio ha venido á noti- 
ciármelo;. si cáe Antonio, te libras de un Caín: si cae Riera 
te libras de un cometa que amenaza tu tranquilidad de 
casada, de madre y de mujer social! 

— Es mi hermano! dijo Inés llorando y fijándose solo 
en Antonio. 

— De nombre; pero no de corazón! 

— Lemaítre Lemaítre! 

— Duerme y deja el destino de tu casa cu manos de.... 

—de Dios! 

dijo interrumpiéndole Inés, cediendo al peso de una pro- 
funda tristeza que hacia flaquear sus sentidos y se quedó 
dormida. 


DESPUES DEL DESAFIO. 


< irm i.u xii. 


A las doce <le la noche del siguiente dia Lemaitre retí- 
fado en su habitación, trazaba con su tranquilidad jenial, 
sobre el papel esos signos matemáticos que deciden del 
bien y del mal de las- familias, Al ir á colocar un ceroá 
una partida doble, Antonio de Paula entró casi misterio- 
samente á*la habitación de Lemaitre; este, alzó la cabe- 
za con profunda indiferencia, y le recibió asi: 

— Ola valiente! que tal? ya supongo que habréis deja- 
do fuera de combate á vuestro enemigo! 

— A nuestro enemigo insistió el audáz Antonio. Pero 
no tal! y en prueba de ello, ved la herida que he recibi- 
do en este brazo: y enseñaba á Lemaitre su brazo venda- 
do. 

— Como es eso? insistió el viejo astuto y frió; luego 
vive ese hombre? 

— Si, mal mi grado! 

— Referidme lo que lia pasado sin omitir ni una sola 
coma , de amor propio Antonio, dijo Lemaitre sóidamente. 

Antonio empezó su relación del modo siguiente — 

— A las cuatro y media de la tarde recibi un billete, 
designándome todos los acesorios concernientes al duelo: 
y respondí aceptando. 

A las ocho de la noche me hallaba en el sitio indicado, 
sin padrino él y yó. 

Nos dispusimos bajo el fuero establecido, y como yó nó 
soy fuerte en el tiro, propuse el florete: el pareció ser in- 
diferente en la elección pues acepto la última sin vacilar. 


Empezó la contienda: mi brazo era tuerte pero amigo 

pudo ó supo mas que vó y 

— Os venció? añadió irónicamente Lemaitrc. 

— No me venció: me desarmó simplemente. 

\ a que llamáis vencer por ejemplo? asi és vuestra 
vanidad ciega, hombre de Dios! 

— A la resolución de no proseguir por miedo. 

— Lh! hizo Lemaítre con desprecio, y siguió trazando 
con la pluma los zeros á la doble partida interrumpida 
por la presencia de Antonio, con una indiferencia glacial. 

Pero Autonio que no quería perder el usufructo de su 
trabajo: tomó el asunto por otro camino. 

— Pues sabéis que el tal Alfredo es un atrevido? que 
eréis que me dijo Lemaítre? 

— No sé : le respondió sin dejar de escribir: creo que 
os diría cobarde, &a. &a 

— Os equivocáis Lemaítre; no me dijo eso ; sino que 
Inés, la esposa prometida de su mejor amigo había sido 
sacrificada á la bárbara ambición de mi padre, y al torpe 
deseo de un hombre sin corazón que hoy era su marido. 

Lemaítre, sintió enrojecerse sus mejillas, y sin alzar la 
cabeza, dijo sencillamente 

Ola! con un hombre sin corazón! que muñeco! y por 
que juzga él ó los hombres— por las mujeres? 

— No sé: pero se conoce que es un gran pillo: y sobre 
todo que ama íí Inés ciegamente, y bajo la careta del 
amigo la está cortejando y recibiendo la corresponden- 
cia de esa loca, que desde hoy la detesto como á una ene- 
miga! 

— Pero mientras no sean sino sospechas caballero aña- 
dió Lemaítre en tono muy grave, el padre de familia no 
puede proceder contra la madre de sus hijos. 

— Y eso es lo que falta? añadió sonriendo misteriosa- 
mente Antonio — pues aquí teueis una prueba. 

Alzó los ojos Lemaítre hasta la mano derecha de Anto- 
nio que ulurgaba un papel: le tornó en silencio y leyó es- 
tas líneas — 

— “O» amo Alfredo! sirva de escudo en cualquier caso 


90 


el cariño á una tumba, que no puede yá, infundir recelos: 
y el modo de comunicarnos será en la casa de Magdalena 
Ar coy á las horas, que ella os indicará; entonces toma- 
reis mis cartas, y yo recojeré las vuestras. “Adiós: mi es- 
tado eos ije el mas profundo secreto, y confio en vuestro 
amor!” /. 

Lemaitre en silencio, sacó de su cartera un billete; sin 
duda era de su mujer; — confrontó el tipo de aquel, con el 
de este, y súbitamente, se le vio cambiar de color, como 
si le fuera á acometer algún acceso de melancolía profun- 
da: pero se levantó dió dos ó tres pasos por la habitación 
con aquellos papeles en las manos; y en seguida se diri- 
jió á Antonio en estos términos: 

— Me habíais hablado hace poco de un casamiento pro- 
yectado entre vos, y la Señorita de Martel? 

— Si Lemaitre: pero ahora estáis demasiado ocupado 
con vuestros propios asuntos para pensar en los mios: digo 
lo mismo de mi viaje, y de la habilitación prometida. 

— No: pura todo hay tiempo: no hablemos de la habili- 
tación por ahora. Os faltarán recursos para ejecutar vues- 
tro casamiento; yo os los proporcionaré; pues aun que hasta 
ahora mi fortuna no ha sido mas que una fábula, las espe- 
culaciones atrevidas han fructificado, y desde hoy mi for- 
tuna es una realidad; por consiguiente quiero protejer á 
la familia de mi mujer: vos me habéis sido adicto, y creo 
que lo sereis siempre: casaos: si os conducis bien, os de- 
jaré en lugar mió en un viaje que intento hacer á Euro- 
pa: y finalizareis por obtener la fortuna con que habéis 
soñado! 

— Lemaitre! Hermano! amigo! mi mejor padre! — Le- 
maítre, como 6Í no oyera aquellas ecsajeraciones de ca- 
riño prosiguió: 

— Conosco que Inés me engaña : esa verdad no se escri- 
be con otra palabra que esta: por consiguiente, en cam- 
bio de lo que yo os daré, vos me daréis desengaños, An- 
tonio! pues parece que vos y Anjel no han nacido sinó para 
esto. 

— Como es eso? dijo ajitado Antonio — Anjel también!.. 


— 91 


>* no prosiguió la alucien detenido, no se sabe si por mie- 
do de la suspicacia de Lemaitre, ó por miedo de su pro- 
pio inhabilidad. Lemaítre lo advirtió sin manifestarlo v 
prosiguió: 

— Tengo que hablar con vuestros padres; con ella es 
natural: partir sin espiraciones seria un atentado! 

— Y, no lo sabéis todo Lemaítre? 

En el instante, de pronunciar estas palabras, *se oyó 
distintamente un golpecito ¡i la puerta déla habitación. 

— Quien? dijo Lemaítre dirijiendose acia aquel lado. 

Anjel, vuestro servidor repitió en voz baja, aquel indi- 
viduo. 

Lemaítre abrió la puerta y apareció Anjel, que instin- 
tivamente clavó los ojos en los de Antonio como si le pre- 
guntara habrías ya concluido tu obra y arrebatado el úl- 
timo capítulo de la mía? 

— Estrado! dijo Lemaítre jugando con los papeles que 
tenia en las manos — vos por aqui á las doce de la noche! 

— Estrado nó: cuando la familia está amenazada de una 
ruina, los miembros de ella, se apresuran ¿evitarla, ó á 
hacerla menos sensible. 

— Ruina! repitió Lemaitre, que nunca se dejaba sor- 
prender — de que habíais? 

— Creo que sabéis el escándalo en la tertulia de Már- 
quez, entre Alfredo de Riera y Antonio , el duelo en se- 
guida 

— Si: respondió Lemaítre técnicamente. 

— El parqué, y el resultado V 

— Hasta estar herido Antonio, alcanzo el resultado: de 
ahi para adelante, si hay algún otro accidente lo ignoro. 

— La carta encontrada por Antonio en el mismo sitio 

del desalió! 

— Ah si: esta ós, replicó Lemaítre fríamente. 

— Las palabras verbales de Alfredo de Riera á Anto- 
nio 

— Cuales fueron? 

— Queréis que os las repita? 

— Bueno fuera! os digo que sí. 


— Y bien: elijo — “á ese marido inicuo cuya fortuna ha 
servido de trueque para que Inés, cargase una cruz ; á ese 
marido, decidle que le odio: que amo á Inés ciegamente, 
que. . . . 

— Basta! — gritó con voz profunda y dando un golpe 
de pie en el suelo: 

— Anjel calló como un esclavo delante de un amo — 
por unos segundos reinó un profundo silencio; y en se- 
guida Lemaitre dijo á los dos hermanos : 

— Necesito reposo: tengo infinitos quehaceres maña- 
na: retiraos hasta entonces que volvereis á verme; y con- 
servadme vuestra amistad! 

Habia un cambio notable en la voz de aquel hombre 
profundamente frió siempre: y algo de conmovido y 
triste como si por primera vez de su vida, viera some- 
terse, su inflecsible voluntad á la índole prescriptiva del 
corazón que manda sobre todo. 

Los dos hermanos se levantaron; saludando á Lemai- 
tre, y salieron. 

Lemaitre quedó solo, valorando por el presente el 
porvenir: y condenando el pasado por su brillo, por las 
falsas creencias abrigadas, acaso con demasiada impre- 
vicioní 

—No hay remedio, dijo en voz alta — es necesario que- 
brar este vidrio seductor de la confianza intima: romper 
la cadena del cariño que á mi pesar, cruzaba el destino 
de ella, y el mió! — y como si la razón viniera en ausilio 
de la verdad se preguntaba : 

— Mas no lo sabia yó antes y después de casado? — por 
quéme casé — porqué la llegué ií amar tanto: — y por 
qué no sé perdonar ahora? 

— Infiel! pero lo és de corazón simplemente: — qué 
cargos puedo hacerla? Sus dos hermanos la acusan; pero 
yo sé la causa....? Y si esta carta fuera una intriga! — decía 
ecsauiinándola — Si Antonio solo, ó de acuerdo con Au- 
jel, la hubieran fraguado! Si ella pudiera justificarse: 
decirme es mentira! Yo soy una esposa intachable: yo 


lo seré siempre!— y la alegría bañaba de un colorido 
suave la frente sombría de Lemaitre! 

Al fin. proseguía la hablaré! me esplicuré: el muudo 
es inmensamente grande: si hay una honra manchada, 
no faltara un sitio donde esconderla «i los ojos curiosos 
y malignos de todos los vivientes. 

Tal fue el propósito de Mr. Lemaitre, después del de- 
safio, y de las reflecciones que las circunstancias que 
vinieron en pos, le sujirieron. 


ESPUTACIONES. 

CAPITULO VIII. 


Al siguiente dia Mr. Lemaitre se levantó muy tempra- 
no, y después de haber acariciado á su hija y saludado ó 
Madama, la pidió una entrevista particular en su habita- 
ción íntima para las doce de la noche. 

— Qué hay de nuevo '? preguntó ajitada visiblemente 
Inés. 

— Nada contra tí, sino contra mí, respondió Lemaitre 
cortesrnente. 

— Contra tí ! será una nueva imprudencia de ese An- 
tonio, tan fatal para nuestra familia. 

— Una nueva imprudencia ! repitió Lemaitre, y mal 
fue la primera ! 


91 


• — Un escándalo, sin razón ! 

— Bien, bien : hasta luego, replicó Lernaitre interrum- 
piéndola : á las doce de esta noche en vuestro cuarto. 

Inés quedó como prendida á aquella cita misteriosa; 
pero empezó á quebrar los anillos de aquella cadena de 
alucinación, como si tubiera el presentimiento de que ne- 
cesitaría de todas sus fuerzas para tenerse á la altura de sí 
misma en breve. 

Pasadas unas horas de toillete y cariños á la niña Au- 
relia, entró Doña Maña su madre, sumamente pálida. 

Inés al verla, se estremeció, sin saber por qué ; pero no 
queriendo dejarse ver alarmada, tomó un aire sencillo, y 
preguntó á su madre : 

— Qué teneis madre mia ? 

— La desgracia en el corazón ! 

— Como : qué ha sucedido? 

— Y tú no lo sabes, niña imprudente ! no sabes que tu 
hermano se ha batido con un hombre por tí ! 

— Por mí ! quien osa decirlo? dijo alterada hasta la có- 
lera Inés. 

— Yo, tu madre! respondió solemnemente Doña María. 

— Y bien : á vos os han engañado ! y ese és Antonio ! 

— Antonio ha referido el hecho, Señorita : y el mundo 
lo repite de todos modos : la honra de la familia anda tira- 
da en el lodo. 

— Señora, dijo gravemente Inés, basta de farsa ! aquí 
no hay honra tirada al lodo ; ni error, ni mala fé, sino en 
un ser; ese és Antonio ! esa sierpe que quiere levantar la 
cabeza desde ahora, y las cosas le dicen todavía “espe- 
ra, espera!” ese ambicioso, ese apóstata de la sangre y de 
la fé! ese demonio será mi verdugo!. . . . 

— La madre trémula; pero ese hombre; ese hombre ! 
como le has conocido; de donde ha salido? 

— De donde salen todos los seres, Señora ; de su casa 
para visitar otra; le conocí esa noche por primera vez en lo 
de Márquez, donde me fué presentado ; me ofreció su bra- 
zo para andar por la antesala; y este és todo, Señora ! 


— 96 


— Pero hay razones para creerte culpable, hija mia, 
dijo casi llorando la madre. 

— A mi ! respondió con dignidad Inés ; jamás, madre, 
jamas ! 

— Ah hija mia ! habla con tu marido, con tu pudro, con 
tus hermanos, con el mundo ! pon á cubierto tu honra de 
mujer casada y de madre; mira que el porvenir de tu ca- 
sa se me aparece sombríoyamenazadoren este instante!.... 
Y la voz de aquella Señora pareció que jiraba sobre un 
eje íntimo y profético. Inés quedó sujeta por algunos mo- 
mentos á una convulsión interior. 

— Y bien, prosiguió por su madre Inés ; por mas som- 
brío que ese porvenir aparezca delante de vos, madre, y 
de mis propios ojos, nada puedo yo hacer para alumbrar- 
le. Hablar á mi marido, estoy pronta, si él lo desea y me 
lo pide; nada tengo que ocultarle; nada que reprocharme, 
nada ! con vos hablaré también como lo hago ; pero con 
nadie mas! Lo entendéis madre mia? con nadie me es- 
plicaré, sino con vos y mi marido ! 

— Y vuestros hermanos y el mundo? 

— Preguntadles á esos calumniadores cuales son sus 
planes; que grado de ambiciones tienen á mi fortuna, que 
clase de maldad se abriga en esas dos cabezas infernales 
contra todo lo feliz, tranquilo ó poderoso de la tierra ; y 
cuando esos calumniadores hayan confesado á su madre 
todos sus crímenes con el arrepentimiento en el corazón, 
Inés, la víctima de sus maquinaciones, se bajará hasta 
ellos para perdonarles solamente. En cuanto al mundo, 
madre, es ciego, y como tal, arrastrado por la mano mas 
audáz : pero ese ciego tiene marcado un periodo para ver 
claro ; el mundo verá sobre este asunto la verdad, el dia 
que Dios se digne señalarlo. 

— Pero esa filosofía, esa resignación tan fuera de tu 
edad, pues eres una niña, de donde la has tomado ! 

— De los sacrificios. 

— Cuáles, Inés? 

— Cuáles, Señora ? tan fácilmente olvidan los autores 
sus obras. 


— Sus obras ! luego yo también soy culpable, Inés ? 

— De una estraña debilidad, madre mia ! asi como yo 
he sido la víctima por inesperiencia, por cariño á vos, 
por. . . . destino tal vez ! 

— Inés ! Inés ! no eres culpable? dijo la madre corrien- 
do á los brazos de Inés y sumerjida en el llanto que causa 
la combinación de muchas razones reunidas. 

Inés estrechándola junto á su corazón, respondió: — No 
soy culpable de nada, madre mia, sino de una ciega obe- 
diencia á vuestras súplicas ; á ellas debo ser madre y espo- 
sa; y por este estado, la cadena de infortunios que se me 
está tejiendo infamemente, sin saber por qué. Poro no os 
culpo, madre : vos solo habéis sido débil al mandato de 
un marido, al que habéis obedecido siempre sin racioci- 
nio : ese ser és mi padre, y como no puedo ir contra él, 
me resigno, y de esa resignación he hecho la fuente de 
mi profunda filosofía ! 

— Pero no eres culpable? insistía la madre, sin oir otra 
cosa que la acusación de los hermanos contra la herma- 
na: no eres culpable! dímelo mil veces, y júramelo so- 
bre ese santo cristo, que al nacer tú, invoqué con la fé de 
ser oida ! 

Inés se acercó á la cabecera de su cama descolgó un 
Cristo de marfil incrustado en oro, y bajándolo hasta sus 
lábios, 

— “ Juro, dijo, besando la cruz de tu martirio, Señor, 
que jamas he sido culpable ; que he sido y soy fiel (á mis 
deberes de esposa y madre ; que he cumplido todos los 
preceptos de la familia, en que entran los padres y her- 
manos, — y que apesar de que mi vida es un sacrificio de 
honor; ese sacrificio le consumo sin maldecir, hora por ho- 
ra, ¡oh Dios! — Soy calumniada, tú lo sabes, Señor! á tí 
toca aclarar mi inocencia, sino hoy, algún dia! 

La madre cayó de rodillas bañada en llanto, besando 
en las manos de su hija el santo Cristo bendito, y dicien- 
do entre sollozos — mi hija es inocente ! lo creo : lo 
creo ! 

En está postura encontró Anjel ásu madre, que había 


— 97 


entrado sin anunciarse, y había oido la confesión hecha 
por ella á Dios: y el dardo se clavó en su memoria. 

— Que és estoV dijo al entrar; — un pintor tomaría este 
cuadro por un capítulo bíblico: — debido á qué? 

Inés volvió la cabeza; levantó ú su madre besándola la 
cabeza y dirijiéndosc secamente ti Anjel: 

— No se acostumbra entrar en mis habitaciones sin 
prevenírmelo: sirva de regla esta señal para en adelante. 
En cuanto á la idea que se formaría un pintor del cuadro 
que has presenciado; que és, simplemente la fé de una 
madre en la inocencia de su hija calumniada por dos in- 
fames á los cuales yo arrancaré la máscara! solo tiene de 
original la verdad; pero para los calumniadores, ese cua- 
dro será solo una razón que servirá de impulso para que 
el eje desús infamias ruede con mas facilidad y viveza — 
es verdad? 

Preguntó fijando sus negros y penetrantes ojos, en 
aquellos ojos arteros de Anjel, que quedó por un momen- 
to como sometido al poder invisible de la voz de aquella 
inocente: pero que bastante frió para sobreponerse á esos 
hilos eléctricos demasiado finos para su estructura mora!, 
sacudió la impresión y contestó con soltura. 

— Donde hay error ó crimen, no hay Calumnia: és la 
prueva, y la prueva, el martiro del acusado. 

— Y donde no hay error ni crimen, y solo hay malva- 
dos como tú, miserable, y tu hermano Antonio —que nom- 
bre le das á la situación? 

— La madre interpuso su grave y doliente figura, como 
un baluarte eutre sus dos hijos, para protejer á Inés, pero 
esta rechándola con dulzura alzó la voz y señalando con 
su mano la puerta de la habitación le dijo á Anjel: 

— Por aliise saie de esta habitación y de esta casa, pues 
és mia, para no volver jamas á ella! 

— Tuya! replicó satánicamente aquella especie de Cua- 
simodo disfrasado con el traje social; — lo veremos dijo 

alejándose y riendo á plena risa al concluir esta especie 
de amenaza. 

La madre había quedado temblando cerca de Inés, cu- 
7 


93 - 


ya piel transparente y pálida, habia tomado el tono del 
marfil, como para revelar la ecsistencia del poder de las 
ocultas impresiones: y volviendo á su madre. 

— He echo mal madre mia? 

— No hija; respondió la Señora, tu eres la dueña de esta 
casa: tienes el derecho de alejar lo que creas que pertur- 
ba tu tranquilidad; pero habría deseado que no empeza- 
ras por uno de tus hermanos! 

— Oh madre! he empezado por uno de ellos y acabaré 
por el otro, por que solo son ellos los culpados! 

— Quieres que yo se lo prevenga á Antonio! 

— No: yo debo de ser quien se lo diga delante de mi 
marido. 

— Has lo que creas conveniente átu paz repito: prime- 
ro tu marido y tu hija, después tus hermanos ! 

Mis hermanos! han muerto desde hoy para mi. 

— Perdónales ! 

— Jamas! 

— Dios perdonó á sus enemigos! 

— Porque él era omnipotente! 

— Y tú! 

— Mi odio, y mi desprecio, hasta la muerte! 

-Hija! 

— Madre! 

— Habla con Dios! 

Dos besos resonaron tristes en el silencio de aquella 
habitación y á pocos momentos Inés estaba sola, su ma- 
dre habia partido. 

Inés se sentó en un sillón íntimamente ajitada cuando 
la voz fanfarrona y atrevida de Antonio de Paula, hirió 
destempladamente sus oidos. 

— Que voz! dijo estremeciéndose, y la voz aprocsimán- 
dose, le trajo la evidencia del dueño de ella. Un golpe 
dado en la puerta con cautela, marcó que el que venia espe- 
raba, pero Inés permanecia quieta y resuelta á no dar en- 
trada á aquel individuo. Este se creyó con derecho á tras- 
poner el límite sin ser invitado, y abriendo la puerta, se 


99 


presentó en ella la figura inesquina y raquítica de Auto* 
nio de Paula. 

Inés se armó de toda su razón, y fría como lo está un 
juez delante de su víctima, esperó á que aquel cobarde 
hablara. 

— He venido buscando á Lemaítrc 

— Hasta mi habitación? pregunto Inés mirándole de 
una manera fija. 

— Si; por que me citó para las doce de este dia, y ya 
son las dos respondió con aire de indiferencia y jac- 
tancia. 

— Pues oye, dijo Inés levantándose hasta él; en esta 
habitación; tú Caín pervertido; tú aquieti yo lié levanta- 
do del fango, para alzarle hasta mi, y que hoy, osas tomar 
la iniciativa en una intriga fraguada para usurpar mi for- 
tnna: tu, gusano que te arrastras á los pies de un mari- 
do para romper el talismán de la confianza de su mujer, 
tu propia hermana! tu maldito por mi boca desde este ins- 
tante, en el nombre de esa hija de mi alma, que crecerá 
para maldecirte á su vez! tu, raza de abominación! tu no 
pisarás esta habitación jamas! 

— Jamás! lo oyes? porque si para ello es necesario atro- 
pellarlo todo, todo lo atropellaré! 

El Antonio de Paula acababa de recibir una de esas 
impresiones, que ni el tiempo puede borrar: impresión 
de un odio que hiriendo su amor propio, lo bajaba hasta 
el lodo de donde había salido; y asustado de volverá caér 
por falta de dar una impulsión vehemente á la máquiua 
de sus intrigas, se juramentó en secreto, no de perder á 
Inés que ya lo tenia marcado, sino de perderla lo mas 
pronto que le fuera posible. 

Asi, se envolvió bajo una capa de indiferencia y con- 
testó á Inés poniendo una de sus manos en la cintura imi- 
tando el modelo de la gracia plástica del bajo pueblo an- 
daluz, que era su fuerte. 

— Y bien; á mi que me importa esa prohibición? no 
verte será mi dicha en la vida: Lemaitre es mi mejor 
amigo, lo veré á él pues tengo que hacerlo, aunque tu no 


*- 100 — 


quieras: por consiguiente me prohíbes tu cuarto, pero no 
tu casa: porque en breve ni está casa será tuya! 

Inés levantó las manos acia el Cielo y dando uno de 
esos gritos incomprensibles en la nomenclatura de los 
gritos humanos, tomó á aquel villano de un brazo y em- 
pujándole con una violencia inusitada “fuera de esta ca- 
sa Caí ni maldito seas!” y cerrando tras si la puerta, ca- 
yó sobre un sillón llorando profundamente. 

— Que hay? dijo la voz grave de Mr. Lernaitre que en- 
traba en ese momento y había oido. la maldición de Inés 
á Antonio, que salía cantando aunque llevaba la cara de 
un pálido verdoso. 

Inés seguía llorando. 

# — Habis maldecido señora á un hermano? 

— A un vastago de satanás, que lleva el nombre de her- 
mano respendió Inés, secando sus lágrimas; — y - al decir 
esto, la niña Aurelia que llena de gracia, empezaba á ma- 
nifestar lasajilidades primeras; con mil juguetes de mar- 
fil, dulces y flores en las manos, entró á la habitación de 
su madre balbuceando mamá; mamá papá: el padre y la 
madre corrieron á ella, con la imponderable alegría- que 
hace olvidarlo todo; y la madre la tomó en sus brazos col- 
mándola de inmensas caricias. 

Hasta la hora de sentarse á la mesa para comer, aque- 
llos tres seres estuvieron reunidos en el perfecto amor de 
familia que hace estraña toda otra impresión: 

Si Lernaitre y su mujer pensaban en cosas distintas; 
no se pudo trascender siquiera, ni por una palabra esca- 
pada á la refinada prudencia que sin duda se habían im- 
puesto. Asi fue que sin la convulsión intima del disimu- 
lo apretado y doloroso: llegaron á la hora de la cita dada 
por Lernaitre á su mujer; pero indudablemente algo ha- 
bía en ambos que no era natural: la palidez de Lernaitre 
y una fijeza profunda en la mirada de Inés que se queda- 
ba á cada instante como prendida á una idea que la do- 
minaba lo atestiguaban demasiado. 

En fin: las doce de la noche sonaron, y Lernaitre, tocó 
la puerta de la habitación de Madama que vestida con un 


101 


traje de muaré negro abotonado con chillas de acero cin- 
celadas, y la cabeza ornada de blondas do gipiur, so ha» 
bia sentado en un divan do seda color lápiz; como espe- 
rando con cierta coquetería femenina, la visita de su ma- 
rido. 

Estaba muy pálida: tan pálida, que un momento fijé 
sus ojos en la lámina denunciadora de un espejo que esta- 
ba frente á ella: y ella misma se sorprendió. 

En aquel instante, oyó los pasos de Mr. Lemaitre, que 
parecían decirla “ahi llega tu Juez” y sin saber porqué 
se apoderó de aquella mujer joven, y llena de las santas 
esperanzas del porvenir una de esas alucinaciones que la 
ivan á hacer gritar, pidiendo socorro á Dios ó á los hom- 
bres: pero un movimiento de reíleceioti completamente • 
instintivo; la hizo permanecer en su sitio fría, callada, y 
esperando su sentencia. 

Lemaitre entró — Don soir Múdame! dijo según su cos- 
tumbre francsa que no había olvidado aun, en tantos año» 
de América — Bou soir Mr. respondió Inés, siguiendo la 
habitud de su marido. Este ¡a ecsamiuó rápidamente, y 
se aeórdó sin duda de que aquella belleza era suya; de que 
iva á perderla por un capricho fanático de la ambic o i aje* 
na, y de una venganza propia, contra un corazón que 
Dios no habia formado para él y se conoció el mis- 

mo conmovido. En este concepto, se paseó por la habi- 
tación; retorció sus vigotes; tosió muchas veces antea do 
hablar: 

Al fin; sentándose á una cierta distancia y tomando el 
tono mus dulce posible dijo: 

“Hemos llegado á una altura de la vida Inés, de la 
cual no se puede descender sin estrepito ante el mundo: 
ahi empezará el escándalo y entonces, será necesario que 
desaparezca alguno de los tópicos que mantienen esta ca- 
dena que el destino. y pareció titubear sobre esta cla- 

sificación, añadiendo después; — la casualidad mejor di- 
cho, ha formado: será necesario pues, que los anillos de esa 
cadena se rompan simultamente y. . . .el resto, lo alcan- 
zará tu razón. 


102 — 


Inés se había como vestido con una potestad de volun- 
tad superior á sus fuerzas; pues era un traje de gala que 
le había prestado la juventud de su alma : el sacrificio de 
su vida; la amargura del odio y la decepción — y al fin, la 
justicia de su derecho, de su inocencia ! Asi contestó 
con voz templada : 

— Y á qué te refieres en este caso Lemaitre — que ac- 
cidente á venido á turbar nuestra vida, que asi te haya 
hecho refieccionar en las consecuencias de una desgra- 
cia como la que pintas? — Te he faltado en algo? he co- 
metido algún error? sabes alguna cosa que manche tu 
apellido y el mió ? En fin, qúe hay ? porque tu lengua- 
ge revela motivos graves; y yo no sé donde están : yo 
estoi perfectamente tranquila sobre toda mi vida. 

Lemaitre — Te acusan de predilección á un muerto, á 
quien distes en la vida tu cariño: ese fué Claudio Prado. 

Inés tranquila, — ahí no ecsiste acusación, porque fué 
un hecho, que Mr. Pierre Lemaitre entonces, conocía 
por sus propios ojos; y que Inés Picotti no ocultaba ni á 
Mr. Lemaitre, ni á su familia. 

Lemaitre. — Es verdad; y esa justificación ó la mane- 
ra de hacerla, parece que toma en tus labios el carácter 
del reproche ! 

Inés — Los reproches serian inútiles, y muy sin talento 
la mujer que tratara de vindicar su presente por su pasa- 
do: he respondido simplemente la verdad á lo que me has 
preguntado, y te ruego no veas en esa verdad ni amargu- 
ra, ni acriminación para nadie. 

Lemaitre pensativo. — Eres noble sobre ese punto : lo 
valoro : vengamos á otro, que es el puuto cardinal de la 
situación. 

— Inés. Veamos. 

Lemailre — Se te acusa de un nuevo amor.... y miró fija- 
mente aquel rostro infantil todavía, que tiñéndose de ro- 
sa, parecía decirle al rubor — me robaste sin licencia dq 
Dios, esos colores; — y alzando la voz, esclamó: 

— Cómo es eso? 

lemaitre. — Cómo que te acusan ? 


103 — 


Inés. — Todos podrán ser mis acusadores, escepto tú, 
lo comprendo ! tengo esa seguridad. 

Lemaitre — Y por q e • ? ignoráis Señora que el hombre 
és tan susceptible, que sus creencias de años ; las maa 
bien fundadas de todas las creencias, se quiebran como 
el cristal, en un dia, en una hora, por una razón la mas 
lijera? 

Inés — sorprendida — pero esa razón debe de tener al- 
gún fundamento siempre ; sin ese fundamento la razón 
desaparece y queda el error. 

Lemaitre — Y cuando los acusadores revisten el carác- 
ter de sangre, como. . . . 

— Inés, (interrumpiéndole). Como el de hermanos, 
por ejemplo — no es verdad? pero os falta que agregar — 
de hermanos perversos, ambiciosos, que ante la sed de 
plata que les devora, no ven que manchan con su dedo, 
que apunta una intriga por una verdad; su propia san- 
gre el honor de su familia — y lo que és mas, la vida ente- 
ra de una madre ! 

Lemaitre. — No se trata de juzgar Señora á los denun- 
ciadores sino á los denunciados — añadió Lemaitre con 
irónica sonrisa. 

Inés con nobleza: — Los denunciados, ó la denunciada? 
— hablemos para entendernos, y concluir una esplicacion 
que achica mi orgullo, y ofende mi nombre: — esa acusa- 
da soy yó, por mis hermanos, lo sé, de un amor á otro 
hombre : — quien es el que designan entre todos los que 
conozco ; cual és el que les ha parecido mas á propósito 
para hacerlo servir de juguete ó, sus bárbaras y mezquinas 
ambiciones ? 

Lemaitre con estudiada indiferencia: — Señalan como 
favorecido á un tal Alfredo de Riera, que en la tertu ia de 
Marques os daba el brazo en uno de los salones, si mal no 
me acuerdo. 

Inés, digámoslo así, se liabia como olvidado de Riera, 
del desafío, y de todos aquellos accidentes, que sin duua 
formaban la causa de su situación presente, para recon- 
centrarse involuntariamente en el hecho estraño, horri- 

4 


ble, que presentaba en tocia su deformidad á aquellos 
dos seres, que una naturaleza fraudulenta, le habia 
ofrecido como hermanos : pero definitivamente Inés 
habia olvidado el resto. At oir la recordación del bai- 
le, de Alfredo; un temblor involuntario se amparó de 
sus fibras, y tuvo que recurrir á un esfuerzo para no de- 
jarse ver conmovida ; en este estado contestó á su ma- 
rido. 

— Ese caballero me fué presentado por primera vez 
en casa de Marques. 

Lemaitre — Por primera vez, aparentemente ! pero se 
dice por ahí, que os veis en los templos, en. — lo de 
una amiga Magdalena Artey, la cual favorece vuestros 
amores 

Inés — Yó ! ver á ese hombre ni ó ninguno en citas que 
jamas he dado ! yó ! calumniada de este modo ! — y por 
quien Dios mió ! por quien ? 

Lemaitre — Y si os lo prueban, Señora? 

Inés vivamente — Ahora mismo 1 que venga ese hom- 
bre, esos acusadores, que traigan esas pruevas. ... las 
pido ! las ecsijo ! 

Lemaitre sacó fríamente un papel doblado en forma 
de carta de la faltriquera y se lo presentó. 

Inés, tomó maquinalmente aquella carta, la desdobló 
y leyó : era la misma carta que Antonio de Paula Picotti 
y Anjel Picotti, presentaron al marido de su hermana, 
eomo de ella á un amante, y encontrada en el sitio del 
desafio. 

Inés qnedó anonadada bajo el enorme peso de la ca- 
lumnia, que por un tiempo dado tiene el poder de abatir 
hasta á los espíritus mas fuertes; hasta á los séres mas 
inocentes ! Pero como si súbitamente volviera de aquel 
parasismo tremendo, en el cual se habían sumerjido por 
un instante todas sus facultades morales, alzó sus ojos 
al cielo, y esclamó : * 

— Dios mió! Dios mío! tú que ves mi vida: que ves mi 
corazón y mis acciones todas; tú alumbrarás á este hom- 
bre, que no ha sido bastante bueno para juzgarme: bas- 


106 — 


tante bueno para maldecir á los detractores de la madre 
de su hija, y que ciego, se empeña en levantar un ba- 
luarte contra mí, sin ver (pie se ofende á si propio ; sin 

comprender que se ultraja una esposa sin tacha! -Y se 

dejó arrebatar de la necesidad del llanto, que en las al- 
mas tiernas y aílijidas, es una de las consolaciones mas 
vivas. 

Lemaitre pensativo dijo después de un momento : 

—Es vuestra esa carta, Señora ? contestad. 

— Nó ! 

— Por qué lo negáis si és vuestra letra V 

— Mi letra ! dijo doblándose la palidez del rostro de 
Inés, y ecsaminó la escritura de aquella carta fatal. — 
Ah ! dijo, después de haberla recorrido con sus ojos ávi- 
dos de no hallar la identidad, pero si la semejanza — los 
malvados han sabido serlo ; han tomado todas sus me- 
didas ! 

Lemaitre — sonriéndose con la malignidad de un co- 
barde que aprovecha el instante de devilidad de su ene- 
migo. 

— Luego, reconocéis la escritura? 

— Jamás ! — gritó desesperada Inés; — Jamás ! Yo no 
puedo reconocer lo (pie se ha fraguado ; esa no es mi le- 
tra ; han imitado la mia ! 

— Yo no sé quien és ese Alfredo de Riera, decia llo- 
rando con desesperación, me calumnian Diosmio! — decia 
cayendo de rodillas delante del crucifijo de su madre: me 
calumnian oh Dios! lo juro por el nacimiento de mi ama- 
da hija : en el nombre de tu santa madre y de la mia 
Señor! me han calumniado ! 

Lemaitre, aquel hombre inflecsible, bajo la aparente 
prudencia que cubría todas sus acciones: aquel hombre 
inflecsible no se sintió conmovido siquiera, con aquellas 
manifestaciones de verdad y de perfecta consagración de 
toda una vida. Frió, se acercó á aquella mujer tan jóven, 
tan bella y débil de dolor, y tomando el papel do sus 
. manos, la dijo : 

“ Esta carta me pertenece !’* 


106 — 


Inés, como si hubiera sido tocada por un ájente eléc- 
trico, se puso de pié y esclamó : 

— Me arrebatan hasta el modo de justificarme ! Oh, 
no : yo tomaré una posición decisiva : yo liaré (pie esa 
carta sea mia! y ajitando el cordon de la campanilla, 
apareció un criado. — A mis padres (pie vengan inmedia- 
tamente, dijo: — pero L emaitre se adelantó y dije con 
frialdad marcando estas palabras : 

— No vayais eu busca da los padres de la Señora , por 
que la hora es avanzada: — mañana á las nueve de la ma- 
ñana id á avisarles que su hija los espera. 

El criado miró alternativamente ai marido y á la mu- 
jer, como si les preguntara — “á cuál debo obedecer?”— 
poro el silencio de ambos le marcó su camino : el criado 
se retiró; mas no garantimos que no quedara en pos de 
la puerta escuchando lo que pasaba en el interior de la 
habitación. 


Inés quedó sola con su marido, los brazos cruzados, pá- 
lida como una deesas figuras de alabrastro modeladas por 
la mano del dolor : y fijos los ojos en aquel hombre de 
bronco. — Este por sa parte jugaba con la carta con es- 
presivo desdén; y a¡ íin, continuó asi la conversación. 

— Voy á haceros, Señora, una proposición, que en 
vuestra mano está aceptar ó no. — Yo no puedo seguir 
siendo el juguete de la voz pública, que ya ha dejado 
oir sus avanzados écos sobre mi nombre — que desgraciar 
(lamento és el vuestro; — por consiguiente, hay que poner 
un dique á esas voz es; en vos consiste: — Si amais á vues- 
tra hija, someted vuestra índole á mi entera voluntad, y 
toda vuestra vida. 

Hablad, hablad Señor ! — dijo ávidamente Inés : — en 
medio del trastorno de mis ideas ; de esta multitud de 
malvados que me rodean, puede ser que halle mi razón, 
y ella me salve ! 

Lemaitre — yo ecsijo simplemente que os encerréis en 
esta habitación sin ver ni oir mas persona que vuestra 
bija y la familia de vuestros padres : teniendo entera li- 
bertad de salir á la calle solamente conmigo; eso sí:— 


— 107 


pues asi la jente quedará en aptitud de ver claro, y vues- 
tro marido en aptitud de desmentir á cualquiera. 

Inés — (cubriéndose su rostro de un vivo encarnado.) 

—Y, qué os figuráis Caballero, que al vender mi cuer- 
po, las horas de mi vida, como mi padre lo hizo á vos; os 
figuráis que cu el contrato se calculo el hemisferio de mi 
voluntad ? Os figuráis que si niña y dévil, obedecí á ese 
padre; hoy menos niña yá, y con lacartajeográficadelas 
maldades humanas en la mano, Inés Lcmaitre, no sabrá 
contestar á un verdugo como vos; — no quiero ! 

Lemaitre, ciego de una ira, que la dejaba ver por pri- 
mera vez — No quiero ! oh ! no quiero! — pues si Inés Lc- 
maitre, sabe levantar la voz, y decir no quiero : Fierre 
Lemaitre hace obedecer á esa mujer asi ! 

Y para vergüenza de los maridos, aquel marido 

vino ácia la mujer infamada por su maldad, siendo pura 
como una santa — vino ácia ella, á hacerla sentir el peso 
de su formidable brazo : pero Inés, irradiada de esa san- 
ta convicción del bueno, que en las horas supremas se ha- 
ce j ¡gante, tomó una postura perfectamente decisiva aun 
que digna, y respondió con voz fuerte. 

Atrás ! miserable impostor como esos dignos compa- 
ñeros de vuestras intrigas ! atras padre sin corazón, que 
olvidáis que una hija está entre los dos. — Vos ni fuisteis 
caballero en mi casamiento, ni lo sois ahora como mari- 
do, ni lo seréis jamás como nada. 

Lemaitre apretó los puños con tal vehemencia, que 
él mismo sintió el dolor de su fuerza; y fué dejando en su 
estado natural sus manos: acción propia de lajente que 
acostumbra decidir por las vías de hecho de la mus sana 
razón del mundo ; pero Inés prosiguió. 

— Creis que hoy vuestro estúpido cortejo de amenazas 
me amedrenta, como vuestro eterno jesto de frialdad me 
amedrentaba en otro tiempo ? Nó ! hoy soi fuerte, no 
solo por la conciencia, sino por la espericncia de lo que 
vos valéis, de lo que vos sois ! He aprendido á medir 
vuestra entidad, comparándola con la de un bueno; y en* 


tonces ó saltado vuestra nulidad, como salta un globo de 
goma al tocar el suelo, visiblemente. 

— Y, yó tengo la paciencia de verme insultado sin ha- 
ceros trizas entre mis manos? gritó Lemaitre, inundado 
de una cólera febril. 

— Si respondió altiva Tries. — Por que el derecho de hom- 
bre no os dá el derecho de calumniador: ni el de marido 
el de verdugo! Queréis que yo me encierre en esta casa 
solo para ves y para mi hija; ya estoy encerrada en este 
vasto mundo, donde todos viven mejor que yó! Para la 
la familia de mis padres? Distingamos —ya no conosco de 
ella sino á mi madre: el resto se á acabado en una mal- 
dición, y en un perdón para mi padre; la maldición para 
esos dos C't'H'.s, que se llaman he¡ manos para mejor es- 
plotar mi honra, mi destino, vuestra ignorancia y mal- 
dad! 

— Señora! eselamó sojuzgado por aquellas razones Ls- 
maitre: — y quedó en silencio por largo rato. 

— Si prosiguió nuevamente Inés: jamas cederé íí una 
proposicioy que ahoga mi propia dignidad do madre, 
constituyéndome en esclava; en nada! Jamas diré á esos 
malvados que me sacrifican á vuestra barbarie; y que se 
llaman hermanos, j unas les diré: — por vosotros se cubre 
do un sudario esta vida: á vosotros debo mi muerte mo- 
ral, pero debo respetaros y ser los únicos seres á epiienes 
me sea permitido ver, y darles las gracias todavía, por el 
mal que me han hecho y que un marido acepta por un 
bien! No! no! mil vezes no! 

Lemaitre babia recurrido á la potestad con que conta- 
ba siempre, la voluntad; y había tomado una posición, sinó 
tan decisiva, por lo menos mas calculada. 

Lemaitre — Luego no aceptáis mi proposición? 

Inés — Me creía vos culpable? si, ó no? 

Lemaitre — El mundo y vuestra familia lo aseguran. 
Inés — Pero vos! vos! 

Lemaitre— Yo! debo de sujetarme á la voz pública: y 
al fin yo mando aqui señora, y vos os conformareis al man- 
dato ! 


109 


Inés Basta caballero! he dicho «na vez que no pasa- 
ré por tal humillación; y lo repito. Si mandáis solo halla- 
reis criados para obedeceros; yo soy vuestra igual: la ma- 
dre de vuestra hija! 

Lemaitre Entonces será necesario abandonar esta ca- 
sa y vuestra hija. 

. L R ' S Ninguna de las dos cosas, pues soy inocente. Vi- 
\ ii como lié vivido hasta hoy: con mi hija, en mi casa y 
con vos caballero á quien el destino me dió por marido : 
esta és mi decisión. 

Lemaitre— Conosco vuestro odio á mi, señora: tampo- 
co yo no quiero una mujer á la fuerza! 

Inés — (sonriendo irónicamente) Y desde cuando habéis 
empezado á conocerlo?. 

Lemaitre — Ecsaminó aquella sonrisa en los lavios de 
aquella belleza; y comprendió todas las latitudes del pen- 
samiento de su mujer: asi respondió inas que irritado, 
convencido. 

— Entiendo la referencia! y jamas me perdonaré ese 
error de los sentidos! pero hay tiempo de repararle seño- 
ra: desde hoy podéis retiraros á casa de vuestros padres. 

Inés — quien me dá esa orden? 

Lemaitre — vo: vuestro marido: Lemaitre! 

Inés — El padre de Aurelia se acordará que está tratan- 
do de la suerte de la madre de esa niña! 

Lemaitre — Yo solo me acuerdo que tomé por esposa 
una mujer que me aborrecía: y que so pasaría el resto de 
la vida aborreciéndome y ocultándolo; y al lia señora, 
vendría otro cariño á ocupar el vacio que el amor de un 
muerto había dejado en esa alma: si ha llegado verdade- 
ramente ese momento, en concienuia no lo sé; pero ya 
6e os acusa, y cuando el rio suena agua trae: yo quiero ser 
el primero en dar la señal de alerta á los maridos por en- 
gañar, y de consiguiente, desde hoy queda hecha nues- 
tro separación para siempre. 

Inés se puso de pié, se paseó por la habitación como 
una persona que quiere llamar las ideas á su centro: y al 
fin habló: 


110 


— Y mi hija? pregnntó con esa voz que solo tienen las 
madres cuando son sacrificadas. 

— Vuestra hija señora, irá donde yo vaya! 

— Como es eso gritó fuera de si Inés, corriendo ácia 
la puerta como si quisiera ir tras su hija; arrebatarla, 
quien sabe que hacer. 

— Lcmuitrc, la detuvo por el brazo: A donde vais se- 
ñora? vuestra hija duerme, y la haríais llorar impune- 
ncmente: — demasiado llorará sin madre á lo largo de su 
vida! 

— Sin madre! y porqué? soy yo quien lo quiero por 
ventura? no sois mi verdugo y el de ella? — Porque sacri- 
ficáis á la madre, hombre de hierro, hombre mosquino y 
bárbaro que habéis tomado por ley segundar las ambicio- 
ciones de esas dos furias creadas para mi condenación en 
la tierra y que se llaman hermanos? — Porque me aban- 
donáis en los primeros años de la vida esponiéndome á 
todos los sinsabores de un mundo peligroso para mi ju- 
ventud? Que vaisá hacer arrebatando á una madre ino- 
cente el baluarte de su virtud : — una hija! Porque con- 
sumáis el atentado mas horrible que puede cometerse en 
la vida? Rompéis el lazo que vos mismo formasteis 
apesar mió; apesar de todo! — En nombre de mi sacrificio 
entonces, yo os hago responsable de mi porvenir, y del 
porvenir devuestra hija! 

Lcmaitre, había palidecido; pero conmovido ó nú, con- 
testó asi: 

— Acabad señora, vuestro repertorio de injurias y de 
amargas recordaciones! Me confieso reo de haber elejido 
una mujer sin amor, por la vida entera; nada mas natural, 
qne tocando el imposible, le deje su libertad en la mitad 
del camino! 

— Si: replicó Inés, combatiendo los sollozos: és verdad: 
nada mas natural que dejarla en la mitad del camino para 
que los pies bastardos, estropeen la honra de una mujer 
que yá no puede pertenecer á otro, sin baldón, ante un 
mundo que juzga de los errores ajenos con conciencia ru- 
da: pero que sabe esconder los suyos, con la mentira de 


— 111 


un diplómatico acostumbrado ú jugar reinos arteros! Va 
sevé! que cosa mas natural que venir un estraño, á la 
edad de quince años, á obligar por plata ú fijar ese des- 
tino, y después de haberle fijado bajo el rubro insupera- 
e de la lev divina, formulada por los hombres; después 
de habei la dado una hija; dejará esa mujer joven ú merced 
de todos los insultos; de todas las calumnias imajinables! 

Es vei dad! proseguía* torciendo sus bellas manos; á 
la mujer se toma por capricho: y se la deja por placer! 
mas cuidado! porque, el tiempo es un denunciador de 
glandes castigos provid* ncialcs. — Cuidado Señor Le- 
maitre ; que esta mujer que hoy arrojáis del seno de su 
hija: de su propia casa; se acercará tal vez á la cabczera 

de vuestro lecho en la hora de la muerte y 

-Basta! grito Lemaitre los ojos inundados de una có- 
lera insuperable: — pero Inés decidida y fuerte prosiguió: 
- — No basta aún caballero: ni ya vuestro mandato me 
intimida: saldré de esta casa como entré, sin errores! vos 
quedáis como estabais! lleno de faltas y la peor de todas, 
que és la que os arrastra á este crimen, es la crueldad, y 
la ignorancia! 

Basta! repitió con voz sorda: — yncercándÓse al balcón, 
cerca del cual estaba Inés, prosiguió en voz baja: — ó de 
nó, creedme: yo no sabré contenerme: yo seré capaz de 
arrojaros por este balcón! 

La actitud, el acento, todo marcaba que aquel hombre 
tenia la inspiración de un crimen. Instintivamente lo com- 
prendió Inés, pero no se sintió amedrentada. De pié, er- 
guida como una de esas endebles cañas que los vientos 
suaves conmueven, pero que resisten sin embargo, las 
grandes tempestades; permaneció esperándolo todo: — mas 
las decisiones supremas tienen un lenguaje sin voz que 
aclara todos los puntos escabrosos de la situación, y sirve 
de baluarte á la inocencia oprimida: aquel de Inés, fue 
asi; pues Lemaitre descendió de su cólera febril y se sen- 
tó en una silla como cediendo al poder de una latiga in- 
tensa. 

Inés entonces habló — Necesito hablar á nti madre. 


112 — 


Mañana! respondió Lemaitre con tono sombrío! retira- 
os señora, y mañana partiréis á la casa de vuestra madre, 
hasta que convencida de la necesidad de hacer lo que yo 
mando, volváis á la vuestra como es necesario para viu- 
dicur mi honor. 

— Jamás repitió Inés alejándose al estremo de la habi- 
tación: — Jamás! dijo cayendo de rodillas ante el crucifijo 
bendito; en el momento en que Lemaitre, trasponía el 
linde que debia de separarle desde aquel momento, de 
la mujer que habia sacrificado á su deseo, dándola por 
“ tina. jortvna vna Cruz." 


ANTONIO DE PAULA Y ANJEL P1C0TTL 


CAPITULO XIV. 


La noche anterior, cuando se retiraban juntos de la 
habitación de Lemaitre, Antonio de Paula y Anjel; se 
estableció entre ellos, como era de suponer, uua conver- 
sación — ella era la siguiente: 

Antonio — Sabes Anjel que este hombrazo del diablo 
és mas tenaz que un africano neto: creo que no dará un 
paso contra su mujer! 

Anjel — Oh! Si le dará! — No has notado la clase de 
impresión amarga que recibió cnando herí su alma de 
fierro, con aquellas palabras supuestas, que yo puse en 
la boca de Alfredo? 


Antonio — Es verdad! fdé cuando dio aquel golpe con 
el pié en el suelo, diciendo “Basta!” 

Anjel — Y bien: ese marido se separa de su mujer, 
pues el dardo le lia quedado en el alma — y ahora te toca 
descorrer el velo ante el mundo: hacer circular la voz 
desde el mas encumbrado sitio de la sociedad, hasta el 
último; para que ese amor propio se levante al ruido de 
su propia deshonra: aleje á esa mujer, que teniéndola i 
su lado todo será de clin: y alejándola todo será nueálro , 
— ú lo menos presentemente y si nos manejamos como 
hermanos. 

— No quieres casarte? 

Antonio— Sí, Lcmaitrc me había ofrecido protejer- 
me: ¡pero és tan miserable! 

Anjel — Por lo mismo: tu solo no hubieras llevado á 
cabo este asunto: conmigo, ya lo ves: has hecho mila- 
gros. Esa curta á Riera de Inés, fue inspiración mia: yo 
la redacté con esta vivacidad incógnita que nadie tras- 
ciende, bajo esta capa lenta y fría de mi carácter: era 
necesario ademas quitarla esa amiga que puede ser para 
ella un refugio: á Magdalena Artey; y la he comprometi- 
do: la he perdido! 

Antonio — Si, pero yo te inspiré, aquellas palabras 
contra el viejo, para herirle, en lo vivo: y en efecto— 
qué ha sido lo que mas efecto hizo en su ánimo? — Res- 
pecto á Magdalena: acuérdate que yo fui el primero que 
te dije, no olvides á aquella amiga, pues seria un punto 
de salvación. Vamos: repito: — qué lué lo que hirió á 
Lemaitre? 

Anjel— La carta! 

Antonio — Las palabras! 

Anjel — La carta! 

Antonio — Necio! que siempre crées en tu superiori- 
dad! 

Anjel — Yó! eso se puede decir de tí! pero: creóme, 
dejemos eso á un lado; tejamos la tela con cordura. 

Antonio — Qué le diremos á los viejos? 

8 


— 114 


Anjel— A mi padre dos palabras para engañarle y 
bastará. 

Antonio— Y mi madre! 

Anjel— Es dévil, y creerá aunque llore! No la has 
visto sorprenderse, dudar y acabar por dar fé á mis pa- 
labras contra Inés, antes de ahora, sobre distintos pun- 
tos, y mas que todo en este asunto de ayer? Tu sabes 
que tiene por mi una ciega predilección. 

Antonio — Sí has dicho bien; ciega predilección! 

Anjel — Dejemos ironias si quieres que tus asuntos no 
se paren al empezar la rueda! 

Antonio— No! vamos! — mi padre por ejemplo irá á 
segundar nuestros planes, con ese carácter diabólica- 
mente ambicioso y egoísta que tiene: con él cuento! 

Anjel — Y mi madre no nos desmentirá. — adelanto 
pues! hagamos nuestros i oles con propiedad. — Aunque 
nadie me ha visto llorar jamas; lloraré! Tu liaras el va- 
liente — pues has empezado— y és necesario no desmen- 
tirse ni en un detalle! 

Antonio — A qué horas les hablaremos? 

Anjel — mañana ádas diez. 

Antonio — Convenido. 

Hasta mañana! — se dijeron mutuamente, pues hábian 
finalizado su camino y cada uno tomaba el sendero de su 
habitación. 

Antonio solo, se dijo estas palabras: — Ola! con que An- 
jel, pretende superarme? Cómo y por qué! Su construcción 
no valdrá tanto como la mia, en arte de intriga: y por 
tanto, dejémosle trabajar mientras me ayuda: después — 
veremos; veremos lo que esta cabeza discurre para li- 
bertarse de ese otro enemigo de mi porvanir, que encu- 
bierto, me amenaza como Inés, de no dejarme entrar en 
el circulo de una gran fortuna. Aquí és necesario liber- 
tarse de los buenos, y de los malos: de los buenos como 
Inés, por ser dueños: y de los malos como Anjel, por que- 
rer ser dueños ! — y con una de esas JilosoJias Voltairicas; 
proseguía — Adelante: adelante! el tiempo y el destino, 
harán lo demas. 


— 116 — 


Anjel por su parte; solo en su habitación, reflecciona- 
ba de esta manera : 

— Antonio quiere ser so/o en este asunto; y yo le juro 
que iremos á medias. — Que Inés các: eso és cierto, 
como el Sol: pero que Antonio, se calze el negocio abso- 
luto: eso, veremos si llega á madurar! El quiere dejar- 
me mal con el marido, y mal con la mujer, para no ser 
descubierto algún dia; y bien: de pillo á pillo! yo tam- 
bién le he puesto mal con uno y otra — Quien podrá mas 
en el ánimo del uno: que ahora es lo que importa: lo di- 
rá mi estratejia. En cuanto á Inés, perdida su amistad 
por veinte y cinco en mis intrigas que ella ha trascendi- 
do; perdida por mil ! ya la cuento muerta. 

Lo que és necesario, és luchar con el competidor: — ese 
és mi hermano: ese hermano no sabe* ni ser malo porque 
es un necio: — yo triunfaré! — dijo; y se acostó tranquila- 
mente acariciando en sueños aquella figura de la espe- 
ranza, que con un si jilo estraño le estaba haciendo una 
promesa que el mismo noentendia. 

A las diez del dia siguiente la entrevista con sus pa- 
dres, se hizo bajo convenio repetido: y por consiguiente 
las fórmulas fueron guardadas con doble presiciou. 

Esperaban los dos hermanos á los ancianos en el sa- 
lón. — Qué hay dijeron los dos á la vez, al ver los rostros 
conmovidos ¡ntencionalmente de sus hijos. 

Antonio filé el primero que habló. 

— Lo que ayer os dijimos, pudres queridos, se confir- 
ma hoy : el bueno, el prudente de Mr. Lemaitre, ese 
hombre que debería de llevar la corona de un Santo, ese 
hombre lo sabe tojo , y por consiguiente. — 

— Qué ! esclamaron juntos anciano y anciana. 

Antonio — Que se separa de Inés; prepara un viaje: 
no puede sufrir el descrédito de su nombre; y esa mujer, 
esa mujer persiste en amar á aquél hombre; á ese mise- 
rable ganapan, que se jaota de ser amado ; que insulta al 
marido con ese amor y con su palabra directa y ofensiva# 

Doña María— Se cubrió los ojos con las manos, des- 


116 — 


hecha en llanto. — Don Juan cerró los puü03 en aire de 
amenaza, y quedó como estático contemplando que sa- 
bemos que formas accesibles á su ira : al fin habló. 

Y, que hace esa mujer que no se vindica con su ma- 
rido si es inocente ? 

Anjel con tono solemne — Es padre, que desgraciada- 
mente no lo és, por mas que nosotros lo quisiéramos. 

El padre — Luego no hay remedio ? és culpable V 

Anjel — Como el Anjel cuido, padre : asi es culpable ! 

El padre — Entonces se entenderá conmigo ! que pro- 
ceda su marido como debe, y como quiera. 

La madre — alzando los ojos al cielo. En el nombre de 
Dios conténgase la mano del destino que vá á caér sobre 
esa cabeza que nos pertenece! — y se puso de pié como 
conjurando la tempestad. 

El marido — siempre airado. — Jamás ! no se conten- 
drá la mano de Dios (pie castiga á esa infame, que ha fal- 
tado á la severa ley del matrimonio ! 

La madre — Y quien lo puede provar? 

Anjel — Yó !— Antonio — Yó ! 

La madre — Luego vosotros sois los calumniadores de 
vuestra propia sangre! — eselamó juntando las monos y 
clavando sus ojos brillantes de desesperación en uno, y 
otro. 

Anjel — Os equivocáis madre, si pensáis que yo soy 
acusador de mi hermana; veo la justicia de parte del 
marido, y la confieso á mi pesar : esto és todo ! 

Antonio — Pués por lo que á mí toca la mostraré d esa 
malvada tal cual ella és ! 

La madre — Y Dios castigará hasta tus cenizas ! 

El padre. — No ! porque és deber de todo hombre 
denunciar un crimen, y ese lo és ! 

Antonio — Es claro ! 

La madre — En nombre do Dios ! que no se haga na- 
da sin que yo la hable: ella me habia jurado por los Evan- 
jelios que era inocente ! 

Antonio — Y por los Evanjelios ha mentido ! 


La madre — Acuérdate Antonio, de la historia de Caín 
y Abél ! 

Antonio — Con la diferencia que Caín tuvo envidia, y 
vó nó ! 

Anjel — Eso será lo que tusa un sastre! — sonriéudose 
irónicamente.. 

Antonio — Me acusas tú t — Volviendo la cabeza irri- 
tado. 

Anjel — Yó ? no ; te digo un proverbio. 

Antonio calló. — La madre había salido súbitamente en 
tanto que Don Juan, solo con sus dos hijos, formulaba 
un plan según su ignorancia, de entera justicia : según la 
verdad, de bárbara torpeza y sin razón. 

Don Juan — Y que pensáis hacer vosotros con esa mu- 
jer? 

Anjel — Perdonarle hasta que me haya arrojado de su 
casa ! 

Antonio — Y yó nó : vengarme ! 

D. J uau — La verdadera manera de proceder con esa 
mala esposa y madre, és tratarla con el mayor desprecio 
para que conozca su falta : yo la desheredo desde hoy ! 

Anj *1 — Sois rigoroso, padre, con I 03 culpables', y cargó 
la voz sobre esta palabra fijando sus ojos en Antonio— 
que sin saber porqué se estremeció. 

Don Juan (sin entender el doble sentido). Si lo soy ; 
para mí á muerto esa indigna hija! 

Anjel —Id á verla padre ! 

Don Juan — Yó! 

Anjel — Vos! — id: exponedle su falta; vuestra presencia 
la en rojez era; 83 conseguirá mas con eso quo con el despre- 
cio y el silencio ! — y una burlona sonrisa vagó por aque- 
llos bivios pálidos, como los bivios de un difunto. El 
ódio á Inés, su venganza, la manera mas viva de hacerla 
sufrir, todas aquellas cosas parecía dibujar su estraña son- 
risa. 

Don Juan titubeó: pero como hombre sin ideas pro- 
pias, se dejó llevar del consejo, tomó su sombrero y 
partió. 


lis 


Quedaron solos Antonio y Anjel, cara á cara con el de- 
lito y la decisión de llevarle adelante. 

Anjel — Ya está asegurado el nudo de la tela de Pené- 
lope ! no consiste en tejer bien ; Ó3 necesario afianzar el 
tejido y garantir la cosa que se ha de depositar sobre el 
amigo ! — dijo golpeando con su mano el hombro de An- 
tonio. 

Antonio sonriendo — yá ! pero no tires tanto al asegu- 
rarlo, no sea que se rompa antes de tiempo ! — dijo á su 
vez con irónica sonrisa á Anjel, que se preparaba para irse. 

Anjel — No temas ! en cuanto á nuestra madre tengo 
yo mis dudas ; no es asi el Señor Picotti padre ! Oh ! es 
todo un hombre de! siglo pasado, con sus grados de mal- 
dad que honran el apellido ! 

Antonio — Tanto uno como otra, nos pertenecen en 
este asunto ; mamá por devilidad ; digámoslo, al fin por 
impotencia ! Papá por ignorancia y por egoísmo ! pues 
él vé que Lemaitre es una fortuna : que si se acuerda 
con él, él lo protejerá siempre: y basta para él esa idéa. 

Angel — Ha prestado á nuestra casa Lemaitre, una 
gran cantidad ? 

Antonio — Si : y dio otra, por la cual se hizo el casa- 
miento con Inés, que fué la que nos salvó de la ruina y 
del oprobio ! 

Anjel — Pero conviene, ante todo — dijo como dándole 
poca importancia á aquello — conviene que mamá, des- 
pués de hoy vea muy poco á Inés, á lo menos hasta que 
la semilla haya prendido. 

Antonio — Me encargo de eso. 

Anjel — Convenido, pero cuidado con el abuso. 

No hay que temer ! — dijo Antonio, saliendo á la vez 
de su habitación para tomar sus guantes y sombrero, y 
dirijirse á la casa de Inés. 

Con el mismo objeto salió Anjel meditando por el ca- 
mino en la manera mas verosímil y mas disfrazada de pro- 
seguir la intriga empezada con tanto acierto contra su 
hermana para obtener posición y plata! 


ALFREDO DE RIERA 


CAPITULO XV. 


Aun no nos hemos ocupado bastante de esta persona 
de la historia, siendo de todo punto esencial dedicarla un 
sitio preferente, pues los sucesos se lo dan por si mismos. 

Alfredo de Riera, era hijo de un rico heredero: de un 
gran personaje español, cpie cruzó por estas rej iones de 
América por casualidad; y como para honrarlas, dejó aun- 
tjue transversalmente un vastago de su noble sangre. Ese 
fué el padre de Alfredo de Riera, que á la edad de veinte 
años se casó con una niña muy bella de una familia de 
gran fortuna, cuyo nombre era Elisa Bertrand. 

El padre se llamaba Alfonso de Riera. 

Criado Alfredo en medio de los mimos y la elegancia 
de su casa: su sociedad fué siempre de élito: y por mas 
que su corazón fuera templado en delicadísima bondad; 
aquella forma constante del lujo, y de las preferencias 
sociales; habia dado á su porte, el yo no se qué , de altivo 
que distingue, sin saberlo ellos mismos, á los que gozan 
de esos privilejios del nacimiento y de la fortuna 

Su aspecto era simpático; porqué ecsistia en la reunión 
de su figura, alta flecsible y fina, una impresión aná oga 
á la de su fisonomía; una tez lánguida, sombreada d j ese 
tinte, al cual se le dá el nombre de moreno, servi i de 
centro á unos negros ojos brillantes, coronados de magni- 
ficas pestañas y de esa tristísima forma que se destaca ba- 
jo el párpado inferior, y que se llama vulgarmente ojera. 
Cabellos negros como el ala del cuervo, caian en ríaos 


120 — 


sobre sus hombros, la frente era estensa y pálida; y una 
barba que se podría llamar en flor; hacia el conjunto de 
aquella persona en cuyos lavios abultados y coloreados 
de los tonos de la juventud; se veia la franqueza, del al- 
ma: un carácter apasionado y el rayo déla inteligencia 
en su frente y en sus ojos. 

Pero la dote superior de Alfredo, era el timbre de su 
voz: había en el fondo de ella un tono de ternura y de su- 
per.oridad á la vez; que contrastaba con las inflacciones 
cambeantes del todo: dándola el prestijio do unos de esos 
ecos soñados. Indudablemente la voz humana tiene un 
gran poder: y Alfredo poseía ese secreto de la naturaleza, 
ignorándolo «51 mismo. 

Había quedado huérfano, hacían tres años, á la época 
en que hablamos de él; y solo en el mundo, con una for- 
tuna inmensa; cedia á las tentaciones de la sociedad sin 
saciarse; pues el ideal de su alma, perturbaba su imagina- 
ción en medio del placer, haciéndole odiar entonces el 
placer mismo. 

Poeta por intuición, se aliviaba del hastio de la vida y 
de las comodidades, redactando las pajinas ocultas de 
un amor soñado; de una amistad perdida, de un vicio 
maldito, de una juventud marchita! 

Pero la realidad del ser que diviniza el sentimiento en 
el corazón, no ecsistia; Alfredo vagaba en las inmensida- 
des del vaeio. 

Muerto el único amigo di s\t vida Claudio Prado: nada 
le quedaba en la tierra: la historia desgraciada y secreta 
de aquel hombre joven intelijente y bueno, habia ocupa- 
do no solo un lugar preferente en su memoria; sinó en 
su corazón. 

Le había quedado de aquella historia el tipo saltante 
y misterioso de la mujer apasionada, li jera come é} la 
jusgaba; pero desgraciada y hermosa: pura y poética. 

En sueños muchas veces, habia visto la divina mirada 
de aquellos ojos por los que murió Prado: y cuyas refrac- 
ciones quemaban su eérebro. 

Cuando escribió sobre la-tumba de Prado los versos 


ÍUl 


que leyó Leinaítre en un diario; Riera mas que prra Clau- 
dio, los escribió para sí, sin confesárselo a sí propio; sin 
saberlo quizás. 

Después; cuando encontró á Inés en la tertulia de 
Márquez, sin que se la hubieran nombrado la reconoció! 

Ademas; lo diremos; él conservaba un retrato de Inés 
hecho por Claudio, y (pie lo dejó como en deposito para 
otra vida; en las maños de Alfredo, al morir. 

Mil vezes se había complacido creyendo encontrar la 
semejanza de aquel tipo de mujer, en el mundo (pie re- 
corría con tanto afan y en medio de tan loca algazara: 
pero le había recorrido en vano y solo ecsistia el retrato 
en sus manos. 

Una de esas impresiones profundas esperimentó su co- 
razón, la noche que vió la belleza real de aquella mujer: 
sintió enardecerse la sangre en sus venas rápidamente: 
pero como hombre acostumbrado al trato de las jentes 
de mundo, se esforzó para sobreponerse á su emoción, y 
apareció tranquilo. 

Su conversación con ella, encerraba el doble misterio 
de su alma, y el del amor perdido de Claudio: él quería 
sondar aquel corazón: ver si habia amado bastante: si po- 
dia amar todavía! 

El desafio promovido por aquel truhán de Antonio do 
Paula, quebró el cristal de aquella esperanza (pie entro 
dudas, levantaba dulce y seráfica su cabeza, coronada de 
las flores mas bellas de la iinajínacion. 

Obligado á defenderse, lo hirió levemente, y perdonó 
la vida á aquel cobarde, contentándose con desarmarle y 
arrojarle á, la cara su desprecio: pero la intriga fraguada 
por Anjel y Antonio, de una carta perdida por Alfredo 
en aquel sitio: de palabras amargas diríjalas al marido 
—todo era una calumnia. 

Alfredo se hebia alejado solo, de aquel sitio: con la 
imajinacion soñadora y triste: aquel desafio sin saber por 
qqé, pues él insulto del hermano y la frialdad del p¿uri- 
dq, lo qvoearon: aquella mujer inocente, y sin duda aqu- 
s9<& de una falta que £1 nq alcanzaba, pqrq cuy^ nafu-* 


122 


raleza suponía: á lo menos su persona entraba por algo en 
aquel error funesto de la familia — la vaga y dulce me- 
lancolía del recuerdo de la voz de Inés: del jiro voluptuo- 
so de sus ojos; de aquella figura cuyos contornos tenían 
algo de semejante á los de Diana Cazadora: cargaban su 
memoria con el peso de mil pensamientos contradicto- 
rios: lindos y suaves unos: amargos y dolorosos otros, 
como si los pensamientos tomaran en este caso, las for- 
mas siniestras, para enlutar las hojas de una vida hasta 
entonces íéliz. 

Solo en su casa, decia Alfredo para si. — “Estraña his- 
torial” un escándalo en un baile, y sin saber por qué! Mis 
amigos juegan mi nombre en los cafeés: en las socieda- 
des íntimas ; y el de Inés sigue mi suerte con todas las 
desventajas que son inherentes al nombre de una mujer! 
Ese marido torpe; su tísico lo acusa de tal — su acción 
lo corrobora;— ese hermano audaz y miserable, que sin 
duda corteja la fortuna y adula las ambiciones del mari- 
do; todo ese compuesto de malas cosas, me asesina des- 
de anoche ! pero sobre todo rila, Inés ! esa pálida y en- 
cantadora mujer, que ni su estado de esposa y madre la 
han usurpado los candores y la divina gracia de la ino- 
cencia ; esa santa, que debe de llorar en la cárcel de su 
destino, porque sin duda ese destino se ha cumplido mal; 
apesar de ella ! esa mujer intelijente y bella, se vé ultra- 
jada sin merecerlo ; acusada siendo pura, y con un her- 
mano repaesentando el rol de Cain ! estraña historia ! 

Repetía paseándose y colocando sus guantes y sombre- 
ro sobre una mesa, — estraña historia ! 

— Mas que puedo yo hacer para salvarla? hablar al 
marido? dirijirme á sus padres? pero sospecharán doble- 
mente; la creerán cómplice de este paso; — que sé vó! — 
y calló por largo rato, siguiendo en su paseo por la habi- 
tación; y como si por un momento se creyera iluminado 
esclamó : 

— Y, bien : la hablaré ! A ella esclusivamente debo 
yo dirijirme para aclarar este asunto sombrío ; yo debo 
de salvar el nombre de esa esposa y de esa madre, del 


123 


ludibrio en que caén los nombres de las buenas mujeres, 
que reciben el triste bautismo de la desgracia del mun- 
do. Si : yo la hablaré ! — Mas cómo ? se preguntó dete- 
niéndose súbitamente como si una duda hubiese venido 
á enfriar su resolución. — Pasó un largo rato pensativo; al 
fin habló — Una carta escrita con verdad y nobleza, enviada 
ó la faz de su familia sin ningún misterio, dará malos 
resultados en el estado en que veo las cosas ; un billete 
incógnito puede ser sorprendido — y entonces, por santo 
que sea el fin, la forma baria su fatal condenación ! — Es- 
perarla en el templo, y al arrodillarse decirla : “quiero 
salvaros Señora,” revivid un papel, que en él van los 
medios para lograrlo !” — y si no vá sola "? y si se niega, 
y me cree un insensato ? 

Volvió á quebrar el silencio de la negra duda el lumi- 
noso cuadro de sus propósitos varoniles y nobles: de sus 
esperanzas ! Estando asi — oyó tocar á la puerta de su 
habitación, — “adelante,” dijo bruscamente; la puerta se 
abrió y apareció un criado con un papel en la mano. — 
De quién ? preguntó secamente Alfredo, — recibiendo el 
papel que el criado alargaba respetuosamente ácia él — 
Ha sido encontrado Señor sobre las primeras gradas de la 
escalera principal con el sobre para Vos. 

— Y porque se me traen los papelqj, que se encuen- 
tran tirados al paso de una de las escaleras de mi casa? — 
dijo Alfredo con la altivez de un Señor acostumbrado á 
no dejarse faltar al respeto. 

Señor, dijo el criado : yo no sé como hó sucedido esto, 
pero. — 

— Eras tú quien debería de saber estos deberes prime- 
ro que los otros; pues conoces mis habitudes, mis órde- 
nes privadas y jencrales; y yo tengo habitudes y órdenes 
terminantes. 

— Señor, volvió á decir el criado con sumisión — si 
permitís la arrojaré á las llamas. 

— Alfredo tomó instintivamente aquel papél, y sin sa^ 
ber como ni por qué, alzó su mano en dirección á la 


124 


puerta, y dijo al criado; que valga esta advertencia para 
otra ocasión — retírate. 

El criado se alejó: — Alfredo quedó solo con el papel 
entre las manes, y sin bastante resolución para abrirle. 

Al fin, el papel se entreabrió al contacto de sus manos, 
que tan pronto le estiraban como le recojian; y apareció 
una letra femenil. ... Si fuera de ella ! — pasó por su ca- 
beza como un relámpago este pensamiento, y le abrió en 
seguida. 

Si alguno en pós de aquel hombre hubiera podido es- 
tudiar los secretos de su alma, en su fisonomía, hubiera 
podido adivinar tal vez, lo que los bivios comprimidos 
por el po lor d : la indecisión y del orgullo mismo, no osa- 
ban pronunciar. 

“ Yo amo á Inés.” 

En fin el leyó, v creemos tener permiso para estractar 
el contenido de aquella carta misteriosa. 

— “Estoy perdida sin vos, un marido que sospecha: 
una familia que se prepara á vengar su apellido: colocan 
á una madre en la situación de pediros vuestro apoyo cc- * 
rao caballero. 

Mañanad la noche, á las diez, embozado en una capa 
obscura, con un sombrero á la Italiana, pasareis por mi 
casa: yo esperaré cerca de un balcón si puedo robar un 
instante á !a vijilaucia que me cerca: sinó uno criada es- 
perará ú la puerta de la calle: al pasar, la diréis “para 
ella" la criada recibirá ei papel, y dos horas después rc- 
cojereis la respuesta de igual modo. 

En nombre de Dio: ! si amais, compadecedme y tratad 
de salvarme, de esta cárcel: de este infierno.” 

I. 

Alfredo había quedado pálido como un lirio mojado por 
la lluvia de la noche; dobló el papel, le guardó en silencio 
en su cartera intima, y tomó la pluma para escribir lo que 
sigue. 

— “Si hay un poder Señora, que valga el sacrificio de 
toda una vida, és y será el vuestro. 

“Yo os ofresco desde ahora la mas profunda, la nías 


125 


completa abnegación: se trata de ofender vuestro nombre 
injustamente, ahi me tendréis por Caballero! Si me dais 
el derecho de serlo tin moitific.tr vuestra delicadeza, quién 
se atreverá a mancharos'/ yo os protejeré como digna es- 
posa ya que la suerte colocó á vuestro lado un marido 
que mancilla su propio nombre en el vuestro, para saciar 
que se yo cual deseo oculto que no me es dado compren- 
der todavía! Os protejeré como madre buena v cariñosa; 
ya que os condenan sin oiros ante un tribunal cuyo pro- 
pio Juez es vuestro acusador! 

“Si Claudio dejó este mundo cuando le abandonasteis 
por otro: Alfredo tomará los derechos de la amistad para 
haceros respetar como lo merecéis señora! 

“Iré á vuestro llamado á las dies de la noche de maña- 
na bajo el dísfras que me indicáis señora; dejaré en po- 
der de la criada el billete y pasaré á vecojcrle en la hora 

que me prescribís: y creedme señora, yo contad 

conmigo hasta la muerte.” 

Alfredo. 

A la siguiente noche á las d¡cs, Alfredo bajo el dísfras 
indicado pasaba delante de los balcones de Inés, que 
cerrados herméticamente no dejaban ni vislumbrar un 
rayo de la luz artificial de las habitaciones — pero una 
sombra cautelosa, se dibujaba sobre el dintel de la puer- 
ta de calle. — Alfredo se acercó, y reconoció á una cria- 
da — “ para día ” — dijo y la criada alargó la mano en si- 
lencio y desapareció cerrando tras sí la puerta suave- 
mente: — á las dos horas, Alfredo volvió fiel á su consigna, 
y la sombra 1c esperaba en la puerta. El alargó la ma- 
no rosándose al pasar con ella: la sombra perfectamente 
velada, pues el farol se había apagado, entregó un pa- 
pel y como la primera vez, desapareció cerrando dulce- 
mente en pós do ella, la puerta. — Alfredo voló á su casa; 
abrió el papel. 

— “Mañana á las nueve de la noche, pasareis por mi 
casa sin dísfras: os parareis frente de mis balcones, esté 
quien esté! Si és necesario una lucha: sostenedla: la 


- 136 


criada á las diez, os esperará en el mismo sitio. — Hasta 
entónces — Adiós! Cuento con vuestro valor, y vuestra 
lealtad.” 

Como era de suponer, Alfredo joven, mimado y her- 
moso; se creia amado, y aunque no lo confesaba, so lo 
repetía su espíritu en mil idiomas á cada instante. 

No pasó por su mente un momento, la idea de quo 
aquellas cartas pudieran ser una réd tendida á su credu- 
lidad, y á la inocencia de Inés: jamas había visto la es- 
critura de aquella mujer: y tomó por verdad lo que solo 
era un lazo horrible! 

A la noche siguiente á las nueve, pasaba por la casa 
de Inés en su traje abitual: en la puerta había una figu- 
ra de hombre: desde la vereda de enfrente reconoció á 
Lemaitre con las manos escondidas en los bolsillos del 
ranglán y fijo en el: Alfredo se detuvo frente por frente 
de él: en aquel instante la luz del salón, se reflejó en el 
rostro del incauto joven, y Lemaitre le reconoció perfec- 
tamente. 

— No hay duda dijo el viejo enceguecido ó maligno: 
és él: no me han engañado! 

Lemaitre desapareció y subió sin duda á decidir lo que 
decidió — “su separación absoluta de Inés.” 

Viendo Alfredo que la hora se pasaba sin que apare- 
ciera ni la criada á recibir su papel, se retiró pensativo á 
su casa. 

Llevaba en el espíritu esa vaga y soñolienta tisteza 
que bien ecsaminada equivaldría á un presentimiento: y 
que en la hora de la sensación, solo tenia un valor apa- 
rente de melancolía. 

— Para que me habrá hecho ir y ser visto por su ma- 
rido, sin duda, espresamente? Que razón habrá tenido 
para no hacer aparecer á la criada: para pedirme que pa- 
sara sin disfrás y sostuviera una lucha si era necesaria? Y 
con quien? 

— Ignora ella, decía con amargura, que su marido és 
un autómata al que solo le mueven los intereses de for- 
tuna, ó las malas pasiones? se espondria él acaso, a un 


— 127 


desafio, á una injuria, á un tropiezo por una mujer, aun- 
que ella sea su esposa, y la madre de sus hijos, ofendida? 
Bien és verdad que se necesita ser muy ciega, para no al- 
canzar que el marido que sufre los insultos de hermanos 
contra su apellido: no puede ser hombre de tomar satis- 
facción, al que supone amante de su muje:r — estoes cons- 
tante: proseguía de una manera floja y triste: y sin em- 
bargo; esa mujer es una santa: és tan pura como un niño 
en la cuna! De que la acusan? Si hubiera amor en su al- 
ma, tampoco seria un delito: pero el amor Ah! 

decia poniendo sus manos sobre el retrato, de Claudio 
Prado: el amor se encendió por este hombre leúl é inteli- 
jente: después solo podrían venir los sentimien- 

tos fríos que no tienen compensación aquí bajo! y brilla- 
ron sus ojos de un resplandor fosfórico. 

Alfredo permaneció en silencio por dos horas á lo me- 
nos, las manos puestas en esa actitud (leccible de los ele- 
gantes perfectos, que saben encontrar la manera de no 
hacer fría una postura jamas aunque involuntariamente: 
asi, aquellas manos caían con neglijente desdén á lo largo 
de su figura y cualquiera habría dicho sin embargo: — ese 
és un hombre del gran mundo! 

Al fin; alzó una de sus manos hasta su negra y brillan- 
te cabeza, introdujo sus lánguidos y finos dedos por en- 
tre los risos de sus largos cabellos, y dando dos ó tres 
pasos dijo como persona que ha estado reflecsionando y 
ha tocado el límite de una contradicción invencible. 

“ Está bien ! el camino és pozado, tortuoso, y hai in- 
mensidad de espinas que me prometen otras tantas heri- 
das ! — pero que hacer ? — dar un salto y trasponer las 
distancias? — Eso seria cobardía y nulidad moral! La víc- 
tima me maldeciria,y el riesgo ecsistiria tal vez á trueque 
de mi propia vida! — Volver la espalda y seguir mi ca- 
mino de siempre, bullicioso, insensato, pero sin compro- 
misos ni dolores y bien; eso és yá imposible !— He 

conocido á esa mujer, y ella me ha revelado el abismo 
donde la pasión ciega se lanza á estrellarse con la tumba: 
donde la tumba no és una espiacion, sino una recotnpcn- 


Másala Uruguay 

í * , 3 / 

B.'BL. OTECA NACIONAL 


— 128 — 


$i, Dios ! — He encontrado d esa víctima de la calumnia 
que me pide favor; y yo la tiendo los brazos, la salvo del 
crimen de sus verdugos. ... y el porvenir nos envuelve 
en su sábana impenetrable de dudas y esperanzas, de pe- 
ligros y salvación ! 

— Ya no hai remedio; — añadía caminando d largos 

{ >asos por la habitación: — la herida está abierta, y el do- 
or fijo aquí ! y oprimia su corazón. 

— No se puede luchar contra esto; unos pocos dias, y 
mi vida toda ha cambiado ! 

La gravedad del contrapeso de mi destino se ha ma- 
nifestado ya, en el teñido manto de las abnegaciones y 
los sacrificios ; no contrarestemos la obra de la Provi- 
dencia ! 

Estoi decidido d todo ! mi marcha está ya trazada de- 
lante de mis ojos : ahora, no mas fiestas, no mas placer ! 
la vida íntima ; esa vida intelectual, para la cual habia 
• nacido y la fortuna habia traicionado en sus medios; esa 
vida servirá de tema d la vida moral á que me preparo ; 
á esa vida de peripecias y de la fé triunfante ! Y dicien- 
do esto, ajitó visiblemente turbado el cordon de la cam- 
panilla, y apareció su criado. 

— Quiero descansar. 

El criado procedió á desnudarle, y Alfredo al cabo de 
un rato cerró sus ojos, y sin duda se quedó dormido. 

El sueño dicen que proteje los grandes proyectos y 
los grandes sucesos: nosotros creemos también que cor- 
robora unos y otros, para que sin sombrías amenazas de 
hecho, puedan marchar al límite de su ecsistencia. 


EL PADRE V LA MADRE. 


CAPITULO XVI. 


Doña María había partido dejando á su marido con 
Anjel y Antonio decidido á abandonar á Inés tí la barba- 
rie de su marido, y estos, á la denunciación del delito 
creado por ellos de la esposa y madre ante el mundo. 

Era claro que Doña María iva á hablar ó su hija. En 
efecto entró y halló á Inés tan sumamente abatida, que 
Doña María se estremeció involuntariamente. 

Doña María — Estas enferma Inés? 

Inés — No madre! 

Doña María — Luego que tienes, que ha sucedido nue- 
vamente? 

Ines — Que Lemaitre me abandona, y me arranca mi 
hija! 

Doña María — Y por qué? 

Inés — Porque mis hermanos me han calumniado! 

Doña María — Tus hermanos, no lo creas jamas! 

Inés — Ellos únicamente madre: y después de ellos el 
mundo concitado por ellos para ese objeto! y un marido 
que se venga de Dios sin duda, pues sin haberle faltado 
nunca, no le lié podido amar jamas! Eh ahi mi delito: eh 
ahi el motivo oculto de esta separación incalificable; pues 
yo no amo á nadie: yóno mantengo intimidades con na- 
die! veo al contrario irse desgastando mi juventud como 
una de esas flores efímeras que sienten morirse al empe- 
zar la vida, sin querer renunciar á ella: pero que son 
obligadas por la fuerza mayor que las impele y las arroja 
á la nada de si mismas. 

9 


Inés lloraba: su madre imitó involuntariamente su do- 
lor. 

— Si, madre prosiguió; yo me sient o desgastada de su- 
frir sin saber porqué: de estar afrontando peligros de fa- 
milia que se levantan á cada paso que doy y sobre todo, 
mi fuerza se es tingue porque estoy inocente y me veo 
acusada! 

Doña María alzó los ojos, y después de haber contem- 
plado á su hija, hizo esta seria pregunta: 

— Y, como és que estando inocente no te sientes do- 
blemente fuerte? 

Inés sintió que su cabeza se erguia involuntariamente; 
que sus lágrimas cesaban de correr; y respondió: 

— Porque la virtud mas profunda se cansa de verse ul- 
trajada, y yó rae lié fatigado demasiado temprano, porque 
demasiado temprano ajenos mandatos me trazaron el es- 
trado camino por donde marcho! á quien la culpa? 

Y como si aquella pregunta hubiera encontrado eco 
fuera de aquellas cuatro paredes, se abrió la puerta, y 
apareció la irritada figura de su padre que venia á deman- 
dar cuenta á la víctima de si no había sufrido bastante 
para doblar la cantidad del dolor. 

Inés, le contempló por un momento como si le quisie- 
ra decir — aun no estáis satisfecho? Don J uau entró: lanzó 
una ojeada por todas partes y con tono agrio preguntó sin 
mirar á nadie — Con que aqui ya no hay cordura de es- 
posa ni de madre, ni paz, ni. . . . 

Inés se enrojeció de esa tinta fuerte y seca de la ira, 
que parece que quema la mejilla: y con un acento inti- 
mo respondió! 

— La esposa que trabajó una ambición fatal, fue com- 
prada inocente y pura al destino de la esperanza: Dios al 
cual hizo la inocente aquel sacrificio, lo presenció todo: hoy 
el comprador se há cansado sin duda de ella, de su pure- 
za, de su inocencia, y la abandona siendo madre á la edad 
de los peligros, con la desesperación en el alma: calum- 
niada, y tan eesenta de culpa, como lo está su propia 


— Que queréis pudre? cuando se trabaja mal; los re- 
sultados son peores que la obra: y añadió señalando 

al Cielo; y Dios és testigo de los autores; de las victimas, 
y del inicuo trabajo! 

Algo de grande y de muy solemne dominaba la postu- 
ra y la espresion de aquella mujer desgraciada que toma- 
ba á Dios por juez y testigo de sus verdugos, como de su 
inocencia. 

Pero aquel padre avaro, ingrato y bárbaro, no enten- 
día la santa lengua de los sacrificios: la divina forma de 
la virtud y de la inocencia! y contestó, con la indiferen- 
cia mas brutal: 

— Mejor fuera que hubieras aprendido á sufrir á tu ma- 
rido como se debe, aunque esc marido alzara las manos 
sobre tu rostro: aunque ese marido hiciera las injusticias 
más amargas: tu deber era soportarlo y callar; para eso te 
has casado! 

Inés, se sonrió amarga é irónicamente y clavando su 
mirada en la figura estúpida de aquel padre sin corazón, 
respondió: 

— Ola! para sufrir sinrazones me casasteis vos, con ese 
hombre! sinrazones que era necesario aprender ó sopor- 
tar en el libro infame de las compras y ventas de las es- 
clavas, para no dejar en blanco ningún artículo de las con- 
diciones! Que podría responder yo al ser que me luí dado 
la vida para traficaría de este modo gran Dios! añadió 
torciendo sus finas y pálidas manos, y perdiendo á cada 
instante el continente firme y reservado con que disfrasa- 
ba su estado aflijente: pero Doña María estremeciéndose 
se acercó á Don Juan; yen voz hoja le dijo: 

— Calla por Dios! no la ecsasperes! yo sola hablaré, y 
podré mas que tú y que todos. 

Don Juan, tornó con desprecio el rostro acia su mujer 
y la respondió — Lo que hacéis vosotras las mujeres cuan- 
do os reunís, és charlar y nada entre dos platos. 

Doña María irritada — Aqui no se trata de refranes y 
tonterías; es el asunto mas grave de una familia v por una 
palabra puede perderse ó salvarse una hija! 


Í3'J 


Donjuán — í>i! salvarse! demasiado perdida está yá: 
pues Lemaitreme lia dicho hace un momento que su se- 
paración es una cosa decidida: absolutamente decidida! 

Doña María (ajitada) Y donde está Lemaitre? 

— En sus habitaciones trabajando para el arreglo de su 
viaje á Europa con su hija! 

— Con su hija! gritó Ines bajo un acceso de desespera- 
ción febril: Oh! eso lo veremos! veremos si Dios lo con- 
siente; veremos lo que puedo yo! 

Y en aquel instante se entreabrió la puerta de la habi- 
tación y apareció Lemaitre con el rostro, no como de cos- 
tumbre bañado de esas tintas fuertes y rosadas: sino, no- 
tablemente pálido; saludó á los ancianos v sin sentarse ha- 
bló: 

Inés estaba bajo el poder de un temblor involunta- 
rio. 

— Señores: yo estoy muy apesadumbrado de no poder 
hacer feliz á la señora: (señalando á Ines) pero desde que 
és imposible, ya no hay que agregar una palabra mas. 

Inés se puso de pié tan amarilla como si un desborde 
inusitado de vilis hubiera asaltado toda su sangre: y con 
noble altura, habló ásu vez: 

— Ante todo, espero y debo de saber que causa y que 
datos obligan á este caballero á dar este paso atentatorio, 
que vá á dar: y después: se hace necesario que yo haga 
saber á mi madre (olbidando mencionar al padre) que yo 
no he tratado de romper mi familia, como lo hace este 
caballero, mas: que yo no lo puedo consentir: que yo 
puedo revestirme de mi autoridad de madre y esposa in- 
tachable, y decir á este marido, solo ante un tribunal se 
deciden estas cosas: vos uo sois Juez, siendo parte: vos 
me debeis el honor de mi nombre inmaculado; lo debéis 
á mi hija: y es claro que no salgo de esta casa, que tanto 
es vuestra como mi a; sino esponeis terminantemente, las 
causas y los datos que os obligan á proceder asi. 

Lemaitre por toda respuesta metió una de sus manos 
en un bolsillo de su ranglán, sacó de él una cartera: de la 
cartera unas cartas que fue desdoblando al parecer tran- 


1 'VA — 


(juilftinGutCg y l('\ ;u it ándosc so dirijio á lúes, <*011 estas p¡,- 
Jabras: 

Eli ahi en la causa, los datos. En seguida se acercó 
■á Dona Mana que se había quedado pálida y trémula» y 
la dijo: Creo que esto hará mi justificación. En cuanto á 
vos, señor, (dirijiéndose al padre) bastará en mi concep- 
to la decisión que la madre de la señora (dirijiéndose a 
Inés) haga sobre este asunto. 

— Yo! dijo tímidamente Doña María: 

— Será necesario que vos seáis el juez en este asunto 
señora, por desgracia demasiado atlijente! y mientras se 
cruzaban estas palabras, Inés que leia la carta (pie tenia 
en las manos dio un grito y esclamó — De quien es esto? 
que trama tan negra es esta que me han tejido mis bár- 
baros enemigos? Yo recibir cartas de un hombre! yo! de- 
cía cayendo de rodillas ante aquel crucifijo que había 
visto tantas vezes su dolor y su inocencia! — Dios mió! 
proseguía! tu que penetras hasta el mas delicado plie- 
gue del corazón humano dígnate sondar el mió y ver si 
soy culpable: en este caso condéname y que me casti- 
guen mis enemigos! pero si soy inocente, anonada á esos 
detractores que se han enceguecido contra mi, sin duda 
porque no han recibido de estas manos ríuó piedad y 
bien! 

La madre y la esposa se habían levantado en masa en 
la entidad de la mujer, doblando su esencia y su forma; de 
manera (pie aquellos tres seres que la contemplaban, es- 
taban como subyugados por el doble poder que goberna- 
ba á Inés. Esta, concluida su oración, se levantó del suelo 
con dignidad, y alargando las cartas á su marido dijo: 

— No conosco esa letra, ni menos á lo que se refiere 
esa carta. 

Lematre sacudió la influencia de la rentad de rodilla *, 
para negar á la verdad altiva de pié , lo que á aquella tal 
vez le habría concedido: y tomando como un hábil diplo- 
mático su frialdad acostumbrada, respondió recibiendo 
la carta: 

— Pues és respuesta á una vuestra! 


Inés, (sentándose) es mentira! 

Lemaitre — De quien? 

Inés — Vuestra y de todos, si todos lo dicen! 

Lemaitre — Mas audaz cuando és mas culpable! 

Inés — Es que yo hablo con un hombre simplemente 
no con un poder, como vos lo eréis; y yo solo bajo mi fren- 
te no ante el poder humano tampoco: sino ante el de 
Dios! 

Lemaitre — Si eh! pues creo que tendréis (pie bajarla 
ante vuestro delito de madre, y esposa y vuestros padres 
juagarán: y dirijiendose á ellos — Decidid por esas prue- 
bas, si soy justo ó injusto con esa mujer, señalando con 
desprecio á Ines. Esta repitió con amarga dignidad: “Esta 
mujer!” y calló, tomada de un temblor profundo. La 
madre dobló las cartas, después de haberlas leido bajo 
mil impresiones de dolor: y con timidez dijo á Lemaitre. 
Yo no podría dar opinión contra mi hija, aunque conos- 
ca su culpa! — Lemaitre miro de alto á abajo á Ines; y la 
dijo — Oís? es vuestra madre la que habla! 

Inés, sintió pasar como un velo fúnebre por sus ojos: 
y como si pudiera arrancárselo, se pasó las manos por ellos 
con una estraña impresión: después habló á su madre. 

— Cual és mi culpa señora? 

La madre — Esa carta te condena hija mia! 

Inés — Y quien ha dicho señora que esa carta me per- 
tenece? 

Lemaitre — El contenido de ella. 

Inés — No hablo con vos: hablo con mi madre! 

La madre — Por Dios! estas cuestiones me matan: que 
se acaben ya — decia con las manos juntas y desecha en 
lágrimas. 

Lemaitre con una frialdad aterrante — Acabarse señora! 
Oh! se acabarán: de eso se trata. Una separación és el re- 
snltado de los errores de vuestra hija; y el medio de arre- 
glar para siempre estos dos destinos traicionados. — El de 
ella, y el mió! 

La madre dió un gríto de sorpresa dolorosa; Inés quedó 


fu silencio como esperando á que siguiera; mus viendo 
que todos callaban, ella tomó la palabra. 

— Una separación se hace, formulando un proceso cri- 
minal contra una esposa, ante un tribunal competente: y 
yo lo ecsijo. 

Leu mitre — Se evitará ese escándalo por vuestra madre 
señora! 

Iné.s — Se evitará el escándalo que vos mismo habéis 
dado sin razón, solo por las malvadas sujestiones de esos 
dos monstruos que os dominan boy y que se dicen mis her- 
manos! — Que ironía! eso seria lo mismo que ir á curar 
á un cádaver! El pueblo entero deberá de saberlo yá: y 
si no lo sabe lo sabrá en breve. 

Lemaitre (con impaciencia) Yo no tendré la culpa! 

Inés — Y quien? no sois vos el marido, el padre el due- 
ño de esta casa? No podéis alejar los malos que se acer- 
can á dañar cualquiera de esas tres entidades que repre- 
sentáis? 

— Como consentís que ajen el honor mió en el vuestro? 
que caiga el anatema social en el apellido vuestro que és 
el de vuestra hija? 

— Ignoráis que las manchas de los padres, suelen que- 
dar cómo una revelación sobre los hijos? Si vos me man- 
cháis gratuitamente; mi hija llevará esa señal eterna- 
mente! 

Doña María — Eso no! porque si eres inocente Dios ha- 
rá que tu virtud quede en transparencia! 

Don Juan (irritado) Calla mujer: en cuestiones de 
este jénero los padres callan y solo tiene voz el marido 
que es el dueño y señor de su mujer! 

Inés — Provadme que yo no cumplo mis deberes, y que 
yo tengo algún afecto fuera de mi madre y de mi hija! 

Lemaitre con ironía profunda — Precisamente la ausen- 
cia de ese afecto para el marido, ya es una duda: después 
los datos ya los habéis visto. Basta de esplicaciones: — aña- 
dió; — yo soy hombre que repito muy pocas vezes lo que 
voy á hacer, por consiguiente tomad vuestra situación 
del mejor modo posible; dentro de dós semanas parto con 


i -i»; 


Aurelia á Europa: vos quedareis al lado de vuestra ma- 
dre si lo queréis: sino todos los caminos del mundo están 
á vuestra disposición! 

Inés irradiada de esa desesperación mortal que quema 
el cerebro — con que ya no hay remedio! dijo con una de 
esas vozes arrebatadas al delirio. Todo se ha acabado 
para mi! me arrancan mi hija siendo pura; me calumnian 
siendo inocente! y bien; ahora voy yo arrancar el velo 
que ha cubierto mi corazón: — y di rij ¡endose ó Lemaitre, 
le dijo: Yo, jamás os hé amado lo ois bien'? jamás! una re- 
pulsión que tenia algo de los presentimientos funestos, 
sacudia mi alma al acercaros á mi. Os he odiado: os he 
despreciado por vuestra alma chica y miserable! he vivi- 
do como un preso en el pedazo de tierra que le señalan 
para respirar; con la resignación del dolor: pero sujeta es- 
clusivamente á su Juez. Oidme bien! Si vuestro cora- 
zón hubiera participado de las santas impresiones del 
bien, y del sublime de las cosas que hacen de la criatura 
un doble ser: yo habría llegado á amaros algún dia, por 
mas que las nieves de la edad hayan blanquecido vues- 
tros cabellos, y enfriado las lindas inspiraciones de la 
mente! 

Mas: apesar de haber nacido en distintas zonas, yo he 
vivido esclusivamente para vos! miente el que ose decir lo 
contrario! — yo desafio á que lo diga delante de mi, el 
hombre á quien yo le haya sonreído en mi vida de casa- 
da con un doble sentido jamas! vos habéis tocado mi 
cuerpo: y sereis el primero y el último. 

Os he sido fiel, como mujer ninguna lia podido serlo 
mas; y esta verdad se dobla en su entidad, por que vos la 
sabéis, y si dudáis ó lo aparentáis, és por que conviene 
á vuestros planes. 

Marchad — Prosiguió con una especie de calma presta- 
da por el esfuerzo, sobre la seca, desesperación — marchad; 
éstá bien! — vos os arrepentiréis de ese delito algún dia! 
vq os perdonaré entonces! 

Leinaítre — Pronósticos de mujeres! 

Inés! — Ponósticos de madre! algo mas: — añadió en to- 


no solemne— osa hija algún «lia llorará con su madre la 
barbarie de este padre que hoi la arranca de su lado — y 
ese Antonio que dejais dueño de vuestra fortuna la con- 
sumirá en sus vicios y en sus ambiciones! Ahora mar- 
chad os repito: mi destino — añadió fijando sus ojos inun- 
dados de lágrimas en su padre — mi destino se escribió én 
una hoja muerta! los soles han secado esa tinta tanto, 
que ahora ya, los caracteres han desaparecido — mi des- 
tino queda pues, sin tema: sin guia y. . . .á merced de 
Dios! y sin añadir una palabra mas, Inés desapareció no 
solamente de su habitación; sino de su casa cíe la cual 
salió para no volver mas á ella, dejando en un silencio 
indefinible á aquellos tres personajes. 

Al fin, Lemaltre tomó la palabra y dijó paseándose pol- 
la habitación con toda la simulación de un astuto. — 
Ya lo veis: ella se aleja: lo deseaba! yo quise provarla 
hasta el fin! — Y aquellos dos ancianos ultrajados en su 
hija, no fueron bastantes á responder á quel hombre frió, 
y malo — mentís! — siquiera esa sola palabra; — mentís! 

Ahora — prosiguió Lemaitre — es necesario que la toméis 
á vuestro cargo: yo os daré secretamente una pensión, 
pero con la condición que ella lo ignorará toda la vida! 
— Yo haré todo por Antonio, pues para que se case le lié 
dado una grave cantidad, y lo dejo de jerente de mi casa; 
esa casa es vuestra; yo la alquilo como hasta aqui, y os 
doi por ella doble precio que otro: No olbidaré á Anjel; 
también le daré una posición y al fin esa mujer conocerá 
su error y. . . .La madre llorando— Tal vez Dios hará que 
ós reunáis algún dia. . . .és verdad Lemaitre? 

— Señora, respondió Lemaitre — esos misterios del tiem- 
po nadie los puede adivinar; — puede ser que si! ... . y 
dando la mano á los ancianos desapareció. 

Don Juan — Ya ves como nos quiere este santo hom- 
bre!' él alquila toda la casa como siempre: él coloca á nu- 
estros dos hijos: él. . . . 

Doña Maria — Calla! pero Inés queda abandonada; sin 
su hija! tan jóven ella y el mundo lleno de peli- 

gros! 


Don Juan — No! vamos á buscarla: tengámosla en casa, 
y ella se someterá á todo! 

Doña María — Y donde la encontraremos? 

Don Juan — la buscaremos — 

Doña María — Vamos por Dios! vamos: esta casa pare- 
ce que me quema las plantas!. . . . 

Y Doña María bajo un vértigo, descendió la escalera 
apoyada en el brazo de su marido, como persona que no 
sabe donde la llevará su suerte — En cuanto á Lcmaitre 
acababa de dejar colmados sus proyectos. 

Aquella casa estaba habitada, y sin embargo parecía 
un desierto 

— El poder de las grandes desgracias, que toman for- 
ma hasta en las cosas inanimadas!. — 


PORUÑA MADRE! 

CAPITULO XVII. 


Doña Alaria y Don Juan entraron á su casa en un pro- 
fundo silencio; el de la madre, era el resultado inmediato 
de la convicción de una desgracia irreparable que golpea- 
ba su corazón con todo el cortejo desolador de verdades 
funestas: pero el del padre era el resultado del cálculo de 
lo que tenia asignado por Lemaitre; de la fortuna de An- 
jel y Antonio, y de que en fin; era necesario acatar cuan- 
to aquel hombre hiciera fuera bueno ó fuera malo. En 


esta disposición de ánimo se encontraba Don Juan al en- 
trar, á su casa: y fué necesario que Doña María háblara 
para arrancarle de la distracción en que se había dejado 
cadr como un necio en los brazos de una quimera. 

Dona María — Donde calculas que puede estar Ines? 

Don J uan — Yo no lo sé! 

Dona María — Estará en casa de aquella mujer que ella 
quiere tanto, y que Antonio y Anjel aborrecen ciegamen- 
te? no se llama Magdalena Artey? 

Don Juan — Puede ser! y será muy culpable esa mu- 
jer si la acepta: pues desde que Ines es una mujer casa- 
da! 

Doña María — Y que Via de hacer? 

Don Juan — Echarla á la calle: y mostrarla sus debe- 
res á la fuerza! 

Doña María — Eso no lo hace nadie en su casa. 

Don Juan — Cállate! ó tratas de apadrinar los errores 
de tu hija, y los de los estraños? porque no se ha ido á 
casa de una parienta? ó mas bien: porque no sufre todo 
lo que manda y quiere su marido? 

Doña María — Porque su marido ha sido injusto y bár- 
baro! y su honor ofendido la ha hecho proceder asi! 

Donjuán — Ola señora esposa! estás desafiando á los 
inventores del romanticismo! y piensas decirle oso á tu 
hija? no ves que la descaminaras mas? al contrario había- 
le la lengua de sus obligaciones: píntala á su marido como 
un santo: recuérdala su hija: disculpa á sus hermanos y 
sobre todo, has porque vea que ella es la culpable y no él 
— lo entiendes? repitió aquel viejo con la autoridad de 
un Juez que manda á un condenado á recibir su castigo. 

Doña María, acostumbrada á obedecer por instinto y 
por educación, se contentó con observar — Si: yo haré lo 
que tu ecsijes: pero confiésame aqui en la soledad de no- 
sotros que ese hombre és malo ! 

Don Juan — Ya lo sé: pero no conviene que lo sepa 
nadie, sino tu y yó. 

Doña María — Y mas tarde hasta el mundo que hoy 
está departe de él! dijo con aire profético. 


140 


Don Juan — Y bien: no vas á buscar á Inés? 

Doña María, bastante ajitada salió para pasar á la casa 
de Magdalena Artey, donde suponía que encontraría á 
Inés, por la predilección marcada que esta le profe- 
saba. 

En efecto, entró preguntando por la dueña de la casa, 
que al oir su nombre dió orden para hacer entrar á la 
persona que lo pronunciaba. 

Después de las formas de estilo, la madre se atrevió á 
preguntar por Ines; y Magdalena, la dijo sencillamente; 
— ahi está señora: queréis que la llame? 

— Hacedme ese favor. 

Magdalena volvió, y en pos de ella Ines, con los bellos 
ojos irritados del fuego encandescente de las lágrimas 
que hace verter el dolor. — Madre! dijo acercándose y 
echándose en sus brazos: 

— Hija! respondió su madre estrechándola junto á su 
corazón. 

Magdalena de piólas contemplaba, conmovida su alma 
de un sentimiento de compasión profunda. 

Doña María sentándose al lado de su hija: 

— Hija mia: he venido á buscarte. 

Inés — Para qué madre! 

Doña María — Para llevarte á mi casa sin ofender á 
esta señora en cuya casa estas y que yo respeto. 

Magdalena con una de esas miradas intelijentes, que 
adivinan el sentido oculto de la forma esterior, penetró 
en la palabra de Doña María el postizo empeño de llenar 
un deber social: mas que en el fondo traía una reticen- 
cia amarga: acaso de toda una familia: y sin mover sus 
labios para espresar una letra siquiera de agradecimiento 
se contentó con sonreír mirando de un modo amable á 
aquella pobre señora. 

Doña María — Porque has preferido la casa de una ami- 
ga á la de tus padres? (Una reverencia para no ofender á 
la amiga que permanece fría, y muda.) 

Inés — Por qué estoy mejor aquí que allí, donde hasta 
mi padre ha hecho voto de perderme. 


Doña María — Tu padre que te ama tanto! Si tu pu- 
dieras comprender lo que sufren tus pobres hermanos! 

Inés — Los asesinos de mi honra, que acarician el puñal 
que todavía debe de herirme sin duda, para acabarme: 
los que arrastran cobardemente el carro del crimen de un 
marido, armado por ellos contra mi, sin acordarse que 
Dios castigará algún día en sus hijos, como castigó en 
Caín, su delito en la especie humana! 

Doña María temblando — Oye mi querida Inés: que 
esta señora me sirva de Juez — és verdad que por muy 
bien que estés en una casa estraña, para el mundo no 
hay mejor casa que la de nuestros padres? 

Inés — Yo hé sido arrojada de la mia, y ya no tengo 
ninguna — en la elección he tomado la de una amiga! 

Doña María — Está la de tus padres! 

Inés — Repito que no la reconosco como mia; pues una 
mujer casada no tiene mas casa que la de su marido y sus 
hijos; — á lo menos añadió con una sardónica sonrisa — 
asi me lo habéis enseñado antes de ahora! 

Doña María — Pero alli estamos nosotros para vindicar- 
te! 

Inés — De qué? dijo levantando su noble cabeza. 

Doña María — Te acusan y te defenderemos! 

Inés — Estáis equivocada madre! los perseguidores úni- 
cos pero tenazes, que yo tengo, son mi padre, y mis herma- 
nos! á mi padre no puedo odiarlo, le perdono: pero á esos 
otros seres! Oh! dijo con un acento que hizo estremecer 
á su madre! yo cerrare mis lavios sin haberlos perdonado 
jamas. 

Doña María — Inés acuérdate que eres cristiana. 

Inés — Me acuerdo que soy madre, y que me han arran- 
cado mi hija! 

Doña María — Volverás á tu casa! 

Inés — Volver á mi casa para servir de vil instrumen- 
to á las ambiciosas miras de Antonio al cual se há ligado 
mi marido, para completar el cuadro de vilipendio que 
han bosquejado contra mi? nunca señora! Nunca! 

Doña María — Y con que cuentas para vivir? 


— Ü2 — 


Inés — Yo liaré que ese hombre cumpla con sus debe- 
res atendiendo á mi subsistencia; y antes de partir, se verá 
lo que decide la justicia, á la cual dirijiré mis pasos, res- 
pecto de mi hija. 

Doña María cayó de rodillas delante de su hija que to- 
mándola de las manos, la colocó á su lado, sintiendo mo- 
jadas las suyas del calor de las lágrimas de su madre. 

Por un momento interpuso el silencio sus alas espresi- 
vas y profóticas, como si midiera con ellas el insondable 
fondo de un porvenir que por entonces se ocultaba á to- 
dos los ojos. Ines le rompió: 

— Madre! que és lo que pedís? dijo con la mas profun- 
da ternura. 

Doña María — Que te vengas conmigo ahora: y que no 
des un paso judicial contra tu marido: tus padres te dáran 
de lo poco que tienen: él lleva á tu hija para educarla por 
un año ó menos: yo he hablado con él ahora mismo: y 
Aurelia volverá en el término de onze meses para reunir- 
se ¿i ti! en el nombre de mis dolores de toda la vida! no 
me des ese quebranto hija mia: resígnate y espera! 

Inés dejó caer los brazos: pasó después las manos por su 
frente, cuyas arterias querían saltarse de su centro, y 
pareció combatir un torbellino de imájenes estradas que 
quisieran invadirla la razón: pero, sin duda está escrito, 
que el mal no debe de suicidarse; no debe en fin de acabar 
por si mismo; sino recibir las modificaciones del bien, para 
mas tarde, aceptar de la Índole santa de este vinculo, el 
castigo reservado á los tenebrosos crímenes de la vida. — 
Asi la desesperación sorda que quiso invadir el cérebro 
de Ines, quebró sus arbitrios en la fibra intima del amor 
por su madre; y este amorsalió triunfante del seno de las 
tinieblas y de los odios! Inés habló. 

— Madre, yo cedo á vuestro ruego con una espresa con- 
dición. 

Doña María irradiada de esperanza — Cuál? 

Inés — Que me hagais respetar tanto, de esos dos seres 
que llevan por nombre Antonio, y Anjel; que yo sea en 
aquella casa como una estraña! nada quiero y á todo re- 


nuncio poi vos maíllo! no dure un paso que os haga sufrir: 
pero que esos dos malvados me respeten; que jamás me 
miren! porquede lo contrario, siento que Dios me aban- 
donará y llegaré á ser criminal contra ellos, no siendo 
tal vez sino justa! 

Dona Mana — Bien: tendrás todo loque pides: respeto, 
cariño: vindicaciones, todo! 

Inés dignamente— No! nada quiero sino olbido absolu- 
to de esos dosseresque han hecho mi desgracia! y yaque 
por una madre tengo que habitar bajo un mismo techo 
que ellos: no sea mi destino tan negramente bárbaro que 
ni siquiera el olbido de esos infames me sea garantido! 

Doña María — Todo! ellos serán completamente ostia- 
rios á ti, hija! ven conmigo! tu padre te espera con los 
brazos abiertos: de alli podras verá tu hija antes de par- 
tir y. . . . 

Inés estremeciéndose — Y para qué, si al fin me la arre- 
batarán! 

Doña María — Ella volverá! 

Inés — Demasiado tarde, tal vez! 

Doña María — No reniegues de Dios hija raja ! 

Inés — No! en él solamente confio! y dirijiéndose á Mag- 
dalena, que hasta entonces había guardado uno de esos 
silencios solemnes; dijo: 

— Y vos, mi mejor amiga! la sola criatura que há te- 
nido lástima de mis ocultos dolores: de mi destino trai- 
cionado vendido! vos que habéis alargado vuestra mano 
misericordios a, al peregrino en la vida que sin g uia ha gol- 
peado en el infortunio vuestra puerta! vos, mujer inteli- 
jente y pura, que sabéis amar y pensar á la vez: consér- 
vadine esa fina amistad por la vida; porque después de 
Dios y de mi madre, vos sola podéis algo en la tierra 
para mi! mi hija es demasiado niña aun: ella solo sabe 
dejarse amar! Mas tarde valorará á su madre! 

Magdalena se levantó visiblemente conmovida, opri- 
miendo las manos de Inés entre las suyas: y con un acen- 
to profundo respondió — Inés, vuestra vida empezó bajo 
el dosel de una tumba: las flores de los muertos no ale- 


gran el corazón: vos habéis estado siempre triste y hoi 
atravesáis un precipicio inmenso: no bajéis los ojos por 
Dios para considerar, lo que hay bajo vuestros pies: 

vuestro cérebro sera presa del vértigo y vuestras 

plan tas resbalarán . 

Inés se entremcció y sintió flaquearle la cabeza como 
si la fiera faltara á la gravitación de su pezo. Se le íijuró 
que aquéllas palabras de Magdalena eran presentimientos 
que median solamente las distancias que separaban sus 
pasos de mas fatales acontecimientos: y su alma aflijida 
de realidades profundas, acojia todavía, los fantasmas de- 
soladores de su propia imajinacion. 

Magdalena liabia callado conservando las manos de 
aquella desgraciada madre y esposa entre las suyas, y con 
sus ojos de un negro penetrante, fijos en los ojos inun- 
dados de lágrimas de Inés. Doña María callaba á su vez, 
y sus miradas rodaban alternativamente de Inés á Magda- 
lena, como diciendo á una y á otra — apresuraos: Inés debe 
de seguirme: — Inés se dirijió entonces á su madre, y 
y desprendiendo una de sus manos de las de Magdalena 
la dijo : 

— Madre: sed testigo de la noble voluntad; de la santa 
intención de esta mujer sublime que solo liá indagado que 
sufría para tenderme su mano! aseguradme que la profesa- 
reis vuestra amistad, y que si salgo hoi de esta casa don- 
de habita el cariño, la misericordia, y la paz de la con- 
ciencia; oídlo bien madre mia! lo debéis al amor profundo 
que os tengo, y al respeto que profeso ú est a noble se- 
ñora! 

Doña María — corrió á los brazos de Madaglena, que la 
estrechó contra su seno palpitante y la dijo estas pala- 
bras: 

— Voseareis para mi y toda mi familia un vinculo que 
respetaremos y amaremos: mi amistad ós pertenece: con- 
tad conmigo! 

Inés enjugaba las abundantes lágrimas que se despren- 
dían de sus ojos al ver ó su madre en los brazos de Mag- 
dalena — Esta respondió á Doña María. 


145 — 


Señora; el tiempo medirá las distancias (pie nos sepa- 
ran! 

— Por qué? — dijo Doña María — desprendiéndose sua- 
vemente de los brazos de Magdalena. 

— Porque así lo há mareado el destino, respondió Mag- 
dalena — eon aquella voz con la cual se dicen las grandes 
verdades de la vida. — Doña María calló. 

Luego acercándose á Inés: Mirad — la dijo — Magdalena 
no ha mentido nunca; ella és la (pie os jura una amistad 
verdadera y perfecta! con esto contad en toda vuestra 
vida Inés! 

Gracias! gracias! — y á poco, Inés y su madre liabiuu 
desaparecido de la casa de Magdalena, seguidas de los vo- 
tos de cariño y piedad de aquella amiga sin doblés v ca- 
paz de inmensos sacrificios. 


MAGDALENA ANTE Y. 

CAPITULO XVIII. 


Magdalena Artey era uno de esos seres que asi como 
las orgullosos palmeras del desierto, elevan sus copas 
como si intentaran medir el espacio; asi su almade poeta 
avanzaba el paso real de. la vida natural; para tomar el 
vuelo en las rej iones superiores, y hacer la vida escojida 
que templa sus cuerdas bajo el tema de una misericordia 
infinita; y una libertad noble v grande de acción. 

10 “ 


— 146 


Magdalena; vivía como las llores sin pasiones amargas; 
sin envidias, sin zelos, sin rencores; el parayso de la es- 

f jeranza, entreabrió sus puertas en la niñez, para mostrar- 
a secretos de una naturaleza divina, y aquella revelación 
de un sueño entusiasta y ardiente, liabia dejado en su al- 
ma una huella imperecedera. 

Nacida bajo el ialso ¡dolo de la fortuna: miniada y res- 
petada por todos, su adolescencia fué como la refracción 
de un astro sobre la tierra: su juventud que era la actuali- 
dad, pertenecía al jénero de espiacion á que destinan 
á los que dicen que han gozado mucho; porque los gozes 
son relativos en este pobre inundo: — Ahora Magdalena 
estaba pobre, y sola en la vida, y lo que había de cierto, 
era que en el tiempo de su fortuna no había conocido 
tampoco ese faro que llaman felicidad. 

El dolor, ni las lágrimas pués le eran desconocidos: ha- 
bía sufrido siendo rica: y había llorado siendo aparente- 
mente dichosa! Magdalena conocía por tanto de cerca el 
dolor y las lágrimas. 

Obligada á trabajar para vivir, elijió el único trabajo do 
que podia disponer su inteligencia: — escribir: y hacien- 
do esa tarea cotidiana, de la cual son responsables mas 
que los escritores, los diarios mismos; Magdalena se ha- 
bía creado una posición estrecha de cierto, pero capaz de 
sostenerla en la vida. 

Dotada de esas venas particulares que han sido hechas 
por la naturaleza en algunos seres, con el privilejio de sor- 
prender los secretos del alma por los ojos: de sentir y 
pensar profundamente, para si, y para los otros; se veia 
colocada en esa constante alternativa de la compensación 
del bien, y del mal indistintamente: entre el amigo falso 
y desleal y la tierna mirada de la virtud perfecta: entre 
la tierra y el cielo: bajo un océano de luz: y un océano 
de sombra. 

Bondadosa por temperamento; hacia la caridad sin lu- 
jo, pero de buena fé; y mas de una vez, se la vieron lá- 
grimas de intima misericordia al ir á deponer aquella 
ofrenda en las manos de los desgraciados. Tenia una inm- 


147 — 


jinacion ardiente; ella la empleaba en creár argumentos 
mas ó menos felices; versos que mareaban una filosofía 
escrita con la primera tinta de la concepción; mas tarde 
bajo las meditaciones clasicamente amargas de lavida real. 
Toda su ccsistencia de niña; toda su vida de joven no ha- 
bía sido otra cosa, que el résumen de ese gran libro de 
la conciencia, que se escribe, empapadas en lágrimas sus 
hojas, y que se ven algún día alzarse de la tumba del 
bueno, arrastradas por las tempestades del mundo, cuno 
para denunciar rocíen la entidad perdida. — La actualidad 
jamas es justa con las individuales por marcadas que ellas 
sean: La posteridad es la encargada de esa justicia por 
que el personaje ha desaparecido y ya no hay á quien 
encarar la satira amarga: donde filtrar la hiél de !;i envi- 
dia; ni el escalpelo miserable di; la venganza sórdida y 
mosquina! 

Magdalena era una de esas plantas ecsóticas que no 
componen de cierto el mayor número de la sociedad hu- 
mana: pero si el mas escojido. 

Vivía incomprendida de todos: poro lo que és peór: 
equivocada. 

Cada acción noble de aquella mujer, el mundo la tra- 
ducía bajo uno y mil sent idos estraños; y jamas se encon- 
tró en los labios de aquella caterva de malos, una palabra 
de Bien para sancionar las divinas cosas de una alma 
grande y pura. 

Magdalena conoció por acaso á Inés casada yá, victi- 
ma por tanto de un destino ilegal por bárbaro. Algo que 
en los desgraciados sirve de cadena; formó aquella amis- 
tad: desde el primer instante, para Inés, profunda: para 
Magdalena no tan viva. 

El suceso del Baile en lo de Márquez enlazó sn nombre 
inocente á aquella estúpida y Cainica intriga de Antonio 
de Paula y Anjel, contra su hermana noble y buena: y 
como para fundar el edificio de sus planes, no bastaba so- 
lamente el nombre do Alfredo de Riera; se agregó saltan- 
te y vinculado á todo, el de Magdalena Artey pintando á 
su dueña con las mas negras y odiosas tintas. 


Ella lo ignoraba: pero en la ciudad susurró primero, y 
robentó mas tarde la tempestad que las bocas maldicien- 
tes de la raza de Cain, soplaban contra Inés y Magdalena. 

Magdalena era un monstruo súbitamente desarrollado; 
por mas que en el pais hubiera sido conocida, respetada, 
y adulada en el tiempo de su fortuna, y que actualmente 
orgullosa y fuerte, no hubiera descendido sino en las for- 
mas, de aquella posición, siendo mas grande en la hora 
en que con el sacrificio de su paciencia, se proporcionaba 
lo necesario para su vida, sin debérselo á nadie. 

Pero el mundo no comprende ese alto lenguaje de la 
abnegación, de la virtud sin oropel; el mundo se fastidia 
de los misterios de las santas horas déla vida: y prefiere 
la mentira de oro! Que baria Magdalena acusada por unos 
piratas del honor ajeno: por los vándalos que vienen á 
herir su pecho amurallado por Ígneas virtudes y oprimen 
tanto el puñal, que traspasan hasta ese dique? 

Callar, y proseguir su camino doblando los sacrificios: 
y pues que la acusaban de ser la perturvadora de aquel 
matrimonio del cual solo conocía á Inés: y pues que Inés 
era desgraciada; sin indagar el porqué ni anuo, cuando 
aquella victima se presentó en su casa, Magdalena la 
abrió sus brazos, la hizo ocupar su sitio y como se baria 
con una hermana infortunada, á la cual se la ampara, y 
con ella se comparte todo lo que se tiene; tal hizo Magda- 
lena con Inés. Cuando la vió acusada por su propia fami- 
lia, bárbara é injustamente: cuando supo aquella funes- 
ta historia, Magdalena dobló sus cuidados y su respeto 
por la victima: esto tiene una esplieacion directa en los 
grandes carácteres. 

Al partir de su lado Inés, pues bien pocos momentos 
permaneció; Magdalena oró con fervor, pidiendo la vindi- 
cación de aquella mujer joven, madre y esposa infortu- 
nada. Rogó desde aquella hora siempre asi: del mismo 
modo que rogaba por su madre, cuyo perdurable y santo 
recuerdo, llevaba tristemente en el fondo de su memoria. 
Magdalena, dijo mas de una vez estas palabras — “La fa- 
milia de Inés, la ha arrebatado su porvenir: és razón que 


I 19 


algún dia osa tiun i lia se vea casiigada con los tormentos 
que destina Dios, solamente para la raza infamada que 
lleva en la (rente el delito del fratricidio: delito que en el 
mundo debería de ser, el delito de primer castigo; y el úl- 
timo de la especie infernal de los crímenes. Dolorosa y 
singular historia proseguía — La sacrificaron á sus inau- 
ditas ambiciones: ambiciones que mas tarde de lo que cre- 
yeron, las vieron realizadas: la victima tuvo bastante su- 
perioridad; bastante virtud para conservarse ilesa, pura y 
fiel á un marido duro y frió; el desamor de su alma, fuá 
un secreto que no salió de sus lavios, sino en la hora su- 
prema de la desgracia. 

Si él le adivinó; solo provó que sorprendió un secreto. 
Colocada asi en la planicie de la vida, como una planta 
parásita en un terreno cstrafio; seguía su camino con la 
fé puesta en Dios; y todas las visiones de la imaginación 
en flor: todos los púdicos amores de ls juventud detenida 
en el primer radio de las alegrías y las esperanzas: todo 
pasaba sin duda, al través de la careta inmóvil de la es- 
posa y de la madre; y de los hierros de una cadena forzo- 
sa dura y cruel, cuando la simpatía mutua no entretiene 
las horas iguales, que marcan su peso en la vida de todos 
los dias. 

“En esos momentos, la fortuna empezó á brindarla su 
copa de engañadoras realidades; pues recien entonces 
podía decir Lemaitre: tengo una fortuna: al casarse aque- 
lla fortuna, era un juego de óptica: y bien, entonces: á 
aquella hora de la vida social de la esposa y de la madre, 
se levanta por entre los crespones del porvenir, la envi- 
diosa saña de un nuevo Caín , y sepulta esa vida triple y 
hermosa, en la zona mas triste y estraña, donde no flore- 
cen jamás, los árboles de las alegrías, ni se ven reprodu- 
cir las semillas de la bienandanza: la zonado la indife- 
rencia, de la soledad, y del olbido! 

“Y todo porqué? esclarnaba Magdalena, co:.¡o un Juez 
severo que está analizando las causas, y organizando en 
los detalles el medio deno ser injusto con ninguno. — <'or 
q ue la envidia es injénita: y por ella, mató Caín á su her- 


mano Abel. Desgracia! y este hermano pigmeo de Inéb; 
raza satánica escudada bajo el nombre de una familia; en- 
contró otros entes de su sangre, que segundaran sus 
horribles planes! y sueñan sin duda, que llegarán á ser po- 
seedores de la fortuna de Inés, consumando hasta el fin 
el sacrificio de la victima, por medio de intrigas y hu- 
millaciones! 

Magdalena quedó por un momento como substraída á 
si propia: como si la idea todo poderosa de la compasión, 
tuviera el poder de alzar sola, el simulacro de su culto. 
Después prosiguió como quien recuerda un detalle olbi- 
dado á una Historia: 

“Y ese Antonio de Paula vá A casarse, á costa de Inés: 
de su bienestar moral: de su bienestar físico! porque él 
no lo puede hacer por si solo según sus ambiciones de 
jigantc pigmeo! Y esa noble criatura que lo levantó del 
lodo: que lo colocó á su lado para salvarle de la vergüen- 
za de un descrédito merecido; esa santa perdida entre la 
multitud con las divinas flores de la injénita bondad en 
la frente, debe de caér para que él se levante hasta ella! 
Irrisión! la salvadora debe de ser la victima, y el salvado, 
el verdugo! 

“Tremenda delación de las instabilidades humanas, hecha 
en presencia del mundo ciego, que no entiende sino el 
primer golpe de vista de la cubierta de ese libro som- 
brío de las grandes verdades! — prosiguió aquella inteli- 
gente mujer que meditaba en tan fatal historia haci- 
endo las deduciones que saltaban de sus tristes hojas! 

— Horrible tentación para la desesperación informe y 
loca que atropella á vezes las almas sin consuelo! — Como 
tornáis las alas sobre los límites de la sociedad, para 
patentizar la degradación de las criaturas; el oropel que 
cubre las llagas palpitantes délas pasiones envenenadas* 
el fraude del bien, por el mal! 

“Familia, familia! — que entidad representáis en el 
mundo, cuando descendéis á los bajos lugares de la calum- 
nia y salpicáis vuestra propia sangre, con el lodo de la 
estúpida calumnia y la deshonra? — Desde que abando- 


siais los ropajes consagrados de la amistad y del respeto, 
para tomar la túnica ensangrentada de Josef, que los 
hermanos fratricidas, presentaron alevosamente para jus- 
tificar la muerte de su noble hermano; no valéis mas, 
que lo que valieron aquellos malvados en la órbita del 
presente, y mas allá: arrastráis la maldición de los bue- 
nos! 

“La familia és en si, la ley mas dulce que la naturaleza 
ha creado como ley. Ella representa el emblema de la paz 
y de la verdadera asociación de bienes y males; de interé- 
sesele sacrificios y de virtudes. — Si algún individuo de 
ella caé en error; el resto de aquella familia tiene el dever 
de cubrirle con la éjida de su nombre delante del mundo, 
y con la superioridad de su consejo ante si propia. 

“Este articulo profundamente justo del libro venerado 
de la familia, representa la unidad moral de las sosieda* 
des: faltar Á esa prescripción, és faltar á todo. La reli- 
gión no consagra la familia que deja de serlo, para con- 
vertirse en instrumento de calumnia contra ella propia. 
El mundo escarnece á la familia que rompe en jirones 
las letras de su apellido, y las arroja entre la multitud, 
para que cada malvado, las junte y las comente á pla- 
cer. Esa familia entonces, representa una entidad frac- 
cionada por sus propios hechos y poco á poco, vá que- 
dando reducida á la representación tácita de una sola 
cosa: — el delito. 

“Defender el bárbaro delito de esos seres, seria inten- 
tár vindicar el mal por el mal: dos principios negativos 
romperían la posición de una razón, y lasuceptilidad del 
consorcio de dos ideas. 

“Y la familia de Inés, proseguía lentamente — 33tá co- 
locada en esa órbita; en donde si hoi fiuctúan descamina- 
dos los juicios ajenos, mañana se fijarán por si mismos, y 
la denunciarán como causa, y como cómplice de la in- 
humana suerte que han labrado para Inés. 

“Oh! — dijo con un acento grave y solemne: — Inés ha 
cargado el pezo de una cruz que martirizaba sus miem- 
bros juveniles y trasponía, demasiado temprano su fé in- 


material al triste tabernáculo del sacrificio, por que la fa- 
milia quería y necesitaba una fortuna; y bien: esa cruz, 
será su redención aquí bajo: y aquella misera fortuna, la 
condenación de sus verdugos! Inés se salvará: sus detrac- 
tores caerán!” 

Cualquiera que hubiera escuchado aquellas palabras 
que tenían un algo de profético; habría quedado por lo 
menos pensativo ante la facultad inmensa de ascenso y 
de descenso, que el destino de las criaturas manifiesta á 
la comprensión humana, como en los sucesos palpables: 
por que en verdad, en aquel momento, era Magdalena, 
una sibila cristiana, que con el código del culto bíblico, en 
el alma, deducía por el presente el porvenir humano. 


ANTONIO DE PAULA PICOTTI, SE CASA 

AL FIN. 


C APITULO XIX. 


Cuando los acontecimientos de la. vida real, toman el 
sencillo ropaje que les pertenece, el de la verdad — esos 
acontecimientos no encuentran ojos que queden fijos en 
ello3 ni bocas que les repitan asombradas. Pero si esos 
acontecimientos, tomando el traje suntuoso, pero ilegal, 
de la desventura de un ser que está llorando su desnudez, 
y midiendo sus fuerzas para el trabajo del porvenir, toman 
de esa desventura, los despojos de su felicidad ó bienes- 


tur pasado, y del fondo de ese cuadro est rano, se levanta 
la imájeu de una nueva vida; otro ser, una niña, atavia- 
da con la corona nupcial, risueña de las esperanzas, y 
ambiciosa del placer y do la fortuna: si después de haber 
agotado la fuente de las lágrimas, donde se bañan los do- 
lores mas persistentes y ciegos de la vida; se ven brillar 
al lado de la criatura desgraciada, los ojos irradiados de 
ventura de otra criatura, que viene á disputarla sus re- 
cuerdos: á dar mayor relieve al sombrío testo de su des- 
tino negativo: entonces; esos acontecimientos; esa situa- 
ción adquieren formas monstruosas: el contraste cubre de 
un velo fatídico las formas inacabadas de los aconteci- 
mientos; y ese velo fatídico alza la tremenda creación del 
juicio, que como la espada de Damocles, estará desde 
entonces suspendida de uno de sus bordes. El juicio de 
los hombres, llegará áser un dia la espiacion del delito 
secreto que hoy forma solamente un doloroso contraste 
(pie no se ecsamina: mas tarde, ese secreto evocará la cu- 
riosidad del mundo; de la curiosidad vendrá la investiga- 
ción: de la investigación, la trascendencia de la causa: y 
de esa trascendencia la formación invariable de la acusa- 
ción de Dios sobre la tierra, al culpado. 

Este es el resultado fijo, de todas las situaciones repro- 
badas; de todos los hechos bárbaros que arrastran sobre 
la cubierta del mundo, su influencia miserable y mal- 
dita. 

. Asi; aquella victoria de la usurpación contra el dere- 
cho: del mal sobre el bien; del Cain social contra su sal- 
vadora y buena hermana Inés; se presentó á la multitud 
asombrada como un hecho inconcebible en la forma; 
pero como un hecho consumado. 

La multitud és inecsacta al primer aborde de sus jui- 
cios, lo repetimos; la máscara la cautiva y si la máscara 
és dorada le cautiva doble: pero mas tarde, su visión se 
aclara; la comparación relaja sus errores de primera vis- 
ta: y entra á obrar en su proceder la investigación y la 
deducción lójica. 

Esta justicia le debemos al mundo: y se la hacemos 


dos vezoá sin reparo, porque como narradores, querernos 
ser ecsactos y justos con todos y con todo. 

Y bien: el casamiento tratado con un empeño mal disi- 
mulado, por Antonio de Paula, y segundado por Mr. Le- 
maitre, debía en fin, de celebrarse, en el breve plazo de 
una semana. Los preparativos se hacian con descuentos 
bárbaros, de la fortuna Lemaitre: pero que importaban 
aquellos descuentos, cuando con ellos, se armaba el apa- 
rato de la venganza de un marido injusto, favoreciendo 
los inicuos planes del verdugo de la esposa inocente! 

Mientras tanto; Anjel observaba con ojo ávido y sinies- 
tro, aquel matrimonio que iva á ser la fuente viva, de 
todas sus desil liciones; la ruptura de todas sus ambicio- 
nes, y el esqueleto de su propia nada, que volvía á levan- 
tarse ante sus miradas, sin otra promesa, que una tumba 
fría y estéril; él soñaba en la plata, en obtenerla á costa 
de su propia hermana, para vindicar su torpe nulidad: 
y aquel casamiento le arrebataba el palacio de oro don- 
de había colocado el tesoro de sus secretas esperanzas. 
Pero con toda su previsión innata, que él sabia poner en 
juego, bordada de mil despuntes de la diplomacia mas 
cerrada; no habia podido llegar á destruir aquel edificio 
que veia alzarse delante de sus ojos, pohibiéndole la en- 
trada, á sus manejos y A las ciegas ambiciones de su alma 
pequeña. El edificio se levantaba bajo la éjida de Mr. 
Lemaitre; y era necesario contener la potestad; ahogar 
el delirio que aquella restricción le imponía. 

Anjel andaba pensativo, y habia enflaquecido visible- 
mente; mientras que nuestro feliz Antonio de Paula, an- 
daba con pies de aire sobre las alfombras de la vida so- 
ñando con las minas de una nueva California, semejante 
al finjido Márquez de Antas, célebre por sus crímenes y 
su ambición. 

Aumento de sueldo: una grave cantidad ofrecida ade- 
mas por Lemaitre como prenda de amistad y gratitud á 
las pruevas cárnicos de Antonio de Paula, contra su her- 
mana Inés; coronaron el destino de aquel hijo bastardo 
de la fortuna. 


L1 día ile la boda, debía de ser, el de la víspera de la 
partida de Lemaitre, y los preparativos de ella se hicie- 
ron como para esa fecha, ostentando un lujo irritante. 

índs en tanto, sola en medio de aquella familia que 
levantaba sobre las ruinas de su posición, el pedestal de 
su nueva fortuna; sentía que la vida se desprendía de su 
deseo, como una hoja seca se desprende y caé del árbol 
que la sostiene. Su fé y su paciencia, se cnturviaban ba- 
jo el liquido y sombrío mar de la decepción íntima: de la 
esperanza apagada; de la razón obstruida por el consejo 
tentador de la desesperación. Vcia que la mano de su 
mando protejia al verdugo de la madre, de su hija: al 
asesino de su honra: y no comprendía dos cosas 1? por 
que siendo mas de uno los verdugos, solo uno se llevaba 
la predilección: 2? por que la Providencia sancionaba 
aquel acto postrero de su desgracia, que era inmerecida, 
y el del bienestar de los malos. 

Eh ah i el secreto de Dios la decía en algunos rápidos 
momentos la santa inspiración de la fé. “Esa es la prueva 
de la paciencia del bueno!” pero luego, sujóven y ardo- 
rosa imajinacion, borraba aquella mácsima dulce v beáti- 
ca, y escribía con dedo de fuego “Triunfan los malos!” 
En fin; el dia fijado para la boda llegó, y Doña María 
rogó á Inés con las lágrimas en los ojos, que asistiera á 
la recepción siquiera, por mera fórmula: por evitarla, á 
ella, ásu madre, un nuevo motivo de dolor. 

Tuvo mucho (pie rogar Doña María ála victima: pero 
Doña María era su madre y la hija consintió! 

Inés se vistió rigorosamente de negro, tomó su sitio al 
lado de su madre, sin dirijir á ninguno la palabra, seme- 
jante á la estatua de la resignación presidiendo el ensal- 
zamiento de sus verdugos; ó como Guillermo el taciturno, 
contemplaba tristemente la cantidad de joyas que de- 
lante de sus ojos ostentaba el judio, como para conmo- 
ver la fibra del deseo inerte, muda. 

La presencia de Inés en aquella fiesta, no auguraba la 
felicidad. Parecia que la Providencia sin confiárselo á 
ella propia, la había impreso el zello de un Juez: la seve- 


rn sentencia que la víctima escribe con la tinta de la con- 
ciencia en la historia sombría de la espiacion de sus de- 
tractores para algún dia. Pero, sin duda aquella jente, 
no había nunca abierto el gran Libro de las revelaciones, 
que en los espíritus predestinados ecsiste como una ley: 
v por consiguiente, no supieron traducir la situación de 
Inés: la situación de ellos mismos. Ciegos de la misera- 
ble alegría de verse rodeados de un lujo usurpado por la 
envidia á la virtud, creían que aquella criatura, que se ha- 
bía vestido de luto, como presajiando la fatalidad que 
presidia aquella fiesta; novaba mas, que un grano de are- 
na en el caudaloso mar. 

Lemaitre vió á Inés: una de esas frías miradas de escal- 
pelo , diremos asi, paseó el cuerpo lánguido y bello de aque- 
lla niña-esposa , como si la dijera “te ccsamino.” Pero Inés 
ó no la comprendió, ó creyó que no debía de aceptar la 
interpretación. 

Anjel, medio tendido en un sillón, jugando como era 
de habitud en él, con la ecsaj erada cadena de oro de su reló; 
observaba de través, con ojo fijo y ardiente el contraste 
de aquel cuadro; y si bien no celebraba aquel casamiento, 
que le robaba todas sus calculadas esperanzas:sentia sin em- 
bargo, estremecerse la fibra-injénita del mal en su alma, 
á tal punco, que necesitaba que aquella fibra se bañara 
en el dolor ajeno para vivir: — esa es una necesidad en los 
malos por esencia: como en los buenos, es una necesidad, 
ver gozar pava vivir. 

Allí solo sufría Inés: ella era ¡a sombra del cuadro que 
contemplaba con aparente indiferencia Anjel, pero sabo- 
reando el oculto é indigno placer del malvado. Su pali- 
dez; la indiferencia de aquel marido: la vista de la niña 
Aurelia que repozaba sobre las rodillas de la madre, acaso 
por última vez; formaba un asunto de profundo contraste, 
que hacia sonreír con aquel diabólico jesto que hemos 
mencionado, la boca impregnada de la. amargura de los 
odios, de la envidia y de todas las pequeñas pasiones de 
la vida, á aquel hermano de alma , de Antonio de Paula. 

Concluida la fiesta, Inés se retiró á su habitación dan- 


157 — 


(lo un ultimo beso, empapado en las lagrimas silenciosas 
que comande sus triste ojos, á su bija Aurelia. 

—‘‘Dios mió!— dijo cayendo de rodillas delante del 

crucifijo de su devoción al entrará su habitación: Dios 

mió! yo tengo miedo de mi misma. Al lado de esta boda 
que levanta la nueva familia de un caín, suplantando la 
mia, está la ausencia de mi hija!.. Esta obra no puede 
ser tuya Dios! — Y como siempre parecía que la reflecci- 
on luchaba con el dolor; proseguía — Pero debo de pen- 
sar que és un medio de esperiencia de que te vales 
para probar mis fuerzas; para saber de lo que soi capaz 
por tu fé?. . . .Quedo sin hija. . . .! — y como la Hiena á 
la que, al arrancarla su prole, dá un rujido espantoso, asi 
lanzó un grito sordo aquella madre, de rodillas delante 
de la imájeu de Dios. 

Mas calmada después, prosiguió: 

— “No: no maldeciré: por esa misma hija no maldeciré 
dudando de tu divina vendad, Dios! Una voz oculta, pa- 
rece decirme, que la volveré á ver. Es verdad que la volve- 
ré á ver? — esclamaba juntando sus pálidas manos — Des- 
pués — anadia con profunda convicción — mi madre está 
aqui! Esta señora dévil que los malos arrastran, pero 
cuya alma és buena: esta madre á quien yo amo con to- 
das las fuerzas de mi alma, está á mi lado para consolar- 
me: si mevé triste; sime vé llorar enjugará mis lágrimas: 
me dirá palabras de esperanzas: y en el inmenso recinto 
de la soledad de mi vida, se levantara el altar de la fé en 
Dios, y del santo cariño de esa madre. 

“Ademas: — decía como tratando de convencerse á si 
propia” — por algo se lia de empezar á sufrir: yo empiezo 
sin duda, por donde debería de acabar: — tanto mejor! 
mas pronto será la remuneración. — Anda hija mia! Dios 
velará tu paso en la vida. Oh! si: una voz secreta me re- 
pite que Dios velará por ti! volverás á mí, algún dia. . . . 
y esta corona de dolor que seca las flores de mi juventud; 
quebrará el dia de tu vuelta, sus espinas! En cuanto á 
tu padre. .. .nada pido contra él: porque sino le he 
podido amar como á un amante: le he respetado como 




— 15S — 

á un marido — en cuanto á él. . . .que te acompañe: sea 
mas justo y bueno para la hija que para su esposa y. . . . 
sea feliz! 

Inés se levantó: desprendió su negra y magnífica tren- 
za, como para aliviar su cabeza, que flotó desceñida so- 
bre el blanco cuello, y pasó el resto de la noche, leyen- 
do la Biblia, delante del velador. Sus ojos estaban secos. 
Los grandes dolores no tienen lágrimas; aquella rica 
fuente se había cerrado sobre la cubierta fría del mundo, 
y el contraste febriciente de los sucesos que laajitaban. 

— Y Antonio de Paula casado yá, era feliz, ó esperaba 
serlo? La única que podía dar solución á esta pregunta, 
seria Juliana Martel , que acababa de agregar ó su apellido 
de sangre el de Picotti. 


PARTIDA. 

CAPITULO XX. 


La luz del siguiente dia, encontró á Inés sentada al 
lado de su cama, leyendo todavía, al resplandor de la lám- 
para, el Libro Santo; y estaba tan desfigurado su rostro 
por el dolor, que no habría podido contemplarle un 
indiferente, sin emoción. 

Muy temprano vino su madre á saludarla, y se estre- 
meció de encontrarla vestida, amarilla, los ojos desenca- 


jados, y como si estuviera próesima á tener una grave 
enfermedad. 

Hija! qué no te luis acostado anoche? la preguntó. 

Inés alzó los ojos ácia su madre, y con una de esas 
sombrías miradas que parecen demostrar la invalidez del 
juicio; recorrió la figura de su madre, y respondió con 
un movimiento negativo de cabeza. 

Doña María — Sufres hiia mia? 

Inés puso las manos sobre la Biblia como para no per- 
der el capítulo que leía y respondió: 

— Si sufro! Qué mofa! Preguntad si cuando le cortan 
un miembro á un viviente, goza ó sufre: si las aves no su- 
fren, cuando la mano astuta del cazador, les arrebata sus 
nidos: preguntad al creyente, que siente, cuando le mal- 
dicen: álas pian tas porque se secan si las trasponen de un 
terreno cálido á un terreno frío y estéril; y cuando la na- 
turaleza entera os haya respondido señora, de común 
acuerdo con el precepto de la amistad profunda entre la 
ecsistencia positiva y la ecsistencia inmaterial, entonces 
yo os diré mi respuesta! 

Doña María — Pero hija mia! Aurelia volverá: Lemai- 
tre me ha jurado que la traerá en breve; que la ten- 
drás á tu lado! 

Inés — Lemaitre ha jurado! y porqué ha jurado? sobre 
que imájen: sobre que fé?. . . . 

Doña María — Como juran los Cristianos! 

Inés — Ah! si: lo olbidaba: no hay ateos perfectos: pero 
esos ateos de la ignorancia, és una estirpe maldita! .... 

Doña María — Hija mia! 

Inés — Madre: los verdugos os han enceguecido! dejad- 
me. 

Doña María — A mi! jamas! Pero Lemaitre es un san- 
to y si no temiera ofender la perfección de Dios, diría 
que és . . . . 

Inés no la dejó acabar: una estentórea carcajada, reso- 
nó en la habitación hiriendo con una impresión sombría 
el corazón de Doña María, que se acercó á Inés y la dijo: 

— Hija, porque, no vas al Templo á orar? 


160 — 


Inés pasó las manos lilas por su frente abrasada y res- 
pondió: 

— No! és escusado: en el Templo como aquí oiría el 
ruido de ese Vapor y .... con una sorda desesperación 
prosiguió: 

— Traedme algún narcótico que me substraiga á la vi- 
da, por todo este día á lo menos.... no ver: no oír, 
esta és mi súplica á Dios: á vos señora! — añadió como si 
la desconociera — á vós! 

Doña María cayó de rodillas ante la figura consagrada 
del Cristo, única cosa que le habían traído de su casa á 
Inés, como prenda de su madre, y oró con fervor silencio- 
so por su hija. 

Inés había quedado, como separada en aquel momen- 
to, del mundo esterior, con los ojos fijos, en el Libro, 
donde maquinalmente habían vuelto á caer sus manos, 
como para que su memoria no olbidara el precepto que 
fortalecería su espíritu en medio de la tempestad que le- 
vantaba sobre su cabeza, la desgracia. 

En aquel instante, la sombra de un cuerpo se dibujó en 
la puerta de entrada: Doña María se puso de pie: entra- 
ba Don Juan. 

— Que és esto'/ se llora ó se reza preguntó con una vi- 
sible indiferencia. 

Doña María— Las dos cosas! 

Don J uan — Ahi está Lemaitre. 

Al sonido de este nombre, alzó los ojos hundidos de 
dolor, Inés, y los fijó en la persona de su padre, como si 
le preguntara — Y que mas! Don Juan prosiguió: 

— Inés: quieres hablar por última vez á tu marido? 

Inés se puso de pié y respondió: 

— .Si! donde está? 

Dfoi J uan — Vendrá conmigo si yo se lo ruego, me 
parece. 

Inés — No: yo iré! 

Y marchó la primera, decidida imponente, fiera de su 
inocencia y del amor inmaculado de la madre. Con-ese 
aspecto se presentó á Lemaitre, el cual al verla debió de 


— 161 


estremecerse sin duda: pero cosa rara! no se le advirtió 
la mas leve impresión. Lila se acercó y tomándole una 
mano le dijo conmovida: Y bien Lemaitre: en esta hora 
suprema para vos, como pava mi, oídme nuevamente: soy 
inocente! delante de Dios: por la salud y la felicidad de 
mi hija: por la paz de mi madre en la tierra, y en el Cielo 
algún (lia, lo juro: soy inocente! 

Lemaitre por toda muestra de sensibilidad, desligó su 
mano de la de Inés, y frunciendo las cejas de una manera 
fría y casi amenazante, respondió: 

— Uno ó dos años de ausencia , decidirán de esta verdad! 

Y sin dignarse oirla nuevamente, el bárbaro tirano de- 
sapareció. Inés cayó sobre un sillón, con los ojos desen- 
cajados, las manos yertas: y el corazón encojidode un do- 
lor sin lágrimas: mudo, sombrío. Los dos ancianos cara- 
bearon una mirada que quería decir “ya no hay reme- 
dio.” Pero acostumbrado Don Juan, á modelarse al sis- 
tema matemático de Lemaitre, dedujo de aquella situa- 
ción la importancia de la cifra en que estaría avaluada: 
y su rostro se tomó impasible. Doña María comprendió 
á su vez que su marido calculaba: y como un marido min- 
ease equivocaba para ella, álo menos asi lo decía étodo el 
mundo, era claro que aunque sufriera; aquella pena, de- 
bería de tomar la fisonomía de Don Juan. La ignorancia 
suele hacer verdugos de los buenos, como de los déviles! 

En este estado, apareció la figura fatídica de Anjel, 
que con los ojos fijos, duros y penetrantes como la punta 
acerada de un puñal; clavó una mirada de satisfecha 
venganza en la victima que yacía fría, inmóvil y como 
perdida en la vida de los seres. Inés no lo vió: Anjel se 
sentó frente ó frente á contemplarla: á gozar. El dolor in- 
menso que golpeaba con sus negras y “fúnebres alas 
el corazón noble y puro de la mártir, hacia sonreír 
aquella alma de cieno, que se encorbaba con la felicidad 
ajena, y se erguia con la desgracia ajena. Cualquier fiso- 
nomista, habría encontrado el sentimiento de la envidia 
desarrollado con tan estúpida estencion en aquella cabe- 
za; que baria sonrojar el valor claro y perfecto del orgu- 
II 


lio, que quisiera anonadarlo: y aquel eobarde jesto, que 
antes hemos mareado, como una delación incógnita de su 
alma pérfida, en la cual jamas se abrigó una buena sensa- 
ción al santo calor de la fé y de la humanidad; aquella 
alma bastarda, se espandia al frió del dolor de su herma- 
na inocente: de su hermana sacrificada á la ambición de 
toda una familia: de la hermana que á costa de su juven- 
tud, de las flores primeras de su rosagante vida, les ha- 
bía comprado una posición á todos, cediendo á la falsa 
voz de una obedencia ciega y mal esplicada, en la doc- 
trina de padres á hijos. En el dolor de esa víctima pura 
y grande, se complacía el alma traidora y baja de aquel 
segundo hermano del Cain, que en la pila del bautismo, 
le pusieron equivocadamente, Antonio de Paula; cuando 
deberían de haber hecho la prosecución de la raza satá- 
nica, sin olbidar al Anjel que hacia la tercera edición de 
ella. 

Pasado un momento de aquella fría contemplación, 
creyó que debería de hablar, sin duda para llamar la aten- 
ción de su hermana sumerjida en un dolor profundo; y 
dirijiéndose á su padre, dijo: 

— A las doce sale hoy el vapor. Creo que ya estará 
todo preparado para el viaje deLemaitre y Aurelia. 

Al oir aquella voz estúpida: al oir aquellos dos nom- 
bres; la palabra viaje; Inés alzó los ojos, buscó el centro 
de partida de aquella voz, y con una entonación febril 
esclamó: 

— A que ha venido ese ente aquiV 

El reptil se encojió de hombros, y haciendo el jesío de 
costumbre, cuando una de esas bárbaras tentaciones del 
mal, irradiaba su alma, respondió: 

— He venido á mi casa. 

— A su casa! murmuró Inés sordamente — Y vó donde 
estoy? preguntó como si dudara de la posibilidad de ha- 
bitar bajo un mismo techo, el verdugo y la víctima. 

Los ancianos la creyeron looa. La madre se aprocsi- 
mó, y tocándole la frente, la dijo: 


— 163 — 


— Hija, tienes fiebre; vete á acostar: el descanso te és 
necesario. 

— No! respondió Inés — Para mi no le habrá va! me 
quedo sola, sola, completamente sola! y los sollozos secos, 
sin lágrimas, se oyeron quebrarse dentro de las estrechas 
paredes de su pecho. La madre se inundó de lágrimas, y 
la dijo: 

— Hija mia! tu madre no és para ti, algo en la vida?.... 

Inés se sonrió de una manera beática, y con profunda 
mansedumbre respondió : 

— Ah! madre mia: vos sois todo para mi en esta vida, 
donde solo el dolor, ha sido verdad para mi: pero me 
arrancan mi hija y mis entrañas se desgarran de do- 

lor! 

La madre la estrechó en sus brazos, é Inés dió libre 
paso á ia multitud de lágrimas que obstruía desde algún 
tiempo, la vida natural de su corazón, llorando en el se- 
no de una madre, la partida de una hija. 

En efecto: á esa hora, el vapor habia zarpado fuera 
del puerto, y Anjel sonriente de una secreta alegría, y 
Don Juan satisfecho de ver que quedaba tranquilo á dis- 
frutar de las bondades de su yerno que habían sobrepa- 
sado ásus propios deseos, salieron juntos, dejando á aque- 
llos dos seres llorando, con una tranquilidad admirable, 
á ver desde lejos, la flotante habitación que llevaba al 
dueño del destino de toda la familia Picotti. Al llegar 
al muelle, divisaron á Antonio, que habia tomado una 
postura de melancolía ficticia, para significar el senti- 
miento que le causaba la partida de su bienechor, al cual 
habia vendido la honra de su hermana; el porvenir de una 
hija: el presente de una esposa, y la santa verdad de toda 
una vida! 

En un momento dado, tornó los ojos acia el centro de 
la Ciudad, como si temiera encontrar allí, algún enemi- 
go: pero sin duda se acordó, que no quedaba mas, que 
una víctima, y si algún enemigo pudiera levantarse para 
ofenderle y desenmascararle, tal vez antes, el habría en- 
contrado el medio de deshacerse de él. Estando fascina- 


104 — 


do con es úi idea, su mirada tropezó con las pezantes for- 
mas de Anjel, sus ojos imperceptibles, y el jesto fatal, 
sobre sus diabólicos lavios: pues á su vez havia visto á 
Antonio. 

— Ola! que vienes á buscar aquí? le preguntó Antonio 
á Anjel, con esa voz que se puede intepretar sin que na- 
die te llame? 

— Lo mismo que tu lias venido á buscar! le respondió 
Anjel á Antonio. 

Antonio — Eso nó: pues yo acabo de acompañar á un 
amigo: á un hermano, a un protector! y vos 

Anjel — Y yó menos afortunado que tu, no he llegado 
á obtener el puesto de jerenteen la casa de negocio de 
un marido, al cual le has vendido la honra de tu hermana! 
dijo acercándose tanto á él, que solo él pudo oirle: y Don 
Juan siguió camino adelante entreteniéndose en cual- 
quiera cosa que veia: mientras que Anjel seguía en la 
misma voz. 

— Oye falsario: mientes en todo lo que has dicho. No 
és á un amigo, ni hermano, ni protector, al qua has acom- 
pañado: sinó á un amo! á un amo que ha recompensado 
tus bajos servicios, mejor que á otros: y ese es el solo 
nombre, y el único título que debe y puede tener para ti! 

Antonio — Como és eso de amo! dijo golpeando con la 
caño de Indias sus botas como persona que disimula ó 
amenaza: 

Anjel tranquilo — Como que lo és, todo aquél que man- 
da ciegamente, y és obedecido como manda. Dime; — no 
has sido el eje principal de la máquina que lia roto en pe- 
dazos, el destino de tu hermana y la mia, para saciar to- 
das tus ambiciones? Y és verdad que la suerte, nada te ha 
dejado que desear? No has puesto en práctica cuanto ne- 
gro intento te ha sujerido la fría intención de un marido 
sin talento, sin corazón, y sin bondad? 

Antonio riendo — Ola! moralizas después de la prácti- 
ca? Y dime: tu que has hecho? Si amabas tanto á esa 
hermana, como ahora parece que lo quieres hacer creér, 
porque no la advertistes del peligro en que tus propios 


ardides la colocaban; ó lo que ós mas: porque no la sal vas- 
tes y adquiriste^ asi, el título de amigo cerca de ella? No 
fuistes tu, uno de sus mas encarnizados enemigos? don- 
de has dejado la memoria; que has hecho del Libro de tus 
calculo: de las hojas do ese Libro forjadas con satánica 
oportunidad para suponer en ellas, hechos que no ecsis- 
tian; cartas que nadie escribió? 

Anjel se había puesto pálido, y miraba con ojo som- 
biio, al petulante enemigo que tenia como testigo y juez 
de su maldad; pero como el que és verdaderamente ma- 
lo, nada olbida; Anjel recordó, que ademas de aquellos 
dos títulos de testigo y juez, tenia ese enemigo otro: el 
de cómplice: y á favor de aquella reminiscencia no leja- 
na, adquirió su habitual tranquilidad: se acercó mas ¡i 
Antonio, y en voz de doble sentido, le dijo: 

— Ves aquel barco que se aleja llevándose un marido y 
una hija, á los cuales tu has heredado en vida? Pues oye: 
ese mismo barco traerá tu sentencia algún din! no lo ol- 
bides! 

Antonio se estremeció involuntariamente, como si la 
iniciativa de un presentimiento ajitara su cérebro: An- 
jel prosiguió sin dejar de observarle: 

— Tu me «acusas: es verdad, soy culpable: pero entre los 
dos ecsiste una diferencia. Yo odio, porque necesito odiar 
todo lo bello, todo lo feliz; todo lo que ós mejor que yó. 
Mi fibra, ós la obra de la naturaleza: yo no soy culpable 
de mis errores, sino en la dicha que esperimento de aca- 
riciarlos y saborear su veneno; la prueva está clara: yo 
entré pobre en el negocio, y he salido de él, tan pobre 
como entró. Tu, al contrario, hieres para lucrar: has he- 
cho jirones la honra de tu hermana, para recojer el pre- 
cio de ese acto vil, que infamará hasta tus hijos! Eras un 
pobre dependiente, y de la noche á la mañana te presen- 
tas como un gran dependiente, señalándote el mundo 
como el delator de una hermana, madre, y esposa; y ós 
claro que lo que hoy el mundo no descifra, porque le gus- 
ta creér siempre lo que mortifica a alguno, con predilec- 
ción á lo que le justifique: ese mismo mundo, te juzgará 


\ 


— 1 66 — 

tarde ó temprano, como el motor único de la desgracia 
de tu hermana! 

Antonio volvió á estremecerse, como si el vértigo qui- 
siera arrebatarle la potestad del raciocinio. Anjel lo ob- 
servaba: y prosiguió: 

— Tu, has tejido, has saboreado, y te enorgulleces de 
la intriga. A ese padre ambicioso dévil y ciego, le has 
arrastrado hasta hacerle,- delator falso de su propia hija: 
y de estos ejemplos se verán pocos en el mundo; conver- 
tir á un padre en verdugo de su hija! esta és también una 
de tus obras. Pedistes que te iluminaran el oscuro cami- 
no por donde deberías de empezar á marchar en ese tene- 
broso asunto: y los que te ayudaron con sus hechos y con 
sus consejos: han recibido al fin. . . .tu indiferencia: tu 
desprecio! T u, desprecias á tu padre ahora, porque te ves 
con fortuna, y ya no le necesitas para la consumación ó 
la continuación de tus planes. Desprecias á tu hermano, 
por iguales razones; y és claro que te crees invulnerable por 
ahora! Por loquea mi respecta — añadió con el desembara- 
zo de un bandido que arrostra el todo por el todo; — soy de 
esos seres que nada tengo que perder, porque justamen- 
nada tengo que ganar. Conosco mi nulidad en todo: y 
por eso, te reto desde ahora á que me delates como cóm- 
plice; pues asi, obtendré el ser mencionado en algo si- 
quiera: mas tú! jerente de la casa introductora de Lemai- 
tre y C?! — añadía con el jesto diabólico que ya conoce el 
lector, — tu, hombre de negocios en 1? escala, sino yá, den- 
tro de muy poco! tu, eres perdido si yo tengo el antojo 
de contar sencillamente la verdad!. . . . 

Antonio, estaba mas amarillo que el bronce de la esta- 
tua del terror: Anjel se sonreía contemplándole y prose- 
guia : 

— Entre tu y yó ecsiste un abismo: el de la complici- 
dad: y ahora prosiguió lentamente, tocando con su 

mano el hombro de Antonio: — Ahora, ya es demasiado 
tarde para entendernos! Yo soy el que era: ni he subido 
ni he bajado: cuidado con las rápidas ascensiones! An- 

tonio vió en los ojos febriles de aquel malvado, arder una 


167 


de esas chispas incendiarias de venganza atroz, y trému- 
lo de ansiedad, — pues solo era un cobarde vestido con el 
traje de gala de la audacia, dijo á su enemigo — Y bien 
que és lo que quieres? 

Anjel movió la cabeza, como si dijera, “lo que yo pi- 
do és imposible!” y guardó silencio. Autonio insistió: 

— Pide, pide! 

Anjel — Nada pido, porque todo está ya repartido! 

Antonio — Repartido! A quien? ' 

Anjel — Lo ignoras! pués yo creia que tu conciencia y 
tus gabetas lo supieran mejor que yó! 

Antonio — Pero dime: porque te has desacordado con- 
migo? porque te has separado de mi lado? — le decia tra- 
tando de atraérle. 

Anjel — Si yo fuera un malo vanidoso como tu; te res- 
pondería engañándote “porque estoy arrepentido” pero 
yo que soy malo neto, te respondo cara á cara, porque 
eres un villano: porque has faltado á tus promesas: por 
que todo te lo has usurpado; y en la hora de recojer el 
producto de tu crimen, has olbidado al hermano y al cóm- 
plice! y óyelo bien: ese hermano, ese cómplice, perdido 
yá, tenderá su mano al abismo para arrastrarte con él, 
el dia que lo quiera: en la hora en que crea que tu cas- 
tigo debe de empezar 

Y desapareció bajo el dosél de fuego que aquella tre- 
menda amenaza, habia levantado súbitamente sobre la 
cabeza de Antonio: de Antonio que habia quedado como 
prendido á las últimas palabras de su enemigo: enemigo 
que habia creado su ignorancia: su propia vanidad! En 
aquel momento, llegó Don Juan cerca de Antonio, des- 
pués de haber estado ocupado corno un chiquillo enju- 
gar, sentado en un banco, arrojando bollillas de papel al 
agua. Antonio estaba tan preocupado, que no habia no- 
tado la llegada de su padre: este tué el primero que bar 
bló: 

— Que haces Antonio, tan triste: tan preocupado? 

Antonio tratando de reanimarse — Yo triste! no papá: 
la marcha de Lemaitre mi mejor amigo, no debe de can- 


sarme pena, pues.. .ha hecho su deber al abandonar á esa 
malvada que por desgracia és mi hermana; — y tratando 
de influir doblemente en el espíritu de aquel padre egoís- 
ta, añadía: — Ahora, papá, si vos no queréis verla arras- 
trada en el lodo, és necesario que os vistáis de una fuer- 
za tan superior á vos mismo; que ella sienta la dureza de 
la acción que peza sobre su vida ! De otro modo se 
levantará orgul losar os doblegará: hará todos sus capri- 
chos, y .fuerza y fuerza padre! no lo olbideis: ese 

és el secreto de gobernar á las mujeres! 

Donjuán — Oh! ya yo lo había pensado! Se lo había 
dicho á María: es necesario privarla de cuanto desee para 
acostumbrarla á sufrir y espiar su culpa. Pues no és na- 
da! Y ese bribonazo: ese mozuelo atrevido que ha osado 
venir á colocarse al paso de mi hija casada, feliz y madre, 
— donde está? 

Antonio — A ese, dejadlo por mi cuenta pues si lo 
encuentro, sabrá quien és Antonio de Paula Picottil 

'Don Juan — Bravo hijo mió! no desmientes la sangre! 
yo fui un Napoléon l? en mis tiempos: Una noche luché 
brazo á brazo con unos árboles jigantescos que se me fi- 
guraron hombres; esto era, siendo yo militar: pues lo fui 
hasta el momento de casarme: y cuando me desengañé, 
ya había herido mas ramas de árboles y desprendido mas 
hojas de su centro que pelos tenia en mi cabeza! 

Antonio riendo — Ya lo creo : si no tenéis cabellos 
papá. 

Don Juan — Ya se vé! eso és ahora: pero entonces te- 
nia una cabellera que me envidiaban todos los mozos del 
lugar, que eran pastores como yo! 

Antonio recontoneándose como un pihuelo que inten- 
ta hacerse caballero. 

Bien: dejemos eso! ademas: esas confianzas de nacimi- 
ento, de valor, y de juventud, no las liagais á nadie, 
yo soi jerente de una casa de comercio de 1? clase. . . .ya 
veis: esos recuerdos desdorarían mi estado. 

Don Juan. — Bien hijo: ya lo veo: yo también he sido 


prudente con todos, pues á nadie he referido que yo t u i 
ganadero: que desciendo de ganaderos: y que. 

Antonio. Basta! ahora se trata de asegurar la presa! 
C¿ue mamá no sepa nuestras intenciones: y si és necesario 
que lo sepa, emplead vos con ella vuestro mandato en ese 
caso: — pero de ese programa no bajéis ni un quilate! 
para Inés culpable, la fuerza y el castigo! 

En aquel momento pasaba delante de ellos, la figura 
dulce y poética de Alfredo de Riera, que semejante al me- 
láncolico tipo del artista de Mr. Mélingue, llevaba sobre 
su frente y toda su persona, el sello de la mas profunda 
tristeza inleleetual, aquél: como moral era la de Alfredo. 

Tendió sus ojos de un negro penetrante, vagamente 
«*d derredor suyo, y súbitamente se estremeció: había 
visto al reptil, á Antonio de Paula ¡1 pocos pasos de él, 
V toda la sangre de su ser se había refujiado indelibera- 
damente al corazón: alli, golpeó el odio ciego y jigante, 
las murallas sagradas de la fé y de la santa bondad, que 
escudaban su paso contra el error en la vida: y tal vez 
ivaá ceder á la impulsión de aquel bárbaro sentimiento, 
si el recuerdo de una victima, no se hubiera interpuesto, 
entreoí cielo de la piedad y de la esperanza: y el valle 
de la venganza y de la soledad, de los que, juran castigar, 
y castigan, olbidando que Dios tiene esa alta y severa 
encomienda. — Alfredo se acordó de la mujer, «pie en el 
seno de las virtudes, vio alzarse la corona de su martirio, 
sin saber, ni poder contener la mano que la colocaba so- 
bre su cabeza: — se acordó de que había implorado su apo- 
yo (á lo menos él asi lo creia);y el amor secreto: aquella 
intima revelación de su alma por ella; habló mas alto que 
el odio: — Alfredo pues contempló, un momento á Anto- 
nio de Paula, que quedó sometido á la influencia de su 
profunda mirada, y después, siguió su camino, sin volver 
mas, el rostro ácia él. 

Don Juan. — Dime Antonio, quien és ese inpertinen- 
te que asi té ha mirado como si quisiera amenazarte? — 
preguntó el anciano á su hijo. 

Antonio, riendo, por mas que su palidez cstremada re- 


170 


velase el secreto miedo — Ese és el tal en cuestión: el Al- 
fredo de Riera! el eminente poeta! 

Don Juan. — Ese!. . . .é iva ti segundará su ecselente 
hijo, si este no le hubiera detenido por el faldón de la le- 
vita: — pero no se crea que trataba de un desafio el tal 
anciano; nada de eso: era solamente impelido de la curio- 
sidad de conocer al supuesto amante de su hija, lo que le 
amistaba á ir hasta él — y esto que se dice, que solo 1 as 
mujeres dan pruebas clásicas del gran argumento que los 
hombres las han hecho, desde el principio del mundo. 

“La curiosidad és innata en la mujer” — El anciano se 
detuvo al impulso de la mano de Antonio, que le impo- 
nía esa prescripción por medio del faldón de la levi- 
ta. 

— Antonio: — A donde vais papá? Ese Riera és un 
atrevido: os puede faltar: de ahí vienen los compromisos; 

y yo. . . .no me contendría (al decir esto, lanzaba una 

mirada de precaución en torno suyo). 

— Don Juan, sometido — pues entonces, vamos. 

Yo haré que Inés no vea á ese muñeco jamás ó dejo 
de ser quien so i! 

— Antonio: — Asi! vuestra divisa debe de ser “fuerza'.” 

— Don Juan. — y lo sera! 

El padre y el hijo se alejaron. 

Al entrar á su casa, sintieron los dos culpables, algo, 
que no se atrevieron ni á confesarse á si propios: — el frío 
de la conciencia que mostraba á cada uno, la copa vacia 
del veneno que habían hecho apurar á una victima, en la 
primavera de la vida: — y se les vio como temblar, cre- 
yendo que se levantaban las tapas de una tumba, 6 el su- 
dario de un espectro. 

Pero hai ciertos seres predestinados para el mal, con 
tal perfección del modelo, que saben substraerse á las im- 
presiones que pueden gastar su naturaleza, dejando solo 
en pié, la raíz perpetua de su orijen — que semejante al 

E erene arisaro, que vive siempre corompido: ellos viven 
asta la muerte vendidos al mal que íes nutre. 

Aquellos dos seres, sacudieron sus miembros fríos del 


171 


misterioso terror del delito: apagaron de su» ojos, los re- 
lámpagos tétricos de la tormenta de la espiado» y de la 
muerte, que parecía querer levantarse, sobre ellos, innu- 
, adámente; 7 l lí ile8 > a * parecer contentos, traspusieron 
e limite que los separaba de las habitaciones. 

Al enriar á la de Doña María, la hallaron vacia. — cui- 
daba de Inés que era presa en ese instante de una fiebre 
violenta, devoradora. 


AMOR. 

CAPITULO XXI. 


Alfredo de Riera marchó del muelle á su casa, cauti- 
vado de una silenciosa memoria que le hacía sonreír in- 
voluntariamete; que cuando la amarga tristeza de la so- 
ledad de la vida; de las noches vacias y tenebrosas, al 
contacto de las dcsiluciones, ó de la inmensa tardanza 
del bien esperado, hacia que la desesperación sacudiera 
sus álas febricientes; aquella silenciosa memoria, venia 
con su corona de flores melancólicas á acariciarle con 
suaves perfumes los sentidos ; con poéticos colores su 
retina. 

Memoria de la primera vida; arrebatadora, magnética 
y absoluta, como que gobierna por sí, y ante sí, el cora- 
zón y el espíritu! esa memoria era Inés; y el amor á Inés, 
la suave claridad de la estrella de su destino. 


La amaba. Esa era una de las verdades escritas en el 
fondo del corazón de Alfredo, que altivo todavía, se que- 
ría defender del prestijio; de la loca alucinación que lo 
arrastraba: y mientras tanto, Alfredo era ya, uno de los 
muchos desgraciados, agregado al incalculable catálogo, 
de los que arrastran en el presidio del mundo, el pozan- 
te y doloroso grillete del infortunio. 

Todos los placeres de la vida disipada de un joven que 
se abruma con el fardo delicioso de la felicidad ficticia; 
habían desaparecido para él, desde el momento en que 
la chispa abrasadora de los ojos de Inés tocó sus senti- 
dos. La contemplación diaria que hacia de aquella mu- 
jer, en el retrato que Claudio Prado liabia dejado en sus 
manos al morir, hacia que su amor creciera por grados. 
Una de esas melancolías hondas y sin esplícacion, se ha- 
bía amparado de au alma. A veces creía que soñaba, 
cuando viendo nacer y morir los dias succesivamente, no 
encontraba una alegría para él, en ninguno: y se decia: 

“Porque he venido á caéren este triste estado, en el 
cual me desconosco á mi mismo? 

— En valde trato de sacudir el peso de las horas: el 
peso de mi torturada memoria, que todo lo ha olbidado, 
menos la impresión de aquellos ojos: la sonrisa de aquellos 
lavios; el sonido de aquella voz! 

“Yo la había contemplado en imájen: cuán distinta la 
luz de aquella mirada la noche en que la encontré en el 
mundo; á cuyo resplandor se animaron y murieron, todas 
las esperanzas de mi vida á la vez! 

— “Mas; que hago yo, con este amor inmenso que me 
está secando las fibras: que vá estrechando á cada instan- 
te, la órbita de mi carrera? Lanzarle á merced de un des- 
tino sin faro? Arrancarle de aquí? decia oprimiéndose el 
corazón. — No puedo! sin duda era mi signo amar asi: su- 
frir asi; volverme loco de un sentimiento nutrido por sí 
solo, y sin ninguna esperanza!. . . . 

“Si yo hubiera podido evitarlo! — añadía con esa duda 
que admite otra posibilidad, en el espíritu, del que creé 
que mirando ácia un polo marcado de la vida, en medio 


del peligro, se podría salvar á pesar de Dios; - pero des- 
pues, prosiguió tristemente : 

Imposible! desde cuando el hombre osa luchar con la 
1 1 ovidencia? Desde cuando el gusano mortuorio se levan- 
ta hasta el águila? La especie y la prepotencia de la una 
castiga en su liase la impotencia y la naturaleza del otro: 
y } o estoy como cada hombre de los que nada son: su- 
mamente bajo para osar: sumamente estrecho para lograr 
arrancarme de la cárcel de mi corazón, donde he concen- 
trado involuntariamente, la Historia de todas las épocas 
de mi vida! 

Y día, entretanto! sufre á su vez, sin amarme; pero 
si por mi amor á ella. Estraña combinación! Yo la he 
perdido sin saberlo, y sin quererlo; ó mas propiamente 
dicho, yo he servido de tópico á los especuladores de su 
destino; de su fortuna! Si: anadia reflecc-ionando. 

— “Qué otro móvil puede haber gobernado el espíritu 
de esa familia, sino la mas ciega ambicion?....Y dando uu 
golpe sobre la mesa en que estaba apoyado uno de sus 
brazos, esclamó : 

— “Gran Dios! la ambición! Y ese crimen no tiene 
señalado su castigo en el Código penal? No hay juezes 
para ecsaminar la causa de ciertas acciones enmascara- 
das con la pérfida caretíf del bien y la protección, que 
solo guardan, los rostros de profundos criminales: de per- 
fectos verdugos? En qué han pensado los lejisladores, 
cuando dejaron en blanco ese capítulo funesto, para las 
familias; funesto para la humanidad entera? Que son los 
otros criminales que se castigan con tanta dureza, delan- 
te de estos, que gratuitamente matan, usurpan y deni- 
gran á los buenos? 

De estos apóstatas de la sangre y de la humanidad, 
que andan tranquilos sobre el mundo, rosando sus escan- 
dalosos pasos con los de aquellos que no se han mancha- 
do nunca? Ah! justicia de los hombres! Que errada y 
que pobre cosa eres! Dios és el único que alcanza á com- 
prender, los incógnitos delitos; los malos de corazón; y 
el únicos que puede arrancar esas máscaras odiosas, que 


171 — 


convierten en cáós, todas las sociedades de la tierra. Dios: 
solo Dios! 

— El salvará á Inés prosiguió lentamente, sacando de 
su seno el retrato de aquella mujer desgraciada; él la lle- 
vará algún dia á las altas rejiones de la verdad humana: 
y, á una hora fija; en un término dado, la victima será el 
Juez de sus propios verdugos! 

— Si! dijo poniéndose de pié, y fijando sus ojos mélan- 
cólicos en aquel medallón conquistado por su destino, á 
la tumba de un amigo — Si! Inés se levantará: sus verdu- 
gos caerán!” 

— Cosa rara! dos seres habian pronunciado la misma 
sentencia, sin conocerse uno al otro: Magdalena Artey y 
Alfredo de Riera. — La una era acusada injustamente 
ante el mundo, y todo lo esperaba de Dios: el otro ama- 
ba profundamente, y creía en la virtud terrestre, y el 
triunfo de su ídolo. 

Alfredo se paseaba por la habitación, meditando: pare- 
cia que el cuerpo de una idea superior á su fuerza moral, 
le obligaba á doblar la cabeza siempre erguida: y que el 
hombre convencido de la impotencia de la lucha, se re- 
signaba á aquella superioridad: y seguía hablando: 

— Y ella está sola! El mundo ha traído esa noticia has- 
ta mi: el mundo repite que yo sOy un amante preferido: 
que ella és una mujer infiel á su marido! mientras que yo 
estoy aqui, prendido como un necio, al rigor de una for- 
ma: de un bárbaro testimonio de la ceguedad de la suer- 
te! Y ese hombre: ese marido ciego, deja sola á esa 
criatura, á merced del viento loco de las pasiones: á la 
edad de las impresiones sin dueño: donde el ideál se trans- 
figura sobre el ser que se detiene á su paso, para darle la 
importancia severa de la realidad! Qué importa que esa 
niña tenga una grande intelijencia: tenga un corazón 
perfecto: si esas mismas dotes pueden abrir el camino 
imprevisto de un destino contrario á su posición de ma- 
dre y de esposa? Qué quiere ese hombre de esa mujer? 
Probar su fuerza: ó arrastrarla al precipicio para esclamar 
«in duda con el ciego Otello “está bien hecho lo que aca- 


— 175 — 


bó de hacer con esta ingrata!” Pero sobre todo; que 
clase de sangre, corre por las venas de esa familia, que 
ni padres ni hermanos, se han levantado á pedir cuenta 
á aquel hombre de su desmán; de haber vulnerado su ape- 
llido en el de Inés? 

— De que tiene formado el corazón esa familia, cuando 
puede callar siquiera; no digo ya, acusar, á una hija; á 
una hermana? solo admitiendo sin replica, — añadió agria- 
mente — que esa familia esté vendida al detractor! 

Y después de todo! el mundo repite que la deja sin re- 
cursos pecuniarios pava sostener esa vida! Sin recursos ella 
— esclamó con pasión — Y que hago yo, que no corro á 
protejerla ? No puedo romper el dique, y atravesar el 
espacio que me separa de ella? Si le digo á mi paso — 
avanzad ; ese paso gobernado por mi prepotente volun- 
tad, no avanzará por ventura? Y luego: yo debo verla: lo 
necesito! quiero que sepa aunque sea una vez, que si 
Claudio Prado se encerró en la órbita fría de una tumba, 
por haberla amado tanto, cuanto era imposible que su 
corazón resistiera; yo la probaré, que ha i otro ser que la 
ama con un amor mas grande que aquél; pués és doble de 
lo que puede contener el corazón humano! 

Y como si aquella manifestación de potestad moral, 
tuviera la influencia de doblar la potestad física; sintió el 
abatimiento de los sentidos; y sentándose, colocó la ca- 
beza entre sus manos, como si le dijera al presentimi- 
ento — espera: ó á su resolución - voi! 

— Allí permaneció largo rato: parecía que cordinaba 
mentalmente el medio de poner en transparencia su incon- 
solable secreto; y al fin, sacudiendo aquella frente ator- 
mentada, esclaino decididamente — Lo sabrá ! el resto 
será la obra de Dios ! 

Alfredo de Riera, no era de cierto, un hombre vulgar. 
Su alma apasionada y virjen aún; recoria con poético en- 
tusiasmo, las rejiones de los sacrificios de la tierra, por 
obtener un sitio en la vida de las predestinaciones: v ava- 
sallado porese estímulo superior á las cosas establecidas; 
se sentía capaz de trasponer los lindes de las utopias hu- 


manas; sin acordarse que las utopias humanas son mas 
fuertes v mas espesas, que las nubes pesadas y bajas 
que atormentan la atmósfera en una tempestad. Alfredo 
como un héroe, sin testigos de su lucha, ni de su gloria; 
emprendió el camino, siguiendo el derrotero estrecho que 
le trazaba su valeroso heroísmo. — Cual será ese camino; 
cual su fin; cuales las pruebas de una esperiencia escrita 
por ley, para arribar á las definiciones de un orden supe- 
rior á las fuerzas circunscriptas del ser; de su carrera 
material? — Prosigamos, y sabremos hasta que punto un 
sentimiento grande y verdadero tiene el derecho de al- 
zarse sobre las fórmulas: y el poder de sobreponerse y 
gobernar el yugo de la propia voluntad, que á veces man- 
da con la doble potestad del verdugo del alma — la 
razón. 

Alfredo pues, había tomado su resolución de la cual, 
dependería la suerte de Inés en el porvenir, como su pro- 
pio destino. Bajo esa influencia se decidió á todo. El 
ánjel de la esperanza, no meció un momento sus deslum- 
bradoras álas en torno suyo sin embargo; pero en cambio, 
el ánjel déla fé, melancólico y con álas de luto, tendía 
su suave y llorosa mirada acia él, como si le dijera — 

“ Creé, y la eternidad éstuyaü” 


ANJEL PICOTTI, EN LA CASA DE 
ALFREDO DE RIERA. 

CAPITULO XAH. 


La tarea mas dificultosa; la mas prolija y pesada de 
todas las tareas humanas; és aclarar una verdad que los 
malos han cubierto, con el espeso velo de la calumnia. 

Alfredo lo sabia, no por propia esperiencia, sino por 
intuición; y no dejó de preguntar mas de una vez á su 
razón, los medios de que se valdría para lograr vindicar 
á aquella noble criatura, que una familia de verdugos, 
había prosternado á sus plantas, para apropiarse las ven- 
tajas de su posición; de su fortuna. 

A los dos dias de su decisión, en los cuales su volun- 
tad, su corazón y su deseo, luchaban acaso, con la impor- 
tancia de los medios encontrados hasta allí, para realizar- 
lo; se le anunció la visita de un desconocido. Su prime- 
ra impresión, y su instinto, fueron negativos; pero un re- 
sorte secreto, cuyo nombre no acertaríamos á clasificar, 
hizo que la orden fuera afirmativa. La persona entró al 
salón, y después de uu rato, Alfredo pasó ¡i recibirle. 

Riera ignoraba completamente, de cuantas personas 
se componía la familia de Inés: pues solo conocía de ella 
por acaso, á ella, á su marido y á Antonio de Paula, en 
el baile de Márquez. La presencia de ac|uel hombre, le 
era totalmente desconocida: pero al saludarle, resintió 
allá, en el fondo de su espíritu, no se sabe cpie estráña re- 
pulsión. Mas siguiendo las fórmulas establecidas, le reci- 
bió con la espresion de buena sociedad de que él era ca- 
12 


178 


páz. El otro, al contrario, sabia con quien hablaba; poi- 
qué, y para que fin venia á verle; pués los ambiciosos tienen 
en el rejistro de su memoria la repartición de las fechas, 
y los nombres, con todos los accesorios pequeños que de- 
mandan esas secciones espresivas del gran Libro de la 
memoria en jeneral. Asi: él había apuntado en una hoja 
en blanco que conservaba siempre, por todo evento, en 
ese gran Libro: la fecha de los versos que leia Lemaitre 
un dia, en las columnas de un Diario, compuestos á la 
muerte de Claudio Prado: no liabia olbidado la clase de 
impresión que ellos hicieron en el ánimo de un marido: 
y menos, que el autor se llamaba Alfredo de Riera. 

— Qué podría hacer un ambicioso con un muerto? Prado, 
era ese muerto: de nada servia ya á sus planes desarro- 
llados á la vista de una posición, de una fortuna, aunque 
ellas fueran de una hermana; Riera pues, vivo: fijos sus 
ojos en el secreto, sobre él, pero sin confiárselo ni al mismo 
Antonio, mas, que en la sujesti onde la idea para perder á 
Inés, encarando el motivo en Alfredo; por mas que la ini- 
ciativa del plan de absorción fuera de los dos: Riera, 
repetimos, sirvió detesto á las combinaciones de Anjel, 
y á las de Antonio de Paula por un tiempo, del modo 
mas amplio que ambos pudieron soñar en las febricientes 
horas del tejido de sus planes. 

Cara á cara aquel constructor del mal, con el protago- 
nista injénito del bien; — pues Alfredo era un bueno: — no se 
crea por esto, que Anjel; pues és claro que era él, se tur- 
bara con la presencia de aquel ser, inocente del delito 
que le habían fraguado; y en cuya persona resplandecía 
un no sé qué de grande y de sublime. No: la apariencia 
de Anjel, era tranquila, y mucho mas para Alfredo que 
no le observaba siquiera. 

Pasado un momento, el incógnito debía de desapare- 
cer bajo la demostración positiva del recien llegado, que 
semejante al Márquez en la Linda de Chamounix, yo so- 
no quel tale! debía el de presentarse á si propio: y empe- 
zó de este modo. 


— Caballero: la persona (pie tiene el honor de hablaros, 
és Anjel Picotti senador vuestro. 

Alfredo se estremeció por una sensación incalificable, 
al sonido de aquellas pocas palabras; y sin inclinarse ni 
responder al cumplimiento social, repitió involuntaria- 
mente: “Picotti!” 

Anjel lo notó; pero como si hubiera estudiado la “Qui- 
romancia nueva” de Desbsrrolles, y hubiera leído yá, 
en la mano del pobre Alfredo su porvenir, por lo cual no 
se cuidaba de lo presente; asi aquel disimulado se mani- 
festó en plena seguridad de su ijó, y prosiguió como si 
nada hubiera observado. 

— Si caballero. Mi visita os parecerá estraña á prime- 
ra vista: pero ecsaminada, ó acaso discutida su causa, la 
hallareis necesaria, oportuna. . . .y quien sabe si con un 
objeto de marcada bondad. 

Alfredo, con manifiesta indiferencia: — Podéis empezar 
cuando gustéis á descifrarla; por (pie de veras, no acier- 
to 

Anjel, interrumpiéndole — A comprender el motivo: — 
es verdad? ya lo creo! pero mi esplicacion, esperanzo que 
os satisfará. Vos sabéis que un árbol, dá malos y buenos 
frutos, en épocas diferentes; asi, los padres forman sus 
familias, de hijos que nacen, en distintas fechas, v con dis- 
tintos sentimientos é inclinaciones, unos de los otros 

Queréis un ejemplo vivo? Ahi tenéis mi familia por mo- 
delo de esa verdad; y á Inés, como una de las escepcio- 
nes. . . .ya que no me atrevo á nombrarme á mi propio, 
ni después de ella. 

Alfredo le ecsaminó de pies á cabeza, con esa fría mi- 
rada de investigación (pie quiere penetrar hasta por los 
poros de la piél, la verdad de que duda, y la que se le 
asegura: Anjel jugó con la larga y espléndida cadena de 
ora de su reló, como lo haría un potentado con el oro de 
sus gabetas, y prosiguió: 

— Yo tengo una hermana — y fijó sus ojos en la frente 
de_ Alfredo, que tomó un tinte de estraordinaria palidez: — 
Esa hermana ha tenido la desgracia de encontrar un 


180 


marido, que por falsas acusaciones, de un malvado intere- 
sado en usurparla su fortuna, se ha separado de ella, lle- 
vándola hasta su hija: pero lo que, aun es peor; és que 
esta noble madre y esposa, sé vé hoy, á merced del asesino 
de su honra y de su paz! — Una mirada oblicua, cruzó el 
rostro melancólico pero varonil de Alfredo, de parte de 
su contrario: Alfredo vió la mirada sin comprenderla, y 
contestó: 

— Lo sé! ese verdugo és su hermano. 

Anjel hizo el jesto de las grandes ocaciones: pero res- 
pondió: 

— Ese hermano, tan mió, como de ella, y á quien vos 
habéis designado con el nombre de verdugo; ese Cain 
disfrazado con la piél social: ese és en verdad, el que ha 
perdido á Inés para su hija! á Inés inocente: á Inés 

Alfredo le escuchaba relijiosamente: Anjel prosiguió: 

— En este caso yo vengo á haceros una proposición, 
que como asociado que estáis por las torpes intrigas de 
Antonio, al asunto de su hermana; — (Alfredo fijó sus 
grandes ojos negros en aquel héroe del disimulo: este no 
s einmutó y siguió): creo pués, que por esa razón, acepta- 
os tal proposición, sin quitaros por otra parte el de- 
r echo de negativa si le queréis usar. 

Alfredo había tomado el severo continente de un juéz, 
sin saberlo él sin duda; y respondió: 

— Esplicaos! 

Anjel prosiguió: 

— Mi plan és sencillo, y voy á esplicarle. 

Se trata de salvar á Inés de la desgracia que le han re- 
galado sus enemigos, con la mas amplia jenerosidad, por- 
tándose en este caso como unos Méceuas de profundo de- 
sinterés: — y se sonrió irónicamente. — Dije se traía: pero 
debeis entender que hay la primera persona del tiempo 
presente de ese verbo. Trato, pués, de volverla al seño 
de su marido y de su hija 

Las mejillas de Alfredo se encendieron: Anjel lo notó 
y dijo para si: “la ama! aqui hay mucho que esplotar.” 


181 


— Proseguid: veamos los medios de poner en práctica 
ese plan; dijo Alfredo esforzándose. 

Anjel — Los medios son estos. Tratar de obtener los 
datos justificativos del asunto, tal cual és en sí: y no, tal, 
cual lo han hecho las intrigas: en posesión de ellos, es- 
cribir á Lcmaitre enviándole copias de aquellos auténti- 
cos, añadiéndole que ecsisten en poder del que escribe 
los originales; esclarecer sencillamente á sus ojos la ver- 
dad, y hacerla sabedora á Inés de todo loque se hace en 
su favor, para ir disponiendo su buena voluntad ácia el 
marido, y ponerla en aptitud de basar su defensa; de fijar 
su atención en los que trabajan por ella; de este modo, la 
obra presenta una fácil concepción para ambos: y lo que 
importa aún mas; un fácil y feliz desarrollo. Idealizado 
este plan, el detractor caé como Satanás, á las plantas del 
arcanjel Miguel. 

Pero en todo este asunto; solo quiero pediros un favor. 
— Y notando que su interlocutor no le preguntaba nada, 
se decidió á esplicar sin rodeos su pensamiento. 

“Pues ese íavor és sencillo. Yo estoy decidido, á tra- 
bajar por Inés, ardientemente; mas solo ecsijo que igno- 
re — á lo menos por ahora, que yo soy su campeón. Esta 
és mi súplica. 

Alfredo había quedado como prendido á aquella voz; 
á aquella proposición: al nombre que se jugaba en el ca- 
mino de una desgracia, que miraba como propia, ó que 
sin quererlo era propia; y de todo aquello, solo descifraba 
una cosa: la necesidad de salvar á Inés á cualquier precio, 
y fuera cual fuera el ser, que se le presentara para lo- 
grarlo. Asi; levantó la cabeza y con la gravedad de un 
triste, decidido al sacrificio, dijo: 

— Esplicaos mas claro. Donde se pueden hallar esos 
datos justificativos de la traición de Antonio de Paula 
Picotti, contra su hermana; y decid si ellos por si solos, 
bastarán á esplicar el obscuro tejido de esa intriga? 

Anjel, como meditando — Se buscarán:. no és tan 

fácil lo comprendereis; pero se buscarán, se buscarán! . . . 
Repetía como una persona que anda investigando moral- 


mente, el medio de realizar una idea, ó el medio de en- 
contrarla. 

Alfredo — Hablemos como hombres al fin. En todo 
propósito de este mundo, el dinero ós un medio mas ó me- 
nos directo para llegará la consolidación, ó al desenlace 
de él. Sin investigar si sois pobre ó rico; y solo tratando 
la parte que me pertenece, en el asunto tramado contra 
vuestra hermana; os declaro; que tengo una fortuna in- 
mensa: que puedo disponer de sumas considerables, en 
favor de la persona que me presente esos datos; sumas, 
que le hagan una posición si le falta, en el mundo: y le ase- 
guren su destino para su vejez. Ahora pues; yo os pre- 
gunto — Queréis encargaros de buscar esa persona aná- 
loga? 

Una de esas incógnitas ráfagas de la violenta alegría, 
que colora de tintas vivas la frente y las mejillas; hace 
entreabrir los lavios; brillar las pupilas; se estremeció 
dentro del corazón de Anjel, como un coloso desafiador 
de los obstáculos, y amenazante contra la potestad de to- 
do enemigo: pero, trató de moralizar la sensación doblán- 
dola con multiplicados pliegues en su pecho; y con aire 
de vaga complacencia respondió : 

— Por Inés, yo me siento capáz de los mayores sacrifi- 
cios; y tengo confianza en Dios que pro tejerá mis bue- 
nos pasos. Pero seré franco con vos, como vos lo habéis 
sido conmigo: yo no soy rico: sobre estipeudio? de din3- 
ro, nada puedo: solo ofi escomí trabajo; és decir: la ab- 
negación de todo mi tiempo, empleado en obtener esas 
pruevas justificativas del honor de mi hermana, puesto 
en duda por su marido, por el mundo, y todo eso por un 
solo ser! Bien; esas pruebas justificativas consisten tn una 
ó dos cartas si mal no me acuerdo, ó mas propiamente ha- 
blando, en unos orijinales de carias, que será necesario 
arrancar á duro precio, de las manos que les conservan. 

Alfredo — Cuesten lo que cuesten, he dicho, y í’epito 
ahora, que és necesario que esos originales, vengan á mi 
poder. 

Y sin detenerse un momento, ajitó un cordon dorado 


18.3 — 


que ostentaba unos magníficos borlones de seda azul-cla- 
ro, y apareció un sirviente. 

Alfredo- A Martin, que dentro de una hora necesito.... 
espeiad dijo, como si le hubiera ocurrido otra idea, v sa- 
có una cartera del bolsillo, en la cual escrivió sobre una 
hoja en blanco, la (pie arrancó, y entregándosela al cria- 
do le despachó, diciéndole concisamente: 

— Para Martin. 

El criado se inclinó respetuosamente, y desapareció. 
Quedaron solos nuevamente, Alfredo y Anjel. 

Cualquiera que hubiera estado observando al último, 
en aquel momento, habría logrado traducir del fondo de 
aquella alma, enferma de la ambición del mundo, los 
movimientos secretos de ansiedad, que sacudían en el si- 
lencio las fibras de su árido corazón; las estrañas impul- 
siones del deseo ciego, que ivan derrepente á arrastrarle 
hasta los piés de Alfredo; pero que el fantasma social, que 
se cruzaba delante de sus ojos, severo en la forma; raquí- 
tico y pobre en el fondo; detenia el ciego deseo, con las 
palabras amenazantes de “deshonor, mofa, vergüenza!” 
escritas á lo largo del espacio vacio, por el cual se perdía 
su ambiciosa mirada. 

Ese observador, habría visto entonces, al cobarde, tal 
cual Dios le había arrojado á la vida; lívido del falso mie- 
do, como hacia un momento, que estaba irradiado del 
falso brillo de la esperanza y del deseo; levantarse grave- 
mente, con la cabeza erguida, apesar del secreto terror; 
jugando con la ecsuberante cadena de su reló; paseando 
por aquel vasto salón, el continjente de pensamientos 
contradictorios que jugaban los roles de diablos en su ca- 
beza; y aparentando la tranquilidad inmaculada de un ce- 
nobita, sin mas pasión que el bien; sin otro punto cén- 
trico en su orizonte, que Dios ! 

Alfredo le encontró en este estado, después de su órden 
al triado; y aunque el Anjel terreno, estaba muy pálido, 
— efecto del trabajo de contrahacerse sin duda; — la jes- 
ticulacion de su rostro, no manifestaba alteración algu- 


184 


na; á lo menos para Alfredo que tenia inuy preocupado 
su espíritu. 

Riera empezó á pasearse á su lado, pero con la impre- 
sión del hombre, que tiene pendiente su destino de una 
cosa, que no sabe definitivamente que és, y que intenta 
buscar un punto fijo, que le dé una esplicacion; después 
de un instante de silencio, Riera habló. 

— Y bien; contáis con obtener esas piezas salvadoras 
de vuestra noble hermana? 

Anjel — Si: á fuerza de trabajo; de inmensos esfuerzos; 
de astucia, y. . . .de ese vil metal que llaman oro! 

Alfredo — Si de ese metal solo, dependiera la adquisi- 
ción; ya podrían estar aqui! Si antes de ahora, hubierais 
tenido la inspiración de háblarme sobre este punto; yo 
os protesto, que vuestra hermana no habría jamas, llega- 
do á ser desgraciada. 

Anjel — Que queréis? La prevención por parte vues- 
tra, que justamente jusgaba que ecsistiera contra mi fa- 
milia; me hizo temer que mi apellido suscitaría en vos, 
una amarga impresión. . . .miramientos amigo mió! lla- 
madles preocupaaiones si queréis; pero és verdad que 
han ecsistido. 

Alfredo — No os equivocáis caballero! — recien pronun- 
ciaba Alfredo aquella palabra ceremoniosa y grave, que 
la sociedad consigna como gran cosa en el catálogo de 
sus formas. 

— Anjel envanecido, pero disimulando la sensación: 
— Lo sé y és natural, caballero! — Ese Antonio! Ese ma- 
rido! — decia como involuntariamente. 

Alfredo — Son dos culpables, á los cuales Dios casti- 
gará con el enorme peso de los remordimientos, tal vez 
mas pronto de lo que ellos mismos esperan, y demasia- 
do tarde para la justicia divina, que debe de tener una 
aplicación inmediata al mal. 

Anjel — La ambición enceguece á los hombres, amigo 
mió; ese és el delito de Antonio .... 

Alfredo, — ecsaminando el rostro de Anjel, como si 


una duda hubiera venido á tocar su cérebro — y os parece 
poco delito la ambición ? 

Anjel— Poco! Al contrario: en el idioma legal, de la 
verdad, y de los hechos, las palabras técnicas, como de- 
lito, ambición y otras, no necesitan de adiciones; por eso 
he clasificado de delito la ambición. 

Alfredo mas tranquilo:— Ah, sí, és verdad. Tengo 
preocupado el espíritu; y luego: mi alma rebosa de hiél 
. . . .á veces las palabras son chicas para la definición de 
mis sensaciones. . . . y decid — ¿cómo clasificáis al mari- 
do de vuestra hermana? 

Anjel — Como un hombre malo, y sin espíritu. 

Alfredo — Sí; por que, en primer lugar — por que dió 
acceso A las intrigas de un hermano al cual, según he 
oido, él conocía por sus malos antecedentes? — En segun- 
do; — por que no tomó un término medio para sondar la 
verdad, y antes de llegará la consumación de un hecho 
tal, como una separación; por que no puso su nombre 
por baluarte, para evitar el escándalo; la imperfección 
de los juicios ajenos? — En tercer lugar; — cual derecho 
asiste A un marido para proceder sin datos por sí, y 
ante sí, colocando á la compañera de su vida, fuera de 
sus lares, y separándola de su hi ja? — por qué se hace 
juez de su propia causa; por qué se hace verdugo á la 
vez, y espolie A las tentaciones de la juventud, A la es- 
posa y A la madre, que tomó del seno de las virtudes, y 
vió en sus brazos sin mancha entonces, sin mancha aho- 
ra? — Ignora él acaso, que el amor no se compra con oro, 
sino que se conquista, cuando taifa la fibra predestinada 
para él, Acia un ser, por medio de la abnegación, del estu- 
dio y la práctica de los sacrificios inmensos; del tesoro 
de toda la vida, que consiste, en lafé, y en la santa espe- 
ranza del alma? — El amor de Inés A Claudio Prado, no 
fué un secreto ademas, para ese hombre, que la arrebató 
brutalmente, al sentimiento de otro hombre joven como 
ella; con un corazón noble, y apasionado: hombre, que 
en nada se semejaba á ese marido; pues tenia una alma 
espiritual, sencilla y desinteresada ! Sí él, murió por 


186 — 


ella; ella no és culpable ni de su muerte. Fué su familia: 
fue ese marido, los que cometieron ese crimen: ella era 
demasiado joven; no para dejar de comprender y volorar 
su destino, sino para salvarse del mandato, y de las am- 
biciones que saben tejer redes obligatorias! — Esa niña 
obedeció cuando tenia quince años! 

— Después: ese marido no la ba comprendido: no ha 
buscado su corazón para inspirarlo de un sentimiento en 
su favor: no ha tratado de encontrar la divina fuente de 
esa esquisita sensibilidad de la mujer, que se elabora en 
la cuna, por el presentimiento de las divinas cosas del 
amor á la madre; y se multiplican sus aguas santas por 
todos los resortes, que las realidades de la vida ponen en 
juego, para hacer imperecedera su virtud. Nada ! ha 
querido como Nicolás 1? de Rusia, ostentar el poder om- 
nímodo: y no ha cuidado de observar, si el vasallo era 
suceptible ó nó. — Eli ahí el resultado: el yugo dobló su 
entidad de yugo: y el vasallo se sintió incapaz de sobre- 
llevarles! mandato quedó hecho pedazos, delante de la 
débil resistencia de una mujer, injustamente; torpemen- 
te ofendida ! 

Anjel — inquieto: — Mas cómo sabéis todo esto caba- 
llero ? 

Alfredo — Lo que yo digo, és lo que repite el mundo 
por boca de vuestra familia! — con sola una diferencia: 
que esa familia favorece al estraño; y hunde en la des- 
honra, á la hija, á la hermana ! 

Anjel como corroborando un hecho que ajaba su amor 
propio — Es verdad! és verdad! 

Alfredo — Ademas; dicen, que á mí, me han mesclado 
en ese asunto, por mi antigua amistad con Claudio Pra- 
do Y miró al través de sus largas pestañas, la fiso- 

nomía absolutamente fria de aquel anjel. — Anjel quedó 
impenetrable al escrutinio, y contestó. 

— No és cierta la razón que han confeccionado, como 
tomáda, de laque los detractores de Inés, adoptaron como 
oportuna, contra vos: hasta el penúltimo capítulo, habéis 


repetido lo (pie todos dicen y afirman como cierto: pero 
en el último, hay que hacer sus apéndices. 

Alfredo — Y cuales? 

Anjel Sobre las formas, en que se toma vuestro nom- 
bre en el asunto. Hablemos francamente: yo os diré lo 
que hay sobre ese punto. Han tomado vuestro nombre, 
los detractores, solo como un arbitrio para perder á Inés, 
en el corazón del negocio: pero no bajo la suposición de 
vuestra amistad con Claudio Prado: sino dándole el cá- 
racter del nombre de un amante favorecido. 

Alfredo se conmovió, no de la revelación que él la sa- 
bia demasiado claro: sino de la confirmación de aquella 
intriga que abrumaba hasta su profundo cariño, sin li- 
sonjearle un momento: pero trató de responder, sereno 
y tal vez irónico. 

— Con el nombre de un amante favorecido! Es gra- 
cioso el estudio que han hecho los enemigos de vuestra 
hermana, en las relaciones asiduas de esa señora; cuando 
deberían de saber, que yo, no la he visto en mi vida, 
sinó una sola vez! Creí que la intriga estubiera mejor ba- 
sada; y que por mi amistad á Prado, hubieran fraguado 
un empeño por mi parte, para enfriar siquiera la amis- 
tad del marido y de la esposa: pero veo, que la corona 
de espinas que han tejido para el martirio de Inés, és el 
efecto de una combinación incierta. . . .de un nudo que 
se puede romper. . . .que 

Anjel siempre en acecho, notó los cambios de aquella 
fisonomía: y «lijo para si: “ Está mintiendo: disimula á 
su vez: tanto mejor para mis planes!” y le interrumpió 
en aquel <¡uc para decirle. 

— Colocadas las cosas de este modo; vos estáis en un 
serio conpromiso: de vos depende el porvenir de Inés; á 
vos toca, aclarar este misterio. 

Alfredo — Lo que habré de hacer yo, me lo traza defi- 
nitivamente mi razón caballero. Pero pues, que vos os 
habéis manifestado tan amigable para mi; acordaremos de 
común acuerdo, lo que mas conviene hacer en favor de 
vuestra hermana. Creo que por el instante, mi nombre 


1SS — 


no debe de aparecer en su justificación, cerca de su mari- 
do, que obcecado como está, se creería doblemente ofen- 
dido de este paso, que por otra parte miraría como una 
quimera: cerca de Inés, debe resonar de una manera tan 
grave, tan amigable, que quite de su ánimo toda sospe- 
cha de intención doblada por mi parte; y sirva al fin, al 
objeto que nos proponemos: darla ánimo para que apoya- 
da en los datos que la ofreceré, emprenda con seguridad, 
con fé, el esclarecimiento de esa intriga; por tanto, su 
justificación cerca de su marido: para esto solicito una 
entrevista con ella. 

Anjel midió con ojo inquisitorial su pérdida, en aque- 
lla visita, aislada de su influencia cerca de Inés, y tras- 
puso con la sagaz rapidéz que dominaba su espíritu, todo 
su pensamiento, no á evitarla: sino á arreglar las cosas de 
manera, que quedara bien él, primero que nadie con Inés 
y con Alfredo: — que era decir con el porvenir: — y para 
esto se remitió á si propio, diciendo en el secreto de su 
alma “ todo dependerá de mi astucia: el bien y el mal” y 
tomando un continente basado en la mayor naturalidad, 
respondió: 

— Esa visita se hará, y yo me constituyo vuestro cam- 
peón cerca de la familia y del mundo; Pero debo preve- 
niros por todo evento, algo; Inés odia á toda su familia, 
eseptuando á nuestra madre, pero en la regla jen eral, 
creo entrar yó, como todos. 

Alfredo pensativo— Y os creé culpable quizás? 

Anjel, inmutado — Antonio se lo ha hecho entender 
para que no recayera sobre él solo el odio de aquella ino- 
ceute! 

Alfredo — Pero, en résumen; lo creé? 

Anjel, con decisión — Si! Estoy colocado en el mismo 
caso que vos: la intriga afrenta mi honor de hermano! 
Antonio ha tomado mi nombre, y le ha incrustado en el 
plantél de la detracción, como testigo y cómplice de sus 
maldades! Os lo confesaré — añadió como haciendo un su- 
blime esfuerzo — esta era una de las causas después de la 


189 — 


salvación de Inés, que obró en mi espíritu para decidir- 
me á tomar la resolución de venir á veros, caballero. 

Astuto aquel malvado, que llevaba por escarnio el nom- 
bre de Anjel; concibió á golpe de imajinacion, que el 
medio de que se valia, era un pretesto noble, que le co- 
locaba favorablemente eu el juicio de Alfredo; y se salva- 
ba la eventualidad, que una entrevista entre este, y su 
hermana podía traerle, delatándole ella, como malvado, 
antes de haber dado él, el paso preparatorio. 

Alfredo refleccionaba, medio reclinado en un diván de 
cachemira azul, y con una de sus manos colocada en la 
frente, como si intentara reanimar el espíritu iluminado 
de otro tiempo, estinto ahora, de un amigo, que le guia- 
ra en el derrotero vago y espinoso a la vez, de la vida. 
La melaucolia, la ansiedad, la convicción del dolor irre- 
sistible y de la duda; se dibujaban sobre aquel rostro elo- 
cuente, que transpiraba hasta por su delicada piél, el te- 
zoro de intelijencia y de bondad, que dominaba su ser. 

Pero Anjel, que no participaba de aquellas impresio- 
nes abstractas, ó mudas, para su cabeza transida por la 
vena del mal, y que solo observaba las causas decisivas, 
para calcular los efectos consiguientes; tomó su resolu- 
ción sobre tablas: y sin dar tiempo de eesaminar la propo- 
sición al que se la hacia, la sentó del modo siguiente: 

— Vamos caballero; habladine con absoluta franque- 
za! — Os fiáis de mi buena fó, de mi cariño á Inés, del 
grado de mi venganza contra Antonio; de mi odio al ma- 
rido de mi hermana, de mi prudencia para elaborár la 
situación reaccionaria, y de mis aptitudes para llegar á 
la definición del asunto, según vuestro deseo y el mió? — 
Responded á todas estas preguntas con una sola pala- 
bra — Sí ó nó. Os prevengo que no admito interpreta- 
ciones, ni palabras vagas sobre esta desicion ; — Sí ó nó, 
son los dos puntos que os presento, como artículos inva- 
riables de mi arreglo con vos en este asunto, y de la eje- 
cución de mis planes. 

Alfredo alzó su frente blanca, espaciosa y noble, y 
contempló por un instante la frente estrecha, ajilada y 


190 — 


pobre de aquel ser! Algo, que ocultamente irritaba su 
previsión natural, pasó por su pensamiento como una 
nube en un cielo de verano; pero el ojo fijo y fascinante 
del Anjel del mal, introducía en su voluntad el prestijio 
estraño, de un poder mas fuerte que ella: Alfredo se dejó 
arrastrar. Anjel era una notabilidad en el gremio de 
los malos. El sintió pues, que la victima estaba herida 
de la tentación de confiarse en su palabra, y trató de 
constantarlo. 

Anjel — Y bien? Sí, ó nól — Insistió con esa voz signi- 
ficativa que quiere decir — “Si os negáis, ved lo que per- 
deis” — Alfredo, aún reflecsionó un instante; mas venci- 
do por una impresión superior, respondió — Si! 

Había vaguedad en la voz que pronunciaba aquel si; 
parecía que la sílaba estaba espuesta á cambiar de natu- 
raleza, y levantarse negativa y fuerte como un baluarte: 
pero; — qué le importaba al aventurero de los si, y de los 
no, que el tono fuera enigmático, cuando la palabra sig- 
nificaba la sanción de sus esperanzas, de sus mas vivos 
deseos?. . . . 

Brilló como un resplandor opaco, un signo de intensa 
alegría en las pupilas de Anjel Picotti; Alfredo habia tra- 
tado de sacudir el pezo de sus dudas, y siguió la conver- 
sación. 

Alfredo. — Desde cuando empezáis señor Anjel (discul- 
pad la omisión que hago de vuestro apellido,) vuestros 
trabajos? 

Anjel. — La omisión és racional, caballero, pués el odio 
justo, és la causa de ella. — En cuanto á mis trabajos, em- 
pezaré desde hoi. 

Alfredo. — Me daréis cuenta de todo y á cada instante? 

— Anjel — De todo y á cada instante! 

— Alfredo — Y cuando la veré? 

— Anjel — Yo os lo avisaré. 

— Alfredo — Entonces, confio en vos! 

— Anjel — Eso os lo dirá vuestro buen juicio. 

— Alfredo — Entiendo! — pero y si ella no quiere escu- 
charos? 


191 


— Anjel — Y si á vos no os dejan llegar hasta ella sin 
mi? 

— Alfredo — Eso no; porque yo la hablaría delante de 
todo el mundo: rompería esa mosquina valla: y si al- 

guno se oponía. . . . 

— Anjel, riendo — Le matabais — és verdad? Creeisque 
que cruzamos la época alegórica y didáctica de Carlos de 
Orleans en 1391, cuando el real poeta vestía de púrpu- 
ra la Aurora, el tiempo de un manto fúnebre: y ia prima- 
vera de ricos bordados de oro y perlas, y esmeraldas y ru- 
bíes?.. Vamos amigo mió; (este era el nombre de las 
grandes ocaciones) — Eso és pueril: fuera del siglo, y os 
espondria á mil circunstancias desagradables.Esos rasgos 
de Romance, son muy buenos escritos: pero puestos en 
práctica; — Oh! eso ya és diferente! 

El rostro de Alfredo lmbia sufrido el pálido tinte de la 
ira, que en los temperamentos mistos se manifiesta como 
una prueba de su suceptibilidad: y el tinte rosado súbi- 
tamente desarrollado, al impulso de esa falsa vergüenza 
que interumpe por un momento la circulación de la san- 
gre, amparándose del primer punto que encuentra para 
justificar su error. Anjel lo había estado observando con 
profunda atención, mas en apariencia, indiferente. Alfredo 
esperó á estar tranquilo para contestar. 

— Y bien; me someto á vuestros prudentes csnsejos: 
haced como gustéis; pero sobre todo, haced por salvar de 
la desgracia, esa madre y esposa: despedazad la calumnia 
que peza sobre su casta vida, y. . . ,l)ios os lo recompen- 
zará! 

Al acabar de pronunciar estas ultimas palabras, apare- 
ció un criado anunciando a! Sr. Martin; Alfredo le man- 
dó entrar, y se presentó un anciano venerable, con su 
sombrero en la mano izquierda, y el bastón de indias 
en la derecha; vestido de negro, los cabellos largos y 
blancos caídos sobre el cuello, y fijando sus ojos vivaces 
é iutelijentes, en el nuevo personaje que acompañaba á 
Alfredo. 

Este le hizo señal de acercarse: el anciano se aprocsimó. 


192 — 


— Alfredo — Y bien Martin, habéis recibido una orden 
mia? 

— Martin. — Si Señor, hace una hora: ved que he sido 
ecsacto, pues solo he empleado tres minutos de camino 
— decia sacando su reló, y enseñándolo á Alfredo para 
constantar la verdad. 

Alfredo — Ya! y está en practica esa orden? 

Martin — Dentro de mi cartera está la prueba — decia 
señalando á su faltriquera, pero sin sacar la cartera á que 
se referia. 

— Alfredo. — Entregadme esa cantidad. 

Martin sacó la cartera; de ella estrujo un papél; aquel 
papel era una letra de cambio de tres mil pesos, jirada 
contra el Banco de aquella ciudad: Alfredo la recibió, y 
añadió en seguida. 

— Ahora podéis retiraros Martin. 

El anciano hizo una inclinación de cabeza, y dirijió in- 
voluntariamente sus ojos, ácia Anjel Picotti, que en aquel 
momento para disimular, sin duda, su emoción, hacia que 
miraba atentamente una cortina de una de las ventanas 
del salón, verdadera curiosidad China, de mágnifica cache- 
mira, representando un paisaje colorido de una riqueza 
de tintas y fuerza de ecsactitud, que podría desafiar al 
paisajista Schweinfurt; y unos espléndidos candelabros 
de bronce muerto, ornados de relieves de una corrección 
de dibujo admirable, los cuales representaban las puer- 
tas del bautisterio de Florencia escuela de Mr. Barbe- 
dienne. 

Ademas de aquella aparente atención, como en todas 
las ocaciones especiales de su vida; Anjel jugaba con su 
gran cadena de oro, en la cual habia puesto sus vanidades 
secretas; y se notaba, que hacia una estraña sombra á su 
rostro, el jesto delator, que en aquel momento dibujaba 
el desnudo perfil de una seca 6 indefinible alegría, cuya 
traducción, sin enmienda, era esta: — Antonio! empieza 
mi fortuna: tu bajaras al impulso de mi voluntad!” 

El anciano solo vió el dibujo incompleto de aquel jes- 
to, que reproducía la parte mas fecunda de 6U alma sino 


— 193 — 


la mas correcta — pues estaba de perfil hóciaéhyel ancia- 
no resintió una estrada impresión. Se le vió detenerse, y 
mijar a Alfredo, como si quisiera prevenirlo de algún 
peligro: pero el anciano bajó su venerable cabeza y salió 
muy preocupado de aquel salón. 

Anjel por su parte, no vió que el anciano le inspeccio- 
naba ; pero si vió que se Labia marchado, y apesar de 
haberlo notado, permaneció con una aparente frialdad, 
esperando á que viniera á él Alfredo. En efecto; este se 
acercó. 

Distraído!— le dijo, colocando su noble persona, al 
lado de la persona innoble de Anjel. Este, volvió el ros- 
tro lentamente, del cual pudo arrancar el jesto falaz, y 
comprimiendo una de esas sonrisas frías y ficticias á la 
vez, respondió: 

— Ah! perdonad: contemplaba este paisaje que de ve- 
ras és encantador; y estos magníficos bronces, de la me- 
jor escuela francesa. 

— Alfredo — Sois conocedor? 

— Anjel. — No: 1 i jeras nociones sobre algunas celebri- 
dades, y las reglas del arte de la estatuaria aprendidas en 
mi niñez; me autorizan ilegalmente — é hizo una inclina- 
ción de cabeza, dotada de la mas frívola vanidad — para 
jusgar de la índole de ese arte, y de todos los que llevan 
el sello de la plástica. 

Alfredo, ecsaminando detenidamente el paisaje y de- 
jando los bronces, olbidados: 

— En efecto, és un trabajo de fuerza, como todos los 
dibujos coloridos de la Yndia donde las tintas son virje- 
nes, y no se han prostituido á la falacia de esas composi- 
ciones hetereojeneas que les arrebatan en los desleídos su 
íntima fuerza; el primitivo , que és la esencia de su natura- 
leza. 

— Anjel; — Cierto! y sinó, mirad ese traje de mujer 
azul zafir: aquella mariposa encarnada y amarilla qile cu- 
bre con sus alas de fondo negro una hoja de flor marchi- 
ta. .. . 

13 


194 


Alfredo — Es verdad: pero dejad esa contemplación y 
hablemos de nuestro asunto. 

Este plural animó á Anjel á no recurrir á la mentida 
vergüenza que evocaría la forma prescriptiva de la indi- 
vidualidad aislada; y respondió con desenfado. 

— Empezad cuando gustéis. 

Alfredo, sentándose y ofreciendó un sitio á su lado á 
Anjel; — Mi cajero, ó mas bien mi mejor amigo; me lia 
traído una pequeña suma que voi á ofreceros, para que dis- 
pongáis de ella en favor de la adquisición de las piezas jus- 
tificativas del honor de Inés.. ..y mió; — agregó lentamente 
como hombre que se resigna á representar un rol inespe- 
rado — desde que me decis que estoi iniciado de un modo 
ofensivo á la delicadeza de una esposa, en el asunto. 

Y alargó la letra de cambio á Anjel, que sin inmutar- 
se tendió su mano acia ella, la ecsarninó y contesto: 

— Tres mil pesos, es una cantidad suficiente para que 
un badulaque de esos que se introducen en los secretos 
de las familias para explotarlos, asiente por un año si- 
quiera, sus reales en el palacio de la holganza, y por ese 
tiempo no sirva de nada ai prójimo, sino asi misino! Pe- 
ro veamos de conseguir el objeto — añadió — con seriedad 
os daré una constancia de haber recibido esta cantidad 
para el uso indicado. 

Alfredo — No caballero: esa cantidad entra en el núme- 
ro de mis gastos eventuales y secretos. 

Anjel — Pero la muerte. . . . 

Alfredo — Habrá en esc caso, encerrado en su noche 
perpetua, la historia de este papel, y do otros que os daré 
si se necesitan. 

Ofreced — añadió; — ofreced cuanto creáis que pueda 
colmar la ambición de un hombre que quiera posición; 
pero salvad á vuestra hermana; salvadla, salvadla! 

Había en esta súplica ajitada, una especie de confe- 
cion; de revelación involuntaria sobre una de las paji- 
nas de la Historia de su alma. Anjel entendió el acento, 
y dijo para si: — “Amor profundo, de sacrificios! v bien. 


L9ó 


ahora Alfredo, eres mió!” — y como si nada pasara por su 
espíritu, respondió con tono amigable: 

La salvaré! Lo juro Riera; la salvaré! 

Alfredo. — Cuando ós veré'? 

Anjel — Mañana á las diez de la noche. 

Alfredo — Hasta entonces. ADios! Vos me anunciareis 
cuando debo verla. 

— Anjel — Yo os guiaré en todo ,si os liáis de mi. 

Alfredo por toda respuerta dió un apretón «le manos á 
Anjel, que bajó las escaleras en seguida con la rapidez de 
un gamo; no sin dejar de llevar la mano al bolsillo, para 
cerciorarse de la ecsistencia de la cartera, donde había 
depositado, el plantel de su fortuna, que acababa de re- 
cibir de las manos de Riera; y todo el camino que hizo 
hasta su casa, fue presa de aquella inquietud. 

Ya se vé por esto, que Anjel no era de los ambiciosos 
cuya vanidad se difunde en el aire, con la notable ecsu- 
berancia de las flores de Lila quo prestan sus per- 
fumes al placer de otros, sin guardar nada para si. — 
Anjel era d<‘ otro temple de alma. Tenia ambición ciega 
de fortuna, pero quería que la fortuna fuera sólida- Si los 
resultados desús planes, no convenían alguna vez con sus 
intenciones y sus cálculos; es necesario salvar la indivi- 
dualidad del propósito y hacer justicia á la plenitud de 
unacabeza, cuyas cifras matemáticas, se combinaban en 
el juego de las pasiones mas profundas y tenebrosas; — el 
odio y la envidia. 

Anjel empezaba su carrera ! 


De como un hombre sabe tejer la tela del 
bien y del mal a la vez. 


CAPITÜL.O XVI II. 


Anjel entró á su habitación á meditar; se sentó en un 
sillón, tomo una pipa de ambar cual si fuera un sultán ó 
un conquistador; que és sinónimo sino en grandeza mo- 
ral, en grandeza física; colocó la cartera en su bufete; es- 
tendió una hoja de papel blanco; tomó un lápiz, y se pu- 
so á trazar palabras incoherentes al parecer. Como me- 
dia hora de trabajo de este jénero habría pasado cuando 
fatigado de él, el conquistador, ó el sultán, dejó escapar 
el lápiz de la mano y esclamó. 

— Eli! trabajo inútil, cuando yo tengo el plan en mi 
cabeza! — y sino; manos á la obra, voy á esperimentar mi 
memoria dijo, sentándose con doble comodidad en el si- 
llón, y echando una nube de humo perfumado, de la pi- 
pa que descansaba hacia un rato inmóvil, entre sus an- 
chos lavios. 

— “Que és necesario perder á Antonio, eso está escri- 
to, como está escrito que és necesario salvar á Inés, para 
empezar mi carrera, mi fortuna! Este és un dilema que 
ya está completamente resuelto. Los medios de conse- 
guir lo primero; son estos. Los borradores de las dos car- 
tas que se supusieron de Inés á Riera, yo se los hice ha- 
cer á Antonio, con doblada intención, dictándoselos yo, 
y quedándome con ellos, bajo pretesto de que podrían 
ser descubiertos en su poder, y siendo de abso. uta necesi- 
dad que esos borradores ecsistieran sin embargo, por 
cualquiera eventualidad. Y lo creerá un intrigante? 


197 


obtuve su firma en olios, como por acaso! Por consi- 
guiente, esos borradores en mi poder, esa firma, son 
pruebas incontestables contra él, que yo ecsibiré en 
oportunidad: mientras que él contra mi, no tiene einó 
palabras: y si hay hechos, — añadió bajando la voz, como 
si alguno pudiera oirlo — faltan las piezas justificativas: 
faltan los testigos ! Y bien: desde ahora, formulo mi 
programa visible, por si llega el caso. — Se me acusa: és 
decir, me acusa Antonio: mi respuesta será siempre esta: 
— mi fé ha sido siempre salvará Inés; como lo és en este 
momento: éh ahí mis hechos”— y manifiesto entonces, 
mi revelación á Alfredo, mis sacrificios etc. etc. . . . — 
Como Alfredo és un muchacho — anadia con ironía — que 
pertenece á la Era de Alain Chartier , el romántico can- 
tor d ¿ los paisajes campestres, y de los caballeros de alto 
linaje, perdidos en el Idilio de un amor nacido al dar 
vuelta un camino: al cruzar una floresta; es claro que 
guardará el secreto de sus desembolzos, y como galante, 
sabrá concretarse al sacrificio seco, sin relatorio, sin re- 
compensa. 

— Estoy ó no estoy seguro? — Se preguntaba con toda 
la buena le de un criminal que quiere saber si és fuerte 
en la cuerda en que la providencia templó su alma — Sí! 
proseguía — estoy seguro! — En cuanto á las dos cartas 
de Riera á Inés, ecsisten orijinales en poder de Lemai- 
tre, pues asi convenía á nuestros proyectos — és decir al 
proyecto de Antonio, porque yo no figuro en él. Y bien: 
allí és donde deben de estar, para comparar la ecsactitud 
del dato que yo ofrezca. Tal és la base de mí plan: y en 
él vá el cuerpo de la delación; — ahora, las formas de que 
irá vestido ese cuerpo, al que és necesario prestarle la 
gravedad, la sencilléz y la fuerza reunidas que embe- 
llecen el sacerdocio del bien, que vá á romper el dique 
de la verdad escondida hasta entóneos y que ha servido 
de escudo á la maldad, á la calumnia; no deben deser sino 
ropajes preciosos. Tales son los del cuerpo de mi obra, 
que como los del Tartufo garanten al individuo que los 
lleva! Pero es necesario empezar por ahí! — decia sonríen- 


19S — 


do y dejando ver, la inmensa dimensión de aquella 
boca. 

“Mañana ó pasado hablo á Inés — proseguía — á Inés 
que demasiado buena como vo no alcanzaré á serlo 
jamas, ni soñando, me escuchará al fin! v escuchándome, 
tengo la confianza de ser perdonado. Toco la cuerda 
romanesca, de que Alfredo intenta salvarla de su triste 
situación, para que no dude de la verdad puesta en mis 
lavios; pues que al fin Inés rae conoce — decia gravemen- 
te — sabe cuales son mis defectos cardinales: y si por 
ahora la faltan datos bastante autorizados para decir — 
“ mis hermanos me han perdido:” ella tiene bastante 
intelijencia para penetrar no solo los nombres de los 
autores; sino el porqué: y si nó: véase como solo se ha 
fijado en Antonio y en mi, y ha supuesto la razón! — 
decia como meditando muy seriamente. 

“En fin, prosiguió: el enemigo no és vulgar aunque 
su posición és débil; [»ero estratejia y saldremos del paso! 
Con sagacidad profunda, dejo delineado sin marcarlo de- 
finitamente, el tipo, que como figura principal del cua- 
dro aparecerá á su tiempo en el asunto. La sagacidad se- 
ñalará en aquel tipo la semejanza de mi yó : un hermano 
calumniado por otro : un odio injusto de la hermana ofen- 
dida: y una abnegación por salvarla apesar de todo. 

“ Con estos rasgos, haré que ella encuentre la seme- 
janza en su idea, sino en el hecho: mas, á cada hora una 
prueva, y mil, la irán abriendo los ojos en favor del re- 
trato que és el mió, hasta que vea clara y distintamente 
no la verdad; sino nú verdad , como se vé á favor del Sol, 
cada objeto de la vida. Entonces; esa voluntad será mia! 
Yo dispondré de ella absolutamente; decia con la técnica 
seguridad de Demóstenes cuando creyó haber encontra- 
do á Dios, detrás del círculo. Pero distingamos; esa vo- 
luntad no estará á mi disposición, del modo que Antonio 
lo solicitaba para él; el cual pobre insensato! se esforzó 
en tener el pod t del hecho sobre la voluntad: yo haré al 
contrario; conquistaré la voluntad por los hechos. “Cada 
maestro tiene su método:” yo tengo el mió, decia son- 


1 99 — 


riendo, como el muchacho tenás que habiendo dado con 
el motivo del tropiezo que mortificaba uno de sus deseos, 
muestra en lajesticulacion, especialmente, todo el con- 
tento que esperímenta por la adquisición: v proseguía: 

— Pero veamos el resto del plan, para que yo mismo 
c6té seguro de mi memoria. 

— Para perder á Antonio de veras, és necesario avudar 
la natural prostitución de su alma: con este objeto le 
propondré, ahora que está ausente Lemaitre, negocios 
aventurados, en los cuales perderá siempre, y ganaré 
por él: porque este pequeño capital, ademas de aumen- 
tarse en base: se aumentará por especulaciones. Es 
necesario hacerle dejar esa capa de amor propio, á favor 
de la cual se ha dedicado á trabajar con empeño: que 
vuelva aserio que era: malgastador de lo ajeno sin 
miedo del capítulo creado por la ley Civil para castigar 
el crimen: volverle en fin á la cloaca de donde salió á 
favor de Inés: á luvor de Inés — repetía con una impre- 
sión de estrados recuerdos — ií la cual, por esa sola y única 
razón, la pronostiqué su fatal suerte! de Inés, que no ha 
sembrado mas que el bien, y de esa santa semilla, solo 
han brotado, y recojido ingratos! 

Pareció por un momento, como que destellaba del 
centro do sus pupilas, la luz sagrada del arrepentimiento: 
mas, como el metéoro brilló y se apagó súbitamente. Asi, 
continuó: 

— Una carta ó dos anónimas á Lemaitre, con una re- 
lación circunstanciada de los gastos inconvenientes de An- 
tonio, sino le arrebatan de golpe la confianza y la Amis- 
tad, ficticia por otra parte de Lemaitre; se obtiene la ven- 
taja de la suspensión de esa confianza, y j>or tanto, de su 
protección: por consiguiente, el enano-coloso caé como 
una hoja sj:a, al irn > ih > d ; un : rífiigi de viento. 

— Si se ín • objeción i, quee^as cartas anónimas, pue- 
den hacer nacer en el espíritu de Lemaitre, la sospecha 
de un engaño contra él: yo respon I eré, que los anónimos 
obran el efecto calculado, cuando el calculador és maté- 
mático de intuición. Creo mas en la luz injéhita, que en 


— 200 — 


la luz de la ciencia: y. . . .añadió jugando nuiquinalmente 
con la larga cadena de su reló, y haciendo el jesto de las 
grandes ocaciones: 

— O yó dejo de ser Anjel Picotti, ó Inés se salva, y An- 
tonio se pierde para siempre ! 

La superficie del carácter de aquel hombre, participa- 
ba de ese algo de la vanidad que hace avergonzar al hom- 
bre de verdadero juicio: pero en el fondo, ecsistia la 
cuerda inflecsible del propósito, que és la que hace los 
enteles como dicen muy bien los franceses; por consi- 
guiente, al instante de caer en la tentación de la pueri- 
lidad, aquella cuerda que vivraba al impulso de sensa- 
ciones sombrías, se dejaba sentir en toda su potestad, 
avasallando aquel perfil, quelamauo inhábil de los suce- 
sos de la vida habia trazado sobre la figura grave de su 
carácter de fondo: y lo demostró con las siguientes pala- 
bras: 

— Vamos, Señor Anjel — se decia, siguiendo su cos- 
tumbre habitual — no nos entusiasmemos con los efeetos, 
antes de poner en juego los resortes de la práctica; siga- 
mos el plan. Coloquemos las cosas en sus puestos y los 
personajes todos, en acción. 

— Alfredo de Riera, entrará como salvador y saldrá 
como víctima: Inés quedará al lado de su hija y de su 
marido, pero debido á mis esfuerzos: és decir: que llega- 
ré á ser, el ánjel de paz de esos tres seres. Bien! mas por 
ahora, Alfredo és el eje; és la base, és el resumen, y será 
el resultado de mi plan. Sin ese eje el plan rueda como 
una bola de tierra y se para á la casualidad, no, donde y ó 
le designara; sino donde su gravitación le señalara: sin 
esa base, yo no tendría argumentos para conciliar el asun- 
to conyugal, aunque sea indirectamente por ahora; y la 
amistad entre la hermana y el hermano, llegaría á ser 
solamente una quimera: sin ese résumenyo no podría dis- 
poner de uu arbitrio material, para confeccionar y poner 
en práctica mi plan de fortuna: la pérdida de Antonio y 
la salvación de Inés !. 

Bravo!— dijo levantándose, y paseando á largos pasos 


la habitación — no eres tan necio Anjel, como tu mismo lo 
habías creído! Bien decía Napoleón el grande; todo hom- 
bre tiene un talento guardado en el secreto de su voca- 
ción. Lh ahi el mió, desarrollado súbitamente. . . .Mas, 
pi osigamos: tratemos de precisar todos los accesorios del 
drama. 

La \ isita de Alfredo á Inés, no debe de tener un ca- 
utctei secreto, sinó misterioso; debo al contrario para sal- 
var toda interpretación, de dirijirrne primero que á nt- 
die, á mi madre: después de haber conquistado su volun- 
tad, ó su razón, que tanto vale á mi negocio, hablará Inés: 
mi empeño debe de ser, tratar de quebrar, cerca de ella, 
la óptica del odio contra mi: salvado ese punto, el centro 
del asunto és mió! Pero és necesario no olbidur que Al- 
fredo la ama: que ella odia en la vida y ahora ecsiste ali- 
mentada de ese espíritu infernal: que está sola con ese 
demonio de la felicidad: y que és claro, que dos situacio- 
nes opuestas, están en aptitud de reunirse con marcada 
facilidad: por consiguiente; dejemos solo el tiempo pece- 
sariopara queel mirador — decia sonriendo malditamente 
— ecsiba el programa del proyec to á la victima: démosle el 
espacio de colorir el cuadro con algunas tintas saltantes 
del fondo del corazón, que quieren decir sacrificio. Por 
el sacrificio, que és la ponderación del amor estremado; 
se alzan cultos, (pie solo caén envueltos en las cenizas do 
la muerte! Asi hará ese pobre Alfredo! Su fortuna se ira 
disminuyendo bajo el álito atrayente de mis ambiciones, 
que la f rialdad de la prudencia encubren, y por ese amor 
se verá mas tarde ese hombre bello, por que lo és aunque 
me cueste confesarlo, decia con una gravedad profunda, 

perdido en la miseria y en el olbido!. 

— Y yó. anadia con singular alegría — yó, levantar- 

me del polvo, como la crisálida, que acaba de dejar su 
cubierta miserable; y orgulloso, se eleva á los aires con 
sus alas de púrpura y oro; su nítida cabeza y los azule- 
jos que salpican su liviano cuerpo! y contemplándole, al 
través de mi entidad, viendo arrugada su tersa frente; 
marchitas las delicadas mejillas, humillado el soberbio 


poderoso, que á una impulsión do su mano, veia inclinar- 
se con respeto tantas cabezas que adulaban y envidia- 
ban como yó, su superioridad; contemplándole, refleccio- 
nar desde una altura, en la pequenez de las cosas de esta 
vida! 

— Oh Alfredo, Alfredo! decía — yo te tomé solo como 
un medio para elevarme, al haber perdido á Inés con ese 
objeto, y solo como arbitrio, te entregué en las manos de 
ese estúpido Antonio, que cometió tanto absurdo, y que 
entre los absurdos casualmente, si; casualmente, se le- 
vantó la fortuna para él: de esa casualidad, surjió la de- 
cepción que me lanzó su egoísmo dejándome como esta- 
ba, pobre, solo, criminal, y odiado! Era necesario pues, 
levantarse; tomar un camino, y aliarse al enemigo para 
perder al amigo. 

Te encontré Alfredo! Tufuistes mi prisma! — decía sen- 
tándose, y encendiendo la pipa que había dejado apagar. 

Ahora, ya és otra cosa! ahora eres mi brazo derecho; 
mi inspiración; pues por tus acentos graduó mis esfuer- 
zos; modifico y alumbro mis ideas: eres mi culto, porque 
tu eres el arca donde Dios, ó mi providencia especial cu- 
yo nombre ignoro; ha depositado el tesoro que debe de 
servir á mi fortuna. Quien.se atreverá á tocarte ahora 
qué eres el cuerpo de mi alma: el alma de mi cuerpo? 
Solo yo, tengo derecho á tí, Alfredo! He comprado tus 
secretos, con mi astucia: con tu propio oro! Tu inespe- 
riencia, és mi garantía; tu pasión, la estrella que me guia 
en el desorden, que á veces se introduce en el horizonte 
de mis fijas ideas 

“ En cuanto á Lemaitre; decia pensativo és un mal 
hombre, y mas que malo vanidoso. La vanidad que quie- 
re imperar, á mas de la mitad de la vida, donde empieza 
el estremode la desilucion; no tiene pues, el carácter de 
la vanidad juvenil, que canta y rie y se enloquece de si 
propia. En esa edad, tómala espresion de una ecsajerada 
gravedad; busca en su centro, las razones de cautivar la 
atención j eneral, que solo ccsije las formas estertores; y 
fatigada de no encontrar el efecto vivo, donde le quiere 


¿03 — 


consignar; se doblan la arrugas de su frente, y siente su 
nulidad, negándola a todos, y entre esos todos, á su pro- 
pia individualidad. Deahiel mal-estar constante de esa 
alma, y laduiezadc sus acciones con los otros; porque, 
en su ceguedad creé, que tanto vale ser obedecido por 
mandato absoluto, como por cariño. Ese és el defecto 
capital de ese hombre; pero el cual defecto, se puede ma- 
nejar; és decir: vencerle con la estratejia que designa la 
capacidad del defecto. 

“En cuanto ¡i Inés; repito, que dispondré de ella en 
este asunto” y tocando su frente como para evocar la 
memoria, añadió — no sé si algo lie olbidado todavía! pero 
si algo ha quedado en blanco, en la ecsibiciou de este 
plan verbal; protesto al señor Anjcl Picotti, que ese blan- 
co se llenará! Están aqui los recursos — dijo señalando á su 
cabeza, y sonriendo satánicamente. En seguida, tomó su 
cartera, de la cual sacó y ecsaininó la letra de cambio 
que Alfredo le habia entregado. 

— “ Está en forma añadió doblándola y encerrándola 
en la misma cartera; la que guardó en un cofrecito pe- 
queño, cuya llave de oro, pequeña también y cincelada 
con maestría, como todas las obras de Lemonnier y de 
Bapst; pendía de la larga cadena que adornaba con tan 
inesplicable petulancia, su relé. Después: pasó á la ha- 
bitación de su madre, diciendo para sí, al entrar — “Pru- 
dencia y tino! éh, ahi el resorte de vida!” Anjcl entró, y 
ya estaba su madre alli. 

Anjcl — Y como vá Inés, madre? 

Doña María — Un poco menos febril: pero sufre mu- 
cho. 

Anjel, con melancolía — Pobre! 

Doña María — Ah! si: pobre! todo lo ha perdido hasta 
su hija! 

Anjel — Pues es necesario reparar esa falta. Antonio, 
ha sido demasiado fuerte: ha sido bárbaro sin tener ni el 
derecho de haber dado una opinión sobre eso! 

Doña María miró asombrada á su hijo: pareció como 
que quería corroborar una idea: y respondió: 


204 


— Es verdad hijo inio: és verdad! Antonio no ha debi- 
do de mesclarse en nada: eso es atropellar el fuero de la 
familia, y nosotros salimos honrados de nuestro pais y 
así debemos de acabar nuestros dias. Ademas; yo quie- 
ro admitir por un instante, que Inés fuera culpable — lo 
que jamas creeré — pero de cierto, repito, que no era á sus 
hermanos de sangre, á los que Dios, ni la sociedad, les 
daba el derecho de estampar el zello de la deshonra en su 
apellido, que és el de ellos! Y el marido Dios mió! el 
marido ha sido un hombre cruel, é injusto: no ha juzga- 
do: ha prejuzgado: y és claro que ha errado, decía bajan- 
do la voz. Esta és una confianza que te hago á tí solo ; 
porque no conviene que Inés valore á su marido, pues 
desgraciadamente para ella, y para él, le hallará muy ba- 
jo, para lo que ella vale. 

Anjel — Y vos eréis madre, que una mujer intelijente 
como Inés, necesita de esa revelación, para valorar la en- 
tidad del hombre que la dieron por esposo? Habéis olbi- 
dado aquel grito desgarrador, cuando mi padre la anun- 
ció, que lo salvaría de la deshonra casándose con Lemai- 
tre? No visteis, ó mas bien, no vimos todos, su repulsión 
á aquel hombre, hasta el último momento, en que, obe- 
diente y resignada, marchó lenta, pálida, trémula y llo- 
rosa al altar, sin poder ella misma ocultarlo ? Después 
de casada: se la ha visto una de las sonrisas de alegría que 
adornan los labios de las que se han desposado bajo el 
álito del amor ? J amas ! 

Y luego, madre; la deformidad de ese enlace, debia 
al porvenir grandes y dolorosas consecuencias. Unir quin- 
ce años con cincuenta y seis, és lo mismo que unir el 
agua con el sol: la tierra con el Cielo! 

Doña María, á cada instante mas asombrada: 

— Es verdad ! és verdad! Pero que ella no lo oiga: que 
el inundo no lo comprenda ! 

Anjel — Que ella no lo oiga! que el mundo no lo com- 
prenda! y que necesidad tiene ella de oirnos, y el mundo 
de comprenderlo! Ella, tiene en el alma vozes que la re- 
piten las verdades que sus ojos están viendo. El mundo! 


— 205 — 


Le eréis completamente negativo sobre la verdad, eter- 
namente, madre? No: por desgracia hasta en eso os han 
engañado ! Yo que practico menos las teorías relijio- 
sus que a os, os dire que el mundo no és tan malo como 
03 han pintado; mas malo es cada individuo de él, aisla- 
damente pal a sus semejantes, que el mundo entero para 
cada sei. Oespues; acordaos que hubo un hombre, que 
ai ii a efectuarse esa boda, dijo delante de una inmensa 
cantidad de personas — “ Inés va á ser sacrificada á la 
ambición de su familia; familia que la hace tomar por una 
fortuna una cruz: y bien: Inés será desgraciada! Sus hi- 
jos lo serán: y ese hombre que vá á ser su marido, llega- 
rá á sentir el pezo desolador de esa verdad, cuando le sea 
imposible romper la cadena que su torpeza ha formado: 
cadena que se ha tejido con las flores agostadas de mi 
amor; y por eso; cada eslabón encerrará una espina! ca- 
dena que se trocará en grillos sangrientos que marcarán 
cada pisada de ese malvado, con gotas de la sangre de mi 

corazón!” Esas palabras, madre, las pronunció 

Claudio Prado; e 1 amante de Inés: el hombrea quien ella 
amaba ciegamente; el misino que murió de pasión por 
ella ! 

Doña María, santiguándose — Dios lo haya perdonado; 
y Dios me perdone, si en el secreto de mi conciencia, creo 
hoy, que habría sido Inés mas feliz con él, que con Le- 
maitre ! 

Anjel — Ya lo creo madre: y ved como se ha cumpli- 
do la predicción suya! Oh! dicen bien, que los buenos , 
que son los que saben amar profundamente, cuando abren 
sus laviosal porvenir, dicen verdades escritas por la ma- 
no de la Providem a ! 

Doña María — Si, se pudiera remediar el mal ! 

Anjel — Cual? el del casamiento; esr ¡olo lo divide el 
espacio trazado por el destino; una tumba: inas el mal 
de una separación temporal, eso ya és diferente. 

Doña María — Y como hijo mió: como? 

Anjel, con una fría aparencia — Deshaciendo la obra de 
Antonio sin que lo sospeche, ni mi padre, ni Antonio, y 


tratando de que el odio injusto de Inés contra mi, pues és 
injusto, vaya degradando su fuerza delante del trabajo 
ventajoso para ella; del sacrificio del tiempo, y de la ab- 
negación de mi vida entera ! 

Doña María, irradiada de alegría — Y querrías empe- 
zar desde hoy tu trabajo hijo mió; tu trabajo de herma- 
no; tu trabajo de santa virtud'? 

Anjel sintió que sus mejillas tomaban el color de la 
incógnita vergüenza, á aquellas palabras de su madre. 
Doña María — Habla hijo; lo quieres ? 

Anjel — Si madre, si: mas veamos como se empezará. 
Doña María- — Habla, en nombre de Dios y de tu alma! 
Anjel — Se trata por ahora, de una entrevista necesa- 
ria para combinar un plan salvador; y esa entrevista, 
debe de ser de Alfredo de Riera, con Inés. 

Doña María, asombrada — Alfredo de Riera en nuestra 
casa! El motivo de la desgracia de mi hija; el motivo de 
todos los males que han empezado á quebrar la paz, la 
felicidad de esta casa! estas en ti Anjel? que és lo que 
pretendes? 

Anjel, fríamente — Pretendo salvar á Inés; y para ello 
he buscado los medios. Habiéndoles encontrado les pon- 
go en práctica, ya se llame Juan, ó Alfredo el designa- 
do por la oportunidad, para realizarlo. Pero algo mas: 
vos eréis de buena fé, que Alfredo de Riera és la causa 
de la separación de Inés, del lado de su marido y de su 
hija? 

Doña María — Si; y quien mas sino él? 

Anjel — Pues estáis torpemente engañada! Aqui: solos 
los dos; la decía levantándose y acercándose ásu madre 
confidencialmente — yo os voy á hacer una revelación, 
que me jurareis no comunicarla jamas, ó nadie en este 
mundo! 

Doña María, ajitada — Lo juro por el santo nombre de 
Dios ! 

Anjel — Bien: Alfredo es inocente! 

Doña María — Inocente ! pués no és el preferido en el 
cariño de Inés ? 


- 207 


, Aoje 1 — No: inés no le conocía. La primer» vez que 
le vio fue la noche del baile de Márquez; noche en que 
Antonio fuiguo su plan; plan que había veietado hasta 
entonces en su cabeza sin poder arraigarse, y que esa 
noche, la casualidad le favoreció, presentándole un me- 
dio, la cercanía de Alfredo á Inés, que sin duda, solo era 
una galantería; y ella fue bastante, para darle ocasión de 
pouei en piáctica^u proyecto. Kntonces, para que su 
pensamiento se basara; enlazó el nombre de ese pobre 
inocente, que como Inés debía de sufrir sin razón, \ el 
de Magdalena Artey, como cómplice, Lien fácil era, ha- 
cer aquel plan accesible á la credulidad de un marido 
sin espíritu y sin grandeza, y de la credulidad del mun- 
do, que se deja gobernar, por id brazo del que dá primero. 

Dona "María — viera posible hijo? preguntó subyugada 
por la sorpresa que la causaba aquella revelación ; y en 
seguida dime: esa otra acusada, quién és? 

Anjel — Todo lo que os digo, madre, se puede escribir 
sobre las tablas del Evanjelio! (lo que callaba era lo que 
no se debía ni podía escribir en esas rabias sagradas de 
la verdad) el nombre de esa acusada és Magdalena 
Artey. 


Doña María — Magdalena Artey no és su cómplice? 
Anjel — Cómplice de qué y de quien, señora ? No os re- 
pito que Inés és inocente; que Alfredo lo és, que Magda- 
lena lo és, pues no cosiste el delito ? 

Doña María, ajilada como si temiera verse acusada por 
su propio hijo — Luego quienes son los culpables ? 

Anjel, acercándose á su madre con aire grave: 

— Escuchadme madre! Queréis saber los nombres de 
los culpables? pues bien, empezad por Antonio, y aca- 
bad por el último de nosotros; pues (pie todos, hemos 
dado oidos á las torpes sinrazones del primero. 

Doña María hace un jesto de duda, Anjel prosigue: 

— Nosotros, si; nosotros hemos representado los roles 
mas bajos, mas incalificables, que una familia, podia acep- 
tar gratuitamente para su deshonra; para la denunciación 
de un carácter de maldad, difícil de pintar ecsactamente 


— 20S — 


por inspiración, al vivo. Las victimas han sido Inés, Al- 
fredo y Magdalena; pero lo que sorprende és que entre 

Inés en ese número, siendo nuestra propia sangre! — decía 
con una apariencia de relijion profunda— y nosotros, ma- 
dre, hemos levantado la mano de la deshonra sobre ella: 
hemos manchado injustamente la corona de fidelidad que 
cenia su frente y respetaba su marido y. — oidme ma- 
dre ! si no reparamos esta falta, Dios Castigará esta casa, 
con su eterna maldición, como castigó al pueblo Hebreo 
en la hora de su mas grande elevación! .... 

Doña María se santiguó en silencio; Anjel prosiguió: 

— Bien veis madre, que yo no tengo que esperar la 
menor retribución de esta obra, sinó aquietar mi con- 
ciencia. Inés dirá, si yo no fui el que le pronostiqué, 
cuando ella colmó de bondades á Antonio,, que él ven- 
dida á ser un Caín para ella ! ” 

Doña María — Válgame Dios ! será cierta esa horrible 
revelación'/.. ..Pero por que no ha de serlo? — añadia pen- 
sativa — que interés tienes tu, en desfigurar los sucesos, y 
hacer culpable á un hermano por salvar al otro ? Ade- 
mas: yo recuerdo que tu también, caistes en la tentación 
de creer algo. 

Anjel — Si: lo confieso y me arrepiento como lo veis. 
Pero aquel Antonio era un ecselente obrero, y queria 
conquistar adeptos! Sin embargo; ya lo estáis viendo; un 
momento de error ha sido reparado con la santa volun- 
tad de indemnizarla á costa de sacrificios! 

Doña Mari a — Oh! debe de ser verdad que Inés és ino- 
cente, cuando tu lo dices; — afirmaba la señora con una 
candidez maternal; y como si dentro de su espíritu se hu- 
biera levantado la voz de Dios, eselamó súbitamente ca- 
yendo de rodillas: 

— Dios mió! Inés és inocente ! Inés está sufriendo los 
martirios de una falsa acusación; asi sufrió Jesús de sus 
perseguidores y muy pocos lo comprendieron! Hija mia! 
añadia llorando y juntando sus manos sobre el corazón; 
Hija mia ! eres inocente ! Una de esas revelaciones inti- 
mas, me lo repite, y eleva en este instante mi alma has- 


— 209 


ta la r ejión de lu verdad; yo la veo pura, ilesa del error de 
que la acusan. 

Y con una entrañable fé prosiguió: 

Del misino modo que has iluminado mi espíritu, y 
el de Anjel; dígnate iluminar el de Lemaitre, el de Ant f- 
nio y el de su padre! vuelva la luz y la felicidad á esta 
casa! vuelva Inés á su paz; á su alegría! 

Anjel mirando de través á su madre de rodillas Y 

bien madre: consentís ahora en que venga Alfredo? 

Doña María se levantó enjugó sus lágrimas, y como si 
temiera que con su absoluto beneplácito, pudiera come- 
ter un error: como todo ser débil, sintió apagarse la 
iluminación de su alma, y levantarse trémula, la figura 
pálida fría de la duda: y dijo con tono incierto: 

— Si és absolutamente necesario !. . . .Pero hay que 
consultar átu padre; A Antonio. . . . 

Anjel — Ni uno ni otro lo sabrá! Rechazo vuestra idea 
ile consultar, como á mi padre, á Antonio. 

Doña María, ajitada — Entonces manos á la obra. Dios 
no me tomará en cuenta el error, si le cometo, pues me 
induce á ello, una santa intención; la salvación de mi hi- 
ja! y cuando empiezas Anjel? 

Anjel — Pasado mañana, á las 1 0 de la noche. 

Doña María — Donde? 

Anjel — En esta casa: en mi habitación. 

Doña María — Y los criados? 

Anjel — Entrará como un amigo: ademas, aqui nadie 
le conoce sino Antonio: pero por todo evento traerá un 
sombrero de alas amplias, que cubrirá su rostro. 

Doña María — Y yó 

Anjel, interrumpiéndola — Entrareis cuando yo os lla- 
me, y os resignareis ; pués se hace el trabajo de la salva- 
ción de vuestra hija! 

Doña María — Pero tu estalas con ellos, entretanto? 

Anjel — Es claro ! mas juradme un profundo secreto de 
todo y por todo! 

Doña María — Lo juro! Dios te proteja! 

14 


— 210 


Anj el— Silencio; firmeza de espíritu, docilidad á mi» 
planes y todo marchará bien! 

Doña María — Lo he jurado! 

Madre é hijo se separaron: Anjel, para salir á la calle, 
Doña María para ir á hablar á Inés, que d< sperta \ á, ha- 
bía pronunciado el nombre de su hija involm tariamente. 

La madre se acercó á su lecho, y tocó con sus manos, 
trémulas todavía de las sensaciones sufridas, la acalentu- 
rada frente de la enferma. 

—Madre! dijo esta, sintiendo sin duda por la emoción 
del tacto, la aprocsimacion de su madre. Doña María ha- 
bló sin perder tiempo. 

— Hija mía! tengo una gran noticia que darte! 

Inés — Gran noticia! Esas palabras tienen dos faces; 
una buena y otra mala: para mi, solo debe de tener la úl- 
tima! Osrefereisá la partida de mi hija? 

Doña María — Esa no seria una noticia por dar Inés: 
pues desgraciadamente és un hecho. 

Inés — Pues entonces; á mi no se me puede hablar de 
felicidades. 

Doña María — Confianza en Dios hija mia! confianza 
en Dios! 

Inés — Ah! si: la tengo, y creo por esto, que serán cas- 
tigados mis enemigos! 

Doña María — Eli ahi lo que yo vengo á decirte: no 
precisamente á anunciarte ese castigo, pues solo perte- 
nece a Dios, hija mia: sino á anunciarte, que en la mis- 
ma hora de la ausencia de tu marido y de tu hija, se le- 
vantan en tu favor, dos personas para salvarte. 

Inés se incorporó súbitamente en el lecho, y con una 
voz tomada de la mas viva ansiedad, preguntó — Y quie- 
nes son esos buenos? 

Doña María — Alfredo de Riera y Anjel Picotti ! 

Inés dejó caer la cabeza sobre la almohada, como si la 
antítesis que ecsistiá entre el bien y Anjel, hubiera 
anonadado todas sus esperanzas, al ir á abrir sus labios 
para bendecirlas. Doña María prosiguió — 

— Anjel quiere, y necesita hablarte hija: en las gran- 


— 211 — 


des circunstancias de la vida, és necesario doblar el al- 
ma, y someterla á ciertas ecsijencias. Después, Inés de- 

cía tomándola las manos — yo tengo la confianza, de que 
Anjel, te vá á mostrar la verdad clara y perfecta, como 
la lúz que brilla eu el Cielo en un dia templado y sere- 
no! 

Inés murmuró como si soñará — El ! 

Doña María — El: si: él! Acepta su visita: tu madre te- 
asegura que no te pesará: A veces los culpables, no son 
los acusados hi ja mia! .... 

Inés, como iluminada — Oh, si! és verdad: los culpables 
son los acusadores casi siempre: en ese número entra él; 
ese Anjel que hoy solicita verme tal vez para pagarme 
con una irónica sonrisa, todas las bondades de mi vida 
entera ! 

Doña María — Estas injustamente prevenida contra él: 
piensa sobretodo que és tu hermano! 

Inés — Es mi enemigo y ha contribuido á mi desgracia! 

Doña María — Xo! nó! te han engañado! óyelo: te lo 
ruego: óyelo, tu madre que tanto sufre, lo ecsije de tu 
cariño hija mia ! . . . . 

Inés la contempló un momento, y con un tono digno 
de la gran sacerdotiza Druida, respondió: 

— Está bien señora y madre! Mas de una vez, sereis 
vos, laque decida de mi vida social, y quiera Dios, que 
no os engañéis nuevamente como os ha sucedido antes de 
ahora ! 

Doña María — Xo hija; nó ! una voz interior me dice 
que no me engaño. Es la primera vez que te hablo asi; 
con esta confianza íntima y poderosa: sigue mi consejo; 
Dios te protejerá ! 

Inés se contentó con hacer un signo de gracias con la 
cabeza y callaron las dos. 

Anjel por su parte, había ido á recorrer la ciudad, para 
tomar sin duda en el aire, inspiración para sus planes, que 
nada tenian sin embargo de metafóricos; sino al contra- 
rio del plástico perfecto de los gustos de Vespasiano. que 


— 212 — 


estimaba en menos las estatuas que se le erijian á su 
gloria, que el valor intrínseco de ellas. 

Un algo de preocupado, se advertía, á golpe de ojo, en 
el lento paso de aquel hombre; y por poco conocedor que 
fuera el que le viera; se le habría ocurrido al momento, 
pensar que meditaba algún proyecto. 

En fin: volvió á su casa á las ocho y media de la no- 
che, y encontró en su habitación, sola á su madre. Esta 
le refirió todo lo que Inés le había dicho. Sin duda él 
contaba con algo mas, y mucho menos, favorable á su perso- 
na; por que recibió la participación del resultado, con vi- 
sible alegría, y dijo á su madre : 

— Mañana hablaré á Inés: pasado mañana vendrá Al- 
fredo. 

Doña María se santiguó como si oyera el nombre de 
Satanás; Anjel lavió y con marcado disgusto la dijo: 

— Madre; ya és tiempo de abandonar esas formas tan 
impertinentes y tan éstrañas al siglo en que vivimos. 
Alfredo és inocente; Alfredo ademas és bueno; caballero 
como hay pocos y. . . . 

Doña María — Basta: basta hijo! salva á tu hermana; 
salva á mi hija! 

Anjel se retiró satisfecho de sí propio á su habitación, 
y dijo sencillamente para sí : 

— Eh ahí un diabien empleado! Tal vez pocos hom- 
bres especuladores, de los que cifran la fortuna en las 
grandes eventualidades; hayan acertado alguna vez de su 
vida, á ganar tres mil pesos en una ó dos horas; y á la 
vez, hayan como Cristóbal Colon descubierto el nuevo 
mundo prometido ásus mas felices y elevadas esperan- 
zas del porvenir ! 

Bajo el calor de esta refleecion en la cuál parecía que 
el ánjel del mal tendía sus álas deslumbradoras sobre su 
frente, acariciándola con promesas de un jénero irresisti- 
ble; Anjel, el especulador de la buena fé humana, el 
apóstol del disimulo y de la mentira, se quedó dormido. 
Sin duda soñó, con mil imájenes diversas como, los Epi- 


«odios de la opulencia fabulosa de Monte-Cristo, ó acaso 
con el poder deslumbrador de los Césares. 

Al siguiente dia, después de haber confeccionado nue- 
vamente el molde de sus planes; se dirijió á la habita- 
ción de Inés haciéndose anunciar por medio de su ma- 
dre con estas simples palabras : 

— Hija: Anjel viene á verte. 

Inés, hizo una señal imponente y afirmativa, y la ma- 
dre hizo entrar á Anjel. 

Nadie habría podido trascender en el espacio de aque- 
lla cara, de aquel paso tanquilo, de aquel ademan frió, 
ni el siniestro proyecto que avasallaba, bajo aquella cor- 
tesa una alma alimentada con el jérmen destructor, y 
constructor del mal; ni menos haber sorprendido una 
lijera impresión al ir á hablar con una persona que le 
había arrojado de su casa. 

Anjel permaneció impenetrable todo el tiempo de su 
visita. 

Inés estaba trémula: sus lavios se habían enfriado, y 
palidecido netamente, á punto de creér, que el contacto 
de la nieve, hubiera tocado sus bordes. 

Doña María tomó la palabra. 

— Hija mia! Anjel tiene que hablarte sobre cosas de 
grande importancia para tí: escúchale, yo me retiro. 

Inés tendió una de esas miradas avaras ácia la puerta, 
como si quisiera con ella impedir la salida de su madre, 
y pedirla acaso, una protección que ella misma ignoraba 
qne la pedia. Pero súbitamente se reconcentró, volvió 
los ojos á Anjel que estaba de pié, como un recien-veni- 
do, esperando la señal de fijar su postura honrosamente; 
y con voz alterada, dijo á la madre y al hermano. 

— Haced como gustéis madre; y vos, sentaos. 

La madre se alejó, y Anjel obedeció en silencio. 

Por un espacio como de tres segundos, reinó aquel 
grave silencio; al cabo del cual Anjel creyó que debía de 
romper su estrecho y sombrío broche, diciendo .* 

— Creo que te habrá impuesto mi madre, Inés, del 
deseo y la necesidad que tenia de hablarte 


214 


Inés sintió enrojecérsele las mejillas al oir aquellas 
palabras — deseo de hablarte; pero fiel á la promesa hecha 
á sn madre; se reconcentró nuevamente, y con un tono 
digno respondió : 

_Mi madre me había hablado sobre esto con empe- 
ño; y á ella, yo no puedo negarla nada! he consentido 
pues, en esta entrevista. 

Anjel pareció no haber oido aquella injuria directa, y 
solo trató de ir al fondo del asunto. 

— En circunstancias escepcionales, el que intenta un 
proyecto, toma sus medidas, sin fijarse de donde le vienen 
los medios. Yo creo y he observado, que á estas resolu- 
ciones estreñías, se deben las mas grandes realizaciones 
individuales, como j enerales, que en el siglo actual, so- 
bre todo, se ven palpitar como testimonios del progreso 
del espíritu humano. 

Inés desvió sus ojos de aquel ser, que según ella no era 
otra cosa, que un autómata: ó un mal arbitrio que se 
movía contra la superioridad de las cosas establecidas, 
pero siempre por la impulsión ajena. Mas, desgraciada- 
mente Inés se equivocaba sobre esto tan tácitamente, 
que si Anjel hubiera podido sorprender aquel secreto 
pensamiento; se habría sonreído de compacion. 

Anjel prosiguió en sus reflecciones. 

— Ño son pues, los seres mas felizes, aquellos que tie- 
nen mejor corazón 

Inés iba á interrumpirle; iba á decirle “ malvado! eso 
lo sabes prácticamente ” pero volvió á acordarse de la 
promesa á su madre, y quedó muda. 

Anjel prosiguió, habiendo observado el esfuerzo por 
contener Ja ira, de su hermana, como si nada hubiera 
notado. 

— . . . . Y esos buenos, tienen que pasar por un catá- 
logo de suposiciones rastreras; de intrigas obscuras, en las 
que van envueltos no solo los nombres superiores de los 
personajes del cuadro; sinó ta?itos otros, que mésela á pla- 
cer la ambición ó la envidia. . . - dijo mirando á Inés al 
través de sus pestañas, y viéndola ponerse encendida 


— 216 — 

nuevamente: mas como si fuera un estúpido, qué nada 
observaba, añadió. 

— Pero és necesario convencerse! Dios és un encarga- 
do portentoso y seguro, de toda justicia sobre la tierra; y 
mas que de ningunas otras, de las de esa clase. Por con- 
siguiente, no hay sino apoyar bien el propósito de la fé ; 
y caminar por la senda, que la eterna s biduria marca, 
como la senda iniciada para el tránsito de las aclaraciones 
de los delitos humanos ! 

Inés, pareció, no sorprendida; no cansada de aquel ec- 
sordio; sinó impaciente. 

Anjel lo estaba resintiendo á cada pulsación de su co- 
razón; pero no le convenia manifestarlo; y con profunda 
sangre fria prosiguió. 

— Y bien Inés: yo he tenido necesidad, y deseo de ha- 
blarte; porque se trata. . . .és decir: — tratan de modificar 
tu posición, cerca de tu marido y de tu hija. — y. — 

Inés alzó la cabeza; le contempló un breve instante, y 
se sonrió amargamente. 

Anjel prosiguió : 

— No creo que he debido de pasar en silencio esta 
oportunidad favorable á tu porvenir, Inés; y si permites, 
te esplicaré la manera con que tratan de efectuarlo. 

— Inés. En primer lugar — Quienes son las personas — 
pués parece ser mas de una, según vos — nidadas para tal 
objeto. En segundo lugar:— que intentan, clara y neta- 
mente. 

— Anjel — Una de las personas és, Alfredo de Riera — 
dijo aparentando una injenuidad admirable. 

— Inés — Cosa rara! Ün hombre desconocido para mi: 
acusado por mis detractores, delante de mi propio mari- 
do, y aún por él mismo!. . . .v lijó sus ojos de un negro 
resplandeciente en la fisonomía estéril de Anjel; — este 
se limitó á responder. 

— Sí, Inés: Alfredo de Riera és el único hombre que 
puede reunirte á tu marido y á tu hija, pues és el único 
que le cabe tomar algún interes en este asunto; las razo- 
nes las alcanzaras por las intrigas suscitadas: y apesar de 


<{ue entro tus detractores, me han designado corno uno 
de los que componen ese número; yo me propongo de- 
mostrarte con hechos, el error en que yo cai por un ins- 
tante; tu error de creerme culpable, y mi verdadera po- 
ción, en ese episodio de tu vida. 

Inés meditaba sin duda; pues habia inclinado invo- 
luntariamente la hermosa cabeza en las manos; y esa 
postura denunciaba, ó sufrimiento, ó meditación; — nos 
inclinamos á creér que meditaba: — Anjel prosiguió : 

— Por ahora, (pie te baste saber que, yo soy no sola- 
mente tu hermano de sangre, sino tu mejor amigo; que 

voy á sacrificarte mi posición, mi vida, mi porvenir y 

después de esto, tu, Inés pensarás de mi, como quieras. 

Inés estaba llorando con la verdadera efusión del 
bueno, que los sonidos; no digamos ya, las acciones de 
afecto y de abnegación, irritan dulcemente su fibra ce- 
leste, y le arrastran, hasta amar al malo — hasta perdo- 
narlo ! 

Anjel se habia como refundido involuntariamente, en 
un espíritu mejor que el que le dominaba siempre; y 
aquel rostro mezquino y sin un borde siquiera, que reve- 
lara la ecsistencia del ánjel verdadero; habia tomado un 
aspecto viváz, al parecer iluminado. 

— Si, proseguía — Yo soy tu mejor amigo; mas, Inés, 
— dijo acercándose á ella, y tomándo sus manos entre las 
suyas: — Seré tu salvador ! 

Inés enjugó sus lágrimas, como si la punta acerada de 
la duda, hubiera tocado su corazón, y respondió : 

— Las peripecias de mi vida, me han hecho incrédula, 
y puede ser, que llegue, hasta á ser cruel algún dial — 
No estrañarás si te digo, aunque estoy conmovida, aun- 
que me ves que lloro, que dudo. . . . 

Anjel recojió sus manos depositándolas en sus bolsi- 
llos, y dijo sin rencor : 

— No lo estraño: te han hecho dudar!. . . .Pero yo te 
daré por cada duda, cien hechos en tu favor, y me dirás 
después, que piensas, repito. 

Inés iba á hablar, en el momento que apareció su ma- 


<lre, y con ojo inquieto, investigó el estado de las relacio- 
nes de aquellos dos individuos, por la espresion de rus 
fisonomías. En seguida, se adelantó ácia ellos. 

—Y bien lujos niios — dijo; — os puedo estrechar i untos 
entre nns brazos ? 

Inés se puso de pié, tendió sus manos ácia su madre, v 
Anjel se acercó á Inés, como si ella hubiera hablado.— 
Dona María los estrechó á su corazón á entrambos, y dijo: 
Inés: consientes en que tu hermano Anjel, de acuer- 
do con ese jóven Riera, sean los encargados de tu suerte 
en la tierra'?. . . . 

Inés — Consiento. 

Doña María— Dudas aún? 

Inés— Ese és un secreto eselusivamente para Dios. 

Anjel — No importa: Por ahora basta: solo quiero sa- 
bei paia cuando designas la visita de Alfredo: és necesa- 
rio que sea lo mas pronto posible! 

Inés — Fija tu, el dia. 

Anjel — Mañana á las diez de la noche: te parece bien? 
Aceptas que esa entrevista sea en mi habitación? 

Inés — Quedo conforme en todo. 

Anjel — Ahora, adiós Inés ! adiós madre ! Rogad ma- 
dre y hermana, por que Dios inspire las cabezas de los 
que intentan la salvación del bueno ! 

Doña María — Dios vaya contigo ! 

Inés quedó en silencio, sometida á la influeneia invo- 
luntaria, de aquella voz destemplada, hueca y fría, que 
parecía haber equivocado las ideas y las formas en aquel 
momento; pués tal vez, literalmente traducidas, no ha- 
brían esplicado sino el bien, hecho por el mal , en una 
misma senda, para obtener una sola cosa: la realización 
de la mas profunda y negra ambición humana. 

Anjel por su parte, entró á su habitación, y dijo para 
si, estas pocas palabras. 

— Necio del hombre, que forma un plan absoluto, 
para algo de la vida; y no pone un apéndice que diga — 
“ si las circunstancias, le dejan desarrollar en su esten- 
sion”. Y sinó véase un ejemplo favorable; pero un ejem- 


pío Yo no quería aparecer sino de perfil por ahora, en 
la obra, delante de Inés: y una palabra, ha hecho que ya 
quede de relieve, en la ecsibicion de los personajes. 

« me quejo — anadia sonriendo — solo si, que he- 
mos andado mas pronto de lo que jo espeiaba!^ 

“ Ahora á Alfredo: en seguida á Antonio! Inés se sal- 
va! Antonio caé: yo salgo de entre la sombra en que los 
olbidos de Lemaitre y toda la familia, me han arrojado, 
como una estrella de entre un tropel de nubes. . . - Ah! 
dijo con una espresiou de embriaguez, y mirando la ho- 
ra, en su magnifico reló: 

— El porvenir és mió ! 


ENTREVISTA 


CAPITULO XXIV. 


A las diez de la noche del siguiente dia pasaba una fi- 
gura misteriosa y grave por la galería cenada de crista- 
les, de la casa de los padres de Inés, acia la habitación 
de Anjel, que estaba muellemente reclinado en un divan 
y con la elegante pipa de ambar encendida y observan- 
do los grupos de falsas nubes, que formaba el humo en 
derredor de su cabeza. La figura misteriosa se detuvo al 
acercarse ; tocó dos veces con la punta de un bastón 
delicado la puerta; como señal convenida, y Anjel salió 
á recivir la visita que esperaba sin duda. 


— 319 — 


Adelante; dijo con una amabilidad poco común, y 

presentando su mano amigablemente á Alfredo; pués era 
“1 • 

Este en ti o cubierto de una capa obscura, con un som- 
brero de castor negro, á imitación del jockey, un poco 
acia los ojos; pero ataviado bajo la capa, con la seria ele- 
gancia de un hombre que venia á un negocio de honor y 
de salvación ajena: si bien no había olvidado que iva á 
estar delante de una victima hermosa. 

Después de los cumplimientos de estilo, Anjel trató 
de vindicar la visita á los propios ojos de Alfredo, dicien- 
do : 

— Y bien: ya será tiempo de que venga Inés? 

Alfredo — Y ha consentido?. . . . 

Anjel — He triunfado! 

Alfredo — Luego se oponía! .... 

Anjel — Repito que he triunfado! 

Se vio pasar una sombra de duda propia ó ajena, por 
sobre la ancha frente del mancebo, como si le dijera — 
Será contra mi esa tenacidad, será contra este hombre? 

Pero quedó en silencio. Anjel entonces, tomó la pala- 
bra y dijo:— Permitidme, voy á traér á mi hermana: — y 
salió. 

Alfredo sintió renadar su corazón, en la sangre ajitada 
por las sensaciones; y empezó á pasearse á lo largo de 
la habitación. Muy poco se habría pasado, cuando apa- 
recieron en el dintel de la puerta las dos figuras de An- 
jel 4Incs> que semejante la de esta, á la santa Jenoveva 
de Mr. Gigoux, parecía que ofrecía su cuerpo al mar- 
tirio de los sacrificios, cuya estencion media en él silen- 
cio, su alma infinitamente grande de virtudes. 

Anjel con un aspecto risueño, mas bien que severo; y 
dando la mano á Inés. Esta traía un traje de muaré ne- 
gro, neglijente, abrochado desde el pedio con lazos de 
raso muerto; los cabellos suspendidos por una peineta 
de acero, y una escofieta de blondas negras, cuyos ador- 
nos caían completamente descuidados sobre los hombros 
de un dibujo correcto y suave. 


Ai ver á Alfredo se estremeció; Alfredo se acercó ¡i 
ella y dijo con esfuerzo: 

-Señora; perdonadme, si me atrevo ¡í solicitar vues- 
tra bondadosa induljencia, para que os digneis escuchar- 
me sobre un punto que contiene el episodio mas grave 

de vuestra vida. . 

Inés se inclinó suavemente como si dijera “acepto, pro- 
seguid ” y Alfredo prosiguió después de haber esperado 
á que tomara asiento Inés, y de haberle tomado él, á su 
vez. 

— Señora; la calumnia pretende marchitar las azuce- 
nas de vuestra casta vida; y és necesario levantarse para 
impedirlo: para impedirlo á costa de todo! Vos no sois 
solamente una dama, individualmente hablando, á la cual 
un hombre leal, debiera de presentarle su apoyo caballe- 
rescamente; sois esposa y madre intachable señora; y es- 
tos títulos primero que aquel, deciden mi voluntad, para 
contrarestar el bárbaro empeño de la intriga, que la am- 
bición mas baja, ha desenvuelto contra vos. No se trata 
en este momento de esclarecer el porqué de ese marasmo; 
sino de conducir oportunamente al desarrollo de esa tela 
á los mismos que la han trabajado; para que los ciegos 
vean la luz, y caigan los que deben de caér, bajo la seve- 
ra y portentosa justicia de Dios. Con este solo objeto, 
he pedido á vuestro hermano y amigo, que me presenta- 
ra á vos señora. 

Inés fijó sus ojos relucientes en su hermano y amigo; y 
como si hubiera pedido al concurso de sus facultades, de 
percepción, la protección del disimulo y la voluntad, 
respondió á Alfredo, dejando de contemplar á Anjel: 

— Caballero; aunque mi hermano y amigo, no me ha 
dicho aún, uua palabra, ni para presentaros ante mi, os 
creo demasiado noble para atropellar un fuero que no se 
os hubiera concedido; és verdad? preguntó directamente 
á Anjel, y fijando en su fisonomía una de esas miradas 
escrutadoras. Anjel contestó: 

Inés; yo no he hablado, por que el señor Alfredo de 
Riera, á quien tu conocistes en el baile de Márquez, sa- 


be toda la sociedad de este país, que és un caballero, y al 
pión un ciar el una palabra, ya és de presumir que tiene 
el derecho de hacerlo. Ademas: yo os habia prevenido 
de esta visita y del motivo; perdona si he faltado única- 
mente^ á la forma de la presentación. 

—En este caso, respondió Inés, dominada de una im- 
piesion indefinible; nada tengo que agregar, proseguid 
caballero añadió, en seguida con dulce majestad ¡í Al- 
fredo. 

Este, dió las gracias y continuó: 

— No sé todo lo que aventura un hombre desconoci- 
do como yo lo soy para vos señora, ofreciendo su vida; la 
abnegación mas perfecta, para ponerlas en juego y acla- 
rar el doloroso misterio que os separa de la felicidad, cu- 
briendo la verdad con la túnica de la impostura; pero lo 
que sé afirmativamente és, que si mucho arriesga, mucho 
honor le cabe en la lucha, y muy noble será la corona de 
espinas que ciña su cabeza por tan digno y valioso ob- 
jeto. 

Inés, conmovida — Gracias caballero. Las almas <jue 
han conocido el dolor: que le sienten, desgarrando las fi- 
bras de su vida; que le oyen murmurar para el porvenir, 
promesas de perdurable llanto; las almas que han sido sa- 
crificadas á un destino, contrario al símbolo escrito; esas 
almas solamente, sabran valorar y agradecer toda la ab- 
negación; todo el martirio de esa lucha; todo el esfuerzo 
sublime del proyecto; toda la constancia que se necesi- 
ta poseér, para, proseguir en un camino, en el cual, vais 
á aventurar un nombre; acaso una fortuna! .... 

E instintivamente, miró á Anjel al pronunciar aquella 
última palabra; y Anjel, jugó instivamente también, co- 
mo para ocultar su emoción, con la cadena del relé de 
tradición. Alfredo contestó: 

— Señora: Aqui no hay sacrificios; no hay virtud: la 
recompensa, vá en la obra. Mi plan és mostrar vuestra 
inocencia; probarla á vuestro marido como al mundo, y 
volveros al seno de vuestra familia! .... 


— 222 — 


Inda se puso de pié, y tendiendo su mano á Alfredo, le 
dijo; 

Amigo mió ! permitidme desde lioy, esta santa pa- 
labra! Yo estoy conmovida! Por la segunda vez de mi 
vida escucho estas vozes del bueno, que se interponen, 
entre el océano del mal, como para salvará la humani- 
dad dolorida ! Vuestra palabra y la de Magdalena Artey! 

Anjel se mordió los lavios, y Alfredo se inmutó. 

— Magdalena Artey! repitió. 

— Si, respondió Inés. Magdalena Artey, esa mujer 
piadosa, que sin inclinar la cabeza ante las pequeñezes del 
mundo; és un coloso de virtudes! Magdalena que sabe 
comprender el infortunio, dondo otros solo ven la felici- 
dad; esa mujer inocente como vos, y calumniada como 
vos! Sois hermanos de sacrificios; de humanidad! Con 
que podré pagar esta deuda infinita, y que sin embargo 
no mortifica, no agob a mi corazón!.... Y con todo, 
añadió lentamente, como si una amarga refleccion la hu- 
biera asaltado — la santa, la sublime idea de salvarme no 

debia de haber tenido su primer órgano en vos, 

tengo familia. . . .y ella. . . .Oh! no importa! — prosiguió 
con visible ecsaltacion moral — ya que sois vos, y por ello 
doy grecias á la Providencia — ahí teneis mi mano de leál 
amiga: de madre y esposa agradecida!. . . . 

Alfredo se acercó ó ella; tomó aquella mano con pro- 
fundo respeto, y dejándola al instante como si temiera 
ofender su pudor de esposa, respondió. 

—Gracias señora! Yo os pido que no recordéis si esa 
iniciativa empieza por mi pobre yó : (al oir esto, Anjel se 
so.irió vagamente) sino de que ese pensamiento és salva- 
dor. Ademas: anadio con un esfuerzo instintivo, vuestro 
hermano és un personaje principal en el desarrollo favo- 
rable de esta fatal intriga. 

Inés volvió los ojos involuntariamente áciaél, y respon- 
dió con tono frío y como olvidada de las promesas de 
Anjel, el dia anterior. 

—El ! 

Había un muro en esta aislada y única palabra, él! Al- 


t recio midió su ostensión, y Anjel ¡í su vez; pero este, re- 
cordó que necesitaba no solo de su voluntad y de todos 
los arbitrios sujeridos por los motivos que formaban cau- 
sa contra la intriga que él iva ahora á esclarecer; sino que 
necesitaba también, de una presencia de ánimo perfec- 
ta, y mas que todo de una indiferencia absoluta sobre 
todo lo que fuera punto de amor propio. 

Alfredo pues, se encargó de contestar por Anjel, vien- 
do su marcado silencio, y variando en cuanto pudo, el 
sentido de la frase de Inés. 

— Preguntáis señora, si és vuestro hermano el que in- 
tenta salvaros ? Yo os responderé por él, Si. Queréis que 
aún sea mas esplícito sobre esto ? Si me permitís lo seré. 

I nés — P rosegu i d c aba 1 lero . 

Alfredo — Vuestro hermano jamas estubo contra vos, 

pues. . . . 

Inés, interrumpiéndole — Conocéis vos, la historia de 
mi vida? Y por quién? Son estos dos puntos que ecsijo 
saber, antes de que prosigáis. 

Alfredo — Señora; os debo esa aclaración y cumplo con 
placer este deber. Sé vuestra historia falsamente inter- 
pretada por el mundo; y por desgracia yo me veo en- 
vuelto en esa falsa tela, tejida por manos que ni conosco 
ni llego á comprender el porqué. Después de mi entre- 
vista, bien desagradable por cierto, con Antonio Picotti, 
yo tuve el honor de recibir dos cartas vuestras, señora, 
pidiendo mi pobre protección. . . . 

Inés, interrumpiéndole — Yo! dos cartas! Yo! repetía 
asombrada, y fijó sus ojos resplandecientes de desespe- 
ración en Anjel, que como iva dispuesto á todo, perma- 
neció impasible al parecer. Inés se dirijióá Alfredo nue- 
vamente y con notable dignidad, le dijo: Esplicaos caba- 
llero; os creo victima de un engaño; proseguid, prose- 
guid ! ... 

Alfredo sorprendido — Vos no me habéis escrito jamas? 
Luego quien lo ha hecho por vos señora?. . . .dijo, fijan- 
do á su vez, una mirada taciturna en el rostro inmóvil 


— i&4 — 


dt* Aujel. Este, sm impacientarse de la mirada de Alfre- 
do, respondió con una sencillez admirable. 

—Es escusada la indagación y la respuesta, pues que, 
una y otra cosa las sabe Inés tan bien como vos, Riera. 
Ignoráis por ventura que esas cartas son obia de Anto- 
nio?. ... 

Inés se cubrió los ojos con las manos. Alíiedo respon- 
dió : 

Ya lo veis señora; era necesario salvaros ! és necesa- 
rio que sea yó, quien os vuelva a vuestra bija a vuestro 
marido, demasiado crédulo ó tenáz, pero no tan culpa- 
ble como vuestro hermano Antonio y añadió fijando 

sus ojos en Anjel, que tenia los suyos clavados en él, co- 
mo investigando su alma: — Os volveré al seno de vues- 
tra paz perdida sin razón ! 

Inés — Bien: quien os entregó esas cartas caballero ? 

A]f re( ]o — Una; la primera, la encontró mi sirviente ín- 
timo, al bajar ó subir la escalera interior de mi casa: 
aqui está: y la puso en las manos de Inés que la recibió 
ajitada. La otra como consecuencia al llamamien- 
to hecho en aquella, me la entregó al pasar una sombra , 
que se me designaba como vuestra criada; aqui está tam- 
bién, señora. 

Inés tomó la segunda carta esclamando: 

— Será verdad, Dios omnipotente, que del seno de 
nuestra propia familia, del corazón de los seres que he- 
mos agraciado con nuestros continuos favores; con nues- 
tros sacrificios, se desprenda la primera espina del dolor 
que herirá nuestra frente ? Será posible, Dios! que en 
medio de la tranquilidad de la inocencia, se levante la 
calumnia, que como la Hidra, muestra la repugnante re- 
producion de sus cabezas, aunque el rayo de la j usticia 
humana las vaya quebrantando, una por una, y solo cuan- 
do llega la invisible mano de Dios, esa serpiente que de- 
vora la humanidad; solo entonces caé en el abismo de la 
nada? . . . Y yó, señor; que no he hecho mal á nadie; que 
habia consagrado mi vida al bien, y lo he cumplido ! yo 
soy una víctima de eseflajelo de la sociedad? Como, por 


qué?— decia oprimiendo aquellos papeles con rabia con- 
vulsiva; mas, como si la razón, viniera por un instante, á 
esclarecer el misterio en que se envuelve el destino del 
bueno, prosiguió, desdoblando las dos cartas y estendiéu- 
dolas sobre el bufete de Anjel. 

La paciencia es un desierto, donde se muere el al- 
ma y el cuerpo fatigados de inaniccion: pero en ese de- 
sierto caminó el Redentor del mundo con las divinas 
plantas ensangrentadas; la frente horadada, y la maldición 
del mundo sobre su paso — que estrado és, que una cria- 
tura puramente humana como yo, se vea sola, en el es- 
pacio inmenso de la vida; con las espinas del dolor en su 
corazón; con un abismo delante de su planta; y con la ca- 
lumnia de un hermano, por condenación de su vida en- 
tera ?. . . . Y bien; añadió, con la espresion de un verda- 
dero desgraciado, que después de haber sondado el abis- 
mo, y de haber compulsado, los arbitrios que pudieran 
salvarle, vé lo infructuoso de su trabajo, eleva á Dios su 
alma, y se resigna á todo: y bien, paciencia! Esta virtud 
será la que redimirá mi alma del polvo, cuando cansado 
este esqueleto con forma carnal, que llaman cuerpo, vi- 
da, se derrumbe en el fondo de una tumba! 

Un estraño silencio reinó por algunos segundos en aque- 
lla habitación, sin que nadió osara romperle. 

Alfredo tenia sus hermosos ojos, fijos en aquella belle- 
za de mujer, semejante al testo, del tipo de la Virgen del 
Pez , de Rafaél que ecsiste en el Museo de Madrid, y cu- 
yas perfectas formas, idealizan la mujer, para darla la do- 
ble entidad divina, que la coloca en la esleía inamovi- 
ble, donde no alcanza el limitado poder del hombre vul- 
gar; piies ese tipo sirve de ejemplo de arte y de reveren- 
cia á los cristianos desde entonces. 

Anjel por su parte, estudiaba sobre la fisonomía y la 
postura de su hermana, que pasaba en aquel momento 
los ojos por las dos cartas; el mérito de su iniciativa en 
aquella intriga; los resultados pecuniarios queso prome- 
tía de aquella situación desgraciada y el buen nombre, 
y la posición de un potentado, que soñaba al través del 
15 


tiempo indefinido y grave. Tal vez decia paia si: “éh ahí 
Ja obra de mi potestad: demijenio! mientias que Al- 
fredo, decia á la vez con incomprensible sensación— “Eli 
ahi la obra de los malos: pero yo la salvaré! 

Después de concluir la lectura de aquellas cartas, Inés 
levantó la noble frente que paiecia como iluminada del 
resplandor suave de la inocencia, y dijo: 

Que deberé de hacer en este caso? Contra quien di- 

rijir mi indignación?. . . - 

Una mirada de Alfredo, que perseguía la de Inés, sor- 
prendió el secreto; pués encontró las pupilas, fijas en el 
rostro de Anjel. Inés prosiguió, como persona que ha re- 
fieccionado. 


— Caballero; estas cartas son vuestras: os las entrego, 
y se las ofrecía ó Alfredo. 

—Al contrario, señora, respondió este; guardadlas, y 

ojalá ellas sirvan para arrrancaros á la falsa posición en 
que os veo ! 

Inés — Gracias! Dios os recompenzavá esta perfecta 
bondad algún dia ! 

Anjel, poniéndose de pié, y con todo el aire de un hom- 
bre que viene á dar un consejo. 

— No me parece oportuno, empezar, en el asunto de 
que se trata, por la ecsibicion de esas pruebas — dirijiendo 
su indicación á las cartas. 

Inés — Y porque? Acaso los medios de defensa, no son 
apropósito á todas las horas de la vida? 

Anjel — Si Inés: pero á veces palidecen esas pruebas, 
cuando se manifiestan en inoportunidad. Borrad mi nom- 
bre de este consejo, añadió penetrando el desaire frió con 
que Inés le escuchaba y tomad á eesámen, simplemente 
el consejo: yo me someto á todo porque no erréis en el 
camino que os señala la Providencia. En aquel momen- 
to, tal vez el mismo Frenolojista Gall, (pie descubrió en 
su estudio el inesperado cráneo de un célebre asesino á 
golpe de vista, entre cientos de cráneos, como el 
de un famoso asesino, calificándole — se habría equi- 
vocado en la descifracion de aquella mirada tan humil- 


<1g; de aquella espresion tan rccojida, y del acento 1 de 
una voz, tan sin amargura. Parecía un hombre de cora- 
zón, que hablaba con toda la fuerza de la conciencia. 

Inés le contempló un instante, con una fijeza llena de 
los mas íntimos recuerdos y acaso, de las mayores recon- 
venciones: después, habló. 

— Si el consejo és bueno, netamente hablando, no im- 
porta quien lo dá: és la obra del injenio á vezes, y de la 
oportunidad otras; mas, si és sincero, ademas de bueno, 
importa mucho saber quien és el autor para no borrar 
del Libro de la gratitud su nombre, jamas. 

Anjel se sonrió, como si quisiera decir — “Entiendo la 
alucion!” — pero sin turbarse replicó: 

— Es natural! En este asunto por ejemplo, solo se tra- 
ta de tu bien: de tu posición; y por consiguiente; todo lo 
demas, solo son accesorios! 

— Y que se hace entonces con estos documentos que 
pruebran mi inocencia?. . . . 

Anjel — Guardarlas, y esperar el inomento en que no- 
sotros (dijo, fijando sus ojos en Alfredo) te indicaremos 
como apropósito, para que vean la luz del esclarecimiento. 

Inés — Y será largo ese periodo?. Me asusta el tiem- 

po, aunque pido á Dios la paciencia que me falta! 

Anjel — Largo el tiempo! No Inés; al contrario, mas 
corto de lo que crees! Dudas de este caballero? — añadió 
señalando á Alfredo. 

Inés — No! 

Anjel — Pues de acuerdo con el trabajará vuestro her- 
mano y servidor, para salvaros; y aunque dudastes de mi 
alguna vez, yo te protesto, que borraré de tal modo, tan 
amargo recuerdo, que llegaras á ser mi mejor amiga! Mis 
ojos han visto claro Inés, en medio del torrente de la 
sombría calumnia, y mi razón lia designado los malva- 
dos, encontrando á la vez ó buscando los medios, [anadió 
como para no dar toda seguridad del ecsito, pues qne era 
un ecscelente especulador] de mostrarles al mundo defor 
mes como son, y asi, la probabilidad de mostrarte ino- 
cente como eres ! Estas ahora satisfecha de mi, Ines? 


Esta, aunque recordaba las palabras de satánica ame- 
naza, que al arrojarle de la casa, aquel le había lanzado: 
apesar de conocerle, como nosotros le hemos pintado, 
envidioso por fibra; no se creyó autorizada para dudar 
de las pruebas, que, en conjunto y en presencia de Al- 
fredo le ofrecía aquel hermano. Asi respondió: 

— Es necesario creer, y para creér, olbidar. Yo estoy 
en este caso! 

Anjel — Olbidar qué? Algunas palabras duras de mi 
parte, en aquellos momentos de ecsaltacion cuando la 
calumnia en fiebre, quema todo cuanto toca? Antonio 
tubo el poder de contajiar cuanto le rodeaba; de des- 
quiciarlo todo! — añadió como rememorando toda la 
época pasada, y los accidentes que se habían interpuesto. 

Alfredo contemplaba melancólico y apasionado, á 
aquella desgraciada y joven mujer. 

Inés, pensativa — Es verdad! Mucho tengo que olbi- 
dar al entrar en este nuevo camino de propósitos y ab- 
negación. Solo el tiempo podrá borrar, con el lienzo pe- 
zado y seco de los años, las señales impresas en esas ho- 
jas de mi vida! 

Alfredo — Señora creedme ! Vos sois intelijenté, y bue- 
na, hasta ser sublime; — como no llegareis á comprender 
que un hermano que dice — “os protesto fidelidad, traba- 
jaré por vos, y para vos; he sido engañado, cuando he 
dudado” — cómo no daréis fé á ese hermano; como duda- 
reis de la inspiración del bien que dirijo el alma de ese 
hombre?. . . .Perdonad Señora si intercedo involuntaria- 
mente por un enemigo vuestro, según vos, antes de aho- 
ra: mas de todos modos, hoy ese ser és vuestro defensor, 
vuestro amigo ! 

Había tanta vondad, tan perfecta buena fe en aquellas 
palabras de Alfredo, que Inés se sonrojó de hallarse por 
un instante mas baja que aquella noble criatura de índo- 
le jenerosa, y contestó, cómo tratando de vindicarse : 

— Yo no quise dudar jamas, de nada, ni de nadie, se- 
ñor; pero los acontecimientos fatales de la vida, me obli- 
garon á aceptar dolorosamente el rol de lósateos, no pa- 


ra Dios, sino para los seres; hoy. . . , arrastrada por la 
corriente del arrepentimiento ajeno; mi alma; sin.'» drnla 
absolutamente, teme. . . . 

Alfredo — Pero de todos modos, señora, perdonad mui 
segunda vez, si me atrevo á indicaros, que dudando 6 te- 
miendo de este caballero, dudáis de mi. 

I nés — No! yo daré pruebas de reconocimiento profun- 
do ti vu ostias bondades, caballero! No! que jamas se di- 
ga que Inés, aunque victima mas de, una vez, de la buena 
fé en la vida, no se dirá que lia quedado tria delante de 
la santa figura del bien; de la bondad ajena! No! yo me 
someto á creer y 6 esperar, loque, vos, de acuerdo con 
Anj el, hagan en este asunto. Mi gratitud será la divisa 
de mi salvación: por ella pongo un paño de olbido, á lo 
pasado, Anjel: por gratitud me llevarán basta los sacrifi- 
cios! 

Habia en aquella voz, una ecsaltacion de magnífica 
fé, que revelaba la índole hermosa de aquella mujer. Al- 
fredo respondió conmovido. 

— Gracias! gracias Inés! y sobre todo, gracias á Dios, 
porque os ha hablado, por que os ha inspirado! 

La voz de Alfredo, parecía denunciar en aquel mo- 
mento, las beáticas visiones que cruzan por la cabeza del 
enfermo, cuando esta próesimoá la eternidad. Anjel se 
acercó á Inés y tomando sus manos, le dijo á su vez: 

— Gracias Inés: gracias! 

Esta voz, era dura, seca, inflecsible: pero las palabras 
eran blandas, amables. 

Después de esto; se estableció el plan salvador, callan- 
do Anjel, como era de su cálculo, ciertos resortes com- 
pletamente individuales, que no solo pertenecían á él, 
sino á Alfredo, y aún al mismo Antonio. Las dos cartas 
quedaron en poder de Inés, esperando el momento en 
que fueran necesarias para el desarrollo del proyecto; y 
antes de finalizar aquella visita; Inés recordó á Anjel que 
su madre debería de haber estado presente á ella, según 
lo habia solicitado; mas que aún era tiempo de que repa- 
rara su falta. Anjel salió en busca de ella y á poco, apa- 


¿30 


reció aquella señora. Inés se puso de pié con respeto, y 
señalando á Riera que lo estaba á su vez, dijo á su nía- 
el re * 

—Madre, tengo el gusto y el honor de presentaros al 
caballero Alfredo de Riera, el cual, me ofrece trabajar, 
porque me reúna á mi hija y á mi marido, deshaciendo 
el doble edificio de intrigas que contra mi han fraguado ! 

Alfredo se inclinó respetuosamente. 

— Y vos, caballero, — dijo tomando las manos de su ma- 
dre — ved aqui ¡i mi madre! 

Doña María se inclinó á su vez. 

Alfredo — Yo comprendo, señora — dijo, aceptando la 
invitación para tomar asiento que madre ó hija le hicie- 
ron á la vez — que en lo que voy á hacer, cumplo simple- 
mente un deber de hombre honesto: deber que ninguno 
debería de borrar con desdén en la carrera de su vida, y 
sobre este punto nada hay que añadir. Yo no alcanzo, co- 
mo és que viendo sufrir á un semejante suyo, quede na- 
die impasible, frió: y sobre todo; desprecio al hombre se- 
ñora, que al contemplar la desgracia de una mujer, y pu- 
diendo salvarla, no la tiende una mano de amistad! Ese 
hombre debería, según mis principios, de escluirse del 
número de los vivientes! 

Doña María — Caballero, hay una grave virtud en la ac- 
ción que vais á practicar; y si és verdad que mi hija és 
inocente. . . . 

Inés, interrumpiéndola y poniéndose de pié involun- 
tariamente, esclamó: 

— Señora ! 

Doña María — Hija mia! siéntate, y no dudes de mi fé! 
Me has interrumpido, y por eso ignoras lo que iva á de- 
cir. 

Inés — Proseguid. 

Doña María — Y si mi hija és inocente, como lo creo; 
yo os erijiré señor Riera, un altar en mi alma, desde 
donde, mis votos se eleven por vuestra felicidad, en la 
tierra y en el Cielo! 

Y olvió el sonrosado á las mejillas de Inés que se ha- 


— 231 


bhm descolorido con los tonos del dolor, del amor propio 
u majado, y de la desesperación secreta, 

A 1 fredo— Señora, gracias. Mas en cuanto á la felicidad 
o no se encuentra buscándola; ó no ecsiste en el inmenso 
espacio de la tierra. 

Dona María— Después de las grandes acciones, vienen 
los grandes premios, caballero! 

Alfredo no respondió: Anjel lo hizo por él. 

—Quien sabe!— dijo— El hombre se lanza d quebrar 
con sus manos fuertes, por el buen deseo que las impele, 
déviles por la limitación de la fuerza humana, el baluar 
t( de la maldad terrena; y en cambio de esta empresa 
jigantesca y ruda; se vé caér el bueno arrastrado en la 
corriente de la fatalidad, y con las carnes heridas, de las 
espinas del mayor infortunio: la ingratitud, y la calum- 
nia! 


liles. Es verdad! Pero también, son muy pocos los 
escojidos! 

Dona María. — Yo pienso con el Evanjelio; que Dios 
premia el bien y los buenos en la tierra yen el cielo! 

Anjel. — Bien: cada uno mantenga sus creencias! Por 
ahora, madre, se trata de salvar á Inés, de la incierta po- 
sición en que está: de reuniría á su familia, y mostrar á 
los infames, tales cuales son, y quienes son; — dijo con una 
entonación particular. 

Doña Maria. — Con salvar á la victima basta: Dios se 
encargará del castigo de los malos! 

Anjel. — No! eso és completamente imposible, comoés 
imposible, que para salvar á Inés, no caigan sus verdu- 
gos! Ademas; hay seres comprometidos, como vos sabéis 
madre en ese asunto, y que son completamente inocen- 
tes. 

Doña Maria. — Está bien: pero prométeme que no ha- 
rás nada contra nndie, y solo asi, estaré tranquila! 

Anjel. — Los sacrificios no deben de hacerse ahora, en 
esta ocacion, sino por los desgraciados (señalando á Inés 
que lo observaba); pero no se debe de gastar el tiempo 


Señora; en aprehensiones y fruslerías, que ningún buen 

resultado pueden traér sin duda. 

Alfredo. — Perdonad Señora; pero és necesaria una vin- 
dicación esplícita; y sin desearlo, habrá que tocar nom- 
bres que por honor, deberían callarse! 

Yntüs Se tocó el mió sin razón, y para consumar la 

obra gratuita de mi infortunio, y la de ajenas ambiciones, 
y ninguna voz se levantó para conjurar aquella tempes- 
tad! Ahora que se trata de justificar las virtudes de toda 
la vida de una esposa y madre calumniada: de su com- 
pleta inocencia; ahora,’ hay todavía quien pida el silencio 
para los nombres culpables! . — 

Doña María sintió el tenebroso pozo de aquella recon- 
vención: y respondió ajilada. 

— Nó, hija raía! Sea lo que Dios quiera, con tal que tu 
quedes en tu posición, como estabas! Oh! si: — anadia. co- 
mo para convencerse á si propia — es necesario, y yo se- 
llaré mis labios! 

Anjel — Y bien: adelante! — dijo dirijiéndose á Alfredo. 
Ahora, ya sabéis madre, que este caballero, — pues lo és 
de acciones, no solamente de nombre — volverá á ver á 
Inés, como á vos, cuando sea necesario, y fuera de esa 
necesidad, obligadle con vuestra amistad. — El hilo de es- 
ta intriga, és preciso romperle al fin, para que no pueda 
reanudarse mas: — lo entendéis Señora? En este concepto 
firmeza de alma; desprendimiento obsoleto dé todo lo 
que sea contrediétorio á este fin; y entonces, tendréis hi- 
ja, y una hija que se ha sacrificado a vuestro cariño! aña- 
dió forzando el tono en estas palabras. 

Doña María abrazó a Inés que estaba llorando; mien- 
tras Alfredo, la contemplaba bajo una de esas impresio- 
nes que si se fueran á describir, no se hallarían los tér- 
minos. El amor vehemente: la resignación del sacrificio, 
el volcan del deseo; el sublime á la vez de hallar en aquel 
ser, cambeadas por las de la mujer, las formas del ánjel; 
todos estos secretos del alma fanática de una pasión, cu- 
brían de sus i n espl i c abl osíopaj es la contemplación pro- 
funda de Alfredo. Inés lo sentía por esa inspiración pro- 


píamente dicha de la mujer: estaba como sometida a su 
influencia; pero no la descifraba; no la creía! 

Al fin, era necesario retirarse, y Anjel tomó la inicial i 
va. 

—Queréis seguirme Riera?— dijo, tomando su sombre- 
ro. 

Cuando gustéis Caballero. — respondió tomando el 
suyo Alfredo. Este se acercó á Doña Maria, y cruzó estas 
palabras con ella 

— Aceptáis Señora, el encargo cpie me dá el destino 
cerca de vuestra bija inocente? 

— Caballero, le acepto. 

— Gracias Señora: contad desde hoi, con un amigo 
perfectamente sincero. — y en seguida, dirijiéndose ó Inés. 

— Señora — dijo: — La conciencia me manda salvaros: 
la humanidad lo pide; la religión lo justifica: la amistad 
lo sanciona! 

— Inés quiso hablar: pero la emoción íntima de su al- 
ma, detuvo la voz en su garganta. 

En silencio tendió una mano á Alfredo que él beso con 
respeto y ternura secreta: y desapareció, aturdido, con- 
movido, al lado de Anjel, que sonreía misteriosamente 
sin que nadie pensara en observarle. 

Este, en el camino con Alfredo, había combinado los 
inedio de vindicación para Inés, mas esplicitamente que 
la primera vez, aunque siempre guardando algo esclusi- 
vamente para él; aquellos hilos misteriosos de la tela que 
trabajaba de su cuenta especialmente. 

Al despedirse le dijo a aquél: 

— Por ultima vez, confiáis en mi? — Me dais el derecho * 
de proceder en este asunto como esclusivamento mió? 

Alfredo por toda respuesta, oprimió la mano de Anjel 
depositando en ella un papel cerrado: este se despidió sa- 
tisfecho de su trabajo, pues contaba ademas con sus fu- 
erzas para el porvenir. 


CAPITULO XXV. 


Empieza sí mostrarse ia Providencia. 


Anjel se dirijió en esas altas horas de la noche, como 
es de suponerse, á su casa, refieccionando y diciendo 

p ara s í ) Mañana hallaré á ese pobre Antonio, que no 

sabe, ni como se forma el secreto del mal! 

En cuanto á Alfredo, puedo decir con fé — és mió abso- 
lutamente! esto és mas que una garantía para mis pla- 
nes; — y acordándose súbitamente del papél que llevaba 
en la mano, dado por aquél, se acercó á la lúz de un fa- 
rol y encontró una letra de cambio en blanco, firmada 
por “Alfredo de Riera á favor de Anjel Picotti.” 

Este quedó por un momento, como estático bajo el pe- 
zo de una ciega alegría, que le hizo creér, por contraste 
de efectos, en la luminosa ciencia de Cagliostro. Se cre- 
yó transportado al delicioso Edén, que el hatcliis maravi- 
lloso dibuja con tintas májicas, en el panorama de la ima- 
jinacion. Anjel sintió por un instante la felicidad. 

Al entrar ásu casa, observó el silencio profundo que 
reinaba, y le comparó por antitesis, con el secreto de su 
dicha actual — pero si alguno lo sospechara, al través de 
este inmóvil cuerpo de plomo que se llama disimulo, in- 
terpuesto ante mi suerte y la curiosidad ajena?. . . . Re- 
fleccionó con calma el ambicioso. 

— Que estraño seria, que descubierto, alguno me si- 
guiera una noche; sorprendiera mi secreto, como yo 
vengo á sorprender el silencio de esta casa y- - - - me vie- 
ra perdido! — esclamó con los ojos fijos en la puerta de la 
ca lio, cerrada yá, y con el mismo sobresalto con que el 


célebre pintor Hcmbrand, examinaba la figura dulce v 
candida de su hermana cuando fué á visitarle, creyendo 
aquel artista, avaro del oro que escondía bajo sus 'plan- 
tas, que su hermana podría arrebatárselo. ' 

Cerciorado de que nadie le había visto, sin duda en- 
tro a su habitación á analizar su fortuna. 

Que locos son los que aman ciegamente! decia* 

y que miserable la rutina que los condena á veietar, de- 
sorientados de todo lo que constituye el tesoro de la feli- 
cidad relativa! 

Este Alfredo está en la calle , como se dice vulgar- 
mente, si yó lo quiero. El ha olbidado presente, porve- 
nir, todo! — Una letra de cambio en blanco és la pérdida 
de un hombre, y la fortuna de otro! 


Pero no hay que apresurarse amigo Picotti — decia si- 
guiendo su habitud de hablar con su yó : — Por ahora no 
conviene adelantar tanto el paso! Veamos de elejir el 
tiempo oportuno: y sin calcinar los sucesos, con el calor 
arrebatador de los datos; tratemos de apagar esa tenta- 
ción bajo el frió raciocinio, y coloquemos estos, de mane- 
ra que esten en su posición ordinaria, pero que produz- 
can efectos estraordinarios. — Voy pues á proponer á 
Antonio una especulación rápida de diez á doce mil pe- 
sos dejándole la libertad para la elección de la clase de 
negocio. El que le presida solidaria y publicamente, 
que será él, quedará, como se dice vulgarmente, colgado. 
Yo soy hombre técnico! — decia sonriendo: — por tanto, 
mis hechos lo serán á su vez — Entregaré á la considera- 
ción de Alfredo, la ruina de Antonio, cubierta á la vez, 
con su propia ruina, pero sin descifrarle el como : y él la 
sancionará, por que se salva con ella Inés. Esta, á su vez, 
verá castigado á su enemigo por mi esfuerzo, aunque tam- 
poco sabrá el tomo; y uno y otra me admirarán; me aplau- 
dirán. Ines, me perdonará intimamente, que hasta ahora 
lo he obtenido; mientras que Alfredo, me há entregado 
su fortuna su felicidad! 

Pero, antes de todo — dijo, como anotando en su me- 
moria un punto olvidado — és necesario que yo obtenga 


de Alfredo una letra de cambio sobre cantidad fija, como 
de diez mil pesos, firmada por otro <pie no sea él, para 
poder presentarla á Antonio, y hacer las cosas como .se 
deben, para evitar suposiciones y aun sospechas que lia- 
rían un gran mal. 

— Lo obtendré?. . . .Se preguntaba como un aprove- 
chador del tiempo — Si: lo obtendré. En seguida, vendrá 
la colocación de Lemaítre, al lado de su mujer y de su 
hija: esta sera la última mano al cuadro de mis ambicio- 
nes; y este me recompenzará á su vez. . . .en tanto que 
Antonio de Paula, irá á morir en un hospital á. merced de 
la caridad ajena, y yo le llevaré tal vez á ese asilo una li- 
mosna. . . . 

Un breve silencio se interpuso entre aquella palabra, 
como si alguna sombra de carácter indefinible, hubiera 
venido á batir sus pesantes alas sobre el espíritu de aquel 
hombre. Pero no hai cabezas mas fuertes que las cabezas 
de los malos por esencia; no hablemos del corazón para 
esos seres, por que, si ecsiste, és completamente negativo 
sobre las impresiones del bien; asi, que aquella cabeza de 
piedra, torné tranquilamente sobre el eje que la gober- 
naba siempre, — la ambición: y prosiguió. 

Mañana hablaré á Antonio, repito; y él hará, lo que yo 
dudo de poner en práctica, por que temo su propia nu- 
lidad en ejercicio! 

— Los niños y los locos aciertan mas de una vez! y puede 
ser que acierte ahora ese loco. Por lo domas, él me ayu- 
dará contra él mismo! Al viento el resto! 

De acuerdo con aquella idea al siguiente diamuy tem- 
prano, buscó para hablar á Alfredo, y obtubo de él, lo 
que deseaba: — és decir; la letra de cambio firmada por el 
anciano cajero, Martin, amigo de Alfredo sobre todo; que 
al separarse no dejó de decirle : 

— Ah, Alfredo! ese hombre os será fatal! Hay algo en 
ese rostro, en esa voz, que marca una maldad inesplica- 
ble! 

Pero Alfredo, era de un temple de alma superior á las 


eludas pequeñas de las individualidades, por rato le res 
pendió; 

— Dejadme en paz!” 

El anciano liabia bajado la cabeza resignado. 

Anjel pues, llevaba una letra de cambio ccn la firma 
de Alfredo, importante de tres mil pesos; otra en blanco 
con la misma firma: y una tercera, con la resi onsabilidad 
de Martin de diez mil pesos, la que trataba de enseñar á 
Antonio, exponiéndole las razones que dejamos esplieadas, 
y agregando, que no tocaría la letra en blanco, sino en un 
caso supremo. 

Munido asi de aquel gran dato de fortuna, que salva- 
ba ademas su nombre de toda sospecha injuriosa á su fic- 
ticia honradez, pues no fijuraba, como hemos dicho, el 
nombre de Alfredo; buscó en seguida á Antonio en el es- 
critorio, y le pidió una entrevista. Antonio antes de con- 
cedérsela meditó rápidamente, sin duda; en aquel lance 
pasado, del muelle; y temiendo acaso, la renovación de 
él, por medio de una duda, ó una negativa de su parte; 
aceptóla invitación, limitándose á preguntar sencilla- 
mente. 

— A que hora? 

— A las doce del dia. 

— Dónde? 

— Como eres negociante, el muelle me parece el sitio 
mejor — respondió con perfecta ironía. 

— Tan luego el muelle donde concurre tunta junte! 

— No temas: nadie nos escuchará. Cuando uno quiere 
ser discreto, lo és de todos modos y en todas partes. Ade- 
mas, cada uno de aquellos ciudadanos vá á su negocio. 
Nosotros componemos parte de ese lodo, y haremos el 
nuestro. 

Bien: bien! — replicó Antonio convencido y se despi- 
dió diciendo: 

— Hasta entonces! 

Aniel se fue directamente al muelle a esperar á Anto- 
nio y empezó á pasearse como uu gran comerciante lleno 
de vanidad, que pretende ser conocido á golpe de ojo, por 


su grave continente, como una entidad, y cual si me- 
ditara sobre estraordinarias especulaciones. 

Antonio no le liizo esperar mucho. Al sonido de las do- 
ce, apareció su figura raquítica, con todos los fueros del 
júrente: — desembarazo en el porte hasta la audacia, y 
cantando como era de ordenanza su chatelaine. 

Se vieron los dos hermanos-enemigos, desde lejos. El 
uno dijo — ”s¡ me querrá jugar como el dia de la partida 
de Lemaitre, para perderme definitivamente!” — Ese fué 
Antonio. El otro dijo á su vez; — "Prepárate miserable!” 
Mas al acercarse el uno al otro, se sonrieron amigable- 
mente, como dos personas que se fueran á entretener 
de las cosas mas agradables del mundo, y empezó así, la 
conversación. 

— Antonio. — Y bien? .. dijo tomando del brazo á su 
hermano. 

Anjel — Y bien replicó, aceptando el pezodel brazo del 
hermano. 

Antonio — veamos! — cual és el asunto de que nos vamos 
á ocupar; pues, aunque sea eselusivamente tuyo, para mi 
és como si fuera propio. 

Anjel se sonrió, bajo el ala del sombrero que medio 
cubría su rostro, y respondió entre grave é irónico. 

— Gracias: pero el asunto és de los dos! 

Antonio. — Entonces, lo mas pronto posible. 

Anjel — Como está la caja depositaría de la casa Le- 
maitre? 

Antonio le miré sorprendido, y le respondió: — Y que 
hai con eso. ? 

Anjel. — Pregunto para que se me’responda! está bien 
ó mal, la caja depositaría! 

Antonio vacilando. — Está bien: és decir, se ha hecho 
oigo en estos dias. 

Anjel. como cuanto contará de fondo limpio, sin grá- 
\ amen de deudas mercantiles, ni ningún tropiezo. .? 
Antonio. Como setenta mil pesos por bajo. 

Anjel. Deveras és como lo dices, ó solo alcanzará á 
veinte mil, por alto. .? 


Antonio, como picado de la duda— Estas loco; á veinte 
mil? setenta mil repito, calculando por bajo! Pues seria 
una gran casa la que sostuviera su jiro con un fondo de 
veinte mil pesos! — decía con vanidad visible. 

Anjel, disimulando — Eso no! pues que haí casas que 
jiran con capitales muy bajos! 

Antonio. — Si; pero no la de Mr. Lemaitre! 

Anjel. — Bien: vamos á nuestro asunto. — Querrías em- 
prender un negocio de importancia y que nos prometa 
en vez de pérdidas posibles; ganancias seguras? .... 

Antonio — Según sea él. 

Anjel. — Supongamos, que se te presenta ocacion de 
aumentar no solo tu capital, sino el de Mr. Lemaitre: que 
tu colocas una cantidad de dies mil pesos al lado de igual 
capital, con todas las garantías anecsas ¡i esa clase de 
asuntos; le damos empuje á la rueda, el negocio adquiere 
formas positivas colosales; (sea el negocio cual sea pues 
en eso no me méselo, y tu tendrás la libertad de elejir) y 
al cabo de un mas ó dos, ya te ves colocado por medio de 
una especulación inesperada; en el caso de contar con al- 
go esclusivamente tuyo; con una hoja de servicios esplén- 
dida, y ademas, con el prospecto de grandes trabajos ven- 
tajosos para el porvenir; lo cual, dará por resultado, que 
Lemaitre, te coloque como parte interesada, en su casa 
introductora. 

Antonio había estado pensativo: había dejado de pasear 
y había dejado también el brazo de su hermano: se había 
detenido cerca de un pilar del muelle, con la cabeza me- 
dio inclinada áeia el suelo, y de cierto; Antonio reflec- 
sionaba. 

Anjel por su parte, seguía su paseo, como hombre que 
está seguro de las ventajas de lo que lia propuesto; y no 
quiere ni debe de bajar un ápice de aquella seguridad. 

Antonio al fin, filé el primero que habló. 

— Y quien podría ser ese hombre por ejemplo, que se 
propusiera una especulación de ese jénero. 

Anjel. — yo. 

Antonio, asombrado. — Tú! Anjel! Tú! — Esroi despier- 


— 240 — 


lo ó dormido?. . — Se preguntaba con una injenuidad que 
hubiera hecho reir al personaje de un cierto sainete, cu- 
ando se decia a si mismo; — ”Si estaré muerto de veras l 

Anjel, con perfecta tranquilidad. — Yo! el mismo An- 
jel Picotti, hermano de Inés y hermano de Antonio 

de Paula que desea trabajar! .añadió con una de esas 

entonaciones de doble sentido. 

— Antonio. — Y de donde luis sacado tu, ese capi- 
tal?. . . 

Anjel con desprecio. — No creo que para mi, tengas 
mérito de confesor, ni titulo de amigo; — dijo recalcando 
esta palabra; pero creía venir á hacerte un favor fiándome 
no sé eti que. . . .pero me alejo; quedemos cada cual en 
nuestro sitio, y seamos libres, hasta para ser enemigos!. . . 

La insidia que encerraban estas últimas frases, hizo 
su efecto. Antonio se acordó; y en la pajina de ese recu- 
erdo, vio saltante la pasada escena de él con Anjel; sus 
amenazas; y sobre todo, la posibilidad de la maldad de 
aquel hombre sin corazón comoél! Antonio obligó ásu ra- 
zón á doblarse ante la necesidad del recuerdo que en- 
cerraba toda una promesa de mal para su vida; y tra- 
tando de conservar la buena inteligencia entre él, y su 
enemigo, contestó. 

— Eres demasiado apurado hombre! Qué quieres pues? 
Te parece que en un negocio en el cual voi á aventurarlo 
todo; sin meditar, así liornas, me lanzeásu realización?.... 

Anjel. — Al contrario: puedes meditar hoy y mañana 
y toda la vida: pero yo no puedo esperar á que conclu- 
yas y te dejo al instante para ir á colocar, mi dinero en 
manos de un estraño, y verle fructificar en breve, á favor 
mió y de él, como é>s natural. 

Y se preparaba para irse. Pero Antonio le detuvo dici- 
éndole. 

— Espera por Dios! que desde que eres rico, te has 
vuelto de una vivacidad tal, que se me figura que ni dos 
palabras juntas llegarías á escuchar yá! 

— Anjel, con la astucia de un mal anjel. — La fortuna 
no me sorprende. Me ha encontrado y la he encontrado, 


¡>in buscarla; la trato pues, como una amiga verdadera: 
sni ceremonia, con todo el desenfado de la buena cos- 
tumbre, (sonriendo) 

Antonio. — Pero esa fortuna. . . . 

Anjel, con frialdad, é interrupiéndole. — Esa fortuna 
es bien adquirida, amigo Antonio! —traslado ¡teste pape- 
lucho dijo, sacando de su faltiquera una letra de cambio 
\ piesentándosela á Antonio. Este, se puso mas amarillo 
que de costumbre, al recorrer las lineas de aquél papel 

Anjel le observaba sonriendo, y le dijo ¡11 fin. 

. ^ bien — te animas ó no? — puedo hacer un nego- 

cio <m regla: ó aun dudas y temes que te deje colgado?. ... 

Antonio vacilaba en responder: Anjel insistió. 

Pero dejemos las vacilaciones y responde sí ó nó, 
como Cristo nos enseña! 

Antonio. — Bien; — y cuales laclase de negocio que te 
parece mejor? 

Anjel— Eso poco me importa; tu eres intelijente, y sa- 
brás elejir. Las consecuencias son tuyas como mias: 
pero yo no hago otra cosa ni intervengo en nada sino 
en las utilidades ó en las pérdidas. 

Antonio. — Pero oye, Anjel, haremos un documento 
judicial, ante testigos y escribano &a.&a. 

Angel, sonriendo — No! entre hermanos solo conviene 
en casos tales, la palabra honesta de ambos: (que laguna 
vacia intermediaba aquella, palabra honesta! ) por consi- 
guiente, yo fio en ti, y fio absolutamente Antonio! Solo 
tomaremos una precaución; y és, firmar un documento 
particular tú y yó, sin testigos y sin ninguna otra fór- 
mula. 

Antonio. — Pero tú no recuerdas que somos mortales, 
y que podemos entrar tú ó yó en el número de los eleji- 
dos para atravesar la laguna Estijia en la tenebrosa barca 
de Carón?. . . . 

— Anjel. — Como, hermano; te crees y me crees tan 
culpable como para llegar á tomar pasaje, con los dia- 
blos de Ovidio en vez de aceptar los del cristianismo? 

Pataratas! va veo que tu buscas subterfujios, para 

IG 


no manifestar abiertamente tus temores, pero com- 
prendo que los tienes. — Necesitas de algunas otras segu- 
ridades'? Quieres que le escriba á Rolschild para que me 
asegure un crédito con su firma? 

Antonio se sonrió con cierto desabrimiento. — Vamos, 
prosiguió Anjel, usando de la misma fórmula que uso 
con Alfredo; — el tiempo se vá; seamos explícitos; — acep- 
tas'? si, ó no. . . .? 

Antonio tendió los ojos acia los horizontes, como 
hombre que nada esperado la tierra y que sin saberlo real- 
mente, hay algo que se lo revela. Pero los horizontes, 
estaban vacios, mucho mas para una imaginación seca 
completamente para la divina poesía de la té en el bien y 
la esperanza: y desorientado del consejo necesario para 
no errar, contestó errando. 

— Acepto. 

Anjel. — Aceptas todas las consecuencias del negocio, 
buenas ó malas: negocio que dirigirás á tu antojo? 

Antonio. — Acepto. 

Y Anjel había sacado su cartera, é iba escribiendo, des- 
de estas preguntas hasta finalizar sin duda. 

Antonio le miraba sorprendido. 

Anjel. — Sin reclamos de ningún jénero? 

Antonio. — Sin reclamos. 

Anjel. — Determinando el 1? del próximo més para la 
1* confección de cuentas pues apenas estamos á 4 de 
junio. 

Antonio. — Está bien. 

Anjel. — Intereses partibles, ganancias partibles sobre 
cantidades mutuas de diez mil pesos, que forman un to- 
tal de veinte mil pesos. — Los diez mil tuyos saldrán de la 
caja Lemaitre y compañía? 

Antonio. — Sí. 

Anjel — Sin admisión de tercera persona en responsa- 
bilidades de tu parte? 

Antonio. — Sin responsabilidades de tercera persona por 
mi parte. Bien; y por la tuya? 

Anjel. — Por la mia ya és otra cosa, pues como vo pon- 


go el todo por el todo en tus manos, es necesario que me 
concedas .algo. 1 

Antonio. Sí: admito en cualquier momento, un res- 
ponsable por tí, adecuado á las ecsijencias de los casos. 

—Bien: ahora solo falta un requisito dijo Aniel acor- 
candóse á .Antonio y acabando de estampar la última s. 
pava significar “casos.” 

Cuál? preguntó Antonio tomando el lápiz y la 
cartera que le presentaba su hermano. 

— Tu firma. — dijo sencillamente Anjel. 

Antonio detuvo un momento el lápiz en su mano, mi- 
entias que con ojo investigador, ecsaminaba las pocas le- 
tras, que inas (pie un contrato eran una simple conversa- 
ción. Después de haberle leído, firmó al pié de este modo. 

“Antonio de Paula Picotti. - ’ y devolvió á Anjel, car- 
tera y lápiz; mas este pasó los ojos por la firma, y dijo: 
Hay que agregar aqui; — ”jerénte de la casa intro- 
ductora de Lemaitre y compañía en Chile (la fecha yo la 
pondré) anadió con indiferencia; pero tu ves que tu firma 
en los términos que yo la escijo és la única garantía que 
tu puedes ofrecerme y que yo debo de aceptar. 

Antonio observó. 

— Hace un instante, que no ecsijias mas garantías que 
nuestras dos honestas palabras de hermanos" — Ahora me 
prescribes bastado la manera que be de firmar! — Sea en 
hora buena! — y agregó aquellas palabras, ccsijidas, en 
la hoja escrita de la cartera; la cual volvió á entregar por 
segunda vez á Anjel. Este pasó los ojos por ella y colo- 
cando el lápiz en ella, la guardó en la faltriquera, como 
la cosa mas natural, mientras respondía á Antonio. 

— Dirne; tu llamas ecsijeucia á cstractar,])ox solo docu- 
mento, una conversación? — Llamas ecsijeucia, á clasifi- 
car ciertos puntos, que sin ellos, desaparecía toda empre- 
sa; toda razón y fundamento de empresa? 

— Antonio. — Bien! bien: lo veo! — pero firma tú á mi 
lado siquiera; firmemos juntos esa conversación por que 
he notado que falta tu nombre en ella. 

Anjel. — Si yo soy el que la redacto no basta mi letra? — 


— 244 — 


V . 


-x 


Ademas, prosiguió con una marcada indiferencia yo no 
he formalizado un contrato, pues para eso era necesario 
un testigo ó dos dejando por mencionar las fórmulas 
consiguientes, de éstilo; mas si tú juzgas, que ese ó esos 
dos testigos, son necesarios en este momento. . . . 

— Ola, Velasquez! — dijo dirijiéndose con la mayor de- 
senvoltura, ¡i un joven que pasaba cerca de ellos, y que 
era uno de los tantos amigos de sociedad de Antonio y 
Anjel — Escuchad dos palabras. 

El joven saludó y se acercó: 

Antonio aturdido esperaba el resultado de aquella im- 
prevista idea. 

Anjel prosiguió: 

— Amigo se necesita una firma instantánea en un 
negocio de familia, que Antonio, por estremo de delica- 
deza, no le quiere empezar, sin testigos. El asunto en 
fondo, ós el siguiente. Yo entrego una cantidad de diez 
mil pesos á Antonio que coloca otra igual para la prácti- 
ca de un negocio mercantil, á voluntad, la clase de él. 
— Vos sois testigo de este simple contrato de hermanos, 
sin responsabilidades, por consiguiente?. . . . 

— No tengo inconveniente; respondió Vclazquez, y 
firmó pasando apenas la vista por lo escrito, que era la 
conversación estampada por Anjel en la cartera. Anto- 
nio, instintivamente, se había inmutado tanto, al acabar 
de firmar Velasquez, que iva á decir. — “No firméis!” 
Pero la mirada fija y profunda de Anjel, contuvo la 
palabra sobre sus labios, y se contentó con escuchar sin- 
plemente, aunque muy ajitado: 

Anjel: — Gracias Velasquez. — dijo con una naturalidad 
sorprendente: — esta ceremonia era necesaria, no para 
satisfacer ninguna ecsijencia, sino para garantir el por- 
venir, de ambos de cualquier accidente: — Es verdad An- 
tonio? 

Este respondió sin saber cómo. 

— En efecto: no hay otra razón Velasquez. 

Velasquez que era simplemente, uno de los tantos co- 
nocidos que se llaman amigo, por capricho de la verdad; 


V 


— 24-5 — 


se alejo .le aquel sitio después de haber hablado un po- 
co de negocios, un poco de política, y un poco de críti- 
ca social. Anjel se sonrió al verle alejar y dirijiéndose ó 
Antonio le dijo con sencillez. 

—He ahí cumplido tu deseo! Ya hay un testigo;— 
quieres otro. ? 

Antonio estaba en esa mala hora, en qne con nadarse 

acierta, y todo sale al revés; así respondió sin darse cu- 
enta i 


— Basta con uno! basta! 

Anjel. Luego ya no hay nada que agregar? Recuér- 
dalo bien! 

Antonio se puso un dedo en los labios, como vulgar- 
mente se hace cuando se quiere traér á la memoria, algún 
recuerdo; y respondió después de un rato. 

Nada: tu tienes confianza en mi, como yó en tí: es- 
toy satisfecho: — Cuando traes el dinero? 

Dentro de seis horas á mas tardar. 

— Adonde? 

— A tu escritorio. 

Sin testigos. — dijo Antonio como si volviera sobre 
sus dudas. — 

— Sin testigos repito! 

— Sin estender el contrato en papel sellado &. &. vol- 
vió á insistir Antonio. 

— Sin fórmula ninguna! — repitió Anjel. 

— Convenido! 

— Convenido! 

— A Dios! 

—A Dios! 

Se despidieron pues, tomando, la dirección de su es- 
critorio Antonio: y Anjel la de su habitación. Este en- 
tró se sentó — pues primero atendía á su comodidad que á 
otra cosa — y empezó el diálogo de costumbre con su yó, 
sacando su cartera y ecsaminando lo estipulado. 

— Ya cayó ese pájaro que se decía tan soberbia cosa 
en el arte de intrigar! 

Ahora yo te respondo de la seguridad de la trampa, 


— 246 


pués el resorte solo yo se manejarle, y de cierto que á 
nadie le confiaré! 

Veamos de probar ahora un tipo de csci itura com- 
pletamente mercantil, que no se parezca al de mi escri- 
tura: que no infunda sospechas de una intriga á Lemaitre 
y que al contrario, sirva con el sentido de cada palabra 
escrita, para la realización de mi obra. . . .y la de Alfre- 
do — añadió sonriendo de una manera irónica. 

— Veamos! — tomó una pluma; la sacudió mas de una 
vez con calma; y en seguida la dejó para ecsaminar un 
juguete de jdata cincelado estilo Luis X \ . como si por 
la primera vez le viera, y dijo como si hubiera olvidado 
su principal idea: 

— Vaya, vaya con Mr. Durand, qne ha tenido un acier- 
to raro en las posturas, las formas y todos los accesorios 
que forman el cuerpo del asunto do este grupo! — Que 
viveza! que naturalidad, que gracia! Están representados 
estos muchachos con una firmeza, con un estilo y suavi- 
dad, que parece mas bien que la mano de la naturaleza 
fuera la que hubiera hecho la obra, en vez de la del hom- 
bre! y.. ..súbitamente; como si le asaltara una idea, que él 
entretenía inacabada aun, en el fondo de su mente, y 
que hubiera concluido su creación instantáneamente; 
dejó eljuguete, tornó la pluma; y empezó á escribir. 

Como Anjel fue nuestro buen amigo, nos permitirá, ó 
nos perdonará (aceptamos cualquiera de las dos cosas) que 
copiemos lo que escribía en aquel momento, con letra 
francesa, bastante bien ejecutada. 

“Chile 5 de junio. 

“Monsieur Lamaitre, 

Los amigos verdaderos, se ignora siempre donde ecsis- 
ten. Los amigos ficticios están en todas partes. — A vos 
os ha sucedido esto, con alguno de los que con preferen- 
cia habéis elej ido como bueno. Pero al fin, esto no és 
del caso; solo se trata, de que sepáis á punto fijo, que 


vuestra lort una. se la lleva .Satanás siuó ponéis un dique 
á los derroches de ese alguno, que ha tenido la habilidad 
de comprometer cerca de vos inmerecidamente á un her- 
mano: de malquistar una esposa fiel con su esposo; de 
hacer infeliz á una madre, y por todos esos daños, haber 
obtenido una confianza ilimitada, mas injustificable, por 
parte vuestra! .... 

— Quien és? — Escuso nombrarle por que demasiado lo 
sabéis: pero se os esplota, Monsieur; se hacen negocios 
leoninos, con los dineros de vuestra caja, sin vuestro 
consentimiento. El que asi os habla, tiene una firma de 
ese tal, en su cartera, que equivale ú veinte mil pesos, en 
conjunto de una parte y otra: y si dudáis, pedid datos; 
se os enviaran orijinales; entendió bien! orijinales! — te- 
niendo en ese caso el dueño de elios, que os habla, 
derecho de propiedad, en todos tiempo, pues le cuesta 
á muy alto precio. 

“Ademas; leéd los borradores adjuntos, y creo que re- 
conoceréis la intriga de que sois víctima.— Esos borrado- 
res, servirán para intelijenciar vuestro juicio respecto de 
ese individuo, á quien habéis fiado vuestro porvenir; 
vuestra fortuna; por el cual habéis dejado sola en la vida 
y espuesta á todo, á una esposa noble y buena! 

“No tengo mas derecho, sin embargo, que el de la 
amistad, Mr. Lemaitre; pero creo que és bastante para 
tomar la iniciativa en un asunto en el que vá vuestra 
felicidad, la de vuestra hija, y la de vuestra esposa! — 
Leéd y juzgad; juzgad y proceded! 

“Si dudáis, os repito, que pidáis las pruebas mas difíci- 
les; todas las tendréis; pero entendedlo una vez por 
todas! — El que no és buen hermano no puede ser un 
buen amigo v mucho menos. . . .honrado comerciante ! 

O y 

“Un amigo verdadero 

Anjel dejó la pluma para observarse á si mismo, des- 
pués de escrita la sentencia contra el hermano; pero como 
Anjel tenia un espíritu vasto en el límite del mal; se *e- 
mitió al porvenir, en eso como en todo; encerró prolija- 


mente en un emdoppe el anónimo sin sellarle, y los bor- 
radores firmados por Antonio en la trama contra su her- 
mana, de que ya hemos hablado, y que esplicanan por si 
solos al mas dudoso la verdad que Lemaitre ignoraba; le 
guardó en su cartera, y pasóá ver a A Hi edo. 

Este había salido; y el anciano Martin, fue el que le 
recibió en el salón, advertido de antemano por Alfredo 
de la posibilidad de que fuera á buscarle en su ausencia 

de unas cuantas horas. Martin había íecibido esta oiden 

espresa de Alfredo. 

—Martin; cuando venga el Sr. Anjel Picotti á verme, 
y yo no esté en casa, recibidle; y sin investigar el ob- 
jeto ó que venga (en cualquier caso), ved si debeis inte- 
grar una cuenta que tengo con el; en este punto, tratad 
de saber simplemente la cantidad que ecsije y entre- 
gadla.” 

El anciano empezaba á dar cumplimiento á lo ordena- 
do por Alfredo, recibiendo en ausencia de él, ¡i Anjel Pi- 
cotti. Anjel sentándose en un sillón. 

El Sr. Alfredo de Riera. . .? 

Martin, mirándole al soslayo. — Ha salido al campo. 
Anjel. — Al campo! sin dejar nada dicho para este ser- 
vidor vuestro'? 

Martin — Ignoro completamente quien sois, y en este 
caso. — 

Anjel — Anjel Picotti servidor. . . . 

El anciano se inclinó en silencio, pero su rostro se 
puso pálido. Anjel involuntariamente, notó aquel cam- 
bio, y creyó oportuno, necesario, justificar la razón de 
él, para su propia intelijencia. 

Anjel — Nada ha dejado el caballero Riera indicado 
para mi? (lijos sus ojos en el semblante del anciano.) 

Martin— Sí, precisamente poruña indicación suya, és 
que os recibo yó. . . .que ademas me honro. . . . — añadió 
como por fuerza. 

Anjel lo comprendió, y pensó: 

— Quien és este viejo, y por qué me tiene esta pre- 
ve ncion?. . . .Lo veremos! 


— 249 — 


Y dirijiéndose al anciano, con tono amigable le dijo: 

—Cracias— Y cuales son las indicaciones (si permi- 
tís) del caballero Riera para mi ? 

El anciano refleccionó un momento y en seguida res- 
pondió. 

Me encargó tanta discreción^' delicadeza cerca de 
vos, que me perdonareis si callo las instrucciones, y es- 
pero simplemente vuestras órdenes. 

Anjel sintió bañarse su rostro inopinadamedte de un 
vivo encarnado al sonido de aquellas dos palabras: “vues- 
tras órdenes” — pero trató de defenderse de la alegría que 
ciega venia como si fuera una enemiga á denunciar el 
delito de una ambición humana. 

El anciano observaba á su vez y notó el cambió de aque- 
lla fisonomía; mas inclinó los ojos acia el suelo y esperó 


a ser interrogado. 


Anjel — Seré indiscreto caballero si os pregunto 
vuestro nombre de familia? 

El anciano volvió ¡i levantar sus ojos penetrantes so- 
bre la frente de aquel hombre atrevido; y respondió con 
indiferencia. 


— Mi nombre de familia puede ser un secreto caballe- 
ro: por consiguiente el único por el cual soy conocido, 
es el de Martin que yo amo tanto, pues és el que me da 
Alfredo! 

El anciano pareció conmovido al nombrar á Alfredo. 

Anjel observaba. 

— Perdonad — añadió — yo no toco los secretos! Veo que 
amais entrañablemente á Alfredo: que sois para él mas 
que todo un padre, un amigo! Lo creo y lo comprendo. 
La simpatía, es uno de los santos misterios de la vida 
del sentimiento; y de la vida de la creación — Quién du- 
daría sin blasfemar de Dios de esta verdad?. . . . 

El anciano callaba: parecía que la idea negativa ¡í la 
que Anjel trataba de encomiar; irritaba el corazón noble y 
altivo de Martinen aquel momento; y Anjel esperto como 
era, lo entendió. 

— Cuando volverá el Sr. Riera? 


Hoy á las siete (Je la noche. 

Podré verle entonces? 

Yo tengo indicaciones sobre ese punto; respon- 
dió con una ecsatitud digna de un conocedor del cora- 
zón humano, que al través del rostro, vé el alma. Anjel 
hizo su jesto habitual, yjugó como por desquite con una 
de sus vanidades;— la cadena del relé. 

Jíien, respondió incisivamente, tomando su som- 
brero — me será necesario volver para saberlo! 

Martin.— No tanto caballero; disponed de mi: dadme 
órdenes (acentuando la frase) yo puedo / cal (-.o/ tas. 

Anjel— No, ante todo necesito ver a Riera; decidle 
que és un asunto que le interesa vivamente El os en- 

tenderá! 

Martin — Bien, cumpliré esa comisión. 

Anj el — Servidor [despidién dose.] 

—Martin— Lo soy vuestro. 

El anciano quedó solo, pensativo, y compulsando to- 
dos los detalles que había observado en el rostro, en la 
voz, en el sentido de las palabras de aquel hombre. 

— Qué habrá entre él y Alfredo? — decía. — A mi enten- 
der este hombre, esplota su fortuna; — mas, de que me- 
dios se vale? — Qué artificios habrá podido presentar, á 
la razón clara de Alfredo, que asi ha logrado engañar- 
le?. . - - Alfredo! este ser que para mi, és mas querido 
que un miembro de mi cuerpo, pués que le perdería por 
él, si fuera necesario! — Alfredo engañado, y yo no me 
levanto como un coloso, para evitarlo! — Yo no rompo 
el corazón dañado y vil, que viene á herir el suyo, tan 
noble, tan leal, y tan j oneroso ! Dios mió! — anadia el an- 
ciano con las lágrimas en los ojos: — su pobre madre me 
dijo al morir:— “Ahí queda mi hijo: mi único bien so- 
bre la tierra! Cuídale y amale como si te perteneciera de 
sangre, pués tú le has cuidado y le has amado, desde la 
niñez ! 

— Y asi lo he hecho! he velado por él, lie sido su me 
jor amigo, he cuidado de que su alma, se educara bajo el 
precepto de la humanidad, y él, corresponde á este santo 


carino! \ yo, Dios inio! yo le bendigo dia por «lia, 
por hora de mi vida! 


hora 


Mas Quién és este demonio mío so cruza en su ca- 
mino para tentarlo?.... — anadia con calor — Porqué 
siento esta repulsión amarga contra él?— por qué no me 
1.1 inspirado la impresión agradable y tierna, que me ins- 
piro aquel sincero amigo, aquel hermano mas bien, de 
Alliedo, Claudio Prado? — Qué hombre! — que virtudes! 
que corazón tan bello ! 

\ moi ir por una pasión; poruña mujer ingrata! Eli ahí 
los secretos de la Providencia. 

Pero dejemos á los muertos en sus tumbas! Veamos 
lo que hai que hacer con los vivos. 

Hablaré francamente con Alfredo, — decia como re- 
fleccionando — no de la manera que lo hizo el primer dia 
«pie vi á ese hombre cerca de él, en el cual solo le espre- 
sé la rara impresión que su presencia me habia hecho, y 
el presentimiento de que le seria fatal! — Sino con la es- 
pansion, con que un padre habla á su hijo. Le mostraré 
el camino funesto, que sin saber por qué, entreveo para 
el si sigue, ese hombre á su lado. . . .le diré! 

Al ir á acabar su pensamiento, el lijero rodado de un 
carruaje, se dejó oír en el enlozado del patio bajo; y el 
anciano creyó reconocer el cabriolé de Alfredo. En efec- 
to, era él que volvía del paseo solitario á que había ido, 
mucho antes, de la hora designada por él á Martin. 

Alfredo penetró en el salón, sumamente pensativo; y 
se encontró con el anciano, que de pié, esperaba su pre- 
sencia. Alfredo le miró tristemente y le dijo. 

— Amigo mió! — Vos aquí? 

Martin. — Si hijo mió! pues sabéis que para mi lo sois! 
Acaba de irse una persona que os interesa y 

Alfredo, interrumpiéndole — Quien? Anjel Picotti? — 
Me ha dejado algún billete? — algo en fin 

— Martin. — Nada sinó la espresion de la necesidad que 
de hablaros tenia 

Alfredo, ajitado. — Fatal paseo! siempre que me dejo 
arrastrar de una vaga impresión, me asalta algo en la vi- 


du, terrible, indescifrable! — y cosa rara! el eoiazon me 

lo decía! — Y ella ? — no ha dicho nada de ella? 

Martin, sorprendido — De quien, Alfredo? 

Alfredo — Que dije?.. 

Y se pasó las manos por Ja frente, corno si la abrazara 
un cúmulo de diversos pensamientos. 

Martin. — Habéis dicho Ella; y yo no sé á quien os re- 
ferís. — Tiene por acaso, ese hombre alguna hermana. .? 

Alfredo, que como todo el que aura tiene necesidad de 
hablar del objeto de su cariño, respondió: 

— Si Martin! tiene una hermana! 

Martin. — Y la amais Alfredo? 

Este se acercó, tomó las manos del anciano, y muy 
conmovido le dijo: 

— Martin! Vos sois mi segundo padre; á vos que habéis 
cuidado de mi fortuna; de mi salud, de mi educación 
y de mi vida; ú vos que habéis amado tan desinteresada- 
mente ámi cara madre; á vos, fiel y noble amigo, puedo 
confiaros el secreto de mi corazón! 

Por las mejillas del anciano, se deslizaban esas lágri- 
mas, que en el primer periodo de un suceso desgraciado, 
vierte el corazón, como si cada gota, fuera el símbolo de 
un doloroso presentimiento. — Alfredo prosiguió. 

Lo creereis? La hermana de ese hombre, de ese Anjel 
Picotti, á quien instintivamente odiáis Martin; esa mujer, 
fué la prometida de Claudio Prado! 

Martin, ajitado. — Y áesa ingrata amais vos Alfredo. .? 
Alfredo. — No á la ingrata, adolescente viijen; sino á la 
noble y casta mujer; á la esposa y madre intachable, á 
la joven santificada por el sacrificio del alma! 

Martin — Entonces no es la misma. 

Alfredo- — Si Martin, la misma! Inés la mujer amada 
por Claudio Prado! por aquel ser privilejiado! la misma 
belleza; solo que Claudio la perdió vírjen intocada, y yo 
la encuentro esposa y madre. 

El tono amarilloso de la piel del rostro efe Alfredo en 
aquel momento, manifestaba la clase de sensaciones que 
ajilaban su alma, y el anciano lo comprendió. 


Sentaos hijo mió, le dijo oprimiéndole las manos: — 
sentaos al lado del pobre viejo Martin, <|ue os ama tanto, 
como os amaría vuestro propio padre! Abridme vuestro 
coiazon ; contadme esos dolores secretos que yo he sor- 
pi endido, sin encontrarles un nombre, de tiempo á acá, en 
vuestro semblante, en vuestras menores acciones. Ha- 
cedme conocer nuestro destino; decidme, que tiene que 
\ ei , con el de ese hombre, cuya presencia se me figura 
que és como la del plomo cerca del oro; una anoma- 
lía! — Como la cercanía del diablo diré mejor , cerca del 
anjel de la esperanza! 

Y el viejo contemplaba el rostro varonil v triste de 
aquel hombre joven, rodeado de una brillante fortuna; 
hermoso como el Apolo de M. Barbedienne, sombrío co- 
mo el Pensador de Qechter, sin encontrar el anillo jira- 
torio y májico de la gran cadena del destino humano que 
debiera fijar su camino ; es decir, su felicidad sobre la 
tierra ! 

El anciano habló. 

—Y bien, hijo mió! decidme todo, y si necesitáis con- 
sejos de la edad, de la esperíencia, pedídmelos: porque 
consueios los tendréis ¡1 placer ; pero desahogaos! yo no 
veré en vos como siempre, sino un hijo, un amigo des- 
graciado. 

Alfredo — Si Martin, y tendréis razón de no ver sino 
un desgraciado, al cual Dios le ha dado oro :í manos lle- 
nas, para hacerle palpar mas groseramente su miseria, 
su impotencia ! 

Yo amo! — pero sabéis como amo Martin ? profunda- 
mente! — le decía como si aquella confesión aliviara su al- 
ma comprimida por el secreto — amo sin esperar com- 
pensación, sin creer en nada, sino en la fatalidad que 
me arrastra! y cuando intento detener los ojos en el abis- 
mo que se cruza bajo mi planta, veo estínguirse comple- 
tamente en este oasis desierto, el prisma tentador de mis 
mas bellas ilusiones. 

Yo, — ornas bien mi corazón — furioso de hallar un 
obstáculo, rompe entonces en alaridos secos y profun- 


— 2ó 4 — 


dos; v con ios golpes de su dolor prepotente, obliga á 
los sentidos á hacerse negativos completamente, á la luz 
de toda revelación. — Lo oís bien amigo mió? Este es mi 
estado : esta és la verdad. Yo os hablo, como solo me 
atrevería á hablar á Dios y á mi misino. 

Después de esta confesión, comprendereis fácilmente 
lo que serán para mi riquezas, juventud, placeres del 
mundo; y todas las mujeres juntas ó separadas, por be- 
llas que sean, en este inmenso panorama de la vida. 

— Amo á Inés : la he amado sin saber como, ni por qué. 
Antes de conocerla, la soñaba bajo la forma, no esplén- 
dida y provocativa del deseo; sino bajo la forma suave y 
maravillosa que el infortunio dá á la mujer joven y her- 
mosa, que cruza equivocada una senda por otra de la vi- 
da. La conocí y la amé indeliberadamente, tanto cuan- 
to la veneré desde entonces. 

— El sentimiento pues, solo ha cambiado de traje. La 
vestidura de la ilucion celeste se há trocado por la ves- 
tidura real y perfecta de la belleza humana en toda su 
plenitud: valoro las dos; y entiendo que esta última ha 
subido de precio para mí, y que todo el sacrificio ínti- 
mo de mi corazón, de mis goces, no viene á ser sino un 
pobre tributo á ese artístico trabajo de la naturaleza. 

— Qué hacer? — añadía, como si aquella refleccion hu- 
biera quebrado nuevamente alguna espina de las que 
martirizaban constantemente su corazón. — Si lucho, tri- 
unfará de mi voluntad, el sentimiento íntimo, el dolor, 
la desesperación, el destino ! Nada ! — Dejemos que bo- 
gue la barca de mi vida como Mortimer y Stors hacen 
navegar la barca de Shakespeare en el occéano sin fon- 
do y sin límites de la poesía ! — El límite sin fondo del 
occéano de la inia será. ... la esperanza. . . . 

Martin. — Ella entreabre recien para vos, como las be- 
llas flores de la primavera, su cáliz perfumado de amores, 
de ventura y de íntima felicidad. 

Mentira ! — dijo levantándose y paseándo á grandes 
pasos el salón. 

Yo he pronunciado la palabra esperanza, sin con- 


viccion. Yo estoy como un cadáver para la felicidad, y 
sobre esto no hay que engañan e ! Esa tnnjer jamás será 
mia, pues es de otro! Ademas, ella ignora este amor que 
abruma mi alma; que absorve todas mis facultades; y.... 
lo ignorará siempre ! 

Martin — Y por qué V 

Alfredo — Ved mi destino! Siento la necesidad inde- 
cible de verla irreprochable delante de mí; ante ella; an- 
te el mundo ! 

Martin — Eso es vanidad ! 

Alfredo — Eli ah i la humanidad ! A las inmaculadas 
creaciones del alma abnegada del sentimiento invenci- 
ble, se le busca la traducción mas pequeña y absurda! Vos 
acabais de entrar en este instante cu ese número. Mas 
respondedme. — Si yo marchitara con mis propias manos 
las flores de la corona que adorna su frente, de fidelidad 
y sacrificios, — donde encontraria altar el culto ; donde 
encontraría el culto imájen? Desde que yo había roto el 
eje de diamante, que hacia jirar el globo de mis ilacio- 
nes; desde que yo arrebataba á la madre en la esposa, y 
hacia condenar á ambas en la mujer, — que juzgaríais 
de mí. ? 

Martin, que solo veía y quería la felicidad de Alfredo, 
respondió. 

— Pero entonces queréis morirte por ella como Clau- 
dio Prado ? 

Alfredo refleccionaudo — No ! — Yo creo que viviré pa- 
ra el tormento de ella y el mió, largo tiempo aún sobre 
la tierra ! 

Morir seria mas fácil, pues la impiedad arma el brazo 
del suicida, al que de cierto Dios le deja en un momento 
fuera de su protección. — Pero como se muere sintiendo 
el calor irritante de ese poder que puede mas que la na- 
da, cuando ecsiste la sensación que fecunda con su uni- 
versal esencia la creación, los seres, y que se llama 

amor ? — . . . 

— Como morir cuando la juventud lucha con el trio de 


las tumbas ; la luz con la sombra ; el movimiento ajitador 
del espíritu, con la calma inerte de la materia sola. — ? 

Martin. — Alfredo, Alfredo ! — Quieres que yo vea á 
Inés ? 

Alfredo pareció sorprendido de la tiniebla del miedo, 
y respondió — 

— A ella, á Inés ! y para qué ? 

— Martin para conocerla! 

— Y si no sois prudente, y por no serlo Martin, per- 
deis la amistad de Alfredo para toda vuestra vida? 

El anciano se puso lívido : á su vez sintió el miedo de 
perder á aquel ser tan noble y grande, y respondió — 

— No Alfredo mió! no! tu cariño es para mi lo que 
el movimiento á los mares; su vida ! lo que és á las flores 
el sol, el rocio y la tierra; necesarias; — me abandonas; el 
pobre viejo se vá de este mundo!. . . .No! yo quiero ver 
pues, á Ines para conocerla; para saber si vale lo que di- 
ces, si te merece; si és digna de esa abnegación tan supe- 
rior! — lo consientes ahora? dudas de mí? 

Alfredo se acercó, y con una de esas sonrisas inespli- 
cables, que podría llamarse sonrisas de placer y de dolor, 
le dijo. — Si, Martin: conocedla; yo también tengo ese de- 
seo: ese hombre Anjel Picotti, su hermano os conducirá: 
yo os daré mis instrucciones, y como cuento con que sois 
un anciano prudente, intelijente y bueno, entiendo que 
me conservareis en ese anciano al amigo y al segundo pa- 
dre, que amo y respeto tanto ! 

El anciano iba á responder, cuando apareció un criado 
á la puerta, anunciando al Señor Anjel Picotti. Alfredo 
dió orden de entrada, y Martin la recibió de permanecer 
por un instante mas. 

A poco, Anjel Picotti apareció con la notable tranqui- 
lidad, que aparentemente le caracterizaba siempre. 

Caballero — dijo dirijiéndose á Alfredo. Este se puso 
de pié, y contestó llanamente al saludo. 

Martin esperó á que se dirijiera á él, pero el recien lle- 
gado pareció no haber notado su persona: el anciano tra- 
dujo ese descuido de este modo: 


— 257 — 


Quiere sacar partido de mi amor propio ofendido ; 
no lo obtendrá! y empezó á pasearse por el salón. En- 
tonces Anjel se dirijió á él— perdón Señor, dijo, no os 
había notado. 

El anciano, con suma naturalidad le respondió — Ni yo 
a vos! y siguió su pasco. 

Anjel \olvio á su asiento sin manifestar que estaba 
moi tincado; mas Alfredo lo percibió, notando por la pri- 
meia \cz sobre el rostro innoble de aquel hombre, el jes- 
to delator del inmenso recinto del mal en que fluctuaba 
su alma. Anjel sin embargo empezó la conversación. 

He estado á veros caballero, y me recibió ese señor, 
(señalando á Martin,) que no sé como debo de tratarle 
pues ignoro si és vuestro amigo vuestro dependiente ó . . 

El anciano escuchaba paseándose aquel insulto: el rostro 
se le enardeció: iva á responder á la injuria; pero reflec- 
cionó que si Alfredo le amaba, Alfredo liaría su deber. 
En efecto esta fué su respuesta. 

— Caballero; cuando un hombre como ese (señalando 
á Martin) con una noble y venerable cabeza adornada de 
canas que no tienen la mancha de un remordimiento, está 
al lado de un hombre como yó; queda por entendido, que 
ese hombre, si fuera un dependiente, su primer titulo de- 
bería de ser el de amigo: pues és demasiado anciano para 
solo haber obtenido el primero sin haber sabido con- 
quistar el segundo. 

Anjel quedó por un instante, como anonadado, pero 
bendiciendo á Dios de saber á que atenerse en adelante. 

Asi, maniobró contra el viento, y respondió: 

— Me perdonareis si he sido torpe — pero que queréis? 
me ha parecido que era un medio de saber lo que no me 
atrevía á preguntar, directamente y «pie acaso lo toma- 
ríais como una mera curiosidad. 

— Sin embargo; podíais haber recurrido al medio mas 
seguro, que és el mas noble — el de la verdad! 

Anjel palideció, y corrió por su frente este seco pen- 
samiento de duda — Si me habrá comprendido ? pero pro" 
17 


siguió bajo la chapa de carne, que la naturaleza había 
puesto como careta de su alma. 

— Es verdad! el hombre yerra á veces en débiles cosas 
y acierta en grandes hechos! os daré una prueba de mi 
arrepentimiento — dijo, con sencillez levantándose y acer- 
cándose al anciano que seguía meditabundo su paseo. 

— Caballero — lie sido victima de un error no alcan- 
zando el sitio que ocupabais cerca del Sr. Alfredo de Rie- 
ra: ahora sé que sois su mejor amigo, y yo vuestro 
servidor muy atento. 

El anciano le ecsaminó friamerte, y respondió — Alfre- 
do és mas que un amigo para mí; ocupa en mi corazón, 
el lugar de un hijo! — mis cuidados no se reducen á amar- 
le solamente, caballero; sino á evitarle toda dase de 
mal. . . .! 

Anjel entendió la reticencia; pero sacudió la intención 
del viejo, é hizo de la necesidad virtud, respondiendo 
con disimulo. 

— Ya se vé! En eso consiste el verdadero cariño! Os 
felicito, y felicito á Alfredo, por haber hallado en el mun- 
do un segundo padre! 

El anciano prosiguió su paseo refeccionando — O este 
hombre és un necio, ó un desalmado! 

Anjel hablaba ya con Alfredo. 

— Necesito estar solo con vos. 

— Alfredo — ante todo, quiero que hagais conocer á 
vuestra hermana por este anciano que és mi padre! mi 
amigo! 

— Anjel — Y cuando? 

— Alfredo — Iloi á la noche. 

Anjel — Y con que pretesto para ella ? 

— Alfredo — Con la verdad. — El me és necesario; es 
nú cajero: vos en cualquier caso necesitareis veros con él 
si yo falto, en un momento dado; él hará todo lo que yo 
haría pues tiene mis órdenes. Ademas, él le dirá álnés que 
yo le envío en mi lugar, para quitarle todo jénero de 
sospecha y quitárselas al mundo sobre todo ! pues un 
anciano no podría infundir ideas contra el honor de •• v 


joven. Ella será mas espansiva con él sobre cualquier 
punto y. — 

— Anjel interrumpiéndole — y vos no pensáis verla mas? 
di jo como si temiera que faltando ! i presencia de Alfredo, 
sus cálculos se los llevara Satanas por medio del anciano. 

Alfredo — Para qué? — Mi pi puede empe rar 

la situación de vuestra hermana, v vo trato simplemente 
de salvarla ! 

Anjel — -Yo os he garantido todo, y creedme, no acos- 
tumbro decir nada de mas. Vuestra presencia conviene 
por qué és necesario vuestro raciocinio cerca de Inés; ese 
anciano, decía bajando la voz — aunque ós ama con deli- 
rio, noós sabrá representar tal cual sois. 

—Alfredo se sonrojó por qué había en las palabras de 
Anjel, un tono imperceptible del galante cumplido; por 
<pié se acordó de Inés y el amor propio irritó su sangre. 

Anjel lo observó y dijo— esto promete! v prosiguió — 
Ecsijo que seáis vos el que manejéis este asunto exclu- 
sivamente, sin intervención de ningún otro individuo, 
pues de otro modo me retiro 

Alfredo — permaneced! yo no había puesto un tercero 
ilegal: conozco á ese anciano: sé lo que vale! y mis secre- 
tos en su pecho, tienen la cubierta que cubre la t umba! 

Anjel — Alcanzo esa fé; ese respeto: pero respetad vos 
mis condiciones — Solos entramos, solos deberemos de 
concluir. 

Alfredo — -Está bien, y teméis razón; retiraré mis órde- 
nes á Martin, y quedaremos como estábamos. 

Anjel — Gracias, asi proseguimos. Ahora escuchadme! 
Sacó en silencio la cartera de su bolsillo, Vle ella la carta 
anónima para Lemaitre; de entre ella extrajo los dos ori- 
j inales escritos de la mano de Antonio de Paula y con su 
firma al pié (según la ecsijemia y cálculo de Anjel,) y 
desdoblándolos dijo á Alfredo : 

Aqui tenéis las piezas justificativas de la intriga, y él 
autor de ellas: leedlas con atención. 

Alfredo inmutado tomó aquellos papeles que empe- 
zó áleér en silencio, mientras que Anjel observaba el 


— 260 — 


rostro de aquel hombre bello, noble, é inocente, víctima 
de los lazos de la mas negra y estúpida calumnia. 

Gran Dios! dijo Alfredo dejando caér los brazos 

con desaliento — y las palabras de la infamia se pueden 
vestir con el traje del amor y de la santa esperanza! y yo 
pude haber visto verdad en la mentira; luz en la som- 
bra; el paraíso en el lodo ! 

—Gran Dios! como está viciado el corazón humano, y 
como és verdad que el hombre puede ser traicionado en 
la hora mas inesperada de su vida! — Sin embargo, qué 
mal he hecho á nadie y<3? — qué mal les he hecho yo á 
ninguno de esos séres, cuando ni les conozco? — Fué bas- 
tante razón haber visto á una mujer una sola vez, haber- 
la dicho unas cuantas palabras, y haber desaparecido 
para siempre de mi?. . . - De qué tendrán el corazón esos 
malvados? — dijo apretando los puños y alzando la voz. 

El anciano que se había retirado á la galería esperan- 
do las órdenes de Alfredo, pero desde donde escuchaba 
perfectamente la conversación, se presentó en silencio 
como si aquel fuera el momento indicado. 

Alfrcdolo miró ; dudó un momento, sobre lo que 
debería de decirle y al fin, con la voz conmovida por el 
esfuerzo de un triste mandato, le dijo : 

Amigo mió! Volved dentro de una hora! Martin se re- 
tiró, fijando una mirada intima y larga, en Anjcl que pa- 
reció no haberlo observado. 

Anjel. — Proseguid, le dijo recibiendo el papel funesto 
que Alfredo le presentaba. Alfredo siguió la lectura de la 
segunda pieza justificativa. Cuando concluyó le dijo a An- 
jel, tratando de parecer tranquilo. 

— Y que pensáis hacer con esto? 

Anjel presentó en silencio la carta anónima á Lemaitre, 
y siguió observando la fisonomía de Alfredo mientras leia. 
Este concluyó y entregó la carta á Anjel el cual habló. — 

Que os parece esa carta, colocándoos en el lugar de 
Lemaitre ? 

Alfredo — Indagaría su orijen: la verdad en fin ! 

Anjel — Cómo, estando tan lejos ? 


— 26 1 — 


Alfredo.— Vendría inmediatamente si amaba á mi es- 
posa, y resolvería por mi mismo ese problema, ya que ha- 
bía sido tan torpe para creér lo que no debí de haber 
creído! 

Atijel— Si!— -Como siempre veo que ós remontáis á las 
rejiones del sublime sin acordaros de que estáis en el 
mundo. Esto favorece vuestro modo de ser moral, caba- 
llero y amigo pero no ós coloca en razón ! 

Alfiedo. Vos me alejáis de ella por capricho según 
creo; perdonadme esta suposición hecha ¡i vuestra jugue- 
tona manera de ser. ‘ 

Anjel. Os hablo racionalmente, y este ós un asunto 
sobie el cual, yo no desearía entretener el tiempo que pa- 
ra su conclusión falta ! 

Alfredo. Tanto mejor! V eamos vuestra opinión sobre 
el efecto que causará á Lemaitre este aviso puesto que 
le conocéis! 

Anjel. Tomará los papeles, los leerá con cachaza 
aparente; pero con una cólera secreta, pues su vanidad 
la emplea hasta con el mismo: — y tomará una determi- 
nación en seguida. 

Alfredo, — De quéjénero? 

Anjel. — Del jénero mercantil, pero negativo y. . . .An- 
tonio caerá! — añadió con la sonrisa ó jesto nauseabundo 
de las circunstancias supremas. 

— Alfredo. — De nada valdría que Antonio cáyera, (y 
eso no ós del caso) si la calumnia no queda demostrada! — 
respondió Alfredo con altura, y como ajeno a la idea de 
una personalidad aislada. Anjel lo comprendió y trató de 
borrar el vestijio que su falta involuntaria había hecho 
en el espíritu de Riera. 

— Ya lo creo! dijo — El objeto ós vindicár á Inés: 
pero como para vindicarla es necesario que caiga el de- 
tractor; me anticipó á tocar en la causa, el arbitrio, por 
que creí que quedaba por entendido el resto. 

Alfredo. — Bien: vamos al corazón del asunto — vendrá 
Lemaitre; se arribará á devolver la paz á esa familia?— 
Esto es lo que quiero saber puesto que ós he ofrecido mi 


cooperación absoluta. Al hacer esto, creo que cumplo 
un deber de amistad cerca de Claudio Prado que amó 
tanto á Inés; de conciencia, respecto de la humanidad: y 
como caballero, cerca de una mujer desgraciada . ^ 

Anjel — Noble y bueno! — Dijo con hipocresía, tomán- 
dole las manos amigablemente — Alf redo no respondió. 
Anjel. — Lemaitrc — procede con ese anónimos Lcmaitre 

viene ! 

Alfredo. — Tencis plena confianza? 

Anjel. — Absoluta. 

Alfredo.— En que ós fiáis? 

Anjel — En su carácter y en los medios empleados. 
Alfredo. — Y, si ós equivocarais? 

Anjel. — Me sucedería como á todo hombre que es fa- 
lible en su juicio, pero cuya autoridad de datos y de ra- 
zón sobre una cosa dada, le coloca en posición de decir 
“creo!” 

Alfredo — Es verdad! — todo ós falible en la vida; todo! 
hasta la esperanza í * 

Anjel sonriendo. — Ese es el capitulo primero del li- 
bro de las enmiendas de la buena fortuna. 

Alfredo: — Tratad de precisar el tiempo necesario pa- 
ra la conclusión del asunto. 

Anjel refleccionó. — Sacó la cartera hizo varias apunta- 
ciones esclusivamente para él; después preguntó como un 
hombre sin memoria. — En qué mes estamos? 

— En Junio, respondió Alfredo. 

Aquel volvió á escribir, y al cabo de un momento 
dijo: 

— Le doy por largo cuatro meses. 

Alfredo — Cuatro meses! sí: és el tiempo necesario, 
y añadió— nada necesitáis? nada os hace falta? 

Anjel — Bien comprendereis que vuestra eesesiva bon- 
dad ha ido mas lejos de lo que supondría cualquiera — 
Pero esas bondades hacia mi hermana, y esa confianza 
hacia mí, tendrán una recompensa honorable, y grande 
como la niereceis Riera! 

Alfredo — Sin ambiciones yo renuncio á todo, si ob- 


— 2G3 


tengo volver á vuestra hermana su paz! Dejemos esto: 
prosiguió — y poned en práctica vuestra obra. 

Si, respondió Anjel tomando su sombrero, y oprimién- 
dole la mano. INI as Alfredo pareció recordar algo olvi- 
dado y le dijo : 

— \ qué, Inés no verá esos datos antes de que partan 
á Europa? Cómo queréis que el acusado no conozca sus 
detractores, ni los medios empleados contra e'los, ni los 
arbitrios de defensa que le ofrece la suerte? 

Anjel reñeccionó — Tenéis razón, respondió: — esta no- 
che se los enseñaré, mañana parte el vapor, hay pues 
tiempo. 

Alfredo. — Si permitís — será en mi presencia, pués me 
habéis manifestado que la deseáis en este asunto cerca 
de ella. 

Sí, respondió Anjel con placer; á las diez yo vengo á 
buscaros. 

— De acuerdo ! 

Anjel bajó la escalera, dejando pensativo á Alfredo. 

A poco rato, y sin ser esperado apareció Martin. 

— Alfredo! — dijo acercándose á él. 

Este levantó sus grandes y negros ojos sobre la cabe- 
za venerable del anciano, y respondió : 

— Amigo mió! 

Martin — Sufrís hijo mió? 

Alfredo — Sufro; pero me conforta la idea do que Inés 
se salvará ! 

Martin — Hacedme conocer á esa mujer ! 

Alfredo — Si, esta noche á las diez preparaos. Anjel 
viene á buscarme, iréis conmigo. 

— Martin — Y, ese hombre que me ha ofendido! 

Alfredo — Iréis conmigo repito : el és una cosa segun- 
daria en ta.ito: y ademas Martin, á un anciano respeta- 
ble no lo ofende nadie! — Iréis. . - -? ^ 

Martin vaciló un momento; pero respondió en segui- 
da — está bien, iré ! 

Convenidos asi esperaron las diez de la noche. Alfredo 


sentía la incorporación inmaterial de la esperanza á las 
fibras de su corazón triste, entonces abatido. 

Si me amará! — Se dijo un momento, contemplando 
su noble y esbelta figura en un espejo— y dígase lo que 
se quiera sobre esto; el mas refinado juicio de un hom- 
bre joven, se irrita de ese golpe de fiebre, que se llama 
ilusión, porque propiamente dicho se ignora su verdade- 
ro, nombre al verse bello y joven. 

Alfredo — sintió por un rápido instante ese voluptuoso 
parasismo de la felicidad, y tuvo que sentarse un mo- 
mento para aquietar su cabeza ó su corazón sumamente 
ajitado. 

En fin: las diez sonaron, y Anjel no se hizo esperar 
ni Alfredo se detuvo sino el tiempo necesario para em- 
pleár en decirle : 

“ Perdonad si me atrevo á presentar á Inés, á mi me- 
jor amigo, y al que por toda eventualidad, puede en un 
caso desgraciado quedar en lugar mió en el asunto de 
que se trata. 

Anjel contrajo su frente, y dijo : 

Si vos lo disponéis, ya sabéis que aunque no consenti- 
ría que un tercero tomase parte en la manera de proce- 
der mia esclusivainente: respecto de vos, solo me per- 
mitiría advertir la inconveniencia; mas como vos teneis 
tanta fé en el modo de ser de ese anciano. — 

Alfredo — con altura y firmeza : 

Sí! tengo fé, en mi mejor amigo y és necesario que 
Martin por todo evento, lo repito, conozca á Inés. 

Anjel se inclinó ante la invariable voluntad de Alfredo 
— Este llamó á Martin, y después de un frió saludo cam- 
biado entre él y Anjel, salieron los tres á ver á Inés. 

Inés estaba prevenida, y recibió á aquellos personajes 
de una manera significativa. 

Alfredo, presentó á Martin en estos términos : 

— Señora: Me hé tomado la libertad de presentaros mi 
mejor amigo en la vida, que és este anciano, porque en 
las ocasiones supremas, deben de ser supremas las me- 
didas. 


Este anciano señora, és el individuo de mayor confian- 
za para mi; en cualquier caso, <51 me sostituiria, lo espe- 
ro de la bondad vuestra, y él ocuparía mi puesto en el 
asunto que os pertenece, como lo haría un buen padre: 
—con el mismo calor y buena fé que yo mismo! — Este ha 
sido mi objeto al presentaros al anciano Martin Bcrtrand, 
que veis aqui. 

El anciano de pié delante de Inés con su venerable ca- 
beza un poco inclinada, esperaba la respuesta con cierta 
ajitacion. Inés bondadosa, y atenta como la verdadera 
mujer americana, que por los instintos de su naturaleza 
meridional, siente, y comprende la santa prescripción de 
la fraternidad que se consigna en estas palabras del evan- 
gelio — “Amad al prójimo como ó tí mismo,” — compren- 
dió en la humilde postura del anciano toda la fuerza de 
una superioridad de alma, subordinada á la influencia de 
las fórmulas de la regla establecida; pero que luchaba en 
la inmensidad de si misma, con el espacio que la separa- 
ba de la vida inmaterial sin duda. Se acercó al anciano, 
y con voz afectuosa le dijo: 

— Caballero: yo me considero feliz de ofrecer al amigo 
del Señor Riera, mi respeto y amistad. Vos no sabéis 
que esta inesperada visita alegra mi corazón? — Sentóos 
caballero. 

El anciano alzó sus ojos resplandecientes del fuego 
dulce de la bondad profunda, hasta el rostro de Inés, y 
pareció que aquella fisonomía le había cautivado: — el 
anciano respondió : 

— Señora — aunque sois muy joven para llevar ya, este 
título tan grave, comprendo que le habéis aceptado con 
orgullo: — En este caso, aceptad también que un ancia- 
no os dé ese honorable título. Yo lie solicitado conoceros; 
no sé que atracción secreta me arrastraba ácia vos. — 
Aceptáis mi respeto y mi admiración? 

— Inés — Aceptad mi amistad noble anciano, y creeré 
que mi destino no és tan ingrato. 

Martin — Creo que sois una mujer escepcional; bien 
me lo habia dicho Alfredo! 


— Inés, sintió la tinta roja de la incógnita vergüenza, 
que irritaba súbitamente sus mejillas sin saber porqué. 

Anjel lo observó: Alfredo lo .sintió. 

— Inés — Gracias señor. 

Alfredo — Nuevamente volvemos á inportunaros roban- 
do á vuestra tranquilidad algunos momentos, para coloca- 
ros en el corazón del asunto que v;í á desarrollarse, y 
ofreceros la posición que antes teniais. 

Y, dirijiéndosc á Anjel que habia permanecido silen- 
cioso le dijo : 

— Enseñad caballero á vuestra hermana, los medios 
con que Contáis para salvarla. 

Anjel, se aprocsimó en silencio; cstrajo de la cartera las 
cartas para Lemaítre, y se las entregó á Inés, con estas 
palabras: 

— Novayaisá alteraros nuevamente, pues todo lo sabéis 
Inés; pero leed con atención esos escritos y dad vues- 
tra opinión sobre el que vá anónimo á Lemaítre. 

— Inés, tomó los papeles en silencio y en la lectura de 
los dos borradores de cartas bajo su nombre á Alfredo, 
se la vió, palidecer, pasar las manos por su hermosa fren- 
te, como si la resignación quisiera abandonarla, mientras 
que Alfredo decía desde el fondo de su alma. 

— No me ama! — Es en valde esperarlo! Y cayó una 
sombra de melancolía sobre su espaciosa frente, que na- 
die observó sinó el anciano. 

En fin; concluida la lectura de aquellos papeles, Inés 
les dobló entregándoselos á Anjel, y le dijo: 

— Empiezas bien! Ojalá el resultado corone esos esfu- 
erzos! — y dirijiéndose á Alfredo : 

— Nuevamente gracias, Sr. Riera! 

Entiendo que entráis vos en este detalle lo 'mismo que 
en todo el cuadro de esta acción jenerosa, como la ca- 
beza, y el brazo del asunto! 

Alfredo (con melancolía) 

Aprobad simplemente el plan, señora, y mi alma que- 
dará satisfecha! 

En el acento de aquella voz habia una impresión tan 


— 267 — 


marcada de pesadumbre que sorprendió á Inés, é hizo 
sonreír á Anjel. 

El anciano movió tristemente la cabeza. 

Inés respondió. 

—No solo apruebo caballero vuestro plan, sinó one 
valoro el sacrificio 

Alfredo Sacrificio! Esa és una palabra estéril sobre la 
tierra! Investigadlas persecuciones que han sufrido los 
que se han abnegado en la vida por una mujer amada; 
(Ines se puso sumamente pálida) por un amigo; por una 
virtud austera; y encontrareis como yó, que el sacrificio 
es estéril aqui bajo! 

Inés, con emoción. — Entonces negáis caballero la po- 
sibilidad de las recompensas humanas? — contáis por na- 
da la gratitud sin limites; la reciprocidad de los sacrifi- 
cios ? 

Alfredo. — Nada niego señora! Pero si dudo, que esas 
recompensas vengan graduadas al deseo ó á la opon uni- 
dad del que sueña con ellas. ! 

Inés. — Desconfiáis de Dios. . . .? 

Alfredo— No; porque le reconozco como autor de to- 
do; pero dudo simplemente de que la esfera de mi des- 
tino sea como yo la ambiciono! 

Inés— Sois joven, intelijente, con una gran fortuna 
en vuestras manos, y libre sobre todo para elejir el bien 
de vuestra vida! 

Alfredo repitió, con un acento profundo. — Libre! 
libre! 

Anjel, — Y no lo sois Riera? 

— Alfredo. — Esa revelación la hará algún dia mi co- 
razón á Dios! 

Y tomando un aire digno, semejante á la espresion 
con que Collás describe el Apolo enteramente de su con- 
cepción, añadió: 

— Sr. Anjel; veamos de realizar lo mas pronto posible 
ese asunto que la situación de vuestra hermana lo ecsije 
con premura; y creéd señora, — prosiguió dirijiéndose á 
Inés- — que ós hé ofrecido mi amistad por la vida; mas si 


— 268 — 


yo muero antes de concluir mi misión — ahi ós queda 
Martin, mi mejor amigo; él ós recordará mi nombre algún 
dial 

Sin esperar respuesta, sumamente ajitado, tomó su 
sombrero y salió. 

El anciano se despidió de Inés, que conmovida y asom- 
brada, se veían reflejar en sus bellísimos ojos dos lagri- 
mas — ella dijo al anciano: 

Volved a verme dentro de tres dias!, 

Anjel no oyó esta cita, pues había seguido los pasos 
de Alfredo. El anciano prometió volvér y siguió á los dos. 

Al siguiente dia, los datos justificativos, se habían 
puesto en el correo para su destino, á la dirección de Mr. 
Lemaitre, y Anjel sonriendo decía. 

“Allá vá la rueda de mi fortuna rodando hasta las ar- 
cas de Mr. Lemaitre; mientras que la de Antonio viene 
rodando á descansar entre mis manos! 

Eh ahi lo que és la vida con todos sus accesorios! una 
rueda infatigable y caprichosa!” 

Mientras que Alfredo viendo alejarse el vapor donde 
iba el esclarecimiento de la vida de una esposa intachable 
de una madre infeliz, decía solo y triste. 

“Empieza á mostrarse la Providencia!” 


INES. 


CAPITULO XXVI. 


“ El talento no tiene secso,” — ha dicho el sublime 

jenio de la literatura francesa, á fines del siglo XVIII 

madama de Staél; y nosotros, pobres criaturas de un 
orden menos elevado que ella, decimos relijiosa y triste- 
mente — “el corazón desgraciadamente, no conoce esta- 
do social.” 

Colocado en el real del camino de una vida transito- 
ria, y discipúlo injénito, de la naturaleza primitiva; res- 
ponde con sonoros acentos á la fibra del sentimiento, sin 
saber como, ni por qué. 

La fórmula se alza jigantesca demandando el resulta- 
do de su seca potestad; pero en valde ! el corazón que 
siente, és mas poderoso que ella: en secreto, ó á la faz 
del mundo, venze su precepto y dignifica al Creador. 

Mas, no vamos íí moralizar el dolor de una pasión des- 
graciada; la importancia social que tiene un corazón que 
siente y sufre fuera de su órbita: solo nos concretamos ó 
delinearle, tal como un pintor, reproduce la estampa de 
un objeto. 

Inós pues sentía sin confesárselo; una de esas impre- 
siones íntimas, febricientes que calcinan los sentidos, y 
arrastran la voluntad. 

Desde que vió á Alfredo, la revelación de un senti- 
miento, de una ilusión perdida, hirió espontáneamente 
su imajinacion y ella supo encontrarle forma en los re- 
cuerdos. El nombre de Claudio Prado, resonó como la 


nota de una armonía escuchada on horas de bienandanza, 
y perdida en horas de la inas negra señal del destino ! 

Recurrió á la ¡majen de aquel hombre muerto yá— para 
darle vida : y — cosa rara! no halló en sus perfiles el 
encanto, la viveza, y la poesía del sentimiento en que 
ella misma había creído ! 

En efecto: Inés habia amado á Claudio Prado, como 
se ama el mas bello diseño de una obra que tendrá 
dobles y perfectas proporciones algún dia: pero al cual 
le faltan los golpes maestros del linde la concepción.— 
Por esto dijimos al principio de esta historia, “Claudio 
era el bosquejo de su ideál; no su ideal mismo.” 

Alfredo era sin duda el tipo de su imajinacion; el hom- 
bre de carácter firme, el hombre de entendimiento que 
revestido de la forma de la belleza artística que sirvió de 
modelo al pensador de Miguel Anjel, se habia aparecido 
súbitamente en el camino de su vida, revelándole que 
su pasado solo habia sido un sueño: y el presente, la ra- 
dicacion clara de un porvenir acaso imposible ! 

Ella lo percibía al través de los ropajes fríos de la des- 
gracia, que como la túnica que cubre á un moribundo, 
desceñía sus anchos y misteriosos pliegues, sobre la ca- 
beza casi apagada por la desventura. 

— A quién le iria á confiar el testimonio de su destino, 
de su corazón ? 

— A quién volvería los ojos en la hora de la angustia 
y de la misteriosa revelación de una impresión que el 
mundo condenaría, por inocente que ella fuera ? A quién 
iria á decirle — los que me calumniaron, adivinaron en mi 
alma, el secreto de un porvenir que yo ignoraba y que 
apesar mió me muestra Dios para probar mi fuerza, 
colocándola en el sitio de todos los sacrificios y de la tor- 
tura de ver que tengo que suicidarme para el sentimien- 
to, y vivir sola y esclusivamente para el mundo ! 

Dónde hallaría un ser que la comprendiera? una alma 
llena de la santa piedad humana que la dijera — aquí está 
el arcano de mi pecho: depon en él tus secretos; yo te 
seré fiel: yo te consolaré ! 


una criatura; esa fue Magdalena. 


Solo se acordó de 
Artey. 

Inés esclamó á ese recuerdo 


— Ali. solo ella será capaz de derramar en este cora- 
zón ulcerado y triste el bálsamo consolador de la paz v 
a casta impresión que la misericordia de la amistad ver- 
dadera, imprime en la vida del que sufre! — Solo ella, será 
capaz de escucharme y comprenderme; de disculparme si 
necesito disculpa! de amarme siempre sin inda jamada mas. 
— Mas cómo la veré? esta familia ciega, y cruel no entien- 
de el idioma del dolor, mucho menos el del sentimien- 
to y la abnegación; y si saben que voy á verla me harán 
un juicio de fuego. No importa— añadió después de un 
momento de silencio — la veré ! iré esta noche, saldré 
con cualquier protesto; pero la veré ! 


En efecto, al caér la tarde, Inés dijo á su madre voy 
al templo: — te acompañaré Inés. 

No madre; nada temo: — esta fué.u respuesta. 

Doña María fijó sus ojos en Inés de una manera inex- 
plicable: la duda volvía á irritar su alma; Inés la viera ó 
nó, salió: se dirijió al templo, y en seguida pasó á ver 
á Magdalena Artey, que estaba con una visita. 

Al entrar Inés, un temblor convulsivo la asaltó pero 
muy bien disimulado : Alfredo de Riera estaba cerca de 
Magdalena Artey. Esta dió uno de esos gritos de ale- 
gría que sin herir el oido, atestiguaban la impresión que 
habia recibido. 

Inés se dirijió á Alfredo que de pié esperaba una aten- 
ción, una mirada, con estas sencillas palabras; — vos aquí 
caballero. . . .? 

— Alfredo — Sí! Magdalena Artey, habia sufrido como 
yo, el golpe de la calumnia en su frente pura v noble: 
vuestro hermano me lo dijo, como el mundo; y yo traté 
de verla, de ofrecerla mi amistad como la ofrecen los 
desgraciados á los desgraciados! Por esto señora, me en- 
contraisaqui; és el efecto de la casualidad el que nos 
reúne : si toméis que se alze en el corazón del mundo 


nuevamente, la voz desautorizada pero jigantc de la 
calumnia; me retiro. 

— luís — No, caballero ! para sostenerla lucha, tengo 
una conciencia; parajustificarme, Dios y mis amigos— os 
cuento en ese número caballero, y si una vez la intriga 
infame levantó la mano hasta mi frente; no creo que la 
levantará dos veces ! 

Magdalena — Os engañáis pobre Inós ! la caja de Pan- 
dora de Pradier, no encierra tantos pensamientos y tan- 
tos cuerpos, como la calumnia encierra de faces y arbi- 
trios para hacerse dueña de la vida de una criatura ! No 
hay talismán contra eso, amiga mia — decía sonriendo y 
tomando las manos de Inós con cariño! — Asi, jamas os 
creáis garantida contra ella! vivid prevenida, pero espe- 
rad con fó en Dios ! 

Inós — Todavía mas sufrir! — dijo tristemente. 

Magdalena — No os canséis de sufrir, aunque el dolor 
abra sus llagas sangrientas en vuestro pecho ! El dolor 
purifica al mortal de la liviandad y el error que el pla- 
cer le ofrece en cambio de sus gracias. Sin el dolor, — quó 
seriamos Inós? Materia solamente: y el pensamiento, ese 
divino acsioma de la eternidad, por medio del cual se 
adivina la ecsistcncia de Dios: el pensamiento no seria 
sino un perfil mudo de nuestra nada en la vida, de nues- 
tra nada en la muerte ! 

Sufrid ! santificareis vuestro terreno: porque el dolor 
ha hecho los prosélitos que forman el corazón del cristia- 
nismo ! Sufrid, y esperad ! 

Alfredo conmovido iba á hablar: iba á decir tal vez, 
las ardientes palabras de un loco deseo ; de una reflec- 
cion entusiasta; pero calló. 

Magdalena notó su emoción y se adelantó á hacerlo 
por él. 

— Este caballero á quien la desgracia os ha hecho co- 
nocer, Inés, ha venido por primera vez á verme, y ofre- 
cerme como lo ha dicho él ya, su amistad, con esa caba- 
llerosa hidalguía, que solo conocieron los tiempos de la 
edad media Europea. 


— 273 — 


No tengo inconveniente en declarar lo que creo un 
l*¡Kci¡S* d ° Cabft er ° ; y alg0 raa8 ’ un 8er completamente 


^ Me ha dicho que os justificará aunque le cueste la 

Ved pues, como valoraré yó, el interés inmenso que 
os manifiesta con tan noble jenerosidad. 

Inés con los ojos fijos en Magdalena.- Yo siento en 
H lonuo del corazón una gratitud infinita por esa ab- 
negación. 


—Mi amistad no será bastante á pagarla algún día. .? 
Alfredo por toda respuesta, hizo una profunda reve- 
rencia que Magdalena é Inés interpretaron acaso de 
distinto modo. 


Magdalena creyó que debería de hacer tomar otra di- 
rección ul asunto. 

— Estoy al cabo por el caballero Riera, de la clase de 
líteles que manifiesta por vos, uu vuestro hermano arre- 
pentido, dijo: — Del plan que hay propuesto para justifi- 
caros, de todo lo que puede servir para el esclarecimiento 
de un asunto en el cual solo manos villanas y traidoras 
han trabajado para perderos: estoy ya al cabo de tod< y 
os ruego Inés, que aceptéis sin fijaros, los medios como 
el fin; pues es el recurso de las situaciones esepcionales; 
tomar los datos opositores de las manos del enemigo para 
confundirlo. 

Inés escuchaba. 

Alfredo contemplaba. 

Magdalena prosiguió : 

— No habréis dudado jamas, de Dios, Inés, ni en las 
iioras de la mas profunda aflicción ? 

Inés — No ! 


Magdalena — Pues yo creo que tendréis una recom- 
pensa entonces! — Dios mide la humana paciencia por el 
dolor humano; todo está arreglado, con una justicia y una 
sabiduría sin ejemplo. — Creis que para su profunda in~ 
vestigacion hay oculto un pliegue por ténue que st il 
del corazón humano; de sus secretos. — ? Nada Inés, yo 
18 


274 — 


(fijo conozco antes que vos, el dolor y las decepciones. 
o< repito que el ser que soporta resignado el grado de 
mal que todos t< no/nos señalado en nuestra corta ó larga 
vida, es el que tiene prometida una corta, ó l.arga recom- 
pensa aqui bajo. 

Vos veréis á vuestros enemigos caér <4 vuestras plan- 
tas tarde ó temprano, como las hojas de la vejetacion 
otoñal al impulso de su contado tiempo, y de los venda- 
vales con que se anuncia el invierno! Vuestro marido 
verá claro: vuestra hija tornará á vos! 

Las lágrimas de los recuerdos; de un presente incom- 
prensible, de un porvenir retratado por los labios de la 
amistad, con colores de. una naturaleza tan envidiable: 
habían conmovido su alma, é Inés lloraba. 

— Lloráis Inés? le preguntó Magdalena: — Si; — contes- 
tó aquella. 

Alfredo. — (tratando de ocultar su emoción). 

Yó me retiro, si me lo permitís señoras? Nada tengo que 
agregar á cuanto lié dicho: pero si algún detalle, se hu- 
biera perdido en mi memoria, recordádmelo, y lo verifi- 
caré nuevamente. 

— Solo una cosa, creo que habéis olvidado caballero, 
dijo Magdalena con dulzura. 

— Cual señora? 

— Fijar el día de vuestra segunda visita. 

— Gracias; pero disponed. 

— Esonó! vuestra elección le designará. 

— Dentro de cuatro dias. 

— Hasta entonces! 

— Señoras! .... 

— Caballero!. . . . 

— Estas fueron las ultimas palabras que formaron la 
despedida. 

Magdalena quedó sola con Inés. 

Magdalena. — Que causa ós há traído hasta mi Inés, 
después de tan largo tiempo? 

— Inés. — Mi destino! 


-Magdalena. Vuestro destino?— Se han aumentado 
vuestros dolores: sufrís algo mas que ignoro? 

Inés Ah Magdalena! Vos sois una mujer sublime! 

V eo retratado vuestro noble carácter, al través de esas pa- 
labras; pero escuchadme! No me creáis ingrata, si solo en 
la hora de la desgracia vengo á vos; no amiga mia! vo os 
amo con la mayor grandeza y sinceridad, y si algún día ne- 
cesitáis de mi ós lo probaré hasta con sacrificios— Si no 
hé venido á veros, és por qué mi alma estaba predomina- 
da de un pesai , que la embargaba sin dejarla acción pro- 
lúa: por eso no hé venido cerca de vos! A la idea de mi jus- 
tificación; ála idea de que puedo volver úvér ámi hija; 
tenerla á mi lado; y vivir paradla; esa alma, un poco 
amortiguada, y sin acción, se ha irritado con la esperan- 
za; ha salido de su inercia, y. . . .aqui estoi ! 

Magdalena — Inés; en ¡a verdadera amistad no hai re- 
ticencias; yo ós hé prometido la mia, leal, v verdadera, v 
ah i la tenéis. 


Inés — Gracias Magdalena! pero aún tengo algo que 
confiaros. 

Magdalena. — Qué. — ? os sucede algún otro trastor- 
no. .. .? qué hay ? 

Inés — Tengo miedo de haceros una revelación que tal 
vez, yo misma no la descifro; que vos condenéis acaso. 

Magdalena; — Amáis. . . .? 

Inés sintió enrojecérsele las pálidas mejillas y respon- 
dió. 

— Qué ha venido á hacer Alfredo de Riera aqui? 

Magdalena — No lo habéis oido á él mismo? Mé orée 
desgraciada; y me ofrece protección — creé que haciendo 
por mi, lo hace por vos á la vez; pues sabe que me dis- 
pensáis vuéstra amistad, y sobre todo; porque tiene una 
alma perfecta ! 

Inés — Os acordáis Magdalena de mi pasión á Claudio 
Prado, que tantas veces os he referido? Recordáis lo que 
os he dicho al hablaros de aq\icl hombre leal, jeneroso 
y puro. . . -V — “Ah ! Magdalena, apesar de mis ¡Iliciones 
no era ese el tipo de mi ideál; de ese ideal que cada ser 


- í¿7 6 — 


tiene trazado en su imajinacion como el objeto que esta 
destinado á recibir el culto de sus sensaciones, de su- 
pensamientos, y de sus sueños!” Os acordáis de estas 
palabras? — pues bien, yo adiviné ese secreto al través de 
ja dulce y flecsible figura de Claudio: y lo lié corrobora- 
do, al aspecto varonil del rostro de ese hombre — decía 
como si hablara de una cosa entendida — cuya fisonomía 
revela á la vez, (pie tiene una índole noble, la superio- 
ridad y la intelijencia. 

Masoidme bien Magdalena: esto no lo sabe nadie sino 
vos en la vida; cada vez que veo á ese sér, siento una 
impresión profunda de alegría en lo intimo del corazón, 
v como si el terrór viniera súbitamente á oprimir los serios 
do aquel corazón desgraciado — lucho en el secreto, } 
llevo á la contienda todo el continjente de la razón para 
anonadar el prestijio. 

Soi inocente de todas las calumnias que se me han 
fraguado, lo estaré siempre! la vindicación de mi conduc- 
ta será clara perfecta y merecida! pero mi corazón, suje- 
to. á una secreta cadena que oprime su vida; palpitará 
en él entrañable dolor de la convicción de su infortunio, 
de su errado destino; de una pronta muerte. . . . ! 

— Si Claudio viviera: Claudio que me amó tanto; á quien 
yo le di los primeros tesoros de la imaginación de adoles- 
cente, sin ver interesado en ese obsequio espontáneo, ei 
corazón; Claudio tan sincero Magdalena! si él viviera y 
vó sintiera esta estraña impresión por ese otro hombre . 
quien apenas conozco; creedme Magdalena; yó se lo con. 
fiaría y Claudio me entendería! 

Magdalena. — Pero ós lo perdonaría Inés. . . .? 

Inés. — Perdonarme! mas cual delito? 

— Al formar Dios el corazón humano, midió la osten- 
sión de sus sentimientos en la tierra, contó sus palpitacio- 
nes; le cerró las puertas del porvenir y de las esperanzas 
diciéndole — aqui exclusivamente las encerrarás todas?.. . 
Si es posible crcéren esto, creeríamos menos en la bon- 
dad del supremo hacedor del Universo. 

Mas el corazón libre como el viento se aleja del seno 


— 277 — 


'le la (luda, de la tiniebla y del desamor:— no lo hace asi 
•i su vez el pensamiento que busca centro en un punte 
determinado creyendo (pie és el (pie le demarca la suer- 
• pina cieaisc una posición tic gloria} y distingue in- 
voluntariamente al través de los sueños, otro punto mas 
luminoso y mas fijo que el primero ? 

El pensamiento entonces, no mide el espacio que lo 
separa de aquel furo; se lanza á conquistarlo y busca en 
ese centro una nueva vida! — Las aves que sin patria di- 
vagan á la casualidad, buscan no el sitio, sino los sitios 
mas apróposito para sus nidos — porque el corazón, será 
e¡ único obligado á sufrir la prescripción dura y seca del 
mandato humano? 

Magdalena — No es el corazón el obligado Inés; és el 
individuo ! Las sociedades humanas han establecido 
principios fijos, invariables para normalizar las mazas, y 
hacer con ellos un baluarte contra los errores y los vi- 
cios que en plena libertad despedazarían el cuerpo so- 
cial, como los cuervos el cuerpo de un difunto. 

Inés — Todo es relativo en la vida; nosotros juagamos 
de las sociedades de hoy, como no lo hicieron los hom- 
bres en los primeros tiempos del mundo. Lo que para 
nosotros hoy son errores, entonces eran ventajas de pri- 
mera calidad. 

En la conciencia de todas las épocas; pava la conside- 
ración de todos los sabios, la solidaridad del bien y del 
mal no está representada, sino bajo la forma con que 
Dios reviste el gran pensamiento de la humanidad. 

Magdalena — Cualquiera de los preceptos que Dios ha 
escrito en las tablas de la ley, todos ellos tienden á mo- 
ralizar la humanidad; y bien veis que la humanidad es la 
familia del universo. 

Inés — Sí: pero cada pueblo tiene costumbres diferen- 
tes, lo que prueva que la ley no lia llegado á ser absolu- 
ta, ni el principio universal. 

Magdalena — En su esencia todos los preceptos del 
evanjelio son universales; es un error creer lo contrario 
Inés. Los mismos pueblos obsecados en la denegación 


(le esta verdad, no han logrado otra cosa que patentizarla 
lílirovanfl fnrmns: v i>or filial In<'< 



(£110 9111 OÜUí ov uvovv*v*w..« * 




ICUHU. v ^ 

Inés pensativa — Es verdad ! entiendo esas fórmulas 
para las acciones positivas de la vida: peí o el coiazon. .! 


rio! — para todo y sobre todo se os repite és necesario. 
Tal vez si vos estubierais de un humor alegre, me diríais 
lo que Enrique Momand, repite de la idea que los dalos 
se habían formado de su Dios— “II y á trois dioses que 
“ Dieu ne peut pas accomplir: ce qu’il y a de plus ne- 
“ cessaire et ce qu’il y a de plus bcau pour chaqué 
“ chose.” 

Inés — Solo por chanza podría pensar un ser cristiano 
lo que los Galos creían á esa fecha. La revolución del 
cristianismo y déla verdad, la empezó y la concluirá el 
cristianismo Magdalena; y en esa oleada inmensa de la 
luz rejeneradora del universo, se consolidarán las creen- 
cias diseminadas en los pueblos, que por no haber llega- 
do á el termino proscripto, lian divagado hasta hoy to- 
mando formas y carácteres diferentes. Yo creo al con- 
trario de lo (pie dice el célebre Mornud, respecto de los 
dalos; que Dios lia previsto y formado por medio del 
contraste, las semejanzas (lelo bello, y las prescripciones 
del gusto individual, por que ellos son resortes innatos 


Magdalena — De acuerdo! — ahora estoy con vos: — mas 
cómo hace poco que hablando del corazón negabais lo 
que concedéis en este instante? 

Inés — Yo no le lie negado á Dios posibilidad alguna 
desde que lo creo una entidad omnipotente. He negado 
á las sociedades el orijen de muchos de sus principios 
porque los creo de cierto, muy poco de acuerdo con las 
intenciones do Dios, 


al ser. 


S0mió <lnlce, “ e,lte y aparentando no 
imbuía entendido, o mas bien, queriendo dar un jiro din- 
tiuro a la conversación dijo : 

\ bien Ines, me hablasteis de vuestro coraron — tiiir 
pensáis hacer con ese coloso del ser ó de la vida, que 
cuando se levanta febril y apasionado puede mas que. la 
voluntan orgu llosa, que la razón fría v secular? 

Inés— Comprimirle dentro de las “estrechas pared. -a 
« e este pocho tanto, que al morir el cuerpo, no quedo 
m un vestijio de él. 

Magdalena ajitada — Qué decís Inés! será verdad que 
se vá á realizar en vos uno de esos grandes estreñios, 
que dignifican el sentimiento, y que acaban siempre sin 
embargo por una catástrofe? 


Inés — Sí: sujeta como siempre be estado y estaré lía- 
la el lia de mi vida, á los deberes que mi destino me ha 
impuesto, vete use secando la esencia de mi alma; des- 
templándose las cuerdas armoniosas de mi pensamiento; 
agotándose las flores maravillosas de mis ilusiones, en 
silencio sin maldecir, y sin osar levantar una vez siquiera 
<•! sudario que cubre todas estas galas de mi juventud ! 

Magdalena —Inés! Inés! — por que pedís al sacrificio 
oscl visivamente el ausilio de la paciencia para luchar y 
vencer el sentimiento, cuando teneis en ese inmenso cil- 


io á Dios, para pedirle en vez de la fuerza seca y doloro- 
sa, la fé en una espesanza incógnita inespeiada. . . .? 

— Inés, abatida — En el silencio de mi alma he me- 
dido mis fuerzas, la proporción de mi destino, he com- 
pulsado todo lo que la razón y una voluntad decidida 
pueden obrar sobre el cambio mas ó menos posible de 
las grandes impresiones de la vida: lie hablado con Dios, 
no para p Mirle esperanzas en que no creo, sino para son- 
dar la gravedad de ini posición, el convencimiento de mi 
porvenir. 

De este estudio solo he logrado una demostración 
clara; — que mi vida real está sujeta á una cadena que 
yo no osaré romper jamas: ella pertenece al mundo, soy 
madre y esposa, y debode ser madre y esposa intacha- 


280 — 


hlc ! En cuanto á mi vida moral (anadia con una lenta 
y triste resignación) — esa pobre porción arrebatada al 
abismo de las decepciones. . - .llegará algún dia al seno 
de Dios sin otra importancia, que la de haber tenido la 
fuerza de no dejarla contajiar del veneno de la desespe- 
ración y del engaño fatal de la vida ! 

Magdalena — Pero si precisamente lo que vos sentís 
Inés, es la desesperación, — como és pues, que suponéis 
libertar la porción moral de vuestro ser, de esa enfer- 
medad horrible ? 

Inés— Nó, os engañáis ! la desesperación ha querido 
invadir mas de una vez mi cérebro, comprometiendo 
mi razón, y dando al corazón motivos para defeccionar 
de todo vinculo social, y hacerse solidario esclusiva- 
mente de todas sus acciones; pero el deber que és la 
fuente rejeneradora de los erroros humanos; me ha mos- 
trado con mano triste pero amiga, que detrás de ese ve- 
lado horizonte se encuentra Dios, con la sonrisa de una 
eterna paz; y el óleo de una consagración sublime- — lo 
ois Magdalena ? por ese santo prisma, que he vislum- 
brado como el tesoro de una infinita gracia, me he liber- 
tado de la desesperación — la he arrancado de mi espí- 
ritu ! Hoy solo tengo de todas esas anuas diabólicas 
con que el infortunio combate la vida, una, que me ha 
dejado el dolor; — la resignación ! 

Magdalena — tenia los ojos bañados de lágrimas: una 
impresión profunda parecía que tocaba con sus tristes 
alas, los resortes flecsibles de un corazón por desgracia 
demasiado tierno; pero moderándose en cuanto pudo 
respondió : , 

— Inés, hacéis bien ! El dolor es un testimonio que 
la humanidad 'ofrece á Dios, para mostrarle cuanta dosis 
de fé la ha nutrido para llegar hasta el fin sin maldecir: 
y bien, proseguid cara Inés en ese sendero: proseguid! 
la recompensa será hecha por la mano de Dios. 

Inés — Y, sin embargo Magdalena, el corazón se le- 
\ anta como el depositario de, las esperanzas de la vida 
para arrancar á la regla severa, el tesoro de esas santas 


t 


— 281 — 


iméjenes que sirven al panorama de la idealización v 
consuelo de los dolores de bienes perdidos ! 

Magdalena — Acordaos que vivís sobre la tierra: qu 
en ella las creaciones que se acercan á la naturaleza in - 
mortal, son perfumes aspirados de las flores del cielo, 
los suspiros de sus ;í líjeles errantes, que andan buscand-. 
las victimas del infortunio con el pensamiento de salvar- 
las si, pero que las borrascas de la vida, pueden nía 
•obre ellos! — acordaos Magdalena, que sois madre 
esposa: todo lo demas és un sueño. ! 

Inés sintió refluir toda la sangre de su ser íi su <m. 
zon, sus mejillas se tiñieron de un pálido sombrío: v 
como si indeliberadamente una de esas inspiración- 
luminosas, tocara con sus alas su cerebro, esclamó ! 

Es verdad Dios, y vos ilumináis mi alma ! — yo en 
este mundo solo valgo lo (jue valen una esposa y un. 
madre sin mancha. Atras pues, las tentaciones del error 
^ aunque solo ellas sirvieran para alimentar el pen- 
samiento ! 

A tras, visiones hechiceras de esas esperanzas fragua- 
das á placer por el delirio ríe la juventud ! Atras ene- 
, - migos ! 

Yo os pongo la barrera inmensa de la razón, qu 
como, la tapa de un sepulcro, no se levantará sino para 
enterrar el cadáver para siempre! Me vereis fuerte, ten- 
tadores fantasmas, como un coloso, y firme en mi puesto, 
veré pasar las bienandanzas ajenas: los soles de la vida 
calentando con su benéfico rayo la creación llena de sa- 
via v de rica juventud, sin decir una sola vez — “Si yo 
fuera cual ella!” — Nada, fria, callada y fiel ¡i la consigna 
de mi estrecho destino, daré un adiós á todo, para solo 
vivir como he vivido, para solo morir como he nucid* . 
en el circulo de un camino que sin duda es la parte des- 
tinada de dolor que cada ser tiene que llevar en su 
carrera ! 

Magdalena— Y si el corazón se levanta ? 

Inés, con sublime ecsaltacion: — Le haré pedazos con 
mis manos: llamaré á mi hija para que me ayude en esa 


252 


obra do salvación; llamaré sí oso marido (pie no me I iu 
comprendido v le diré — éh sdii un corazón rebelde ! te le 
entrego para que le destruyas ! 

— Magdalena — Y bien Inés ! Dios te salvara ! — 
Cuando una mujer como vos, le dice al primer sen- 
timiento verdadero de su corazón (porque vos habéis 
soñado el amor en Claudio Piado solamente y este es 
vuestro primer sentimiento) cuando una mujer de vues- 
tro temple encuentra en el tundo de su mente, el medio 
de contrarrestar el torrente de pasión «pie la amenaza; 
esa mujer se levantará triunfante delante de Dios, y de. 
los hombres, y será un modelo de sacrificio íntimo; de 
abnegación y de esperanza ! 

Inés — Me comprendéis Magdalena ! gracias ! gracias ! 
vos sin trastornar el sentido de la verdad, arrastráis dul- 
cemente mi alma, al camino de la ley y de la paciencia, 
ennobleciendo el sacrificio con colores divinos ! gracias 1 
— ia decía estrechándola junto á su corazón: — No recor- 
déis esta conversación; no me veáis, vos que sois sublime, 
pequeña un momento; no ! creed siempre que merez- 
co vuestra preciosa amistad: esa amistad enriquecida 
con la aureola de las virtudes humildes y profundas, que 
el mundo no alcanza d valorar jamas ! 

Magdalena — Retiraos Inés, confiada en Magdalena: • 
cuando os dije una vez liad en mí: os di una protesta pol- 
la vida! pero levantad vuestra frente intelijente y pura 
sin que ni una arruga del error del mundo, aje su tersura 
y brillante juventud. 

I lés — Yo os lo juro por el nombre de mi hija ! jamas 
dej ué de. ser quien soy para esa hija, para mi marido ! 

Magdalena — Ahora, un beso, 

Inés— poniendo sus labios en la frente de Magdale- 
na —Adiós rogad por mí ! 

M t-gd. dona — (Jomo por mi madreen la vida ! 

Inés salió lentamente de aquella casa ó propiamente 
dicho de aquel santuario de la verdadera amistad, como 
persona que va meditando en lo que dijo, para ir á en- 
contrar lo (pie aun ignora: y que apesar de todo, intenta 


marchar poruña senda que va delante de sus 

a cual no puede sin perderse, desviar un 
planta. 


ojos y de 
instante su 


Lh ahí la vida, vaciada en el insondable molde del sa- 
crificio ! Ella tiene que recortarse según el modelo: aun 
que para arreglarse á su medida, le cuesta despedazarse 
sin misericordia ! 


EL ANCIANO MARTÍN ¥ ALFREDO. 


CAPITULO XXVII. 


En una noche muy tria al fin del mes de Julio; el an- 
ciano Martin, estaba sentado al lado de Alfredo cerca 
de una chimenea en la habitación particular de este, que 
pensativo comtemplaba las columnas de bronce, de 
aquella chimenea en las que estaba representada con 
admirable naturalidad y perfección de dibujo, la fortuna 
despertando á un niño dormido en el borde de un pozo, 
imitación de Prndier. 

El anciano, al contrario tenia fijos sus ojos en la luz 
viva y rojiza de aquel fuego que calentaba sus miem- 
bros, fatigados de una larga vida y quién sabe si de algún 
dolor moral. 


— 2S4 — 


Pero él fué el que interrumpió el silencio que reinaba 
en aquel sitio llamando así la atención de Alfredo: 

El fuego és como la vida! brilla con una fuerza perfec - 
tamente nutrida un tiempo dado: después empieza á de- 
bilitarse poco .1 poco, hasta que se apaga para siempre! 
— Todo instable! y necesaria esa instabilidad para la sur 
cesión constante de todas las cosas de la tierra! 

Alfredo levantó la cabeza, miró al anciano como pre- 
guntándole á que os referís? — en seguida fiijó sus espre- 
sivos ojos en el fuego brillante que se destacaba en el fon- 
do de la chimenea; y como si instintivamente hubiera 
logrado hallar la esplicacion del pensamiento de Martin 
dijo: ^ 

— Y apesar de esa razón fundada, invariable; véase 
el inmenso trabajo para conservar ese soplo que llaman 
vida, para proseguir la doctrina establecida, á costa de 
grandes dolores; para que al llegar al punto donde desa- 
parece el ¡mésente y solo queda el mudo pasado escrito 
en las letras silenciosas de una tumba, se digaal mirar — 
fué bueno y desgraciado!. . . .Y desgraciado. . . .? se pre- 
guntaba como si alguno le hiciera objeccion sobre este 
punto y proseguía : 

— Quién sabe! los desgraciados se desconocen hasta en 
¡a tumba! La vida de esos seres, pasa inapercibida para 
todos, y se acaba sin que una de sus lastimeras notas ha- 
ya tenido bastante fuerza para herir un corazón! y 

tanto atan de la criatura por la conservación de una indi- 
vidualidad pobre y mezquina! Ala edad de la esperanza, 
el amor a la vida es una pasión ciega, impaciente! A la 
edad de las desilusiones, es un sentimiento egoísta, infiec- 
sible! y tanto en una época como en la otra, se sobrelle- 
van los inmensos escollos que la rodean, y aunque bro- 
ten sangre las plantas heridas por las espinas que tocan 
«o paso; se justifican esos medios de conservación invo- 
cando los preceptos do la Providencia. 

Martin — Hijo mió! esa és una verdad eterna que las 
jeneraciones de los siglos, repetirán y practicarán á la 
vez! Ved, individualmente hablando, á Inés, que en me- 


C ío de los inmensos dolores que ha sufrido v está sufrien- 
do aun guarda su vida, y aun creé que dSbe de ¿Zn- 

r <Wri?!n ,JU UUU VO¿ que la diee; — respetad la hechu 
ra del dador en vuestro ser: acordaos que os debéis* 

una madre anciana y dévil á una hija que empieza so 
(m teia yla pobre Inés, como lo estás viendo,— vive! 

. necio. Ah Martin! demasiado cierta és vuestra 
¡erleccion. siempre, por infelices que seamos, hay al «o 
que se levanta desde el inconmensurable secreto de lu 
decepción, para prometernos una hora de esas que se 
¡■aman de felicidad, y débiles creemos; esforzamos nuestro 

paso y seguimos Inés, es cierto que ha sufrido mucho; 

peioés natural que mire al largo del camino: allí la es- 
pera el lazo mas santo que tiene la humanidad: una hija! 

1 lado tiene una madre, que si bien no, ha sabido ar- 
marse de la potestad de tal, en la desgracia de Inés: ri<> 
so la puede acusar sino de una esr remada, debilidad: y al 
tin és madre! pero yo Martin! yo que solo y triste, veo 
levantarse y morir las estaciones; florecer y secarse los 
árboles de la creación, succederse las esperanzas ajena,' 

unas ó otras y para, mi nada! nada sino el silencio 

(i o un porvenir que no alcanzo á clasificar por el presen- 
f“!— Si yo muriera mi puesto quedaba vacio, como c¡ d,* 
todos, pero sin haber sido bollado por las lacrimas del 
dolor! 

Martin. — Ingrato! — y mi dolor no es nada para ti! — 
N acia! decía oprimiendo su venerable cabeza entre la> 
manos — Ah! como be podido engañarme! como he podi 
do creer que me amabas Alfredo! — y tratando de sere- 
narse, proseguía — es verdad que yo soy un inferior tuyo: 
•que yo me humillo, cuando tu mandas: (pie tu todo h* 
puedes, y yo...nada valgo! pero te he criado con un carine 
tan profundo: te lie amado tanto, que ciego me compla- 
cía creyendo (pie esta sensación intima de mi alma, lin- 
daba el derecho de una correspondencia justa, merecida 
por el tamaño del afecto. . . -y. déjame ser débil: dé- 

jame llorar! veo que he sido victima de un error misera- 
ble! 


El anciano lloraba cu efecto: Alfredo hondamente con- 
movido, se había acercado 6 el, y estrechándolo, junto á 
su corazón, como lo habría hecho con su propio padre, le 
decía. 

— Martin! mi viejo amigo! mí segundo padre! — duda- 
ríais de mí: — de este sentimiento (pie os profeso? Oh! no! 
en nombre de Dios! no! Os amo con esa profunda verdad 
que no se desmiente en nada y por nada ! si he creído 
que mi tumba no tendría una lagrima de dolor, era ref- 
riándome áque el amor de mi alma no encontraría recom- 
pensa aqui bajo; — pero vos!. ..Vuestra amistad, mees tan 
cara que vuestras lagrimas consolarían los últimos ins- 
tantes de mi vida si las puedo recibir en ese instante ! 

El anciano oprimió á Alfredo en sus brazos con la ma- 
yor ternura, y secando las lágrimas que aun empañaban 
el triste cristal de sus ojos, trató de desviar la conversa- 
ción de su personalidad que por un momento lo habla 
tentado y dijo: 

— Gracias hijo mió! me crei olvidado, y te juro, que 
sufrí. Mas desde que tus lábios, que todavía no se 
han manchado con una mentira, rae aseguran lo contra- 
rio, yo dejo esc punto con una dulce convicción, y te 
conduzco al lado de la fe que parece vas perdiendo de 
vista, de poco á acá. 

Alfredo — Late! repitió paseándose pensativo — La fe és 
un divino testimonio de la eesistencia de Dios; pero és 
un sacrificio ponerla sobre algo de la tierra ! 

Martin — Dudas de la amistad, que tu mismo profe- 
sas entonces? 

Alfredo sintió la marcada refleccion; atrevida, aunque 
justa, y respondió después de un momento : 

— Yo no dudo de lo que doy; dudo de si recibiré tan- 
to como doy, ó si recibiré algo siquiera ! 

Martin — Luego nada esperas ya en la vida? 

Alfredo— Vos me podéis decir que puedo tener todo, 
cuando soy joven: cuando cuento con una gran fortuna; 
cuando la intelijencia describe con tintas májicas, el in- 
menso jardín del mundo ! Pero yo os responderé sim- 


phunente, que todo os relativo; y que las boíl,™ l, . 
lagrimas y los placeros que « o U U ene 

' 1 MI '' n . n 80 '? es Wtuas inmóviles que se destacan á h 

eontemplaeion ajena como testigos trios del movimiento 

ellas ?^ 101 queanimala ecistencia— Qué haría vo con 

Martin — Poro no está Inés? 

Alfredo— Sí! casada y madre! ofendida, inocente 
y yo. ...obligado á salvarla á costa de mi propio cora- 
zón ! de mi vida entera ! 

Martin -Pero te queda hijo mió la amistad de Ma«- 
uiilcna. 

Alfredo — Pero sé yó si Magdalena tendrá por mi nna 
profunda amistad tal cual yola concibo? Además; vo 
apenas la lie visto: ella apenas me conoce; he ido á ofre- 
cerla mi esfuerzo, pero nada mas sé; ni comprendo si lle- 
gará asertan buena como para aceptar mis servicios to- 
davía — Después, la amistad esclusiva para un hombre, 
Martin no es bastante; necesita el dolor de los celos: la 
irradiación de la felicidad, el miedo de perder el ser 
amado; y la conciencia de poseerle siempre; peripecias; 
del amor: pero que sin ellas no se vive ! Hacer vivir el 
corazón delhombre en el solo recinto de la amistad, seria 
como trasplantar un árbol do un terreno absolutamente 
cálido, á un suelo frío y sin sol: el árbol se secaría: asi le 
sucedería al corazón del hombre sin el abrigo del amor. 

Martin — Pero Inés te ama Alfredo! los grandes y su- 
blimes rasgos de tu carácter, han sublevado su alma con- 


tra su estado, y hoy, Inés te ama! lo be conocido en su 
mirada, que á pesar suyo descanzó un momento en la 
tuya: en la emoción de su corazón al escucharte: en todo: 
esa mujer lucha: esa mujer ama! 

Alfredo. — Y que importaría esa verdad si ecsistiera 
delante de la inpostbilidad que la separa de mi. . . .? 

Martin — Cobarde hoi, el valiente siempre! 

Alfredo — No cobarde: convencido llanameute. Suponed 
que me ámara Inés como yo la amo; que este amor 
fuera un hecho: — á donde lá conduciría esa realidad? — 


— 2 $$ — 


A hacerla una dama mía, que por respetada que fuera, 
timas ese titulo se perdería como el nombre de un error- 
Si lu llevara conmigo á otros países — quien la arrancaría 
f¡ amor de su hija de su corazón? ni quien la li\ei ni- 
na del remordimiento algún dia. . . .? Mediréis, egoísta 
mente hablando, que si yo la tenia á mi lado, era lo bas- 
tante para ser feliz. Yo os responderé que no. Al hombre 
trueno y de entendimieuto, no le basta la posecioti reá 
del ser que ama: necesita que el alma de ese ser le per- 
renesca, y que sea intachable, para no llorar a su lado! 
de otro modo; no le habría labrado sino la pobre cadeu 
de los infelices, que como los forzados á galeras, laarra- 
, ruria deshonrosa y pesadamente» hora por hora de e; 
iarga vida. . . -! 

Martin esclamór— Sublime! sublime joven ! 

Alfedo — No: también esa clasificación és un error de! 
mundo, desacostumbrado ya de las prácticas honestas d< 

■ us propios deberes, y por tanto asombrado de los que 
tienen el poder de llevarlas á cabo. 

Martin. — Bien! tu filosofía és inmensa: y las prescrip- 
ciones de la vida social, tan inmensas como aquellos que 
e imponen castigos gratuitos. Qué Dios te recompense 
esas altas virtudes, delante de los cuales, los profano- 
caen de rodillas! Ahora dime : qué quieres que yo hag 
por Ines y Magdalena. . . .? 

Alfredo; — Todo lo que liaríais por mi! — Si y- 
parto, atendedlas en todo aquello que pudiera servirla 
para acreditar en vos mi presencia, hoy corno en cual 
uier dia de la vida. 

A Magdalena destinarla con nna delicadeza ejemplar, 
una suma de dinero para que viva sin necesidades: esa 
és una mujer de un corazón perfecto, y de una inteli- 
gencia rica, á la cual es necesario vindicar por honor de 
Dios, que asi la privilejió — En cuanto á Inés. . . .dejadla 
vivir al lado de su familia y baldadla de mi alguna vez! 

Martin — Si partes, es verdad? Bien: és una suposición 
que que haces; mas, si Magdalena no acepta ? 

Alfredo — Tengo presente su negativa y para ese caso 


— 2S9 — 


hallareis una carta mia para olla! Necesito que mofinna 
la comiscáis Martin: Magdalena és una mujer importnn- 

Martin — Iré: — y que la diré? 

Alfredo — Le esplicareis mi fortuna, y lo poco que me 
cuesta proporcionarla una subsistencia honrosa; si veis 
que reusa, obligadla, ofreciéndola en calidad de prés- 
tamo, lo que la presentéis, inpouiéndolc condiciones pro- 
porcionadas ¡í sus fuerzas cou plazos lejanos, para no 
humillar su amor propio. Decidla que debe trabajar 
para el porvenir, y que en este caso, quiero ser yo el 
primero que ayude su brazo: Decidla que la intelijeu- 
oia halla sostenedores, y yo soy uno de los que se levan- 
ta en su favor! 

— Martin. — Lo liaré; pero escuchadme 

Al ir á pronunciar la liase que meditaba, un criado se 
presentó á la puerta de la habitación anunciando ni Sr. 
Anjel Picotti. 

— (¿ue pase á esta habitación dijo Alfredo, con alguna 
emoción, y el anciano se levantó para retirarse: pero Al- 
fredo le dijo con dignidad y firmeza; permaneced ! 

El anciano quedó en su puesto. 

— A poco se presentó Anjel Picotti con una melanco- 
lía ficticia sobre el . rostro, y tratando de hacerla, percep- 
tible á todos. 

— Caballero. — Dijo al entrar dirijiéndose ó Alfredo, 
que por una de esas raras impresiones, sintió al mirarle 
un disgusto involuntario, y sin sonreírse, ni poner la 
menor galantería en el recibimiento, contestó al saludo 
secamente. 

El anciano inclinó la cabeza al recibir el que le perte- 
necía, con la gravedad de un hombre que no quiere en- 
tender mas allá sus relaciones con un individuo que al 
parecer le es repulsivo. 

Anjel se sintió sorprendido del recibimiento glacial de 
Alfredo, y sagaz como era, creyó comprender que el vie- 
jo, tenia lina parte estraordinaria en el cambio, á la vez 
que Magdalena, cuyo recuerdo hirió súbitamente su me- 

19 


— 200 


inorín. El so acordó entonces que Alfredo había nomina 
do á esta; y era necesario saber si la había visto; que ha 
Iba sobre esto en fin. Asi se estableció la siguiente con- 
versación. 

Aniel. — Un asunto que ós parecerá estrano, me trac 
después de algunas semanas de ausencia á vuestra casa, 
caballero. 

El anciano vió que Alfredo se había estremecido y An- 
jel lo notó á su vez. 

Alfredo. — Estrado para mi! — Luego no tiene nada 
que ver con el asunto de vuestra hermana? 

— Anjel. — Al contrario: és todo del asunto de mi her- 
mana! 

— Esplicaos. — dijo Alfredo con lá misma solemnidad 
eon que Francisco 1? presentó la duquesa d’Ltampes ú 
Benvenuto Cellini en su laboratorio. 

Anjel obedeció. — La Providencia intenta purificar 
la situación de Inés, arrancándola del lodo en que la han 
colocado sus enemigos; y se sirve del mismo instrumen- 
to de su mal, para este santo y dignísimo objeto. 

Alfredo ajilado. — Aun esplicaos! 

— Anjel. — Antonio ha sufrido una grande pérdida en 
un negocio aventurado que luí emprendido y esta á pun- 
to de caér! 

Alfredo. — Pero 1 nés 

Anjel. — Escuchad con calma, caballero — dijo este des- 
pués de haber observado que Alfredo le dejaba el cam' 
po por suyo. — Los fondos de que Antonio lia dispuesto 
en este negocio son de Mr, Lemaitre: el no tiene cauda- 
les para reponer las pérdidas que ha sufrido: no puede 
garantir otro ese crédito por él, pues asi fué estipu- 
lado. . . . 

Alfredo — Solo un enemigo que tratara de vengarse 
ecsijiria esa condición. 

— Anjel — Y, si asi fuera caballero ? dijo Anjel con 
una marcada fuerza — Si hubiera sido necesario para sal- 
var á un inocente, perder á un malvado — qué diríais.. . .? 


— 291 — 


Alfredo respondió simplemente— Y bien: ahora lo 
comprendo todo ! 

Anjel — Estáis satisfecho ? 

Alfredo— He puesto en vuestras manos la salvación 
de I nés, sin condiciones; vos sois el dueño. 

Anjel pero nos falta otro personaje olvidado y des- 
graciado. Mirando al través de sus pestañas á Alfredo. 

Alfredo. — Olvidado nó: desgraciado si: supongo que 
os referís á Magdalena. . . . 

Anjel se mordió los lavios secos y pálidos: y dijo, con 
estudio. 

— Ola ! me habéis ganado de mano ! 

— No: — respondió Alfredo con injenuidad: — la he re- 
cordado simplemente como una desgraciada, y comor|iie 
forma un punto del asunto que nos ocupa en conciencia. 
Anjel — Y la habéis hablado sin duda. . . .'? 

— Alfredo — Sí. 

Anjel, con simulación — Y qué tal persona és, (porque 
yo no la conozco) — és entendida, és buena, és justa. . . .? 

Alfredo — Es inteligente y buena; va por domas decir 
que és justa. 

Anjel — Y lo sabe todo, por consiguiente! 

Alfredo — Todo lo que forma la desgracia de Inés? es 
claro! Lo que vendrá en pos.... 

Anjel — Sin duda lo adivina! 

Alfredo — No: lo ha sabido por mí. 

Anjel — Por vos. — ? 

Alfredo — \ r de que ós asombráis? una mujer discreta 
como esa, no tira las confianzas á la casualidad: las reser- 
va para justificar una duda, para hacer un servicio, y para 
salvará un inocente. 

Anjel — De todos modos, perdonadme si os digo que 
las confianzas se depositan esclusivamente en los ínti- 
mosnmigos. 

Alfredo — Magdalena lo és de Inés! 

Anjel — Pero no vuestra ni mia, caballero, y el plan 
és de los dos! 


29 ¿ 

Alfredo — Y bien, señor Picotti; yo soy el responsable 
de las consecuencias! 

Anjel, taciturno; — No estamos en eso, sino en qu< 
pueden esas consecuencias no admitir responsables. 

Alfredo — Y porqué, en todo caso? — replicó con san- 
gre fría Alfredo. 

Anjel — Porque pueden llegar las cosas ó tal punto, 
que en vez de hacer un bien á Inés, se la haga un mal 
inevitable — respondió incisivamente. 

Alfredo sintió que el dardo se clavaba en su alma, \ 
dulcificando el tono, dijo: 

— No temáis, Magdalena és una mujer discreta: algo 
mas, una mujer llena de bondad y de sabiduría! 

Anjel — Ojalá sea esa convicción una verdad sin apela- 
ción! 

Alfredo. — Seria capaz de garantirlo con mí vida! — 
dijo en un acceso de entusiasmo. 

Anjel comprendió que debería de hacer que respetaba 
aquella creencia por difícil que le pareciera, y dió este 
jiro á la conversación: 

— ‘Sabéis caballero, que la Providencia empieza á ma- 
nifestarse? 

Alfredo — Cómo? 

Anjel — Antonio empieza á arruinarse! 

Alfredo — Y 

Anjel— Y de esa ruina, saldrá como el fénix de su pro- 
pia ceniza, de la nada en que la calumnia había arrojado 
la santa virtud de Ines, saldrá esa virtud palpitante, 
triunfante diré mas bien! 

Alfredo. — Mas cómo pasa eso? — qué clase de contras- 
te ha sufrido? le han sido infieles en algún negocio sus 
comisionados? en fin, quéhai? esplicad lo que al princi- 
pio empezásteis. 

Anjel.— El negocio fué mal empezado; y es claro que 
será mal concluido. Elijió hombres poco ó nada capaces, 
poco ó nada seguros: y ese debia de ser el resultado! 

Alfredo. — Y que pensáis hacer en su favor, señor 
Anjel. . . .? preguntó noblemente Alfredo. 




— 003 — 


Anjo.l — Apurarlo mas! 

—Como! esclamó el anciano involuntariamente no- 
Úmído? dCpit ’ y Callaiul ° 8 '' tbita,nclltc áuna mirada de 


Arijel, tranquilamente y sin mirar al anciano— Cómo’ 
se hac,! ( c ! )n u « traidor que ha tirado la honra de 
u hermana a la calle, la felicidad de una esposa fiél: 
la tranquilidad, y la posición de una ciudadana de la 
sociedad del mundo, que forma parte del gran todo que 
;i compone. — Asi: con esos datos: con esos reflejos Ira- 
tríenlas (pie niegan la lúz del progreso de la humanidad; 
,isi es como se abato al malvado donde quiera (pie se on- 
i aeiiti e, \ mucho mas si en ello vá interesado uu vincu- 
lo de familia ultrajado. 

Había tal potestad en el acento, en el jesto amargo 
hasta ser cruel de aquel hombre; que Alfredo y el an- 
idarlo callaron, tal vez dominados por aquella influencia, 
ó convencidos por la fuerza de la verdad. 

hn este estado, Arijel comprendió su superioridad, v 
siguió el asunto. 

— Cues sí: Antonio se arruina sin remedio; v dentro 


de poco se verá alzarse la inocencia, á la imponderable 
altura á la cual llegan los predestinados en una hora se- 
ñalada por la divina omnipotencia! 

Alfredo — Masqué ha habido, repito? 

Anjcl — Una especie de Judío; uu especulador de esos 
<pio no retroceden espantados del muro colosal que pone 
auto el bien su propio egoísmo, se presentó ofreciendo 
cu uu mes ó dos, por veinte mil pesos una ventaja de 
tres mil, pues estaba ahorcado como se dice vulgarmente 
por esa cantidad en aquel momento; teniendo en el tér- 
mino que señalaba, que recibir sumas inmensas, que ates- 
tiguaban ampliamente los documentos que presentó;! la 
vísta de Antonio, sin duda para seducirlo mejor. 

Este, titubeó un instante, pero en breve aceptó, in- 
fluenciado por la ambición de las ventajas que aparente- 
mente le ofrecía aquel negocio. En efecto : formuló un 
contrato coa el susodicho especulador bajo tedas la* 


— ¿ííM 


prescripciones del caso; y al haber finalizado el segundo 
mes del plazo; pues el contrato fué cerrado al principio del 
mes pasado; vedahi, que el villano especulador ha desa- 
parecido de esta ciudad, no dejando ni vestijio de su e< - 
sistencia! 

Alfredo — Y la policía no ha entrado en el esclareci- 
miento de ese asunto? 

Anjel — Se lia comprometido á encontrar la pista del 
.ludio; — respondió sonriendo: — y cuando se lia compro- 
metido, lo conseguirá. . . .! 

El anciano con un acento singular — O no lo consegui- 
rá: ahi parece que hubiera intervenido una tercera mano 
muy discreta y sobre todo muy interesada en el resulta- 
do actual de ese negocio. . . . ! 

Anjel sintió pasar delante de sus ojos el fantasma 
colosal del miedo, y ese frío íntimo que hace encojer 
los nerviosle asaltó involuntariamente: pero como la re- 
fleccion era el arma fija de aquel hombre, la refleccion 
se presentó á su espíritu, y respondió jugando con la ca- 
dena del reló 

— La Providencia, Sr. Martin, no se vale de terceros en 
sus justicias: procede directamente, y toca generalmente 
los mismos resortes empleados por los malos, en el juego 
primero de sus intrigas. Es asi pues, como yo veo en es- 
te asunto, lo mismo que en todos los de su jénero! 

Martin. — Ya lo creo, y sobre ese punto nos acorda- 
mos. .. .involuntariamente — añadió el anciano como 
agregando algo que le faltaba al pensamiento emitido: — 
Pero és nesesa rio advertir que en el orden de las cosas ter- 
restres, los hombres proceden solidariamente, si bien mas 
tarde entra en esa responsabilidad, la doble y perfecta 
entidad de la providencia, ya sea para castigos ó recom- 
penzas. 

— Aniel. —Verdad! pero siempre reeaón esas demos- 
traciones de dos jóneros diversos, sobre los individuos in- 
dicados como superiores en cualquiera de esos dos órde- 
nes de cosas; lo que prueba sin esfuerzo, que la provi- 
dencia ós absoluta, acertada y justa! 


— 295 — 


Alfredo. Oh! Sí: tarde ó temprano és necesario 
creér, quela providencia premia 6 castiga! Es ademas 
<Ae una verdad, una consolación suprema esa te, que se 
suele perder en el laberinto del dolor febriciente y cieno. 

Martin-- La fé és el patrimonio eselusivo de los buenos! 
—di jo incisivamente mirando á Aujel, que lo advirtió v 
lo disimuló como siempre: tomó eii seguida su sombrero 
y contestó. 

Es verdad! “La fe es patrimonio eselusivo de los 
buenos!” 

Y dirijiéndose en seguida á Alfredo, le dijo con una 
sangre fria admirable. 


— Hasta cuando Sr. Riera? 

Alfredo. — Eso me toca preguntároslo:— luvsta cuando 
ftr. Aujel? Me habéis dado una lección de cortesía in- 
voluntaria tal vez, pero merecida! 

Anj el. —Al contrario amigo mió! Solo he tratado de 
verificar el día en que debo de tener la satisfacción de 
volver á veros! —respondió con doble cortesía. 

El anciano permanecía en su sitio, silencioso, como si 
le dijera á la palabra — “Sois demas en la demostración 
de mi antipatía irresistible á este hombre!” pues el 
jesto, la postura, la mirada sombría y lija que hacia repo- 
zar sobre los contornos de aquella cabeza recortada y pér- 
fida, daban una alta y marcada esplicacion de la verdad. 

Anj el por su parte, dirijió un frió saludo al anciano y 
á poco desapareció, despidiéndose de Alfredo hasta den 
tro de ocho dias. 

Solos, Alfredo y Martin, este le dijo á aquel: 

— Que juzgas Alfredo de ese hombre. . . .? 

Alfredo. — No me he atrevido aún á formar de él un 


juicio! 

Martin.— Quieres que te confie un secreto que re «e 
guardado hasta este momento? 

Alfredo.— Sí. 

Martin.— Este hombre és culpable. 

Alfredo. — La prueba! 

Martin.— La palabra de Inés! 


— 296 — 


Alfredo. —Cómo. .? Ella!— Vos!— Donde os habéis 
visto. . . .? que enigma és este? 

Martin. — Cómo, preguntas Alfredo? Como que Inés 
me ha referido testualraente su maldad, y yo no puedo, 
ni debo dudar, de la verdad, reflejada en cada uno desús 
acentos; en cada uno de los detalles de aquella historia 
negra, infame! 

Alfredo, á cada instante mas sorprendido— Detalles, 
historia! — repetía acercándose al anciano --esplicaos! 
La habéis visto: la habéis hablado? Qué hay aqui? por 
favor! sacadme de este estado, en el cual vos no veis si- 
no la impresión esterna ; pero os useguro, que mi al- 
ma sufre una conmoción intima y viva! 

Martín. — Simplemente és esto: 

La noche que me presentastes á Inés, al despedirme, 
ella me dijo: “volved á verme dentro de tres dias.” Como 
hubo misterio en la cita, guardé el secreto para vos tam- 
bién, hijo mió! creyendo por presentimiento, que su re- 
velación oportuna, podría traeros un doble bien. En 
efecto: asi entiendo que sucederá. En cuanto á lo que 
Inés me ha revelado, escúchame! 

Alfredo, comovido, ó mas bien sorprendido cada vez 
mas. — Hablad Martin; hablad! Mi ansiedad crece por ins- 
tantes! Ella os ha hablado — decía con la irradiación del 
supremo cariño, que hizo decir al Ortiz de Ugo Foscolo 

“ mon imaginatione me présente le bonheur, il 

“ est lá: il me semble que je vais le saisir, je tends 
“ la man, quelques pas encore et puis. ...” y sin em- 
bargo Teresa estaba muerta: Ortiz la soñaba solamente! 

EI # poder de la ilusión y de la tentación del deseo! 
Acerca los objetos, los colora, dá movimiento á, la estu- 
tua inmóvil y rejuvenece el pasado! 

Asi estaba en aquel momento Alfredo: había acercado 
al objeto de su sensación tanto á sí, que parecía que se 
habia i identificado con su yó: y decia sonriendo. 

— Ah Dios mió, Dios mió! que dicha ésla vuestra Mar- 
tin! Verla, hablarla, y tener la santa confianza de su amis- 
tad! Referidme, en nombre de Dios hasta sus menores 


— 297 — 


Habra*: quiero que nada me calles! por qué inerat» 
me habéis ocultado esta dicha?- Le decía tomando la, 
manos del anciano entre las suyas. 

Martin se sonrió dulcemente, y respondió: 

— >Si, hijo mió! Hablaré! yo también lo deseaba. Inés 
me ha revelado (y no os asombréis de la maldad humana) 
me ha revelado que Anjel és un malvado: que si há to- 
mado el buen camino ahora, és para colocarse en una 
posición mas ventajosa si és posible que Antonio: que el 
ha sido, de acuerdo con este, uno de sus mas encarnizados 
enemigos: que os enganu, Alfredo, para obtener prove- 
chos pecuniarios indiferentes para vos, sin duda: muy 
interesantes para él; que no deja de suponer que ahora 
trabaja en favor de ella: pero sí que su objeto no es ella, 
sino él. En este concepto me ha encargado que vijilc so- 
bre ti, sobre tu fortuna, y el jiro íntimo de este asunto; 
pues “és malo, intelijente, y sabrá engañar á su propio 
cómplice que és Antonio; mucho mas al Sr. Riera, que és 
un hombre noble y siudobléz!” Tales fueron sus j>aln- 
bras. 

Alfredo estaba en aquel momento como sometido á la 
influencia de una estrada impresión, parecía que le domi- 
naba el miedo de errar emitiendo una palabra que mar- 
cara una creencia suya: parecía también que el solo 
nombre de Inés, hubiera producido tan grave efecto, 
que todo lo hubiera olvidado al sonido de sus letras. 

En esta situación, Martin tomó la iniciativa y dijo: 

— Qué piensas de esta revelación, Alfredo? croé» que 
Inés se puede equivocar: que pueden faltarla datos ó ha- 
berlos supuesto; en fin puedes creér que Inés ha menti- 
do? 

Alfredo alzó la cabeza como si le hubiera locado un 


átomo de electricidad, y «lijo: 

Inés no miente! Inés dice la verdad! Ese hombre és 

culpable, y fué culpable! una potestad íntima, que en oí- 
- te instante predomina en mi espíritu, me lo revela. 

Martin, radiante de felicidad. Y qué piensas hacer hi- 
jo ntio? 


# 


— 298 — 

Alfredo. — Someterme á vuestro consejo, y á las ad- 
vertencias de Inés. 

Martin. — Pero conviene seguir disimulando ahora, lo 
que antes creías do buena fé. 

Alfredo. — Si, lo entiendo; para llevar á cabo la sal 
vaeion de esa inocente! 

Martin. — Pues prudencia! Yo veré ¡i Inés siempre que 
sea necesario; yo iré á comunicarla la noticia que él há 
traído de Antonio, y ella sabrá comprender la verdad al 
través de ese disimulado tejido. 

Alfredo, melancólico, acaso envidioso por la primera 
vez, de su vida deque el anciano lucra á disfrutar la di- 
cha de que él se veía privado — ver ó Inés en aquel mo- 
mento: 

— Martin, baldadla de mí; decidla. . . . 

No: añadió en seguida: no! decidla todo aquello que 
convenga á su paz, Martin, y á la realización de su bie- 
nestar ! 

Martin — Confia cu tu mejor amigo! él vela por ti. 

Alfredo — Adiós Martin! Adiós! Y Alfredo desapareció 
como una melancólica sombra que pasa ocultando la luz, 
cual si fuera un presajio doloroso de ia esperanza que 
trastorna sus ejes divinos para el porvenir! 

Martin salió á ¡*u vez, y di jo para sí. 

“Mientras yo viva, él no será presa de ese malvado! 


VISITA. 


CAPITULO XXYIIt!. 


^\] siguiente dia ¡i la caída de la tarde Martin golpca- 
ba la puerta de la casa de Magdalena Artey. Esta reci- 
bió a aquel anciano desconocido, sin sorpresa, pero csp< - 
raudo la revelación del objeto de su visita como do su 
nombre. El anciano fué el primero que baldó como era 
de orden. 


Señora; vo espero que seréis bondadosa, para perdonar- 
me la decisión de venir á conoceros, sin que anticipada- 
mente os hubiera hecho prevenir de esta visiva; pero vo 
creo que. la fama de que goza vuestro talento en el país es 
misóla disculpa para presentarme por mi mismo. Sien- 
prese desea conocer lo que es superior .1 nosotros, añadió 
con la franca galantería de un 'hombre de buena sociedad 
al que no le asustan las formas del lenguaje, pues le. halla 
de primera necesidad y sobre todo con la^ damas. 

Magdalena. — Caballero, acepto la visita sin disculpa • 
ella estará encerrada, lo espero, en vuestro nombre. 

Martin. — Se indinó agradeciendo la lina distinción de 


aquella dama y sacando la cartera, estrujo de ella dos tar- 
jetas que presentó á Magdalena : la una di eta simpo - 
mente-“ Alfredo de Riera, recomienda á Vd. su mejor 
amigo;” la otra; “Martin Bertrand, cajero de las casas 
de negocio de Riera. ” 

Magdalena se sonrió de esa suave manera que dá por 
resultado la frecuencia de la buena sod. dad. cumdo hay 
algo que modelar á la forma delicada de ¡a ui< ncion \ d 


decoro: y dijo. 


— 300 


— Me és sumamente grato Sr. Bertrand, que el hom- 
bre intelijente y noble cuya amistad poseéis; seael que ha- 
ya recordado que yo eesisto para apreciar los méritos po- 
co comunes de ciertos individuos, encaminando vuestros 
pasos hacia mí. 

Martin. — Y yo me felicito de esta circunstancia que 
me coloca á vuestros órdenes y me ofrece la notable satis- 
facción de ofreceros una amistad franca y por la vida. 

Magdalena, sintió en aquella oferta toda la sinceri- 
dad; toda la belleza de una alma sin dobles; y como todo 
ser sensible, se conmovió á punto de sentir humedecido» 
*us ojos por las lágrimas. 

Magdalena. — Gracias caballero. Nunca os hubiera con- 
fundido con un ser vulgar, si os hubiera conocido: hoi que 
os recomienda Riera valéis doble, pues en esa entidad 
entráis vos como él. 

Martin. — Si: y permitidme que os hable como si una 
larga relación nos hubiera estrechado antes de ahora. 

Magdalena— De esa franqueza, vendrá el mutuo cono- 
cimiento de nuestros carácteres, y la intelijencia funda- 
da de nuestra amistad. 

Martin. — Trabajáis para vivir: para ganaros el pan, 
como se dice vulgarmente? 

Magdalena. Si. • 

Martin. — Y os produce mucho vuestro trabajo? 
Magdalena — Lo muy necesario para vivir estrecha- 
mente. 

Martin. — Y bien; si encontrarais un medio de adelan- 
tar, proporcionandóos algunas sumas de dinero para una 
empresa que se relacionara con vuestro jénero de talento, 
la aceptaríais. . . .? 

Magdalena. — Si la persona que me hacia aquella ofer- 
ta merecía mi confianza, aceptaría esa bondad; de otro 
modo, me creería siempre desobligada. 

Martin — Gomo os consideráis cerca de Alfredo y de 
vuestro senador? 

Magdalena — Como cerca de verdaderos amigos. 

Mártir. — Amáis á Inés ? 


— 301 — 



Magdalena. — iludió, y nu* 
quu!r sacrificio por ella.* 


ostra palabra. 

Magdalena habia palidecido; el papel se estremecía 
entre sus manos trémulas, y callaba como obligada por 
mas de una diversa sensación. Martin volvió á hablar. 
Magdalena, dijo acercándose á ella con una dul- 


á quien amata tanto, boy necesita de vuestro esfuerzo? 
Para que estamos sobre la tierra, noble y pura criatura, 
sino para hacernos el bien como hermanos? — Figuraos 
que Alfredo és vuestro hermano de sangre: y como tal, 
ved que nada tomáis que no ós pertenezca ! 

Magdalena quiso hablar; decir su agradecimiento, las 
emociones rápidas y profundas que sacudían su corazón; 
pero solo pudo articular su garganta el sonido de los so- 
llozos y sus ojos inundados de lágrimas, denunciaban el 
secreto de sus íntimas impresiones. 

El poder de las virtudes! Dominan, no como las frívo- 
las pasiones de los sentidos; sino con la potestad y la 
grandeza magnética, que demarca su oríjen; su divina 
naturaleza! 



a mas cordial amistad? — Xo veis (pie la misma Inés 


302 


Magdalena estaba en aquel momento sometida á su 
influencia. — Cuando le fué posible vindicar el agradeci- 
miento que llenaba su alma; dijo ¡i Martin. 

— El ser que rehusara la virtuosa oferta que Alfredo de 
Riera me hace, merecía la justicia que se hace con los 
ingratos: la del olvido! Pero yo no sé sino comprenderla, 
en su inmensa ostensión: .agradecerla y decirle en cambio 
ú ese. hombre honesto y escepcional; — que el oro que se 
derrama en las arcas vacias del pobre, fructifica tarde 
ó temprano; que él se lia salvado del egoísmo sin límites 
del siglo cuque vivimos, recordando el precepto evanjé- 
1 ico, de tender su mano al infortunio; de prestar apoyo 
al necesitado!” 

— Qué otra respuesta á un hombre privilegiado? cual 
oi rá forma de agradecimiento por ahora, á ese magnáni- 
mo corazón. ?Un dia, mi trabajo totalmente humano, 

tratará de modelarse al trabajo del sentimiento perfecto 
« que produjo esta obra — decía mirando tristemente el pa- 
pel dado por Martin, en el cual sin embargo estaba su for- 
tuna — pero Ah, señor Bertrand! Las obras (fue dicta la 
providencia, ni se recompensan ni se imitan: esa és la po- 
testad de los jenios! Alfredo és un jenio en el bien; creo 
ademas que lo ésde intelijencia. 

Martin. — Magdalena, veo que sufrís; mas quiero créer 
que no entra en ese sufrimiento vuestro orgullo por nada: 
és verdad? Los seres de altura no se enrojecen de verse 
justificados y aliviados en su miseria ó mediocridad: se 
elevan mas con la humildad que ponen al recibirla dádi- 
va ajena! 

Magdalena. — Dádiva! repitió instintivamente — y como 
si creyera que acababa de cometer un error de amor pro- 
pio, del que tratara de defenderse; contestó simplemente 
Es verdad! yo creo como vos caballero. Mi alma ha 
recibido una lección sublime! 

Martin. — Aún dudáis? preguntó viendo que Magdalena 
tenia en sus manos sin. atreverse á desdoblar , el papel que 
la había entregado. 

Magdalena, por un esfuerzo dé dignidad característica^ 


«ks.Uióol papel en silencio, y levó en voz bala ~í ¡ 
papel era una letra do cambio de d¿s mil .,,.J . í * 
den de Magdalena Artev, contra mn 1 i ^ !‘ l ol ‘ 
gocio de Áílrcdo de ifi dc 1,18 

Magdalena volvió á doblarle y dijo-Y bien «of, or- 
ace,,,, como n n préstamo de amistad esta oferta, 
d io de esta suma, yo llegaré á hacer digna mi inteliacn- 
cía, pues la- purificará el trabajo! " g n 

Martin, se levantó; oprimió ins manos de aquella mujer 
con notable emoción, y la dijo : ‘ 

—Ahora, cosas distintas! - Decidmc-qué pensáis del 
asunto desgraciado de Inés ? 

Magdalena— Lo que tecnicámente se piensa de la 
grandes desgracias de la vida, de las victimas y de lo 


a 

los 


I nés 


ciega- 


verdugos! 

— Martin — Sabéis que Alfredo ama 
urente ? 

Magdalena. — Perdonadme una observación. — No la 
ama como decís, ciegamente, porque ese seria un amor pu- 
ramente de los sentidos, mas ó menos convulsionados por 
esa chispa volcánica que se llama pasión^ y que pasa ins- 
tantáneamente. No! Alfredo amaá Inés, profundamente; 
ese cariño és un sentimiento inmenso que ha elaborado su 
inorada, con la plenitud de los grandes medios que posee: 
la ama sin osar sacrificarla á la tentación del deseo: la 
ama como un santo ama el relicario (pie lleva eq su seno: 
como un artista la mas bella y pura creación do su mente: 
sin confundirla con ninguna otra: con claridad y ternura 
infinita: con embelezos tristes y suaves; con la fe de que 
és su mejor obra; con el agradecimiento que inspira ia 
providencia al bueno que se vó agraciado por ella: y sin 
mas ley que el culto que dignifica el altar! Tales, en mi 
concepto el sentimiento do Alfredo por Inés. 

Martin. Es verdad! y doblemente mas peligroso por tanto! 

Magdalena — Si, por que puede costar la vida á uno ó 
otro, pero no se cometerán errores sociales. A la jente le 
basta esto; no importa que el cuerpo estenuado de la fa- 
tiga del sacrificio, el alma desesperada de sí misma, trate 


301 


dr ir contra Dios en el error ciego de la impotencia con 
que lucha, no importa! mientras se lleve un antifaz de 
seda, no importa (pie caiga el cuerpo: que el alma se. ha- 
ga apóstata! 

Al contrario, el mundo aplaudirá y coronará la tumba, 
donde reposa el ser que escarneció ayer; por que meopr 
como és, no vio sino los bultos de los cuerpos, que moral- 
mente hablando son las apariencias de los hechos; y con- 
denó al que debiera de salvar! — Por que en efecto, se- 
ñor, — proseguía — que viene áser un mendigo desnudo, 
hambriento y desamparado sin la piedad ajena? Un mal- 
diciente.— Y porqué la piedad le tiende su mano, sin in- 
vestigar por que ha quedado así: por que sufre; ó si es 
justo que sufra? — Por que no seria muy fácil poner en 
el crisol las virtudes humanas, para pezar cómo se peza 
el metal noble, por quilates, que grados de perfección 
^ pudiera tenor sin duda! — por qué pues, cuando uno de 

esos desgraciados de corazón, piden silencio y paz sola- 
mente, por que, el mundo se levanta con la carta fria y 
tremenda de las prescripciones sociales en una mano, y 
el haelia del verdgo en la otra? Porqué yaque no le con- 
suela, ni lo perdona; por que siquiera no le olvida. . . .? 

Si la desgracia ecsiste, la humanidad debe de ser igual 
parala diversidad de causas que la producen: — porqué 
á donde iríamos, si solo una clase de desgracia ecsistiera 
en la tierra? 

Martin. — Teneis razón Magdalena: tenéis razón! Pero 
creedme, mujer sublime! el mundo social ya está basa- 
do, y no puede desnaturalizar sus formas, sin que la acu- 
sación de la comunidad, pese sobre el .órden de las co- 
sas establecidas, basta producir el desquicio. 

Magdalena. — Y quién pueda asegurar que de la des- 
trucción de un órden dado: no puede venir la reconstruc- 
ción de la obra empezada en la hora del mundo? — Quien 
puede garantir que este presente, valga mas que el por- 
venir escondido entre las sábanas do nieve que oculta el 
tiempo? 


Martin. Vuestra clara razón analiza: vuestra poética 

ímajmacion, idealiza! Pero creédme, os repito' 

Apesar de todos los hombres ilustres que lian empren- 
dido la revolución social por modelo de sus planes- ape- 
gar de las eternas y aun cristianas verdades de esos .da- 
nés mcomprendidos por el vulgo, el mundo— os reí. eti- 
lo — no es m será mas de lo que és! 

Magdalena— Pero puede volver á ser lo que ya ha sido! 

i ai un No; por que para eso se necesitaría que desa- 
pareciera la creación actual: que Dios destruyera este 
vasto recinto que llamamos tierra, para la formación de 
una nueva ecsistencia y de distintos seres! 

Magdalena. \ o no hallo nada imposible para el ser 
que no tiene límites en su poder, en su esencia! 

Maitin. Bien: esa cuestión están profunda, que temo 
no convengamos sobre todos los pormenores de ella, ó nos 
desviemos de sus puntos cardinales, en medio déla igno- 
rancia que nos rodea. Vamos á ver la importancia neta, 
que dais á la pasión de Alfredo por Inés. 

^ Magdalena — Creo haberme esplicado yá, sobre eso; 

Y repito que no creo qu és una pasión la de Alfredo, 
sino un sentimiento. Ved la diferencia que ecsiste entre 
una y otro. 


Martin. — Pero ella lo ignora? 

Magdalena iba á seguir la impulsión de su noble ca- 
rácter diciendo la verdad; pero súbitamente refieccionú 
en las consecuencias, de aquella franqueza y se limitó á 
responder: 

— Lo ignoro. 

Martin. — Y qué pensáis que haría Inés si lo supiera? 
Alejar de su relación al desgraciado? — Aborrecerle? 

Magdalena. — No lie detenido mi investigación en ese 
difícil límite, caballero; y por consecuencia no puedo 
emitir opinión. 

Martin. — Perdonad, Magdaleua: yo no he tratado de 
hacer una investigación injuriosa para vos ni para Inés: 
os lo juro! he querido saber á punto fijo la verdad en es- 
te asunto inesperado, y de tanta trascendencia, por que 


20 




< — 306 — 

amo á Alfredo íntimamente Magdalena y si lo viera des- 
graciado, yo tentaría todos los medios para salvarle . . ' 

Magdalena, con dignidad — Hasta la deshonra de Inés 
caballero. ? 

Martin. — Me injuriáis señora, y perdono ¿vuestra no- 
bleza de alma, lo que no perdonaría á vuestra sola amis- 
tad, ó al simple carácter de dama. Pero os diré mas. Si 
yo ciego de dolor, por su dolor, le fuera á proponer que 
hollara el honor de Inés, con una tentativa, con una pa- 
labra: Alfredo me despreciaría! 

Magdalena. — Y tendría razón en tal caso! 

Martin — Nodebia de haber tenido necesidad de recur- 
rir á esta demostración para que comprendierais señora, 
la distancia que me separa de lo innoble por educación y 
por corazón: pero mi mala suerte ha hecho que me equi- 
voquéis y 

Magdalena. — Perdón anciano: mi amistad á Inés, es 

mi sola disculpa. 

Martin, se puso de pié y tendió su mano á Magdalena 
como si la dijera — estáis perdonada! — y prosiguieron so- 
ber el punto primitivo y distraído un momento de aque- 
lla conversación. 

Magdalena. — Y bien señor Bertrán d, — qué pensáis 
hacer para evitarle á Alfredo las consecuencias de un 
sentimiento profundamente desarrollado en su alma? 

— Martin — Nada por ahora amiga mia! mas, queréis 
que seaesplícitamente franco con vos? 

Magdalena. — Es lo que espero ! 

Martin. — Pues bien : Alfredo és amado á su vez 

por Inés, y el riesgo entonces, no és para uno solo sinó 
para los dos. 

Magdalena, sorprendida. — Y como habeÍ3 adquirido 
esa prueba? 

Martin — Por medio de mi penetración : por convic- 
ción de la imposibilidad que ecsiste de conocer á Alfre- 
do sin amarle; y por que yo he visto ¿Inés, no una 

vez sínodos; la primera, sorprendí su secreto en su mir, 
rada á Alfredo; la segunda, confirmé mi sospecha en sus 


— 307 — 


palabras & mí, respecto de él, ó mas bien, del desuno de 
ella. 

Magdalena, pensativa, disgustada — Cuales fueron? 

Martin — Son pequeños nadas, que para otro que yo 
habrían pasado inapercibidos: pero para mí ! 

Magdalena Ah, si: pero esas nadas solo encierran 
suposiciones. 

Martin, con firmeza — No! convicciones!— y como si pe- 
netrara el oculto miedo que asaltaba el espíritu de Mag- 
dalena, añadió — O temeis que yo sea indiscreto con la 
noble pasión de esa infortunada cuanto bella criatura? 

Magdalena alzó sus ojos de un negro reteñido, y fijó su 
mirada penetrante en los lábios que acababan de pro- 
nunciar aquellas palabras, como para sondar el grado de 
verdad que encerraban, sujetando la investigación no so- 
lo á la percepción del oido, sino á la forma esterioT y vi- 
sible. Después de un momento dijo, como si aquellas 
frases fueran el resultado de una observación. 

— Puede ser que Inés sin saberlo ella misma, haya 
sentido en el fondo de su imajinacion el impulso de una 
ilusión, que estará combatiendo su razón tria y el estado 
reál de su vida; pero entre el puede ser y el será hay una 
distancia inmensa ! 

Martin — Teneis miedo de confiar el secreto de la 
amistad ó un anciano que apenas conocéis ! Bien, Mag- 
dalena! Bien! Así proceden las almas bien templadas ; 
pero entended que me juzgáis mal ! 

Magdalena, sintió el golpe frió de dolor que aquella 
amarga reconvención le causaba, y trató de arrancárse- 
lo del corazón y de justificarse cerca del anciano. 

— Perdonáis á la amistad esta prudencia que acaso pa- 
rece escesiva á vuestros ojos ? 

Martin — Ella os honra, señora. 

Magdalena — Y creeis que se pueden salvar de la des- 
gracia esas dos criaturas jóvenes, bellas y buenas? 

Martin movió la. cabeza negativamente con profunda 
tristeza; yrespondió-Con sola una diferencia, para ambos; 
que eiia cubrirá su rostro con la glacial careta de la 


— 309 — 


gravedad social que la imponen sus deberes, y morirá 
con la cabeza ornada de la corona de los mártires; y él 
morirá desesperado; sin fé, tal vez maldiciendo- - - .! 

Magdalena — *Y ese hermano de Inés no trabaja por 
ella ? 

Martin — Oh! esc trabaja por él y para él! Ese és el 
jénio del mal que ha entrado á la casa de Alfredo, ha- 
ciendo jirones al pasar, el casto velo de la virtud que 
cubría aquella mansión, Magdalena !. . . . Le conocéis ? 
anadia con una ánsia estraña — -Le conocéis ? 

Magdalena — No: pero un presentimiento singular me 
avisa que ese hombre debe ser fatal ! 

Martin — No lo dudéis! y será fatal á Alfredo. — ! 
Magdalena — Pero con la fé mas íntima os digo, que 
ese fratricida como el otro Antonio, seráu castigados! 

— Castigados. ..! Repitió Martin saboreando por pri- 
mera vez el delicioso paladar de la justicia de Dios sobre 
la tierra, ála cual el hombre ciego y atrevido apellida ven- 
ganza — Magdalena lo observó y dijo para sí — “que leal! 
y cuanto ama!” — Martin prosiguió. 

— Bien Magdalena; tratemos de que el mal destino no 
tenga siquiera cana blanca contra Alfredo é Inés: que se 
Vea que algo hemos hecho por ellos! 

Magdalena. — Abrid opinión. 

Martin.— Opino que seáis para Alfredo como una her- 
mana: él os ha valorado: os ha comprendido! vuestra 
amistad para uno y otro será ademas de una santa conso- 
lación, un argumento sólido y grave para evitarles esa 
horrible desesperación que las cosas y las situaciones sin 
remedio traen, como inmediato resultado. Vos les acon- 
sejareis el camino del bien social, que se compra con el 
sosiego de la vida entera; y el del bien eterno que se 
conquista con la superioridad de la fuerza invisible, que 
és la fé en Dios; y que por consiguiente, supera todas las 
demas influencias! — Vos...les diréis quienes son y donde 
están sus enemigos: y le mostrareis á Alfredo, el princi- 
pal de todos — Anjel Picotti. 

Iba á responder Magdalena cuando un criado presentó 


— 309 — 


hdo le »nn ;r tai;ÍCta i COn l es 1 tas SCTlcillaR Palabras (le un 
bulo— un desconocido anhela tener el honor de presen- 

T reSpCt0S y el cdt0 ‘l« e vuestros talentos me- 

Magdalena se puso pálida sin saber porqué, y se estre- 
meció. El anciano írunció el entrecejo como si aquel 
misterio intrigara la severa consigna de su austera fé: 
pero Magdalena dio orden de entrada sin haber mirado 
e íei erso de la tarjeta, y el desconocido se presentó. 

Hay ciertas impresiones que no se llegarían á definir 
jamas en su verdadero sentido, por que como dice un cé- 
miie autor francés; “seria necesario arrancar la máscara 
a los fantasmas que pretenden espantarnos” para con- 
seguirlo. 

lal le sucedió al anciano al ver presentarse en la 
puerta del saloncito de Magdalena, á Anj el Picotti. 

Este se sorprendió á su vez, pero siempre dueño de sí, 
se colocó en aptitud de llevar á cabo su plan con los 
menos, tropiezos posibles ; con notable desembarazo 
se dirijió á Magdalena, y con un bien tinjido respetóla 
dijo. 

— Perdonad señora, si me he tomado la libertad de 
venir por mi mismo á justificar la voz jeneralizada de vu- 
estro notable talento, si bien no soy bastante autorizado 
para la representación de un juicio, que tiene la impor- 
tancia de la competencia reconocida altamente por las 
autoridades en el j enero. 

Magdalena se inclinó en silencio, Anjel saludó fría- 
mente á Martin, que seguía taciturno; y aceptó el cortés 
ofrecimiento de un asiento que le hizo Magdalena. 

Anjel. — Teneis muy buenos libros sin duda? 

Magdalena — Perdonad, caballero, si interrumpo vues- 
tra pregunta para haceros una, á mi vez. 

Anjel, con galantería. — Cual señora. — Estoi á vues- 
tro mandato: disponed de mi! 

Magdalena. — Gracias: simplemente saber á quien ten- 
go el honor de hablar en este momento. 

— Creia que habíais recibido mi nombre, pues el vie- 


— 310 — 


ne inscripto en la tarjeta que tuve el honor de enviaron; 
pero me retiro á esperar el resultado y 

Magdalena con una no disimulada estrañeza, hizo á 
Anjcl un signo con su mano para que permaneciese, mien- 
tras ella revisó, y encontró en efecto, en el lado inverso 
de la tarjeta el nombre de Anjel Picotti, y tratando de 
contener el cúmulo de estrañas impresiones que le aca- 
baba de producir aquel nombre, dijo. 

— He sido torpe con una forma social, tan jeneralmen- 
te aceptada: pero soy naturalmente distraída, y tendréis 
por disculpa, esta razón. 

Anjel, sonriendo cordialmente. — Yo os doi gracias 
por vuestra condescendiente bondad en esta satisfactoria 
esplicacion. 

Magdalena, con dignidad. — Vuestra familia se ha cons- 
tituido mi enemiga sin razón: ecsiste pues, entre ella y 
yó una inmensa distancia 

Aujel interrumpiéndola. — Que no debería de haber 
traspuesto — és verdad, señora? — dijo con un tono marca- 
do. 

Magdalena — Jeneralmente hablando, tengo por sistema 
de no dejar traducir mi pensamiento; pues las traduccio- 
nes libres , dan el resultado de abultar ó disminuir la for- 
ma, degradando así el espíritu de la idea ó de la intención. 

Anjel se mordió los lavios: el anciano se sonrió: Mag- 
dalena prosiguió. 

— Apesar de ese muro que ecsiste entre vuestra fami- 
lia y yo, no soy de la jeritc dévil— dijo sonriendo — que 
se asusta de la entidad de su enemigo: no! yo soy al con- 
trario; mido sus fuerzas por las mias, y si las hallo iguales 
comprendo que el triunfo tendrá doble precio: y acepto 
la lucha! < 

Anjel observó por un instante solamente, el rostro lle- 
no de vida de aquella mujer escepcional, intelijente: y 
sin duda dedujo de la observación, lo que Pier-Anje- 
lo-Fiorentirio dijo de Ugo Foscolo y de Goethe; — “quel 
abíme entre Goethe ct Foscolo!” — Pero subitámente to- 
rnó una resolución; y dijo — como impulsado de una fuer- 


— 311 — 


za mayor que la de su propia voluntad— “probaré mi des- 
tino!’ y respondió: 

—Las grandes resoluciones no son nunca del arbitrio 
de lajente vulgar, señora; los seres que salen de lareHa 
común son los únicos capaces de emprender ese jénero 
uo decisiones; \os estáis colocudíi en ese número. 

Magdalena. -Ímo concedo ni niego absulutamente el 
lodo de esa clasificación; pero os observaré que ten tro en 
mi favor una arma poderosa, y que tal vez á ella Oclu- 
sivamente le deba alguna vez, la corrección de mis hechos, 
la fuerza de mis propósitos, y la seguridad de misconvic- 
ciones. 

Anjel. — Y cual és esa anna privilegiada . . . . ( 
Magdalena, mirando fijamente si Anjel. — Mis ojos! 

Anjel, tratando de parecer un galante caballero, yecsa- 
minando los ojos de Magdalena: — En efecto; son unos ojos 
magníficos, que desafiarían los dardos que hace preparar 
al Amor, el célebre artista Lemire! Mas perdonad; por 
muchas influencias que esos dardos tengan en los espíritus 
ajenos; — como podéis recurrir fi ellos en las ocasiones qui- 
no pertenecen á esos casos marcados ? 

Magdalena. — Podríais haber ahorrado caballero, tanta 
palabra inútil y simplemente haber preguntado que fa- 
cultad especial era, de la que se trataba. 

Anjel, mortificado. — Teneis razón señora; he errado 
miserablemente — podré pedir vuestra induljencia ( 

Magdalena — Si; son cosas de poco momento, pero de 
grande importancia quizas, en su fondo. 

Anjel. — y ahora me diréis cual és esa arma que po- 
seéis'? 

Magdalena. na penetración particular que creo 
ecsiste en mi mirada, para conocer á golpe de ojo, al 
bueno y al malo! — dijo con una cierta sonrisa parecida 
á la sonrisa de la verdadera ironía. 

Anjel pareció haber esperimentado esa contrariedad 
mortificante que aja el alma, por acostumbrada que ella 
esté al imperio de su propia voluntad y al roce de esos 
choques groseros del amor propio. Magdalena h yo ia 


— 312 — 


impresión al través de los perfiles secos, y fríos de aquel 
rostro tan mal delineado. Anjel se esforzó para responder, 
pero respondió. 

— Inmensa ventaja señora la que poseéis! Ella os en- 
señará á guardaros del malo y á colocaren vuestro cami- 
no al bueno que halléis á vuestro paso! — Sois entonces 
una adepta de Lávater, y de G al 1 ?-Habeis 1 eido con ellos 
el libro de la naturaleza, que coloca los arbitrios del es- 
píritu y del corazón en el cráneo yen los limites de la 
fisonomía? 

Magdalena. — Yo soy una adepta de la verdad y 
una enemiga cruel y tenaz de la mentira! — dijo con 
una espresion tan acentuada y á la vez tan viva, que 
Anjel sintió el mismo estremecimiento, que la vez primera 
en que palpó su fortuna esperimentó, al pensar con terror 
en perderla. — El anciano lo vió estremecerse: Magdalena 
lo vió también, y entre ella y el anciano se cruzaron dos 
intelijentes miradas que lo esplicaron todo. Pero ni uno 
ni otro lo dejaron comprender, y Magdalena siguió la con- 
versación con una naturalidad digna de ocupar el puesto 
en la escala de los disimulos necesarios, de la vida social. 

— Es necesario creér, caballero Piceotti, quehai ciertas 
predestinaciones sobre esa clase de conocimientos profun- 
dos, que en valde querrán negar los materialistas consu- 
mados: ved si no, ó Mme Lenormand, que por medio de 
esos cálculos propiamente dichos de inspiración, asom- 
bró su siglo y la posteridad, con sus inamovibles pre- 
dicciones. Cierto que los jemos visitan el mundo en in- 
mensos intermedios de tiempo cada vez; pero no vamos 
ó eso; sino á la realidad de la ecsistencia de ellos. 

— Si otros seres menos agraciados por la providencia 
con ese secreto divino, poseen solo átomos de él, — no por 
eso será menos verdad que esos átomos ecsisten. Tal 
creo que me pasa señor Picotti — añadió con irnoía — creo 
leér en el rostro ajeno el corazón, el pensamiento y al- 
guna vez bastad porvenir de la vida. 

Anjel, involuntariamente conmovido. 

— Si. — no lo dudo: no lo quiero dudar tampoco!... - 


ííiYnfl?" en CS0S °j? S T UÍ de9i " na un radio incalculable 

, t ' 1 ® ncia dijo con. un tono sombrío apesar 

ue sus esfuerzos, 1 


Martin. Magdalena, -dijo poniéndose de pié, -estaré 
demás en este momento cstraño para este caballero ? 
Anjel, volvió la cabeza rápidamente hacia el lado de 

donde provenia la voz, como si una vívora hubiese pica- 
do un miembro de su cuerpo; y encontró la venerable 
cabeza de aquel anciano que había como olvidado en 
aquel momento, y dijo agriamente. 

A quien se refiere esc. anciano. . . .? 

Martin, sentándose con calma premeditada — A vos! 

Anjel — Y tenéis algún punto de contacto conmigo pa- 
ra que os toméis la pena de referiros ¡i mi, en algo? 

— Los puntos de- contacto no los busca un hombre, co- 
mo yó, en un hombre como vos! dijo intrépidamente el 
anciano. 

— Anciano. — ! esclamó Anjel apretando sordamen- 
te los puños y poniéndose lívido con esa ira tremenda y 
concentrada, que hace presagiar una tempestad. 

Magdalena observaba. El anciano respondió. 

— Algún dia me entretendré con vos, Sr. Anjel: por 
ahora, está esta digna señora presidiendo noblemente su 
casa, y faltarla seria un ultraje á su posición: á su delica- 
deza. En este concepto, Magdalena, aceptad todas las es- 
cusas que os sujiera vuestra bondad en mi favor, pues 
creo que las necesito. 

Magdalena, oprimió la mano que el anciano la tendía; 
y con marcado sentido le dijo, — “Hasta mañana!” 

— Hasta mañana! repitió Martin alejándose, y sin dig- 
marse volver su rostro acia Anjel que estaba de pié, guar- 
dando la forma á la dueña de. la casa, que la sociedad 
ecsijia de él. 

Quedó solo con Magdalena. 

Hubo un momento de silencio. Parecía que semejan- 
te al grupo de los gladiadores do Barbedienne, apres- 
tándose á la lucha, aquellos dos personajes median 
.sus fuerzas en silencio: investigaban los secretos de la 


— 314 — 


represalia, y reflecsionaban en la posibilidad del triunfo. 

Al fin, aquel silencio debía de romperse, y Anjel 
tomó la iniciativa. 

— Que pensáis señora de ese anciano? 

Magdalena — Que es un hombre venerable, digno! 

Anjel — Le conocéis de antemano ? 

Magdalena — Le conozco profundamente y por convic- 
ción ! 

Anjel, repuesto un tanto de su emoción: — ó por pe- 
netración mas bien ! 

Magdalena — Sí: puede ser! 

Anjel — Dichoso el que ós condecorado con ese voto, 
favorablemente ! 

Magdalena— No se desea lo que no 6e pone en prácti- 
ca ! 

Anjel — Y si se pone 

.Magdalena — Entónces se dirá que lo intenta: que lo 
desea pero. 

Anjel. Pero que no lo ha logrado! 

Magdalena. — Mal podría hablarse de lo que se igno- 
raba ! 

Anjel — Y si yo os dijera:-IIe venido atraído á vos da 
una sensación inesplicuble: necesito vuestro consejo : la 
luz de vuestra intelijencia superior, puede guiarme en el 
sendero ingrato de un asunto que vos conocéis desgra- 
ciadamente para vos, como para Ines: decidme; si yo os 
dijera todo esto; — qué me responderíais. ? 

Magdalena — No respondo antes de ser realmente in- 
terrogada. 

Anjel jugó con la cadena del reloj y respondió. 

— Teneis razón ! Ahora os interrogo — Qué pensaríais 
de un hombre que se decidiera á vindicar el honor man- 
cillado injustamente de una esposa y madre pura, y el de 
una mujer joven intelijente y sin mancha, como vos., .y 

Magdalena — Diría que era un hombre sublime ! 

Anjel — Y si ese hombre era un hermano de la pri- 
mera y 


— 315 — 


Magdalena— Dina que cumplia con un deber sacra 
do que acaso reconoció demasiado tarde. ? 

Anjel sintió el vacio, en aquel inmenso radio de sus 
esperanzas, evocadas netamente del número «le arbitrios 
con que contaba su astuta intelijencia: y casi iba ó de- 
jar caer los brazos presintiendo la tenebrosa lucha que le 
. aguardaba, sitió hubiera sido que el amor propio se lc- 

Ti Ve ? 1 sobr J todo> y entónces respondió mode- 
Jándose á las ideas de su antagonista. 

Teneis razón: en todo tenéis razón; y no en valde, 
ne os considera una intclijencia superior! Aconsejad mi 
escaso juicior-prosiguió con un disimulo digno del céle- 
bre Rejente de la córte de Inglaterra, Glocesster — acon- 
sejad mi escaso juicio! yo creia queliabia alguna luz en 
mi mente; pero cerca de vos, veo que mi cabeza está os- 
cura, y mi voluntad és débil 

Magdalena— Parece que tomarais la debilidad en este 
momento, como una arma para defender las ideas, y no 
para combatir una individualidad! 

Anjel. — Perdonad: pero mi debilidad actual, no és 
una arma; és el efecto de una potestad que me supera, v 
á la cual cedo. 


Magdalena comprendió toda la fuerza seca y ruda, que 
encerraba aquel argumento artificioso; compulsó los ar- 
bitrios que tenia que empleár para combatirlo: y fuera 
que encontrara de buen temple aquellos arbitrios, fuera 
que se hubiera decidido á todo; ello és que respondió tria- 
mente. 

— Es escusado, caballero, buscar en los fantasmas, las 
verdades humauas : — la providencia tiene un lenguaje 
complemente suyo: — podría acaso equivocarle por igno 
ranteque fuera ningún hombre...? Es imposible; vos que 
sois intelijente — aunque aparentáis dudarlo — compren- 
dereis mejor «pie ningún otro, la voz de Dios, encerrada 
en esos millares de notas que resuenan constantemente 
en la creación: comprendereis el lenguaje intimo y vivo 
de la conciencia, que en las horas del descanso de la dia- 
ria fatiga de la vida, vibra como las cuerdas de uii instru- 


— 31 G — 


mentó destemplado, haciendo estremecer el ser á cada 
sonido! comprendereis 1 a voz de los castigos, que todopo- 
derosa, se levanta de cada objeto inmóvil, repitiendo — 
“éh allí tu castigo: veras la sombra de tu crimen don- 
de quiera dirijas la vacilante planta!” 

Anjel estaba tan conmovido, que casi iba .¿rogar á aque- 
lla mujer que callara: pero .todavía, el demonio de la va- 
nidad, que cierne sus locas alas sobre el mundo, retembló 
dentro de sus sentidos; y trémulo, yerto de impresiones, 
respondió. 

— Aunque no tengo razones prácticas para haber 
comprendido todas . esas funestas verdades que con tanta 
vida pintáis, señora; pero os protesto que al calor de vues- 
tra palabra, mi aliñase enciende dcódio contra el crimen 
y de horror contra el destino que impele á los infelices 
que le cometen. 

Magdalena. — No ! nó és el calor de mi palabra, caba- 
llero, el que os comunica esas sensaciones; nó és nada 
de mi potestad lo que os conmueve: és. . . . — dijo le- 
vantándose, y poniendo ante los ojos de aquel hombre 
un retrato de Inés al lado de su hija, que aquella le ha- 
bla ofrecido — és, que ha llegado la hora de que veáis 
claro: de que os arranquéis vos mismo la máscara, y di- 
gáis al mundo lo que no trepidáis en deciros á vos mis- 
mo á solas ! 

— Lo oís señor Anjel Piootti — proseguía apártando la 
imajen de Inés y de la inocente criatura de sus ojos — Ha- 
béis sido criminal, y hoy lo sois doblemente, pués sobre 
la ruina de vuestro propio cómplice- — laque vos mismo 
halléis consumado — tratáis de levantaros mas alto que to- 
do! Si antes, la tumba de una hermanada deshonra de una 
esposa noble y pura: las lágrimas de una madre; no fue- 
ron bastantes para arredraros en el camino del mal y tras- 
tornar en favor de la victima vuestro paso: hoy, perdido 
como estáis, sereis capaz de todo ! 

Y Anjel inst intivamente llevó una mano á su seno, co- 
mo si buscara algún arbitrio en él, que confirmara la idea 
de Magdalena y pudiera libertarle de un enemigo: pero 


— 317 — 


en pensamiento era un asesinó’, y de pié co,?Zh f ^ 
testad de un ser que manda, añadió ’ ' t0d apo ' 

t^t mÍed ° ,le 1)108 -estuante, y ciego tr-, 
tabais de herir mi cuerpo, que pertenece 4 1 A , . 

Ó" acordaros f l ue con ese crimen, tendríais que emir en’ 
tre los hombres; que pesaría la maldición de la justicia 
h umana sobre vos, y que al fin, pobre miserable! nohabriais 

ASdsemr' P r 0 el 1 Cainino de vuest ™ ambiciones! 
Anjel sepaio la mano- de su seno involuntariamente, v 

con una de esas sonrisas pálidas, frias y siniestras. 

mas bien parecen jestos de venganzas eternas, y de las 

cuales, podría solo el galvanismo, dar sobre los cadáveres, 
una idea, dijo. 

—Señora: me habéis insultado, y. . . . yo os perdono! 

He venido atraído por una impresión irresistible ácia 
vos. 


Magdalena le interrumpe: 

— Por vuestro destino! 

Anjel, recobrado.— Es verdad!— y bien. ...?— ponién- 
dose de pié al lado de Magdalena. 

Magdalena. \ bien. . . .! mirándole lija y pausada- 
mente. 

Anjel. — Me eréis culpable? 

Magdalena. — Lo sois! 

Anjel. — Por quien lo sabéis? 

Magdalena. — Por Dios! 

Anjel. — No! por ese viejo que yo destrozaría entre mis 
brazos! ó por. — 

Magdalena. — Repito, que la voz de Dios és todopode- 
rosa: y si á mi me ha hablado en ese tono, á vos os ha ha- 
blado en otro, y mas tarde 

— Oídme! — le dijo tomándole de la mano, y llevándole 
á la habitación que seguía, donde estaba un crucifijo de 
ébano-veis aquel hombre ensangrentado, cuya frente sin 
mancilla recibió el sarcasmo de la humanidad pecadora y 
apóstata? pues bien; arrodillóos ; — gritó con la fuerza de 


— SIS — 


una predestinada, obligándole á doblarse ante su voiun 
tad — arrodilláos, y orád ! porque desde esta hora, para 
adelante empieza vuestro camino de espiacion; el temblor 
del miedo; el fanatismo del dolor sin remedio: y el cán- 
cer del remordimiento que irá comiendo fibra por fibra 
de vuestro cuerpo vivo, pero convertido en un misera- 
ble esqueleto! 

— Diosmio!— Esclamó sordamente el ateo, cubriéndose 
los ojos con las manos, y todavía de rodillas ante el cruci- 
fijo — Dios mió! Dios mió! 

Magdalena, se había arrodillado á eu lado y oraba ú su 
vez. 

Al alzar la cabeza el culpable, vió la dulce y majestuo- 
sa figura de Magdalena á su lado, y en la misma humil- 
de postura que él: y con timidez, la dijo. 

— Oráis señora? 

Magdalena — Pido el arrepentimiento de los cui 
y su perdón. 

— Ah! gritó Anjel, lanzándose como un locoá sus bra- 
zos,— perdón! perdón! y para que ese perdón, cuando os 
tengo en mis manos; cuando á una palabra mia, á una 
presión de mis dedos fuertes y terribles quedáis reduci- 
da á polvo, miserable. ! Habíais creído que Anjel 

Picotti oraba cuando vos le ultrajabais? Quo Anjel Pico- 
tti creía en vuestra potestad ridicula y mezquina? pues 
bien: oid á vuestro turno! — y suavemente arrancó algo 
del centro de su seno que era nada menoB que un mag- 
nífico puñal berberisco, comprado en el misterio á un es- 
tranjero notable, por su aprecio al jónero ecsótico y al an- 
tiguo sobre todo. Magdalena estaba pálida; presa su hermo- 
sa éintelijente cabeza entre los brazos homicidas de aquel 
hombre; pero callada, sin dar un grito de espanto, de ra- 
bia ó de dolor. Ai ver el puñal brillante, sobre su frente, 
cerró por intuición los ojos para no ver sin duda, su pro- 
pia sangre: pero, uno de esos movimientos frenéticos y 
de perfecto contraste con el terror, impele su voluntad; 
la voluntad suprema como és, gobierna la materia: im- 
pulsada ella por medio de aquel poder sobrehumano, 


pables 


— 319 — 


los brazos luchan con una fiereza r 

inspirada y ardiente se desprende di ’ n e ^’ vivaz ’ 
tozos, corre ú la oabe“ raTh cL a %l"! '° S 
y <lc pié á media vara de distancia de él, le 2 P 

Abajo eso puñal asesino, 6 sino muiros sin tener 
tiempo ni de arrepentirte.! tener 

La sorpresa predominó en el espíritu de Aniel ó tal 
patito que sm saber como, cayó el ¿uñal ásuspiélftW 
dalena conservaba su postura amenazante y noble, como 

in? tÍ Ua w ( ArC ’ aI levantar 8U ^«pirado 7 brazo contra 
mis soberbios enemigos! 

Magdalena— Quien sois, gusano! para levantaros con- 
tra el destino de otro? — Vos le croéis en vuestras manos; 
y el espíritu que anima ciertos cérebros, puede mas que 
a tuerza bruta de esos brazos! Levantad ese puñal, y sa- 
lid asesino de esta casa! Salid!— repitia, viéndole ¡rimó- 
vil, como encadenado íi aquel sitio — Salid ! 

Al acabar de pronunciar esta palabra, la figura bella 
y grave á la vez de un hombre ,se coloca sobro el dintel 
de la puerta; Anjel dá un grito y Magdalena le dirijo una 
sonrisa y estas palabras. 

— Bienhechor de los pobres! Ser privilegiado, cuya 
frente lleva el lauro de la predestinación, de la intelijen- 
cia y la virtud! Vos que valéis tanto, ved ó esc hombre 
culpable; y aun no está arrepentido ! 

Alfredo se acercó al culpable — estaba helado! — en el 
mismo instante de llegar á 61, iba á caer desmayado ; 
pues Alfredo apenas tuvo tiempo de tomarlo en sus bra- 
zos, para que no se hiciera mal. 

Magdalena recojió y guardó aquel magnífico puñal en 
su seno; depositó la pistola fuera del alcance de su ene- 
migo y corrió ¿prestarle en seguida su apoyo. 

Las aplicaciones de sales, de 6ter, volvieron ia vitali- 
dad á los sentidos de Anjel: el cual abrió los ojos, y se 
encontró en un divan al lado de Magdalena y Alfredo. 
Al verlos, juntó sus manos en silencio, con una impre- 
sión suplicante, y vio los ojos de Magdalena inundados 
de l&rrimas. 


1 


— 320 


Magdalena. — Estáis arrepentido . — ? preguntó con 
una voz arjentina y pura. . 

Anjel. — Tengo miedo de mí : de vos, de la justicia de 
la tierra: de Alfredo que se había liado de mí: de Dios, 
Magdalena ! decia con una voz hueca, y lúgubre : de 
Dios que cu este momento me est;í hablando cosas hor- 
ribles del porvenir: de mis horas contadas en el círculo 
de una cadena de espinas, de una esfera de tempestades 
horrorosas’, y de un vacío en el que rodará eternamente 
mi alma, sin encontrar base ni descanso nunca ! 

Alfredo se estremeció. 

Anjel — Oid, Magdalena! Vos sois para mí, como un 
juez, pero como un juez terrible y que sin embargo 
me veo obligado á respetar sin odio ! creedme ! por la 
primera vez de mi vida, me siento arrastrado hácia otro 
ser, sin envidia, como algo que se asemeja al cariño. 
Magdalena. — Y por eso queríais clavarme un puñal! 
— Alfredo. — Un puñal! — repitió horrorizado! — él que- 
ría mataros! y lijando sus ojos en aquel descarria- 

do, esclamó — y donde os habríais ocultado después de 
ese crimen, desgraciado! 

Anjel, sintió el dolor, por la primera vez de su vida: 
ese recurso de los delincuentes — el dolor, por medio del 
cual se purifican los crímenes, visitó su alma: bañó con 
sus aguas tempestuosas todas las fibras de su ecsistencia 
y aquel apóstata de la ley divina, aquel Rey del disimulo, 
aquel ájente de la pasión diabólica— la envidia — aquel sér 
sin corazón, sintió renadar sus pupilas en ese divino se- 
creto de la humanidad — las lágrimas! 

Magdalena corrió á él conmovida y con un acento per- 
suasivo y dulcísimo, le dijo. 

— Estáis arrepentido: lo veo y lo siento. Ved aqui mi 
mano: yo os perdono y ojalá todos vuestros enemigos se- 
pan perdonaros como yó! Llorad! En el dolor se confun- 
den las virtudes ultrajadas; los inocentes calumniados, y 
los criminales arrepentidos ! En esa fuente productiva de 
inmensos bienes á la humanidad, lavad vuestra alma del 
contacto de la mentira y del vicio : dejad el sucio ha- 


S,tos dév\l« a « T C lliz0 ccH í >s ? r lm insta, " e vuestro 

e,,Sai1 “ 1UZ “ * ”» a - 

AiijeUéiitia (i,, e se despreiKlian tle sus oíos aquellas 
«•X ! en reVeilosh ? st ? cntonces > que desdedí ño, se se- 
neí " o i? ma ’ SHl halIar salidí,! y como era de suno- 
r bitrin q '^ i° S °i |0S 86 convirtiei ' on cu fuentes de llanto, y 
inoínek 6 la vena ingrata que cortejaba cJ- 

Wi a > C * e J u 0 de su corazón. 

Alfredo lleno de piedad natural se conmovió á su vez, 
( |^°i 01a 1 1 .,, culpable, que espontáneamente había 
can. o de íodillas delante del crucifijo, en silencio y con 
as manos juntas en señal de abatimiento y de súplica. 

Alfredo se acercó después de un rato al culpable, y 
toco su cabeza suave y dignamente: el malo: aquel bár- 
baro opositor de la naturaleza digna y perfecta, alzó sus 
ojos empapados en las turbias lágrimas del primer dolor 
del crimen, y fijó sus sombreadas pupilas en las enter- 
necidas pupilas de Alfredo: sin duda se acordó de algo 
olbidado en la hora de la construcción de su salvación mo- 
ral : el arrepentimiento ! — se acordó, de algo cuyo 
nombre no encontró fijamente en la memoria; y como 
una vivora mortificada por la planta humana, que alza 
furiosa su cabeza para vengar la injuria, asi aquella alma 
envilecida, y apenas sacudida, por un dolor instantáneo, 
levantó su cabeza con un desdén involuntario, y dijo 
secando las frías lágrimas que aun se desprendían de sus 


OJOS. 

— Caballero: he sufrido mas de lo que yo habría creí- 
do que entraba en mi posibilidad, y aunque estoy acusa- 
do injustamente por esta Señora, como por vos; al pro- 
testar la causa de mi inocencia, confesaré que esa injus- 
ta inculpación ha derramado la hiél de la ira en mis en- 
trañas, y he cometido el error: diré mas, el crimen de le- 
vantar la hoja de ese puñal contra esa mujer sublime!— 
decía aparentando un frenético entusiasmo mal disi- 
mulado. — Me culpó: no luí fuerte contra esa acusación 
21 


— 322 — 


terrible: se armó este brazo culpable contra la ecsaifa 
cion de su sublime amistad por Inés, y yo, queme estoy 
sacrificando por ella! yo, que daría mi vida por salvarla, 
me puse en lucha contra la que, como Magdalena, la há 
sostenido: la sostiene en su inocencia. . . .y. • • . anadia 
como desesperado— no busquéis la razón en ninguna 
otra cosa que en mi propia debilidad: en mi amor propio 
ofendido: en mi vanidad diré! Condenadme en todo esto: 
pero retirad ese anatema de crimen que hacéis pesar so- 
bre mi frente ! retiradle en nombre de Dios ! y ved que 
cuando un hombre que se dobla pocas veces á algo en 
ei mundo, ha llorado : ha ido íí clavar un puñal en un 
seno inocente, arrebatado, ciego de rencor, y se arrepien- 
te y lo confiesa — creédme, ese hombre no puede ser 
culpable jamas, sino involuntariamente ! 

Alfredo estaba íí una cierta distancia, contemplando 
aquel modelo de la falsedad humana, que como un ju- 
guete caprichoso, dotado de una cantidad de resortes, 
se alargaba, se encojia, lloraba y sonreía según lo dispo- 
nían las circunstancias, sin comprender del mecanismo 
de él, ni un detalle, ni aun la posibilidad : y viendo sim- 
plemente al través de la óptica sublime de su alma, al 
desgraciado tal cual él mismo se pintaba. 

Magdalena al contrario, pálida, pensativa, de pié, 
apoyada en un ángulo de la puerta interior de aquella 
habitación; con los resplandecientes ojos fijos en aquella 
itnájen de la mentira, estaba valorando la esteusion de 
males que u:i solo ser podía traer á la sociedad. Anchas 
v graves sombras, rodeaban aquellos ojos, penetrantes, 
cuya mirada no podía resistir Anjel, pues que al fijarlos 
en los suyos, él los alejaba buscando otro centro donde 
descansar sus pupilas. Anjel, cerca de estos dos seres, 
repuesto ya, de sus primeras impresiones trató de anali- 
za- sn posición rápidamente y sacar todo el partido po- 
sible, de la rareza de ella. Bajo este concepto se aproe- 
si mó á Magdalena, y con una de esas voces impregnadas 
de secretos favorables para el que escucha la dr^>: 


* 


tua sola palabra para que mis sentidos no se tuí- 
,en con la desesperación y el horror de esta vida misera- 
H ' ciéis enlabie de algún crimen que no sea el 

<pie acaba de armar mi brazo tan bárbaramente / 

Magdalena, le contempló, como cinco minutos: nasa* 
von en aquel mtérvalopor su imaj ¡nación mil sombras 
porfiadas de mala vestidura: pero — cosa singular ! pudo 
sobre todas ellas, la idea de la misericordia, y haciendo 
callar á su razón, respondió : 

— El hombre que llora no miente: y si miente, paraól 
la deshonra y el borrón de esas lágrimas! Os creí culpa* 
ble: os lo dije! Vos protestáis que no lo sois; y bien, yo 
creo en lo que decís ! 

Anjel. — Lo croéis de corazón? Puedo yo confiaros mis 
planes, (que son los mismos de Riera, en favor «le Inés) 
puedo esperar que hallaré la cooperación que necesito 
para la conclusión de un asunto que tanto deseo? 

— Magdalena. — En favor de Inés y de la justicia, me 
bailareis siempre pronta á ocupar un puesto: al lado de 
Inés, entra la misión de la amistad y la de la verdad de 
«u causa! 

— Alfredo — Así hermana fiel del infortunio mió! Así! 
dijo interrumpiéndola. Yo con la consigna del bien y de 
la justicia medirijiá Inés para salvarla: á vos para pro- 
tejeros! — Cuales son los verdaderos hermanos pues? — 
proseguía con ccsaltacion — los buenos «pie buscan al 
-desgraciado que vive olvidado del mundo, en la silen- 
ciosa morada del dolor, y del desafecto de la sociedad: 
esos son los hermanos que reconoce el evanjelio: los que 
reconoce la humanidad; los únicos verdaderos ! 

Anjel, con un finjido entusiasmo — Teneis razón! las 
virtudes de los desgraciados, son como las perlas que 
están escondidas en el fondo de los mares : si no hubiera 
algún curioso que penetrara esas inmensas lagunas del glo- 
bo: las virtudes correrían la misma suerte de esa riqueza 
infinita de la creación— Se perderían en el curso de las 
aguas, y en el inmenso vaivén de las edades ! 


— 324 


— No! — .gritó con una voz predominante é inspirada, 
Alfredo — No ! Las perlas no se perderían jamas, sino 
para tal, ó cual época, para tal ó cual oportunidad, ó 
individualidad: pero aparecían en cualquier zona distinto 
y apartada de la de su nacimiento; ya fuera, arrastradas 
por las tempestades marinas, ya por las especulaciones 
de los hombres. Así las Ígneas virtudes del mortal. 
Si sumerjido en la profunda desventura, muere ignora- 
do de la sociedad; no faltará un sonido, un documento 
que pruebe su ecsistencia abnegada y sublime, y vierta 
en el seno de la sociedad descreída, la primera semilla 
de esa santa flor de la virtud, que crece en el altar de la 
fe, y muere en el seno de la desgracia, sin desvirtuar la 
íntima esencia que reside en su cáliz inmortal ! 

— Magdalena — Es verdad ! La virtud fructifica tarde 
ó temprano aun en medio de las jeneraciones descreídas 
y maldicientes, como en las épocas primeras del libro 
del mundo. 

Anjel — Y bien: si todo eso és verdad — porque no nos 
uniremos los tres para tan santo y humanitario objeto? 
Alfredo se acercó á Anjel, y en voz baja le dijo : 

— No recordáis que os negasteis á (pie se le confiara á 
Magdalena nuestro propósito. . . .? 

Anjel — No la conocía ! 

Alfredo — Luego fuisteis lijero en vuestro juicio V 
Anjel, sombrío — Algo mas: bárbaro, cruel ! 

Alfredo. Así ! el hombre que conoce sus errores vale 
un tesoro! — Dadme esa mano — esclamó alargando la 
suya, para oprimir la que Anjel le presentaba : yo os 
perdono si algo malo habéis hecho : y os perdono de 
corazón Anjel ! 

Anjel se arrojó á los brazos de Alfredo, no sabemos si 
impendo que estaba conmovido, ó estándolo en efecto. 

Magdalena, sintió nuevamente la divina vena de la 
piedad, palpitar en el fondo de su corazón. 

Alfredo — Y vos, mujer noble é intelijente! — dijo — 
vos que habéis sido agraciada por la providencia con el 


— 325 — 


y •'« " V« sabréis 

peiüonai. lo veo en esas tiernas señales de commrmi. 

IT í r j" im c °ra« rnájicas perlas en v¡ B te 3“ 

¡ ag< d ei1 ?' 1:1 deciil acercándose á ella, y tomando sus 

marios anulosamente: vos habéis perdonado vá^í! 

d ni amia, y os pido que refundáis todos ‘los recuer- 

nerdon mr < U Í t>n UBa , solu idea — la ** un ilimitado 
l>u<lou paia este ser que lo necesita. Puede haber erra- 
do; pero entre errar y haber tenido la voluntad y el pen- 
samiento de cometer el ernnen hay una soberana dis- 
tancia ! 


Magdalena oprimió las manos de Alfredo, y contestó: 
Amigo mió : Bertraud os ha traído sin duda con 
un aviso, deste sitio: mas como todo lo que se mueve 
debajo de los ejes del universo, no son sinó arbitrios 
que presiden y obran en la combinación mas ó menos 
oportuna de los sucesos; yo veo que és el destino el que 
os ha traído aquí. Y bien: yo me felicito : no: — anadia 
con efusión — es poco: me vanaglorio de que seáis vos 
oi ser que inaugure el paso mas grave, la acción mas 
delicada de la vida de una mujer inocente y ofendida! 
Iva este concepto, Señor Picotti — añadió dirijiéndose á 
aquél, que estaba como sumérjalo en una cantidad de 
impresiones diversas — aceptad sin rubor mis condicio- 
nes — lo queréis así ? 

Anjel se puso de pió y tomando la mano de Magda- 
lena, puso sus lavios sobre ella con respeto y res- 
pondió : 

— Mandadme morir ! no trepidaré! 

— Magdalena — Morir! uó : vivid hasta que Dios os 
lo ordene. Vivid para hacer el bien de vuestra hermana, 
reunido á la mejor amiga que ha tenido hasta hoy en la 
vida, y «1 este noble y misericordioso corazón — anadia se- 
ñalando á Alfredo — que se ha mostrado jigante en el ca- 
mino do la conciencia y de la verdad ! y juntos, propen- 
damos á ennoblecer con hechos dignos, el destino fal- 
seado de la humanidad ! Arranquemos á Inés del des- 


— 326 — 


fierro en que sus enemigos la abandonaron : salvemos ;¿ 
la madre y á la esposa del martirizante pesar de ver aja- 
das esas dos dignidades, por la mano bastarda de la ca- 
lumnia; y cuando la veamos colocada en su verdadero 
puesto, si estamos de acuerdo todavía, marcharemos 
reunidos con igual objeto por la vida : si por el contra- 
rio, algo nos aleja del centro de esa trinidad moral qu* 
formamos, el ej i remos cada cual nuestro camino ! Mas 
por ahora, acordémonos para salvar á Inés 1 

— Anjel — Magdalena, yo debería de escucharos de 
rodillas: vuestra alma es superior á todo : vó me siento 
fascinado, conmovido, al sonido de vuestra voz, al coi - 
tacto de esta mano j eneros» que se tiende al enemigo 
que hace poco la amenazaba cobardemente. Ved mi sola 
culpa Señora: haberme dejado arrastrar contra vos de una 
impresión indefinible de venganza ácia vuestras inju- 
rias! ese es mi crimen, y temía con razón que lo fuera 
para Alfredo: pero si él me perdona: si vos me perdonáis 
Magdalena; mi alma se santificará con el óleo de esa di- 
vina gracia, y me tendréis leal, sumiso, todo vuestro...! 
Sí — proseguía con efusión — segundada mi empresa por 
Alfredo y por vos Señora, ella obtendrá un feliz resulta- 
do ! Inés se salvará, v este trabajo que ya lo creo muy 
adelantado, tendrá por héroes á los dos seres mas dignos 
de presidir una empresa: Magdalena y Alfredo ! 

Magdalena — Trabajaremos juntos para un mismo fin, 
y lanzaremos en las serenas aguas del olvido, todos los 
rencores que pudieron ajitar nuestros corazones ! 

Alfredo — Y bien : ahora, dejemos sola á esta noble y 
verdadera amiga de Inés, y de la humanidad! Queda- 
mos convenidos, y ya no habrá secretos entre nosotros. 
Los incidentes mas leves, serán trascedentales para cada 
uno de nosotros: y. . . .siento un consuelo inmenso — ana- 
dia — al ver á Magdalena en esta obra de esclarecimiento, 
y de justicia ! Siempre me parecía que faltaba ella para 
llegar al resultado que nos proponíamos. 

— Anjel — levántandose, y tomando una mano á Mag- 


. ía Bendita sea la providencia por que se ha dig- 
nado poneros en mi camino! Quién sabe de cuantos 

V.' \ 01 es > ( * e cuantos males me puede librar vuestra e*e«- 
Jida presencia, oh, Señora! ra CSC ° 

Alfredo complacido, tendió su mano á Magdalena, .1 
no 'y^ía dro 01 ' 0 ^ ** SUS ' a ^' os con e * rt “ s P et *> de un herma- 

— Descansad Magdalena. Vuestra estremada palidez 
mam tiesta que habéis sufrido. Los choques dol espíritu 
se mitigan con el descanso del cuerpo. Anjel, queréis 
''eguiinie í dijo dirijiéndoseá este que permanecía como 
atraído por un poder superior cerca de Magdalena, con 
sus ojos fijos en sus ojos. 

Anjel se aprocsimó á Alfredo, y respondió como si 
sacudiera aquella influencia del fondo de sus sentidos, por 
el imperio de la necesidad. 

— Sí: vamos. 


Magdalena — Volved siempre Señor Riera y vos 

volved cuando gustéis. 

Anjel — La sociedad me prohiviria la entrada de vues- 
tra casa Señora, después de lo que lia pasado. . . . 

Alfredo — Recordad Magdalena, que Inés entra en el 
número escoj ido aunque limitado que compone la huma- 
nidad, y que á ella todo se sacrifica: olvidad, que tuvis- 
teis un instante un enemigo, en el cual habéis en seguida 
encontrado. 

Anjel, interrumpiéndole — El mas decidido : el mas 
leál de todos vuestros amigos! 

La voz, la animación de su rostro, todo marcaba en 
aquel hombre, la impresión de algún sentimiento nuevo, 
regenerador de su alma pobre, enana, y seca para las 
lindas cosas del cariño. Magdalena lo sintió, del modo 
que se esperimenta la aprensión de un pensamiento poco 
lisonjero: sintió encojerse las fibras de su corazón, y 
<>rrar por su mente esas desabridas apariciones de formas 
afectuosas sin correspondencia: de lágrimas perdidas en 
el océano de una indiferencia glacial : de una victima 


— 328 — 




que imploraba su clemencia y ú quién tal vez no podía 

salvar sin comprender porqué. 

En este estado quedó sola Magdalena, pensativa y con 
los ojos fijos por donde acababan de alejarse aquellos dos 
personajes que jugaban un rol tan diverso en su vida: \ 
tan diversos á la vez entre sí. 


EMPIEZA A DEFINIESE LA SITUACION. 


CAPITULO XXIX. 


Un dia del mes de Octubre que ya tocaba ií su fin 
conversaban en la habitación íntima de Antonio de Pau- 
la él, y su hermano Anjel; aquel paseándose pensativo 
y como si tratara de quitar un peso que oprimía su 
ocsistencia: este, al parecer tranquilo. Pero observándo- 
le despacio, se advertía en las sombras inflecsiblcs de 
sus ojos, en laestremada v reciente palidez de su rostro; 
en la espresion lánguida de sus movimientos, que su- 
fría. Antonio fuéel primero que habló. 


— 359 — 


,,e^o! meCrCOpCTdÍllo 'y F" ““¡gróme to orco 
Anjel — \ qué hemos <le hacer? Vn c 

s“OKfcsirs£*« 


i») 

<ll‘ 


Antonio— Ni como dudar! Hasta hoy he esperad 
paia ceicioranno de si en efecto ese infame asesino' d« 

íeJ.r ' íí V ° VCr,a íicum r 15r so palabra y á salvarme del 
descrédito en que voy á caér cerca de Lemaitre-dirh! 

í on u “ a j eb !' 11 desesperación — pero va lo ves Aniel: hov 
eomo todos los días, el sol de mi destino se cubre de 
nubes: mi corazón, és presa de un secreto miedo, pare- 
cido al de un viajero solo, perdido en su camino, sin una 
s.,ual que le guie, cansado de luchar con los ineonvcnier- 
tes,^ hambriento, yerto de frió y de dolor. ... y se cu- 
nrió los ojos con las manos como si quisiera evitarse ese 
estado: tan viva era la imajen en sus sentidos. 

Anjel le contemplaba; v á lo largo de la pálida boca, 
vagaba una deesas sonrisas imperceptibles (pie apenas 
forman una lijera ondulación en los labios, v tan tria, 
como ia de un enfermo al cual le quieren engañar con 
fin j idas esperanzas. 


Aniel — Pero os eréis arruinado completamente v 
para siempre '? Veamos ! 

Antonio — Vedlo. Sacó un gran libro de apuntes de 
un bufete, y le fue haciendo ver todas las sumas en deu- 
da «pie tenia la casa contra ella, por haberle faltado los 
dineros «on que cubrirlas. Le mostró su completa nuli- 
dad, confesándola el mismo, pidiéndole consejos para 
crear un plan (jue lo salvara de aquella desastrosa situa- 
ción; y cuando Anjel convencido de una v otra verdad, 
pudo en el silencio de sí mismo, anudar todos los recu- 
erdos vagamundos que cruzaban zonas desconocidas, 
como espurriados de su hogar, esperando el momento de 
la reunión prometida, se manifestó así: es decir: tal 
cual era. 


— 330 — 


Anjel — Recuerdas Antonio el dia de la partida de 
Lemaitre ? 

Antonio — Sí: hoy hacen cinco meses — es decir cinco 
años ! 

Anjel — Has olvidado por acaso unas palabras que te 
dije al separarme de tí ese dia. . . „? 

Antonio, impresionado — No podría precisarlas en 
este instante; mi memoria como todas mis facultades 
intelectuales, han recibido un choque superior á mis 
fuerzas, y. . . .me parece que hasta voy á perder este 
consuelo de los desgraciados — la memoria! 

Anjel — paseándose por la habitación — No lo dudo: 
yo voy á hacer en este caso, lo que debería de hacer tu 
memoria hoy esquiva. 

— Os acordáis que señalándoos el barco que se aleja- 
ba llevando á Lemaitre y á su bija, te dije — “ese mismo 
barco donde parte el hombre que te deja una fortuna, 
volverá un dia para arrebatártela!” — Lo recuerdas Anto- 
nio/ — dijo aprocsimándose y tocando con su mano de- 
recha el hombro de aquel miserable, subordinado en 
aquel momento á la influencia de su palabra. 

Este sacudió lentamente la cabeza, pasó las manos 
por la frente, como si sintiera que la quisiera acometer 
el vértigo, y respondió : 

— Lo recuerdo! lo recuerdo ! 

— Y bien — dijo Anjel, que como Villam tomaba la 
oportunidad sin ecsúmen — Sabes que dentro de muy 
poco estará aquí Lemaitre. . . .? 

— Lemaitre! — gritó espantado Antonio — Lemaitre 
aqui ! Ah! entonces ya soy un hombre completamente 
perdido. 

— Anjel — Perdido lo J'uistcs siempre, y lo estuvistes 
desde que todo lo olvidastes por tus sacrilegas ambicio- 
nes! — Por lo demas — añadió como para que la herida 
fuese mas profunda, — yo no veo motivo de alarma en su 
llegada, porque si tu estas en pérdidas; no recaen contra 
la í ’aja de la casa sjnó en una pequenez al fin ! 


— 331 


Antonio— Pero yo que sé que esa pequeña cantidad 

tío la puedo reponer, ni se admite un fiador (aunque vo 
neo que tu lo admitirás) — es verdad? — proseguía cVn 
tono meloso y servil— porque al fin; todo el mal está 

en las pérdidas: si yo hallo quien las rezarsa por n¡ : 

quién puede oponerse á esto, y mucho menos tú, 
eres el dueño del dinero? No ésesto natural Anjel ? 

Anjel se paseaba cabisbajo, con las manos embutidas 
en los bolsillos de su capoton, y nada respondió : Anto- 
nio prosiguió : 

— Bien: yo doy por principio sentado que tu aceptas 
una fianza. . . . 


Anjel se detuvo, y con un tono y una mirada sombría 
dijo: 

— Jamas ! 

— Jamás! — repitió Antonio asombrado, desconcerta- 
do con tal decisión — Jamás! — mas por qué ? 

Anjel — Sabes, ó mas bien, quieres saber por qué no 
admitiré fianza nunca? — por que así, yo mismo te salva- 
ría; y yo me he propuesto vengarme, perderte, dejarte 
sumido en la miseria, como tu me dejastes, y salvar á 
Inés reuniéndola á su marido y á su hija! 

Antonio estaba anonadado: un sudor frió, corría cota 

1 C 

á gota de aquella frente criminal, amarilla, y surcada pol- 
los misterios penosos del remordimiento. 

— Anjel — A cada santo se le llega su dia ! Hay un 
refrán así; yo quiero que ese reirán quede perfectamente 
justificado, y para el efecto, repito, que no admito lian- 
za: quiero verte representar el mismo rol que elejistes 
para mi — pobre, abandonado, á merced de la fatiga y 
del insomnio, aborrecido, apostrofado y 

— Con iguales remordimientos Anjel — és verdad? — 
dijo Antonio interrumpiéndole, poniéndose de pié y 
esforzándose por sonreír irónicamente. 

Anjel contempló á su débil enemigo que aun preten- 
día erguir la cabeza; y le dijo con mesura.: 

Aun no estas convencido de tu mina, de ¡a justicia 


— 332 — 


providencial destinada á ciertos crímenes, pues veo que 
sacudes la cabeza, como para alijerar el peso (le los ani- 
llos de fierro que la oprimen, como si ecsistiera en tí la 
posibilidad ! No! — dijo dando con el pié un golpe en el 
suelo — No! Ahora va no és tiempo de pensar en subs- 
traerse al mandato de Dios ! Ya lms probado lo que és 
fortuna, delito, consumación de grandes ambiciones 
sobre la tierra; ya sabes lo que significa tener de siervo 
al señor: de victima á una hermana: de trofeo un nom- 
bre mal adquirido, una honradez ficticia! y bien, ahora 
está el asunto trocado : el panorama se presenta <le dis- 
tinto modo para tí: obsérvale y resígnate ! 

Antonio había vuelto á sentarse, desfallecido bajo el 
poder de la palabra de aquel cómplice suyo, que se 
abrogaba, sin embargo el derecho de juez : pero sin duda 
Antonio, recordó algunos borrones mas, en el libro prác- 
tico de su vida, que en el de la de Anjel, y ese recuerdo 
influyó tácitamente contra el poder de su propia volun- 
tad; Anjel comprendió que aquel estaba vencido, 

— Que piensas hacer? — le dijo, mirándole fijamente. 
Antonio — Defenderme! — respondió todavía con el in- 
terés del egoísmo. 

Anjel — De qué, y contra quién? — El culpable eres 
tú — dijo con calma, sacando de su bolsillo una cartera, 
y de ella un papel que desplegó ante los ojos de Anto- 
nio : este se cubrió Jos ojos con las manos, esclamando: 
— lié ahi mi deshonra ! la miseria! la miseria ! re- 
petía llorando como un niño — la miseria! ese harapo de 
la humanidad, (pie todo el mundo arroja con desprecio 
de su procsimidad! Ese gusano frió, roedor v tenaz, que 
se escurre en las fibras del corazón, para irle gastando 
lentamente! — la miseria gran Dios! y tu eres, tan luego, 
quien me la tenia reservada ? Tú Anjel ? un hermano, 
un amigo. . . .! 

Anjel — Sentándose y guardando el papel en su car- 
tera. 

— No! ya no tengo esos títulos de hermano y amigo, 


ni los quiero cerca de tí- i , , 

perdí el día que adq ,¡ri¿» tm, "fortín sa - ríl< ^ os ' 

el único que me d. e!"d ““ ¿ "> 

ZSST^ 

tabas.* 0 " 10- Y ° "° te q " ité " a,la: W dneúastes como es- 

Anjel— \a Jo sé : ésde lo único de que me oueio 
pues la fealdad de tu alma, tu incalculable um ’ 
te hizo olbidarlo todo ! ’ 

Antonio, como si recordara algún punto que respon- 
diera a esta memoria, decia como para sí : 

— Es verdad ! Es verdad ! 

Anjel— Bien: ahora reducirás tus gastos. Si antes de 
ahora, tenias la mitad déla casa paterna para tu familia, 
hoy tendrás una habitación y basta ! Para un hom- 

bre arruinado Antonio, el pedazo en que vive debe de 
ser el mas esti echo posiblei primero, por no dar que 
decii a sus acreedores; segundo, por propia convenien- 
cia. 


Antonio se estremeció y dijo : 

Ah ! tengo frió ! 

— Frió! repitió la voz seca y agria de Anjel — Pues 
estas abrigado, sin embargo:— Que dejas para los pobres 
mendigos, que transida el alma del frió de las decepcio- 
nes y del dolor; que transido el cuerpo del hambre, de 
la sed, de la fatiga, se ven estenuúr y morir á cada ins- 
tante de la vida ? 

Antonio, horrorizado — Dios ! la miseria; el hambre, 
la desesperación! — decia paseándose como un loco, que 
creó ver, lo que aflije sus sentidos. 

Anjel — Sosiégate : tú no estas en este caso: porque 
esa aflicción ? y si llegara — añadía maquiavélicamente — 
crées que no encontrarías quien te diera una limos- 
na ? 


—Limoína! —gritó fuera de sí el culpable— Limos- 
na. . . *! 

En aquel instante, al través de una ventana, se dibu- 
jó en el patio de la casa la figura andrajosa de un ancia 
uo mendigo : Anjel, se levantó de su sitio, tomó unas 
monedas de su bolsillo, y salió íí dar una limosna, por la 
primera vez de su vida : Antonio le había seguido con 
sus ojos desencajados, y vio el mendigo, y la limosna que 
su hermano le ofrecía. 

— Ah!— esclamó con una cstrafla desesperación— Si 
yo me viera en ese caso algún dia. . . . ! 

Al acabar esta frase, entró con la sonrisa mordente 
en los labios Anjel, y dijo : 

— Va lo ves: ese es un verdadero desgraciado y no tú! 
ose és un despojo de la humanidad ! tú, empiezas tu 
carrera. . . . ! 

Antonio — Sí, para la locura» ó la muerte ! respondió 
en tono lúgubre:— Anjel le contempló un instante para 
alcanzar la fuerza de aquel presentimiento, y respondió, 
haciendo esta pregunta : 

— Qué piensas hacer ahora ? esplícate : tu tienes que 
cerrar la casa, pites de otro modo yo hago presente mis 
derechos contra ti sobre una suma de diez mil pesos, 
fructificantes, se entiende; y en este caso, yo procedería 
en conformidad con todos tu3 enemigos : para evitar 
este escándalo pues, cierra la puerta de la casa de co- 
mercio (pie lleva justamente el nombre de Lemaitre y 
0> Suspende pagos con la escusa de su vuelta próesima 
v orden recibida de él al efecto, y. . ..las cosas se deci- 
dirán sin ruido, á la vuelta efectivamente deLamoitre. 

Antonio, ajitado — Y si me piden la orden firmada por 
Lemaitre ? 

Anjel — Esas órdenes no se piden sino ante los tribu- 
nales, ó de amigo á amigo. 

Antonio, ya sin raciocinio, rota en pedazos su pobre 
V efímera vanidad al golpe de una inesperada desgracia, 
lo mismo que todo ser de pequeño espíritu, pedia sin 




la razón. " '"' g0> 1>ür C l uc s, ‘ ,u li » d vacio olí 

—V qué hago cuando oparesca Lemaitre v cncuo, hr 
cerrada su casa comercial y * cncuentic 

Anjel— El averiguará el por qué de tí mismo— ( Wii 
tardr!! 1 ? fna ^ deSpUeS t0lmrú (ktos <!<•* todo : *n,;¡'; 

Antonio llorando-Ah! ya entiendo! me arrojará ¿ la 
alie, con la niancua de ladrón. . . .y yo ! vo mó \ olv«- 
h* loco . decía mesándose los cabellos. 

Anjcl.— Eli! dijo con desprecio viendo llorar ¡1 ,u 
hermano— me avergüenzo de ver llorar á un hombre! 
J'iSe es el recurso de las coquetas, pues que es cschist- 
vamentc de la mujer? y no hay mujer que no lo sea'— 
anadió sonriendo. 

Icio Antonio, ni oia la palabra ni veia la sonrisa: se- 
mejante á un enfermo de muerte que presiente su hora 
postrera, y sin saberlo, y sin quererlo, tiene fijos los ojos 
en el sudario que le finje delante la imajinucion; asi 
aquel hombre; aquel átomo de la humanidad: aquel po- 
bre vastago del vicio y de la vanidad, que en las horas 
de su bienandanza, golpeaba á todas las puertas pan» 
mostrar su entidad de algo: se hallulla como prendido ¡¡1 
fantasma de su porvenir: á la mortaja que flotaba, á su 
lado: á la corona de plomo que sentía herir sus déviles v 
gastadas sienes: el remordimiento! 

Estaba su oido; como escuchando por primera vez dv 
su vida una voz, una palabra, que, sorda triste, amenaza- 
dora y profunda, murmuraba “castigo!” — y sus nervios 
crispados; v su cabeza presa del vértigo de esos padeci- 
mientos interiores, que el mundo ve á vezes en algunos, 
sin comprenderlos; liabia quedado inmóvil la cabeza rec- 
ta, el ojo fijo en un punto, y la palidez de los muertos, 
impresa en su rostro. 

Anjelse sintió dominado un instante, apesar de su in- 
mensa frialdad, por el estado de aquel desgraciado. Se 
acercó, y templando su agria voz cuanto pudo, le dijo: 


— 330 — 


— Antonio! Hace poco llorabas! deja correr las lagri- 
mas! ellas alivian al (pío sufre. 

— Antonio le miró como un estúpido — Anjel pensó en 
sus planes, en su porvenir, y dijo para sí sobresaltado. 

— .Si estará loco! si asi és, solo habrá pérdidas para 
Leu mitre, pero no esclarecimiento, y por tanto no habrá 
fortuna! indaguemos, y evitémoslo. 

— Antonio: — dijo tocando el hombro de aquel: — sabes 
que se me ocurre un medio de salvarte ! 

Salvarme! — murmuró Antonio — y como? 

Anjel. — Escapándote desde ahora ! 

Antonio, lo miró con una de esas inesplicables espre- 
siones que se sujetan á una cantidad de acepciones, y res- 
pondió : 

— Entiendo el consejo hermano! 

Le entiendo! Pero no me escaparé! Mi pensamiento 
acaba de leer en este instante, sobre las hojas fúnebres 
del libro del porvenir, y he saludado la muerte con la 
resignación del culpable. — Lo soy proseguía — para que 

ocultarlo yó cuando tu lo sabes! Tú! enemigo de 

mi vida y de mi alma! tú. . . . 

Anjel instintivamente, como en la escena con Magda- 
lena, v como si hubiera sido educado bajo la tradición 
de la Vendetta en Córsega, introdujo la mano en su seno, 
pero la mano descendió del seno vacia: sin duda se acor- 
dó que su puñal, le había perdido! cuando? la memoria 
de los malos és fiél ! Anjel se acordó de la fecha. 

Antonio. — Qué quieres de mi? — le decia como si 
adivinara la intención del malvado — aún no estas con- 
tento? ya no tengo nada mió: ni la vergüenza; único de- 
recho que le queda al desgraciado ! 

Al decir esto, resonó la puerta de la. calle con estruen- 
do, esta se abrió y apareció un hombre y una niña pe- 
queña á la cual daba aquel su mano. 

Leniaitre! dijo la voz desesperada de Antonio de Pau- 
la: Lcmaitre , repitió la voz sosegada y sombría de Anjel. 
Ambos salieron á su encuentro con los brazos abiertos- 


sahld0 ' y *** ensil< ' ,,l ' i0 á * 

Pero Inés que estaba sola en su habitación, sentad» 
^erca de una ventana, deshojando unas violetas perfu- 
madas que le había traído su madre hacia un momento, 
sin saber que lo hacia, vio la figura de un hombre y de 
una niña que se dibujaron en los cristales antes de en- 
trar un momento mas — ella dá un grito, corre va 

está en los brazos de su hija! 

El corazón de la madre, és la fuente perdurable del 
santo principio de otra vida. — Es lo único que sobrevive 
á todas las desgracias de la tierra; lo único que no olvida, 
que no se sumerje en el cáos de la mentira, del vicio, de 
la estúpida ignorancia y del vaticinio délos ateos: mate- 
ria todo! 


La madre llorando con su hija en los brazos, que 
■á su vez lloraba : el padre grave, pensativo con los 
brazos cruzados, como si contemplara el cuadro: al le- 
jos, las dos figuras raquíticas de Aujel frió y suspicaz, de 
Antonio lívido y desencajado de terror; formaban un 
contraste digno del pincel de Hamon, ó del cincél de 
Shoenwerk, en el divino grupo del ¡ Misado , el presente >j el 


porvenir. 

Pero era necesario definir la situación materialmente, 
y era Anjel sin duda el que tenia su razón mas clara; el 
que debia de empezar. Asi, se acercó ú Lemaítre que aun 
permanecía en la misma postura y tomando fuerzas de la 
abstracción en que le veia y al resto de los personajes, 
le dijo, como si no hubiera notado su indiferencia. 

— Y qué tal Lemaítre estáis bien de salud ? 

Lemaítre alzó la cabeza, miró á su interlocutor, \ •<•>- 
pondió fríamente — Sí. 

Después se acercó en silencio á Inés, la cual ie n<¡.<> 
su mano con efusión; y ofreciéndola su brazo, la condujo 
con su hija, á la habitación de los ancianos, diciendo 
al pasar á Anjel— “dentro de una hora, venid a m > ‘ 


— 038 — 


me.” — Antonio fue el que no recibió una pola palabra de 
aquel amo, al cual había vendido el honor de su apelli- 
do! Antonio sintió que estaba colocado en el último 
punto de la desgracia humana ! 

Anjel le tomó el brazo y salió con él. 

Lemaitre, Inés y su hija se presentaron inesperada 
mente en la habitación de los dos viejos, que estaban en 
aquel momento sentados uno frente del otro, hablando de 
la temperatura de Burdeos, de los pasatiempos de su 
juventud, y sin duda de sus amores. Al ver aparecer 
aquel grupo, los dos viejos lanzaron un grito unánime 
de sorpresa y quién sabe cual otra impresión reunida. \ 
corrieron á él. 

— Lemaitre abrazó á los ancianos, estos á la niña y á 
Inés; en fin estaban locos de esa alegría que no se sabe 
definir sino sentir. Inés con los ojos húmedos todavía del 
llanto, pero en silencio, se sonreía de una de esas mane- 
ras que quieren decir “he olvidado el dolor por mi hija!”y 
descansaba sus miradas impregnadas del santo senti- 
miento de madre, en la bella criatura que reflejaba su 
infancia, perdida como el perfume de una flor: borrada, 
como el vaporoso ropaje de una nube en el dilatado espa- 
cio de la atmósfera. 

La conversación empezó pués. 

Don Juan. — Y bien Lemaitre; como és que estáis en- 
tre nosotros y tan pronto. ! 

Lemaitre. — Mas tarde, os daré esas esplieaeiones: po 1 ' 
ahora, nos limitaremos á disfrutar del placer de ; volvernos 
:í ver y saludar esta casa que yo creí no volver á con- 
templar jamás ! 

Inés fijó sus grandes y espresivos ojos en su marido: él 
prosiguió: 

— Bendigo ese viaje sin embargo, señor: la chica se ha 
robustecido: és hoy ya una pequeña marinera ! y se son- 
reía. 

Inés besaba ¡S Aurelia en silencio. 


quMais Stí^n tS fí' r l >vescnt ' ln >ento- — y „ 

7 i,ccee ” ioi «* 

mfta, «lijo con marcada intención, fijando 8 "»»™? ?? 

ySSTr 1 " Sa i b ° r , 1W 1 ué ’ se «remcci¿L 

nobrc Cualquier negocio, no°oS„ í£Shí¡ 
este caso estoy yo ahora! Si no emprendo* mi vkic 4 
esta fecha, al cabo de un mes mi capital era muerto! 

. lltb cllUu . uua airada íntima é investigadora en Lo- 
maitre como si le preguntara-de lo pasado, has revejido 

al hn la verdad? y Leinaitre que pareció entenderla 

prosiguió: 

^ ol primera vez de mi vida he errado en la elección 
<le un subordinado ! 

Iiu^. Bendita sea la hora, en <pic un hombre reco- 
noce un error, y paga al inocente con una confesión si- 
quiera! 

Había un sentimiento misterioso, intimo y sagrado en 
aquellas sencillas palabras de Inés, ú las que Lemaitre 
contestó conmovido. 


Tienes razón Inés! Tienes razón! A veces los hom- 
bres queremos demasiado, y en esa ambición perdemos 
el resorte de la esperanza! 

*.lués — El método de absorción en que se educa vuestro 
séeso, los hace indeliberadamente mulos, tenaces, y poco 
suaves para con la mujer, que és al fin la compañera be- 
nigna y fiel de toda su vida ! Si los hombres supieran 
cuanto ganarían en el corazón de la mujer y en los há- 
bitos de la familia, con la benignidad natural de su con- 
dición, puesta en ejercicio; los hombres transformarían 
ese código práctico que llevan al seno de la vida íntima, y 
que los hace representar cerca de la esposa y de los hijos, 
no el rol dulce, evánjelico y consolador del amigo que 
aconseja y sostiene: sino el del juez innecsorableque cas- 


— 340 — 


tiga por la rutina establecida; ó el del señor que manda 
sin réplica, y se hace respetar sin ecsámen. — 

Doña María, sorprendida — Inés, hija mía. . . .! 

Don Juaré — Señorita, que es esto. . . .? 

Lemaitre — Dejadla hablar ! Ella tiene que hablar, y 
és necesario que lo haga ! 

Los dos viejos se miraron con un asombro sin igual. 
Inés callaba: Lemaitre dijo : 

— Y bien, proseguid Inés : tenéis el derecho. 

Inés — Me habría colocado el destino hoy cerca de 
vos, mejor de lo que he estado antes. . . .? 

Lemaitre. — He visto con claridad, á favor de una luz 
que se me ha dado, y quiero ser yo el primero señora, 
que se confiese culpable de haber creído con demasiada 
lijereza á los infames. . . . 

— Inés, irradiada — Y quienes son por ejemplo ? 

— Basta por ahora — Respondió Lemaitre acercándose 
á Inés con confiada amistad. En breve dejaré cumplidos 
vuestros justos deseos, y lo que és mas, en este mismo 
sitio. Os encuentro demasiado pálida: habéis enflaquesi- 
do: se conoce que habéis sufrido ! 

Inés. — Profundamente ! 

Lemaitre. — Y os sentiréis dispuesta á perdonar mi de- 
bilidad para haber creído contra vos tanta maldad . . . 

Inés por toda respuesta, y con la noble y jenerosa es- 
presion de una amiga verdadera que perdona sin éca#- 
men la falta de un amigo, sé arrojó á los brazos de Le- 
maitre, diciendo — En mi, nunca debistes de haber busca- 
do sino á la amiga perfecta y leál, que se sacrifica por ese 
sentimiento alto y digno del corazón humano: nó á la 
mujer perjura, no á la madre fría y pervertida, como te 
Jo hicieron creer! Solo quiero dos cosas Lemaitre — pro- 
seguía oprimiéndole suavemente contra su seno mien- 
tras Doña María de rodillas rosaba con fervor en pos de 
ellos bañados sus ojos en lágrimas. 

— ( nales son Inés? — Respondía con ternura Lemaitre 


— 34 L — 


oprimiendo á su vez, el delicado talle de su muier entre 
sus brazos. J 

— Que conoscas y hagas justicia á dos seres: uno és 
Magdalena Alte}', mi única protectora y amiga en mi 
infortunio: otro és Alfredo de Riera mi salvador, el tuyo 
y el de mi hija. 

Lemaitre, titubeó un instante: pero Inés preguntó 

— Aun dudas ? 

Lemaitre por toda respuesta dió un bezo en la frente 
de Inés y respondió. 

No dudoLtodo losé! Y pues es necesario esclarecer, es 
clarescamos ! dijo separándose suavemente de la proji- 
midad de Inés, y salió de la habitación diciendo — volve- 
ré en breve! 

Los dos viejos lloraban. En el padre había el senti- 
miento egoísta que era injénito á su fibra, de ver prospe- 
rar á Inés, parabién de su casaren la madre, el intimo 
pensamiento de que antes de bajar á la tumba, vería 
tranquila á su hija. 

Inés se arrodilló á su vez y la pequeña Aurelia imitó 
su ejemplo, diciendo. 

“Bendita sea mamá y papá!” 


i 


ESCLARECIMIENTO. 


CAPITULO XXX. 


Lemaitre se dirijio á la habitación de Anjel y encon- 
tró á Antonio con él. La presencia de Lemaitre comovió 
á aquellos dos seres nuevamente, de distintos modos. 
Antonio se estremeció como un débil pajaríllo amenaza- 
do por la mano de un acertado cazador, y Anjel sintió el 
frió de la duda en el loado de su corazón. Pero como 
él sabia sacar partido de cualesquiera circunstancia, po- 
niéndose de pié, con toda la entereza que pudo encontrar 
en su decidida voluntad, se dirijió al recien llegado, 
con la sonrisa en los lavios, diciendo. 

— Al fin nos volvemos á ver, Lemaitre ! De veras ! Os 
hacíais cada dia mas necesario. 

Antonio estaba de pié, y tan sumamente pálido, que 
aquella tinta descolorida y biliosa, había recorrido hasta 
los labios, los cuales estaban trémulos como los de un 
difunto. 

Lemaitre observó á uno y á otro; — Antonio hizo uu 
esfuerzo y dijo procurando sonreír. 


— 343 — 


T Slíí alegrÍa ‘! C v ? lverá veros hermano! 
lámame. He apresurado mi vuelta, ós verdad » 

Anjel— Para mi, la retardabais ! 

Lemaitre— -Quién sabe si Antonio participa de vuestra 
segundad; de vuestro deseo?. . . .añadió Lemaitre miran- 
tro de una manera irónica ó este. 


Antonio miró succesivamente á Anjel y á Lemaitre, 
con la espresion de un idiota, como si les dijera — de mu' 
se trata ? — \ se limitó ú responder al acaso. 

— Tal vez i 

begun la rasonable opinión de cualquiera que hubiera 
observado aquel cuadro, Lemaitre había elashicado la si- 
tuación de espritu en que se hallaban los dos hermanos, 
y "Cual debería de ser su conducta para ellos: por consi- 
guiente, les dijo : 

— Vamos á la habitación de Inés: alli és necesario qm 
nos reunamos todos 

— Todos! — repitió Antonio, que sabia que le estaba 
prohibida la entrada á la habitación de su hermana. 

— Dudáis? preguntó Lemaitre ecsaminándole aten- 


tamente. 

Antonio. — Habéis ya olvidado que Inés me odia por 
«pie yo me puse de acuerdo con vos y contra ella i 

Lemaitre le envió una de esas frías y aterradoras mira- 
das de desprecio que equivalen á decir — entiendo mise- 
rable ! pero repitió para ser obedecido. 

“Es necesario reunirse en la habitación de Inés ahora 


mismo!” 

Y al efecto se puso de pié, dirijiéndose en seguida á 
el sitió designado. 

Cosa rara! En cinco meses que hacían que vivía Inés en 
la casa de su-s padres donde habitaba Antonio á la vez, 
no se habían visto jamás. Aquella era la primera 
ocacion queCaiii, iva á ver después de tanto tiempo, al 
obieto de sus ambiciones, de su torpe envidia. A Ii'***. 
míe con el alma tranquila, de haber atravesado oso 
Jcdeano inmenso (pie se llama dolor, detenía su paso < n 


— 344 — 


el punto <Ie la esperanza, conquistada á fuerza de una 
digna del cielo! Antonio estaba aterrado de su posición: 
del castigo, que todavía no podía descifrar bastante; pero 
que su alma adivinaba misteriosamente. 

Al fin, los tres personajes se presentaron delante de 
Inés, que conservaba á su amada hija sobre sus rodillas, 
y de los dos ancianos que ccsaminaban la jentileza in- 
fantil de aquella heredera de su sangre. 

Antonio quedó sobre el dintel de la puerta habiéndolo 
traspuesto ya, Lemaitre y Anjel. 

— Entrad! — dijo con vos imperante Lemaitre volvien- 
do el rostro acia la puerta. — Antonio obedeció, como un 
muñeco obedece á la impulsión que recibe el gonze que 
domina su estructura. Inés se puso doblemente pálida, al 
ver acercarse á su enemigo capital. 

Los viejos se turvaron: Lemaitre se sentó frente de 
Inés; hizo que los dos hermanos lo hicieran «i su vez y 
habló: 

— Ancianos — dijo dirijiéndose á los padres — Yo co- 
metí un error, que debe de castigarse como un crimen. 

— Y cual és? Preguntaron los dos ancianos á la vez. 

— Haber creído las calumnia* (y miró á Antonio de 
reojo viéndole estremecer involuntariamente,) que con- 
tra la madre de mi hija: contra la esposa fiél y sin man- 
cha (Inés alzó los ojos y las manos al cielo) forjaron 

traidores enemigos de mi sosiego: infames detractores de 

mi apellido y de mi honor de esposo y padre, y lo 

que és mas — añadió apretando sordamente los puños — 
haber creído á ingratos . — á los verdugos de su propia 
bienethora á 

Un grito espantoso, horrible; uno de esos gritos de es- 
piacion que como el estertor de un moribundo delincuen- 
te, se desprende del seno de la vida para ver si recojo 
la esencia de esa misericordia infinita que solamente resi- 
de en Dios: tal fué aquel grito desgarrador que partió del 
pecho de Antonio, el cual había caído de rodillas sin 
saber como, ni j>or qué. 


Un murmullo j enera), pero compuesto de diversos to- 
nos que atestiguaban diversas causas también, siguió á 
aquel alando. El mismo Lemaitre, por un instante sin- 
tió un no se que en su espirita; pero inflecsible como 
era, se mostró juez antes que hombre. 

. atu delante de tí noble criatura — prosi- 
guió (luijiendose á Ines — á tu enemigo encarnizado; á tu 
delator, á tu verdugo, á Caín que quiso pagar tus bon- 
dades con su odio, con la consumación del crimen de 
hacerte aparecer culpable delante de tus padres, delante 
de tu esposo, del mundo, y de esa hija algún dia ! Eli 
aquí las pruebas 

Y presentó á Inés los orijinales enviados por Anjel, 
que Inés hizo pasar á las manos de su padre: Antonio 
seguia de rodillas. 

Inés puso á su hija en el suelo, la tomó de la mano y 
se acercó ó Lemaitre. 

— Y bien: apesar de todo — dijo con una sublime ter- 
nura — yo le perdono. Aurelia perdona á mi hermano! 
dijo mirando enternecida ;í Antonio: la niña, hizo una 
señal negativa como si el instinto pudiera en aquel mo- 
mento mas, que la ternura de su madre — Inés prosiguió: 

— Lemaitre ! Perdón para ese culpable ! 

— Jamás! — gritó con un tono sombrío y profundo — 
jamás ! 

— En nombre de mi inocencia ! en nombre de nuestra 
hija! 

— Jamás ! 

— Y bien— dijo dignamente y con tono solemne Inés 
acercándose al culpable y levantándolo con sus propias 
manos — en nombre de Dios, yo te perdono ! 

Los ancianos inundados de lágrimas, no se atic\ian 
ni á hablar, ni á dar un paso siquiera: victimas como siem- 
pre de la potestad del (pie lograba sobreponerse á ellos, 
se les veia vejetar en todos los casos ordinarios de la vida 
v mas que en nada, en los casos supremos. 

' Antonio estaba de pié apoyado en el brazo misen- 


— 346 — 


conlioso de la hermana á quien tanto había ultrajado, 
temblando y con la humildad del verdadero criminal. 
Lemaitre estaba sombrío contemplándole. Anjel se acer- 
có á ellos. 

— Señores, dijo — Yo habia jurado salvará Inés, y lo 

lie conseguido 1 Basta, aunque sobran las pruebas 

añadió entregando las piezas justificativas que habia 
guardado para sancionar los hechos y su conducta cerca 
de Lemaitre; pero aquí faltan dos personas igualmente 
acusadas: igualmente inocentes. . . . 

Lemaitre, le interrumpió — diciendo — Hacedlas venir! 

— Xó! gritó Antonio en el último parasismo de la 
aflicción terrena: — Nó! basta! la frente se me arde: el 
corazón ine ahoga. . . .por piedad ! por piedad ! basta ! 
me iré de este país; yo no quiero nada, ni el apellido de 
mi familia! nada! — decía con la voz convulsionada — me 
siento morir. .. .Inós. .. .por tu eterna salud ! por tu 
hija! por. . . .Magdalena tu mejor amiga, perdón, perdón! 
— repetía, cayendo en los brazos de Inés. Inés lloraba, 
mojando con sus lágrimas aquella cabeza criminal, que 
en aquel momento, pertenecía al enfermo, al arrepen- 
tido, al desgraciado ! 

Anjel habia salido en busca de Magdalena y de Alfre- 
do de Hiera. Lemaitre dijo en voz baja : 

— Ah ! Como pude desconocer á esa criatura tan bue- 
na, tan leál, y por esc malvado ! 

El odio volvió á quemar su frente contra Antonio. 
Empezó á repasar con mirada sombría aquellos docu- 
mentos que Anjel habia puesto en sus manos: allí estaba 
el amplio desarrollo de la intriga, tal cual la fraguaron 
sus enemigos (eseptuando á Anjel, que solo aparecía 
como salvador, cerca de Alfredo y de Magdalena) y á la 
vez, el orijinal del asunto comercial (pie bajo la firma 
de Antonio pesaba sobre la casa introductora de Lemai- 
ire y G’i 1 

— Lemaitre iva á inquisitorial* al desgraciado, que 
yacía con la fronte apoyada en el seno de Inés; cuando 


tr r< U? , Arijct /í n Ma "' ,lalcna Artc y V Alfredo de Hu- 
ía. Anjel se adelanto tomando de la mano á una v mu» 

Helados. 60 * 6 qUe <le pié es P eraba * ¡os" roen ,1 

~h!i ah i dijo, la Señorita Magdalena' Artev, la fiel 
amiga de Inés— y el caballero Alfredo de Riera su -uva- 
uoi L1 .Señor Lemaitre — añadió presentando este á lus 

—Señora — dijo Lemaitre — Creo que no recurriré en 
valde ¡» vuestra jenerosidad, esperando me perdonéis el 
error de haberos creído cómplice de una atroz intriga 
que sabéis como yo, pesaba en la vida de mi esposa. 

— Caballero — respondió dignamente Magdalena — ju- 
mases he odiado como vos íi mi — jamás os" lie culpado 
como vos árni! — Nada tengo (pie perdonaros. Vuestra 
severidad, hizo lo que solo los malos practican: vos co- 
metisteis el error y hoy recojeis el arrepentimiento! Sois 
feliz ahora de volverá encontrará la madre y !¡i esposa 
que dejasteis sin guia, tal cual la dejasteis. . . .! 

Lemaitre sintió la reconvención; pero se dirijió á Al- 
fredo. 

— En cuanto á vos caballero — aceptareis mi mano de 
amigo. . . .? 

— Alfredo alargó la suya, y aquellos dos hombres que 
por un momento se habían abominado injustamente, se 
estrecharon amigablemente sus manos, y contundieron 
en aquella presión, mil íntimos secretos de sinceridad y 
fé para el porvenir. 

Inés estaba tan ajilada, su alma tan impresiowifla 
dé aquella diversidad de sensaciones, que no sabia que 
decir, ni si era oportuno hablar siquiera. 

]S T o he querido dilatar un instante mas, el es- 
clarecimiento de una verdad, cuyos datos poseo— dijo 
con mesura el marido de Inés — y pues que el culpahlr 
está ahí— añadió señalando á Antonio anonadado, y con 
su cabeza reclinada siempre en el seno de Inés— y pin * 
que las victimas están aquí, y entre ellas entráis vos, se- 


— 34S — 


ñora, y vos caballero, precisóos que empiezo la aclara- 
ción de este asunto. 

— Empezaré por confesar que yo fui débil y creí 
cuanto se me dijo en contra de Inés y de vosotros dos. 

Que se me llevó hasta el estremo de presentarme car- 
tas de aquella para este caballero y de él para Inés. 

Todo lo confesaré en honor de la esposa bárbaramente 
ultrajada; de la madre sacrificada: y por que como hom- 
bre, siento mi dignidad ofendida de no haber trascendido, 
que en aquella intriga se jugaba mi apellido mas que 
ninguna otra cosa. 

Me alejé: vosotros todos sabéis el resto mejor que yó, 
lo único que ignoro és á quien pertenece el aviso anóvi- 
mo y las pruebas adjuntas á él, que recibí en Francia, 
esclareciendo de la manera mas clara y precisa el fondo 
de la intriga y la inocencia de Inés, de Magdalena Artey 
y de Riera. 

Y quedó como esperando la respuesta, viniera de don- 
de viniera. Anjel se adelantó gravemente y dijo : 

— Yo soy el autor de ese aviso; el dueño de esas prue- 
bas, conquistadas á inmensísimo precio. 

Lemaitre, sorprendido — Vos ? 

Anjel— Yó. 

Lemaitre — Y nadie mas que vos. ? 

Anjel — Riera és el que me ha proporcionado los me- 
dios de dar cima á esa empresa materialmente : Magda- 
lena moralmente, enseñándome á creer en el bien sin 
valerse de sofismas, y á trascender la verdad por entre 
los pliegues sombríos de la calumnia. 

Antonio alzó la cabeza, iva á hablar; pero el dolor ha- 
bía entorpecido los resortes de su garganta, y solo logró 
ecsalar un grito siniestro, como si pudiera servir de 
respuesta acusadora al que acababa de hablar. Todos 
volvieron la cabeza ácia él, y por un sentimiento de con- 
vicción unánime csclamaron — Eh ahí el castigo de la 
providencia ! 


— 349 — 


* 


*’"**«• *• 

das y finas manos, como las aristocráticas manos de Jui- 
na <uev, por la abrasada frente de Antonio- Sí: <»,«• 

)p auu cna . do — d, j° alzando la voz como para que 
nadie se opusiera. 1 1 

A poco rato, se presentó un criado, y tomándolo de 
un bra/o Ines del otro, condujeron fuera de aquel sitio 

m dGSUlCllílüO. 


Colocado en el lecho, Antonio presentó el aspecto de 
un difunto. Sus labios fríos y temblantes, contrastaban 
con el turvio brillo de unos ojos abiertos y lijos, que pa- 
recían haber cesado de jirar en sus órbitas: el amarillo 
tono de la muerte, se derramaba por todo el rostro, y 
dejaba completo el horror que inspiraba aquel enfermo, 
al cuál le devoraba una fiebre volcánica. 

Mientras tanto, los personajes todos que componían 
aquella escena, habían visto salir en silencio al culpa 1 
ble al lado del ánjel que 61 había combatido con la te- 
nacidad de un verdugo sobre la tierra: y aquel silencio 
jeneral, importaba la demostración tácita de que com- 
prendían el valor profundo de la acción de Inés, y vene- 
raban tanto la acción, como al dueño de ella. Lemaitre 
sobre todo había quedado tan pensativo, tan sometido á 
una reHeccion íntima, que Anjel tuvo que tomar la pa- 
labra, para arrancarlo á ella. 

— Anjel— Ya lo veis Lemaitre! Es la primera vez 
que Antonio aparece á la presencia de Inés desde vues- 
tra marcha. Esa ocacion marca, y determina el castigo 
de la providencia sobre él: él sufre el golpe del dolor: 
aún no ha venido la espiacion! Vé que ella no lo indaga, 
por qué Inés sufre, y se coloca á su lado ! Ved Lemaitre 
t“l alma que desconocimos por un momento •' 

Magdalena, miró á Anjel, al oir aquél plural, descono- 


3ó0 — 


amos: Lemaitre le miró á su vez, y como si se acordara 
fio algo, olvidado por un momento, respondió : 

— Teneis razón: mucho habríamos perdido, perdiendo 
á Inés: sobre todo yo. 

Aquí; — haremos justicia á la ley de narradores — fué 
Alfredo el que sin mirar á Lemaitre, al pronunciar su ¡jó 
tan decisivo, cambió súbitamente de color; pero aquel 
cambio solo lo observó Magdalena y Anjel: ambos fue- 
ron discretos, por distintas causas. 

Los dos ancianos permanecían allí, sin haberse atre- 
vido á acompañar al enfermo: pobres átomos, esperaban 
un movimiento superior á ellos, para obedecer. 

Lemaitre — Mi casa de negocio estará por acabar. . . . 

— Anjel — Hoy precisamente, á la llegada del vapor 
que os ha traído á esta ciudad, Antonio debería de pro- 
ceder á cerrarla fundándose en una orden vuestra, que 
le intimaba suspensión de pagos etc. 

Lemaitre, sorprendido — Como és eso ? Cerrar mi casa 
sin mi orden .' y decir que ella se ha recibido cuando no 
había aún llegado el vapor con mi correspondencia. . . .! 

Anjel — Os lo esplicaré — Antonio se ha perdido cerca 
de vos dos veces: primera con esa intriga fatal; segunda 
con una especulación, que vereis esplicada en este docu- 
mento parcial; pero en regla — añadió poniendo en las 
manos de Lemaitre el documento firmado por Antonio 
de diez mil pesos de parte á parte, pero en el cual no 
figuraba el nombre de Anjel sino el del individuo ejne en- 
traba en el negocio con el cajntal designado de diez mi! pe- 
sos etc. etc. 

— Y quién és este sujeto tan desinteresado, ó tan há- 
bil — preguntó Lemaitre después de haber leído el docu- 
mento con la sola firma de Antonio — que asi dejaba en 
blanco su firma, su responsabilidad; ó que, la ecsimc 
tanto, que aventura el todo por el todo . . . .? 

— Anjel — Yo. 

Lemaitre — Vos. . . .! 


,enuutie 


en 


Anjel, comprendiendo torio el asombro de Lo 
respondió tranquilamente al parecer. 

n^!l!r wi i 1 ! 6 ? qU ® teneis Pásente» quiso ayudarme . 
e*ta obia de esclarecimiento cerca de vos; y con toda ia 

jeneiosidad de una alma muy noble, me ofreció los me- 
dios materiales que veis en práctica y otros que llevé á 

cabo, para obtener los orijinales que os mandé y aléanos 
lims P 01 ei estilo, que poseo — Para evitar que cayera esc 
loco de Antonio, en manos de un especulador miserable, 
n* otieci esa cantidad para colocarla en un negocio á su 
elección: me pidió firmas, requisito»; mas yo, solo acepte 
la responsabilidad de él, sin intermediario; por consigui- 
ente, ved que solo hubo por mi parte buena fe. 

Lemaitre ecsaminó el papel; después el rostro de An- 
jel; y una vaga sonrisa erró silenciosa por sus lavios: 
Magdalena y Alfredo la notaron sin embargo. Lemaitre 
tomó la palabra. 

— Bien: estoy satisfecho de todo cuanto deseaba saber, 
pero me resta escuchar fiesta dama que honra mi casa 
con su presencia. 

Magdalena — Gracias. Entendía que mi turno deberla 
de ser el postrero, ya queés necesario inclinar mi orgullo, 
delante de la necesidad do la aclaración de un asunto, 
donde entran los sagrados títulos de madre y esposa. 

— Lemaitre — Sonora, perdonad: no soy yó, és vuestra 
amiga quien reclama de vos este sacrificio. 

— Magdalena. Para la verdad de mis hechos, está la 
condenación de mis verdugos 1 

— Alfredo. No ! están aquí vuestros amigos Magdale- 
na! A ellos les toca hablar por vos ! Escuchad cnba- 
]l ero _dijo con esa solemne dulzura que toma el bueno 
cuando habla de una verdad ajena. 

—Magdalena, és uno de esos seres que no descienden 
do su grandeza en las desgracias ordinarias de la vida, 
porque Magdalena, és superior fi ellas: por que Magda- 
lena es grande por sí, no por la fortuna, m por las con- 
sideraciones sociales. Así, no és ella quien debe de to- 


mar su propia defensa: es la amistad, és la justicia la qm 
debe de hablar por ella, y eon sola una palabra, caballe- 
ro, dejar cerrada para siempre, toda esa serie de dudas 
infamantes que han manchado su delicadeza; la moral de 
sus principios intachables; su alma noble y magnánima, 
V su altura de mujer intelijente: esas palabras son estas 
— “Magdalena es inocente!” 

Lemaitre se acercó ¡i Magdalena, y la dijo : 

— He leido en vuestra frente esa verdad, pues recien 
oseonosco: si he pedido oir vuestra justificación, es para 
otros — Ancianos — ‘dijo dirijiéndose á los padres de Inés, 
que tenian ;i Aurelia, en medio de ellos escuchando 
atentamente todo, como si le dijera al presente — “Estos 
son materiales que hoy mira curiosa la infancia. . . .mas 

tarde el porvenir ofrecerá á la juventud reflecsiva 

ocacion de estudiarles y de juzgar.” 

— Ancianos ! Magdalena Artey es inocente como lo 
es vuestra hija Inés de cuanto se la ha imputado. . . . ! 

Y, Alfredo de Riera — interrumpió la voz grave, sere- 
na y perfecta de Magdalena, — és un hombre intachable, 
puro: que solo debe de llevar el nombre de salvador de 
Inés, pues todo lo demas que se ha dicho es una torpe 
mentira ! 

— Los ancianos — En nombre de Dios y de la Virjen 
María, que sean todos inocentes del mal que se les atri- 
buye, es el voto de nuestros corazones. La paz, y el per- 
don para Antonio ! esto és lo que piden sus ancianos 
padres ahora ! 

Lemaitre llamó á su hija, la que vino corriendo á su 

lado, y la dijo — perdonas á Antonio ? 

— No ! dijo con firmeza Aurelia — Mas su padre, acor- 
dándose sin duda, de las tristes consecuencias que traía 
un carácter iuflecsible, duro, la dijo : 

— Decid á vuestros abuelos que le perdonáis ! y 

añadió como un mandato — y perdonadle ! 

La niña se acercó á los abuelos, y con una gracia in 
lantil pero intelijente á la vez, dijo : 


S papl; per i0a ° S A,,t0l,i0 ' tant « como ¡uno i mam» , 
pero va mSr AnZtttaUlS™ á Al ' t0ni ° ’ ' ' 


LA PROVIDENCIA! 

• ^ 

CAPITULO XXXI. 


La mujer de Antonio comtemplaba llorando aquel 
doloroso espectáculo, que la providencia colocaba delan- 
te de los ojos de la misma victima, haciendo viva la 
imajen del castigo del culpable: y la mujer de Antonio 
creyó ver á Dios visiblemente en el ámbito estrecho de 
aquella habitación, ejerciendo su eterna justicia sobre Ja 
tierra. Ella habia desaprobado en el secreto de su alma 
la conducta de su marido para con Inés; á nada se habia 
23 


mésclado, de lo que pudiera formar una culpa contra ella: 
y asi veia y jusgaba tácitamente de la verdad, conde- 
nando en el fondo de su alma á los criminales. 

Al entrar los ancianos, Inés les impuso silencio con 
un signo de su mano; pues aquel desgraciado ya no es- 
taba en aptitud de comprender ni el bien, ni el mal: al 
raeobrar después de un rato el uso de la palabra, sus jes- 
tos, sus ademanes, sus gritos y las espresiones inconecsas 
que repetía, marcaban que había perdido el juicio. 

— Un médico! — dijo Inés. — Un médico! — repitió Ju- 
liana, con un acento de perfecto dolor. Los ancianos sa- 
lieron en su busca, pero Doña María entró á la habita- 
ción donde estaban aún reunidos Anjel, Lemaitre, Aure- 
lia, Magdalena y Alfredo, para noticiarles la desgracia 
de Antonio. 

Alfredo y Magdalena se estremecieron repitiendo las 
palabras do Doña María — Loco ! 

Anjel lijó sus ojos en Lemaitre y sucesivamente en 
Magdalena y Alfredo: en el primero vió la sangre tria de 
un Carácter vengativo, ocupando el puesto de la compa- 
sión: en los segundos vió la ajitacion de la lástima, y el 
perdón ocupando el puesto que la razón severa y la con- 
vicción de los castigos, reclamaba como un derecho. 
Anjel tomó su partido. 

— Y bien Lemaitre: ahora se sabrá la verdad del esta- 
do de Antonio: baste este momento solo ecsisten presun- 
ciones-. Sin embargo, nos retiraremos para dejar tiempo á 
todas esas dilijencius; sin que por esto yo no me consti- 
tuya en servidor de la desgracia. 

— De la desgracia! — repitió Lemaitre con una sorda 
ironía — de la justicia ! El hizo la desgracia de toda una 
familia, es verdad: como la hizo la debe de sufrir! Yo 
á nada me opongo — prosiguió — que le atiendan — que to- 
dos hagan por él cuanto les dicte la jenerosidad de sus al- 
mas: en cuanto á mi, no lo volveré á ver. Le perdono sus 
maldades sin olvidarlas: yo daré cuanto sea necesario á 
su mejor asistencia: pero repito que no le quiero ver 


'Írdart E trata^^T Ca,,le ’ y * ™> "ice, 

moaara, ti atando de revocar un designio tomado á san- 

gie fuá, delante de la realidad de la pena del culpable 
y de acuerdo con todas las convicciones de los males 
que he remudo entre los que cuento como menor él de 
la sospecha publica en mi honor de comerciante. 

he que vos Señora, no estaréis de acuerdo con esta 
dura resolución— dijo dirij ¡endose á Magdalena con bon- 
dad— pero perdonareis esta amargura si recordáis todo 
lo que he sufrido, lo que aún sufro! 

Magdalena— Yo no estoy en aptitud de clasificar 
las acciones ajenas, y mucho menos por las prescripcio- 
nes de mi cáracter: no ! si yo no seria capaz de proceder 
así, no os condeno por esto: digo sinplemente que sois 
fuerte y que yo no sabria imitaros. 

Lemaitre oprimió la mano de Magdalena y la dijo — 
Espero que vuestra palabra me servirá de algo en ade- 
lante: siento no haberos conocido antes de ahora! en fin: 

mi casa es vuestra: mi amistad es vuestra! — Ahora 

— A Dios — respondió interrumpiéndole Magdalena, 
ya es tiempo de que me retire. Despedidme de Inés ca- 
ballero, y creed que os felicito con el corazón, por que 
habéis hallado el medio de recompensar las virtudes de 
vuestra intachable esposa y el esclarecimiento de una 
calumnia horrible. Volveré. 

Alfredo se acercó á Lemaitre y le dijo : 

— Me retiro Señor, satisfecho de haber concurrido en 
lo que he podido á la definición de una verdad que esta- 
ba obscurecida á vuestros ojos; y de este modo, veros 
reunido á una mujer fiél y digna del respeto de todos. 
Como caballero, entiendo que estáis satisfecho de mi, 
como yo lo estoy de vos: en este caso aceptad mi franca 
amistad. 

Lemaistre respondió— Sí, caballero: sí ! Estoy orgu- 
lloso de encontraren el lugar de mis enemigos, á seres 
como vos y esta señora vuestra amiga: mi alma se espan- 
de al contacto de la bondad y la írauqueza que me inos- 


trais. Creedme Riera — añadió solemnemente — jamás 
debí de haber dudado de Inés, para no haber confundido 
la inocencia con el crimen, y haber complicado vuestro 
nombre y el de Magdalena en el asunto mas desgraciado 
para una familia — Visitadme, visitad á Inés: tratadnos 
como amigos, y que jamás obscuresca nuestro presente, 
el recuerdo desagradable y triste de lo pasado. 

— Soy vuestro amigo. Ofreced mis respetos y enhora- 
buenas á la Señora Lemaitre. 

Anjel, Magdalena y Alfredo partieron llevando en el 
alma cada uno, sensaciones diversas y diversos pensami- 
entos. 

Anjel se separó de ellos, para llevar un médico á su 
casa: Magdalena fué acompañada á la suya por Alfredo. 

Magdalena — Qué os parecen los sucesos desarrollados, 
Riera, en el curso de unas cuantas horas solamente. — ? 

Alfredo — Me parece Magdalena, que en esto como en 
todo entra con su potestad invisible la providencia. 
Magdalena — Qué jusgais de Lemaitre ? 

Alfredo — Qué es un hombre de carácter duro por 
fibra y por educación: pero no le creo vil. 

Magdalena — Algo mas pienso yó: — que es suceptible 
de modificarse esa alma agria y vengativa. 

Alfredo — Puede ser: pero Inés. . . . 

Magdalena gravemente. — Habrá oido hablar de un 

viaje que proyectabais á Italia y 

Alfredo, con entereza, pero con pesar — y ahora es la 
ocacion designada para realizarlo. es verdad Magda- 

lena ? 

Magdalena callaba. 

— Gracias amiga por este consejo tan oportuno: vo 
habia olvidado la necesidad de separarme del centro de 
mis iluciones: pero vos me enseñáis la distancia como 
un medio acaso de conservarlas ! Vos retiráis, con vues- 
tra inspiración la copa de oro que apenas habia tocado 

los bordes de mis pobres lavios. y bien! sea! Al lado 

del castigo del culpable, está indicado el sacrificio del 


) .lócente . no hay remedio ! yo parto! Dentro de quince 
, ’ eBtíl ü a dispuesto mi viaje, pava siempre Masrdalc- 
lia anadió tomándola las manos y besándolas con res- 

petuoso cariño— -para siempre! dispon jd, mandadme! 
pero no me olvidéis ! Olí ! no olvidéis al hombre que 
al sonido de vuestra voz, se ha sentido capaz de darle un 
eterno adiós á todo lo que ama en esta vida! 

Magdalena estaba llorando en silencio. Al fin respon- 
— Alfredo! hermano eu los sacrificios! perdonad la 
firmeza de mi consejo; pero os le doy — por que, cual se- 
ria el resultado de haber salvado á Inés de las garras del 
infortunio, déla calumnia? Colocarla nuevamente en el 
caso de sufrir; y lo que aún es mas, de comparar al sal- 
vador joven y bello; con el acusador, frió y anciano'? Es 
decir: si no amó podría amar: si fué calumniada entonces 

podría ser justamente acusada después y ya lo veis 

Alfredo: la obra de tanta importancia que habéis puesto 
en práctica, no habría llegado á ser otra cosa, que una 
pobre acción desnuda de nobleza y de conciencia. 

— Ño por Dios! dijo resueltamente Alfredo — Xo! 
Inés ante todo ! la madre y la esposa .primero (pie mi 
dolor, primero que mi vida. . . .añadió como si su vida 
dependiera en efecto de aquella determinación. 

Teneis razón en todo, Magdalena ! gracias: yo parto. 
— Hasta mañana Alfredo ! — dijo tristemente Mag- 
dalena. 

Hasta mañana, Magdalena! — respondió aun mas tris- 
temente Alfredo. 

Se separaron. 


En tanto los médicos habían visitado á Antonio, pues 
Anjel habia llevado otro con igual objeto (pie el (pie 
fué á buscar Don Juan; el parecer fué unánime: Antonio 

cstnbíi loco ! 

La mirada errante y febril de aquellos ojos; el calor 


abrasador do sus pulsos, la incoherencia de las ideas, i¡; 
contracción desús labios secos, ardientes y trémulos á la- 
vez, marcaban su estado. 

Los médicos después de haber recetado é impuesto 
un gran silencio, se despidieron hasta la noche. El en- 
fermo quedó con sus padres, Inés y Juliana, que velaban 
losmas leves síntomas de su enfermedad. 

— Ah! gritaba Antonio despavorido — que horror! que 
horror! Allí está él, Lemaitre! mi juez. — Anjel que se 

burla de mi aflicción. y el Diablo. sí: alia vá 

me arrastra por los cabellos entre una porción de peñas- 
cos horribles. caigo, levanto, y vuelvo á caér. — Ah! 

el hospital! la caridad, la tumba. — Inés, Inés! perdón, 
perdón. . . .! 

Y trataba de saltar furioso de la cama para correr don- 
de su imajinacion le marcaba, y viendo la imposibilidad 
física, continuaba : 

— Me lie perdido para toda la vida ! ya no quiero for- 
tuna: voy á pedir una limosna como aquel anciano al que 
Anjel socorrió. . . .Anjel ! nó! — gritaba — és mentirá! le 
han puesto por mofa ese nombre! es el diablo. . . .mi- 
ren, la figura! allá vá! — decía riendo á carcajadas. 

Todos callaban. En ese momento Anjel apareció: ve- 
nia de estar hablando á solas con Lemaitre y parecía un 
poco carabeada su fisonomía — Inés lo observó, al ver 
aquel tipo de amargos recuerdos para ella. Entró, se 
sentó al lado de la cama, é Inés fué en aquel momento á 
ver á su hija y á su marido. Encontró á los dos sentados, 
gravemente el padre; la hija sonriendo y juguetona. 

Al ver á Inés, Lemaitre se estremeció secretamente. 
Sin duda se acordó de su crueldad para con ella. Inés se 
sentó á su lado, tomando á su hija en sus brazos. 

— Lemaitre — Estas satisfecha de mi arrepentimiento 
Inés? 

Inés — Satisfecha de tu desengaño: de que me hagas 
justicia, 

Lemaitre — Y me perdonas de corazón V 


abrazando á. sil nniierv Un í v Usluu íntlma Remanió. 
— Inés -- vL l\ Í«V y i Ja lcutudas — gracias ! 

Lerna it^-Jv? ? ^ de es . e P oblc Antonio? 

br^v ‘Í 

zt “ .r™ 

f r, f ;í in .° \ E T S0 , nias todavía? y cómo lo sabes LeiViái- 

de lorioJl mb í al i tíngí Í riado? - * - * d ÜoInós acordándose 
<le 10 pasado y de ja oculta maldad de Anjel. 

, bemaitre— No Inés: no me lian engañado: tengo !o* 

natos en mis manos, y con datos nadie se engaña. " 
liles Sí, si ellos son talsos, como los que te nvasen- 
taroii contra mi. 

Lemaitre volvió instintivamente á pasar los ojos por 
aquellos papeles, y después entregándoselos ¿ su mujer 
dijo : 

— Por si acaso me equivoco; por si acaso me engaño, 
ó puedo prejuzgaren un asunto en el que solo quisiera 
ser exacto, justo; lée querida Inés ! lée ! 

A cada palabra, que lcia, repetía — és verdad ! No hay 
como salvar á ese desgraciado. La mano de Dios se le- 
vanta desatando la tempestad sobre su cabeza, y abóla 
es necesario creér, (pie empieza su castigo. 

— Allí — proseguía, protejida su alma contra el ren- 
cor, por la divina fibra de la piedad — por que rúe quiso 
tan nial ese desventurado ! Que le había yo hecho para 
aborrecerme y conjurar contra mí tantos dolores, tinta 
injusticia, tanto error? Si siquiera hubiera yo pensado 
el mal para algún ser de este mundo, y por ese 'delito, 
hubiera empezado mi espiacion en el odio de tm herma- 
no. . . .? 

— Pero gran Dios! — decia con una humildad apasio- 
nada — yo no teifgo uno de esos errores! yo ni he hecho, 
ni he pensado el mal para nadie! — porque pues xnc ¡ v 


— 300 


colocado en el camino de las tinieblas y del perdón? Que 
quiere decir dar el perdón ? ecsistir la culpa «ajena, Dios 
mió ! Ver errantes las virtudes de la humanidad y á 
merced de una fatal destinación los corazones de los bue- 
nos ! Dios mió ! esparce tu divina luz, en las sombras de 
la vida: derrama el óleo de tu celeste calma en los espí- 
ritus «ajilados de tus criaturas ! Por lo que á mi toc«a — 
yo no tengo ni odios, ni venganzas — .perdono á todos 
mis enemigos ! 

Lemaitre estaba conmovido: por la primera vez de su 
vida fria, y sin altas inspiraciones, sentía aparecer, la 
ecsistencia invisible de una potestad superior á todo 
cálculo humano: á toda voluntad de la tierra, y hacer 
nulos todos esos arbitrios terrenos para enseñorearse 
como dueña. Un «algo de indefinido que participaba de 
todas las sensaciones tiernas del corazón, sin caracterizar 
por un detalle, una sola, ó el estremo de su naturaleza; 
dotaba en su alma como si le dijera “ama y creó!” y el 
hombre esperimentado, dejándose seducir por «aquella 
encantadora visión; conmovido, se dejaba llevar, sin que- 
rerlo y sin saberlo, en el vaporoso aliento, de tan májica 
tentación. 

Contemplaba la belleza artística de Inés, como si por 
primera vez la vieran sus ojos fascinados. La juventud, 
la gracia, la inocencia de aquella niña, seducían sus sen- 
tidos, y si en aquel instante hubiera podido sondear Inés, 
la estencion de su influencia, la habría sin duda emplea- 
do en favor del culpable hermano que veia sumido en la 
desgracia: másese perdón llegaba tarde para el criminal. 

De todos modos, la providencia se había encargado 
de justificar ú la victima, castigando «al verdugo, y al 
juez: al uno trastornando el eje de sus ideas y convir- 
riéndole en un autómata; al otro, docilizándole el cora- 
zón hasta el punto de vindicar en él la ternura: la pasión. 

— Y bien, dijo Inés, poniendo en las manos de su ma- 
rido los píipeles que la había confiado — Cuales son tus 
planes Lemaitre ? 


— .301 — 


Lemaitre — Haceí tu 
— Inés— Y tú ? 


felicidad y la de nuestra hija. 


la “S^o7 diria ’ tratMéde, “ T» digo- 
Inés — De veras. y 

Lemaitre— Sí: ahora pensemos en nuestra vida mate- 
nal pata liácerla tan buena como es de desear para lo 
que amamos— Con anticipación, y secretamente, vo lla- 
ma encargado que se me tomara una casa, desde une 
pense en volver, que fué al recibir estos papeles que te 
justihcabaft á mis ojos: y aunque ignoraba quien me los 
enviaba, siempre me figuré, que no podría ser otro cnu* 
Anjel ! 

Anjel ! repitió Inés — Como si se acordara de cosas 
que tratara de olvidar. 


— Anjel sí, Anjel— replicó Lemaitre; — el cual al ha- 
cer un bien por egoísmo propio, era necesario que hicie- 
ra un mal irreparable y por egoísmo también — El te 
salvaba, pero hundiendo en el abismo á Antonio; á An- 
tonio, á quien ese verdadero infame cómplice suyo, ávi - 
do ú perderte Inés; y que mas tarde, Antonio olvidó y 
el olvidado resucitó de su nada para vengarse: para el 
odio y su consumación tenebrosa. Pues bien: toda esa 
trama está palpable para mi yá: he hablado con Anjel 
manifestándole que sino se lo lie esplicado todo por aho- 
ra, le he dicho lo bastante para que se aleje de este jttiL 
en el silencio. Le lie dicho — Partid dentro de veinte di; 
de Chile para Europa; yo os daré sí os faltan, los medios 
para efectuarlo: pero evitadme el pesar de odiaros, des- 
pués que habéis salvado á la madre de mi hija; á mi co- 
posa! — Nadie, ni vuestros padres sabrán de mi boca él por 
<[iie de esta marcha, pues yo la disfrazaré con el nombre 
de una comisión á que os mando: de este modo, os recom- 
penso el bien queme habéis hecho, reparando el mal qu- 
ine hicisteis: y trato de olvidar con vuestra ausencia los 
recuerdos rencorosos del pasado. 

Inés— Y él qué ha respondido 


v 


3 tíi» — 


Lemaitrc, con el tono firme peculiar á su carácter. — 
En esos casos nada se responde; yó daba una orden y él 
tenia que cumplirla simplemente. 

Inés — Luego se vá. ? 

— Dentro de ocho dias ! 

— Dónde '? 

— Xo importa el paraje dónde se. dirijo un criminal.. . 

— Lema i tro ! 

Inés por Dios ! déjame proceder para acertar ! 

— Olvídale ! 

— Para eso es necesario que se aleje; que no le vuelva 
á ver jamás. 

Inés, vamos á ocupar nuestra casa desde este momen 
to? — preguntó suavemente en seguida á su mujer. 

Inés contempló un momento ásu marido, no sabemos 
bajo cual impresión, y respondió sometiéndose. 

— Estoy ó tus órdenes; pero antes, és necesario preve- 
nir á mis padres. 

— Olí, sí; eso es natural. Llamadles, y se lo noticia- 
remos. Antes de venir á aquí, yo lie pasado á ecsaminar 
la casa que había recomendado á mi comisionado, y te 
aseguro Inés, que no falta un detalle, pues, su arreglo 
en un todo es especial. 

Inés — Has hecho bien, desabor por tí mismo, lo que 
debe de pertenecer ó tu familia. Ilaslo asi siempre Le- 
maitre, y Dios te ayudará. 

Inés se levantó en seguida y fue á llamar ásus padres. 
Aún encontró en la habitación del enfermo á Anjel sen- 
tado cerca de la cama, como meditando en algún plan 
secreto. Al percivir á Inés se estremeció involuntaria- 
mente, y se levantó cou esa estudiada atención que po- 
nen los seres de sociedad, con aquellos que están deci- 
didos á conquistar, ofreciéndola su asiento. 

— Gracias, no: — dijo sencillamente Inés. Vengo á 
buscar por un momento á mis padres. 

En esc instante mismo, al finalizar aquella frase Inés, 
u:i grito profundo de dolor ó desesperación, se escapó 


— 3G3 — 


<M seno ,lel loco, y en seguida señalando con su mano á 
Aniel, decía con tín terror sombrío— “Allí está él- d 

*' V* “* ™ ■»» planes 

lal - Satanás. mn-ale! c0 „ una máscara 
le aangie: esta ajilando su látigo de fuego sobre mi ros- 
tro: salven i» Inés ! lanmta! El Hospital.... la muene 

Anjel . la casa de comercio perdida Lemaitre 

. . . .no: no me abarrescais ! piedad ! piedad ! 

Anjel turbado, poro con una esforzada tranquilidad 
aparente, dijo : 

— Es necesario tomar medidas serias sobro el estado 
do esto desgraciado, \aves lo que sufre nuestra madre 
de este espectáculo Inés: — es pues preciso determinar 
en conformidad álo cpie hoy resuelva el médico. 

— Y qué queréis resolver? — preguntó por primera vez 
la mujer de Antonio. 

Anjel se contentó con mirarla desde la cabeza á Iom 
pies, y sin responderla, la volvió el rostro. 

“ En nombre de Dios! — volvió á gritar el loco — arran- 
cadme estas cadenas ! tengo frió, tengo miedo: veo las 
calaveras secas, inmóviles abrir sus huesos como si qui- 
sieran reirse de mi Ah ! locas! — proseguía riendo él 

á carcajadas: — reid, reid ! — Qué se vaya esc hombre! 
que se vaya ! maldito sea ! maldito maldito ! 

Y se dejó caer fatigado apuntando con su mano la es- 
tampa de Anjel que se dibujaba en la pared. 

Este estaba trémulo á su pesar: los dos viejos llorando, 
siguieron á Inés muy pensativa. Lemaitre salió á reci- 
birles. 

— Yo siento vuestra desgracia — dijo dirijiéndose á los 
ancianos — pero yo no creo haber contribuido á ella, de 
ningún modo: — es verdad ? 

—El viejo alzó la cabeza, y dijo con prontitud— En 
nada : en nada!— Doña María enjugó sus lágrimas y 
contestó triste y lentamente. 

Lemaitre, en esto como en todo, Dios, j solo Dios. 

Lemaitre satisfecho ó no de su responsabilidad, pv. 


— 3G4 — 


á lo menos debería de estarlo, pues había protejido mas 
bien (jue maltratado al enemigo de Inés en Antonio 
antes de ahora, hizo presente á los ancianos que se reti- 
raba con su mujer y su hija tí su casa, y que su amistad 
para ellos no sufriría por esto, contraste ninguno. 

Don Juan, se deshizo en felicitaciones, en abrazar á 
Lenmitre, hija y nieto, olvidado ya del enfermo y solo 
pensando en la buena posición de Inés: Doña María, 
abrazó en silencio á Lemaitre, y lloró largo rato en el 
seno de su hija que también lloraba. Al fin era necesa- 
rio despedirse, y en efecto, los tres personajes se alejaron. 

Anjel por una ventana, vió salir el grupo, y dijo en el 
fondo de su alma. 

— Xo hay remedio ! Es necesario dejar que se cumpla 
el plazo que señala la providencia á los culpables! Aho- 
ra estoy solo conmigo: ahora puedo confesarme lo que 
niego tí los otros ! Culpable — lo soy! — repetía con voz 
sorda; y lo peór de todo es, que siento la agonía del do- 
lor en el alma, porque amo Diosmio! — decia mesándose 
los cabellos — amo á esa Magdalena frenéticamente. . . .! 
y por la primera vez, me veo en la cárcel del dolor que 
trae la desgracia, por mano de la pasión ciega, sin límites, 
y contenida, como para que muera en este miserable pe- 
cho ! 

Magdalena! Magdalena! Ah ! aún creo que tu mira- 
da ardiente traspasa mi pensamiento, hace encojer mis 
nervios, ajita la sangre de este frió corazón ! qué mirada! 
qué poder ! qué fascinación! — decia como si le refiriera 
á otro aquella historia — Qué hechizo en esa voz majes- 
tuosa, dulce y profunda á la vez ! Y eras tú la que el 
destino me habia señalado para hacerme comprender 
ese sentimiento sublime sin participarlo, y entonces, 
darme en él, solo un martirio, un infierno, mujer. . . .? 
Quien eres: de donde lias salido para mi castigo ? Y que 
otro mayor que el de amarte sin esperanza?. . — La cabe- 
za ardiente cayó entre sus manos frías; por un momento: 
parecía que el silencio impenetrable de la tumba rodea- 


— 3GÓ — 


ba aquella vida pobre y atormentada, como si le ofreciera 

en nnüei n e’ 7 un ° 0 " 8 “ elo: P cro (>1 »bna vivía demasiado 
en aquel cuerpo todavía, para ceder así no mas su parte 

a la tierra: y como si le quisieran detener para encerrarlo 
en ella, decía, con un terror íntimo y sombrío. 

—“No: aún no es tiempo ! Tenso los cabellos ióve- 
nes,el pensamiento ardiente y sediento de un mas ' „ltu: 
no: no puedo ceder mi puesto. 

Amo: quiero saber definitivamente lo que debo; lo 
que puedo esperar, y amo con esa pasión que compren- 
do recien, que los criminales deben de sentir; inmensa, 
rabiosa, sombría, interminable: dudando de mi mismo: 
midiendo mi miseria y su potestad: sujeto á una palabra 
suya, y deseando apostrofarla. Ah! — decía estrujando 
sus propias manos, — Ah ! si tuviera valor para matar- 
me ! 


— Nó! — dijo en pos de él una voz solemne, y decisi- 
va — Vive y conoce lo que es remordimiento ! 

Anjéí díó vuelta la cabeza maquinalmente, v vio de- 
tras de él, de pié, inmóvil, al venerable anciano Martin, 
con los brazos cruzados y la mirada fija. 

— Anjel iva á maldecir: iva — tal vez á buscar su an- 
tigüo compañero — el puñal! pero la memoria le dijo sin 
duda; “olvidadle!” y Anjel, miró simplemente al ancia- 
no, como si le preguntara — Qué queréis de mi*? 

— El anciano habló : 

— Mi venida á esta casa, ha sido sin saberlo Alfredo, 
¡y para ésplicarle ;i Lemaitre cuya llegada he sabido por 
aquél, quien era Anjel Picotti ! 

Anjel se sonrió de una de esas maneras diabólicas 

que liarían estremecer ú los santos de terror: el anciano 
prosiguió : 

Si: no habiéndole encontrado, quise veros para con- 
fiaros mi designio y recordaros, que en casa de Magdale- 
na Artey me Insultasteis, y yo en vuestra casaos desafio! 

—A mi! vos desafiarme ! y para qué ? dijo el reptil 
sacudiendo la ponzoña que devoraba sus entrañas, por 


— 3(iÜ — - 


Que media la imposibilidad de ponerla enjuego — para 

Qué? yo ya soy un cádaver si: un cádaver que otros 

hacen jirar, y reanimarse á placer. — Oídme! proseguía 
ron un ardor inusitado y acercándose á Martin — yo 
amo. . . . ! 

Martin — Vos ! á qnién ? Se os parece ? Yo creia qne 
Satanás no se reproduciría después de vos, pues habéis 
absorvido toda la maldita esencia de su estirpe en vos 
solo ! 

— Asi ! echad sobre las ruinas, la tierra que encon- 
tréis á vuestro paso ! son al fin ruinas ! pero creedme 
anciano ! soy desgraciado: muy desgraciado: y si la des- 
gracia merece vuestra ironía, acordaos que amais á Al- 
fredo: que Alfredo ama, y que jamás podrá ser feliz. . . . 

Un globo de fuego pareció haber caído en la frente 
del anciano : pero se acordó de Dios: de las bondades de 
Alfredo, y la t'é, flamante, pura y divina, traspuso el 
muro que le oponía la duda y dijo : 

— No ! Entre Alfredo y vos ecsistc un mundo de dis- 
tancia ! A él le recompensará Dios; á vos os castigará 
Dios ! 

Anjel iva á responder pero uu sudor frió innundó 

su rostro. .. .Martin había desaparecido dejándole un 
billete abierto que contenia estas dos palabras 
— •Maldito filé tu hermano: maldito seras tú!” 




RESUMEN'. 


C APITIXO XXXII. 

^ \ *>i'. ^*11 iW 'jJcilH's'* 40 / V ; • i/- 

A ios ocho dias de la llegada do Lemaitre y do la 
reunión amigable y absoluta do él ú su familia', en los 
cítales, Alfredo solo una vez había ido ó cumplimentar 
á los esposos, y Magdalena, también una sola vez, reci- 
bió Inés la inesperada noticia de que su padre estaba 
gravemente enfermo. Aunque esta iba constantemente á 
la casa paterna, pero el accidente fue tan súbito, que 
apenas se inició, se desarrolló abarcando inmensas pro- 
porciones. 

Inés salió con su marido sumamente ajitada, y encon- 
tró á su padre, enfermo de muerte, y á Antonio tan fre- 
nético en su locura, que no había quien le contuviera. 

Desesperadas las jentes de aquella casa, del estado es- 
pantoso de los dos enfermos, no sabían ú que, ni á quién 
recurrir para atender, sobre todo al loco. 

En aquel momento de honda y verdadera aflicción, 
tomó la iniciativa cerca de su madre y de la mujer de 
Antonio, Anjel, para emitir esta idea. 


— - 36 $ 


— Vosotras lo estáis viendo ! aquí no se puede atender 
á dos enfermos de peligro, pues caeremos malos todos, y 
entonces, arderá troya ! como se dice por ahi. 

Doña María — Y bien: qué hemos de hacer para evi- 
tarlo ? 

Anjel — En las altas demostraciones del destino, no 
debemos los humanos quedar impasibles. Cuando la se- 
ñal de ese juez mudo pero severo, se traza sobre la hue- 
lla de nuestro paso, es necesario seguirla sin trepidar, y 
tratar de comprender su sentido para no errar. 

Juliana de Picotti — Y bien ! 

Anjel — Y bien, en ese caso estamos respecto de An- 
ronio, al que desgraciadamente la providencia ha mar- 
cado con el sello de la desgracia: es necesario que se 
cumpla su ley. 

La madre — Y que quieres decir con eso? pregunto 
ajitada. 

Anjel — Que es irrevocablemente necesario que Anto- 
nio vaya al Hospital de los dementes, por mas que sea 
doloroso y cruel este paso para nosotros. 

Juliana dio un grito de horror, y la madre se cubrió 
los ojos con las manos. 

— Imposible! — dijeron los dos á la vez: — imposiblé! 
imposible ! y súbitamente, apareció Lemaitre, Inés y los 
criados de la casa, gritando — Socorro ! socorro ! 

Los tres personajes quedaron inmóviles como heridos 
de un rayo: Anjel fué el primero que logró sacudir su 
sensación, y preguntó — para quién ? para mi padre ó 
para Antonio...?? 

— Para vuestro padre — dijo la voz grave de Lemaitre, 
y desapareció, dejando á Inés llorosa en la habitación do 
su madre. 

Esta salió trémula á ver á su marido; sin saber lo que 
era de ella: Juliana la siguió: mas Anjel, pasó á ver el 
estado del loco. 

Lo encontró furioso: y dijo para sí: — muy poco ha- 
brás de estar aquí ente insoportable que no haces mas 


— 369 — 


el Hospital! — <taci¡i. 
drás el Hospital ' 1 \?“’ ,, 'f uh ?'’' l0mblc: >' Me» ten- 

ar5¿^¿í=4a.e-s: 

olma, que no puedo descifrar la impSio,^™ “Z 

ambos* Zt í ’ 4 , In *! Iu& k “»» ocultamente: 

ambos serán desgraciados al fin, siuó como yó, como 
todos los desgraciados ! * 

T ^emaitre!.... proseguía, con voz profunda— Qué 

será de Lemaitré ? ‘ 


~Tu juéz, y tu verdugo ! 

Dijo detras de él, el acento solemne de Lemaitre, que 
había entrado á la habitación obscura del loco, buscan- 
do a Anjel; es decir, indagando lo que estaba haciendo 
aquel malvado, mientras su padre estaba en agonía. 

Anjel se cncojió como la vivora se encoje, para dar 
un salto sobre su enemigo; apretó los puños en silencio, 
y dijo con voz concentrada: 

— Haréis bien ! 


Lemaitre — No tanto como merecéis; pero si mas de lo 
que se debía hacer con un culpable de un solo crimen. 
Vos tenéis muchos ! 

Anjel iva á responder, pero inusitadamente el loco 
lanzó una horrible carcajada, y la voz angustiada de 
loes, dijo aprocsimúndose: — Lemaitre mi padre ha mu- 
erto ! 


Inés estaba de pié en el umbral de aquella puerta don- 
de estaban reunidos los tres seres que tanto mal la ha- 
bían hecho, y que sin embargo, ella había perdona- 
do yá. 

Hay situaciones supremas, cuya definición no ie será 
jamás confiada á la penetración de un humano; y mucho 
menos á la palabra le será dado pintarlas: aquella era de 
este jénero. Lemaitre salió precipitadamente de aquella 

24 


370 — 


habitación, en pos de él Inés, y solo quedó Anjei cara á 
cara con el loco que reia desaforadamente. 

— Bien ! dijo con el acento vilioso y terrible del que 
jura la venganza dé un ser odiado: — Ahora empieza mi 
turno ! 

Como una de esas tétricas apariciones de los sueños 
postreros de un moribundo, asi se lanzó aquella fiera 
humana, fuera de la habitación del loco; sin haber alza- 
do su pensamiento, un instante solo, á Dios, en favor del 
alma de su padre! — Qué iva ¡i hacer ? 

Pasada apenas una hora, un coche se detuvo á la puer- 
ta sin ser sentido de ninguno de los de la casa: Anjei sa- 
lió de él, y subió al cuarto de Antonio, con un hombre 
de mala apariencia: una media hora mas, y el coche ha 
desaparecido con tres personas, en vez de dos. 

La habitación de Antonio habla quedado vacia ! Una 
carta estaba sobra el velador; era de Anjei á todos los 
de la familia : 

— “Adiós! decía: — buscadme ahora! buscad al loco al 
cual conservabais todavía apesar de sus crímenes, como 
un tesoro! Oh! buscadle!. mi destino se ha cumpli- 

do: pero mis pronósticos se cumplirán también! — Anjei 
de las tinieblas, mi cuerpo y mi alma, esparcirán la som- 
bra donde quiera arrastre la ecsisteneia, corno la dejo 
en torno de cuanto ha vivido cerca de mí ! 

Adiós! y que la justicia sea igual para todos ! 



Largas horas se pasaron, si ir que nadie se acordara 
que aquella habitación ecsistia. La mujer de Antonio fué 
Ja que primero lo recordó err medio del trastorno de 
aquella casa y de sus habitantes: se dirijo á ella: vá á en- 
trar, dá un grito horroroso y caé desmayada. . . .Acuden 
al grito Lemaitre é Inés despavoridos. — Qué escena ! 
sobre el umbral de la puerta de la habitación del loco, 
yacía estendida la mujer, fría, sin aliento ; la canra del 


— 37 J — 

SdSJSSí i, est0 V a Kora - n« 

fuera, ai fin era pa't ! uu í“* re <l» c P" «’ lpablc que 

no\wdTSt¡¡'! a ' '' la a T etim ?' "'yo reproducción 
inrn „, 1 * l, » e > porque so perdería en el pálido va-,, 

jnconeeso de esas copias dévifes, que sin ser i„ C csicAs 

i»r r: iU ‘; ,l í L 1 °> les íklta cl “"talento íntimo, el eo- 

con i to "i! ¡ 5 la f f ÍCa # arte «i«*c es el desarrollo 
-ompieto de Jo perfecto posible. 

i nro >> ° Cani0S a< ^ uc ^ a 8 duacion: en el número de las 

La muerte, tenebrosa por si misma; había esparcido 
on a< l ue ‘‘ a casa, ese tinte sombrío y amenazador, qucpa- 
ivo.e que fuera una sentencia escrita indeliberadamente 
en todos los puntos donde el ojo descansa, para mos- 
trarle ú cada uno uu sudario, y un eádaver! 

Lemaitre grave, imponente de esa terrible fiereza con 
la cual pintan al escéptico, era el único que se conser- 
vaha sereno, de pié, parecido ¡i uno de los personajes de 
la célebre danza de los muertos pintada por IIolBein. 

Eti un momento, tan solemne como triste, Lemaitre 
volvió los, ojos á la santa compañera de sn vida, y.... 
preciso es decirlo ! sus ojos se inundaron de lágrimas, al 
contemplar la dolorida belleza de aquella inocente vic- 
tima délas ambiciones de aquellos dos monstruos,, que la 
naturaleza equivocada, ó ávida de las pruebas de sus 
virtudes, le había dado por hermanos. Se acordó de la 
crueldad del padre, ya impotente por la muerte — y to- 
mándola los manos súbitamente, la dijo con una sensa- 
ción íntima y relijiosa : 

— Inés! Qué quieres de mi ? Pide, manda! Todo lo 
tendrás. Si no me amas, porque al fin oso es imposible, 
seré tu padre, tu mejor amigo! — Quieres que me aleje? 
me alejo ! Si para tus sueños júv mués ; brillantes, la ca- 
beza seria de este hombre culpaba-, p< ;• que te olljió en 
la hora mas bella de tu vida, é ya un estorbo; yo liaré 
que esta cabeza se incline pronto ácia la tumba. . . . Si, 


— 3/2 — 


fnés; no lo estrañes ! Acabo de valorarte: do compren- 
der tu sublimidad; lo (pie has padecido: lo que tiene» 
que perdonarme: cuanto te resta que sacrificarme toda- 
vía ! 

Inés estaba llorando, y se había acojido á los brazos 
de su marido, como un débil niño, perseguido por un 
fantasma, cu los brazos de su padre. — Lcmaitve prose- 
guía : 

— Si Inés ! querida Inés ! me tienes que dar aún mas 
de la mitad de tu vida, mientras que yó, solo puedo ofre- 
certe una voz trémula; unos pasos vacilantes acia el pa- 
norama de la felicidad y. — tristeza de la tierra! — 

decía golpeando su frente. . . .ya nada soy ! y tu! . . . .tu 

empiezas la época de la esperanza: el orizonte de 

las ilaciones parece que se’entreabre al contacto del ra- 
yo de tu pupila: tu alma viijen. .porque aún no has 
amado Inés! — añadía con una íntima melancolía — tu al- 
ma viijen, vestida con el pudoroso velo de esos tesoros 
preciosos de la juventud y del sentimiento, abrirá sus 

senos á un amor inmenso. — inmenso ! repetía con 

un acento hondo y penetrante — y yó. yo Inés me ha- 
bré muerto en la vida, completamente negativa de la, 

materia sola Inés! Inés! 

Lemaitre lloraba, Lemaitre amaba: Lemaitre acababa 
de encontrar el mundo impalpable de las almas, que se 
aprocsiman sin tocarse: que se comprenden sin espli- 
carse 

Todos aquellos bárbaros testimonios de un amor pro- 
pio ciego, que habían hecho de él un apóstata: un rudo 
conocedor de los sentimientos profundos, habían desa- 
parecido, al contacto maravilloso de esa sensación de la 
ternura, de la convicción, de la providencia que se alza- 
ba sombría para los verdugos: sonriente y bienecliora 
para la inocente. 

Inés por sn parte, conmovida, olbidada acaso de la 
escena que tenían delante, de aquella mujer desmayada, 
de todo en fin, le respondió : 


>ye Lemaitre, oye ! Mi piedad no es una gloria 

^r taJa U a VlrtU ' l; es SÍ!n P leni ente el hecho de unu 
devoción innata en inn alma, en la cual no se ejercita 

un solo sacrificio. Esa piedad me ha salvado, pues Dios 
peraso en mi hija, y quiso que las gotas del rucio de la 
mañana de su vida, no fueran amargas, y por esto llevó 
nru alma la convicción, conduciendo á mis enemigos 
miseá el punto do ser ellos mismos mis defensores ! Alió- 
la, yo os regalo todos los sueños mas pomposos de mi 
mente: mi paraíso de flores, donde descansaba el alma 
fatigada del roce del mundo, ahí está, ! Todo mi mundo 
es ini hija y tú ! todo mi porvenir serás tú y ella ! 

Lemaitre irradiado, iva á caer en la tentación de un 
amor ciego: en el amor de un niño ! pero sus ojos des- 
cansaron en la figura de la mujer desmayada que aún es- 
taba allí, como pidiendo cuenta á aquellos olvidados, de 
su marido, y. . . .fuera buen juicio, ó presentimiento: to- 
mó un continente aunque suave, frió, y dijo : 

— Querida Inés: esa mujer nos necesita! 

En efecto la estaban prodigando sns cuidados, en el 
momento que entró Doña María bañada en lágrimas pre- 
guntando por su pobre Antonio y repitiendo : 

■Diosmio! Esta casa está abandonada de: tu celeste 
«Hs Mt\ ;*í* olilán ü¡(wn ■< uiintooii'j oh 


gracia ! 


Lemaitre respondió — La casa nó, Señora: los malos 
son los que están esperimentando el justo castigo de la 
providencia. 

— Doña María — Y mi lujo ? 

— Lemaitre — En breve le veréis Señora ! 


— Pero dónde, dónde está 'i 

Lemaitre vaciló un momento: consultó al parecer á 
Inés; pero Doña María ecsijia saberlo v Lemaitre respon- 
dió la verdad : 

— En el Hospital 

En el Hospital! — dijo con una voz hueca y sombría 
aquella madre — y sin esperar espiraciones, salió de 
aquel sitio tomó un poñolón y partió dejando abismados 


— 374 — 


íi todos, de aquella resolución tan rara en su carácter 
y en aquellas circunstancias. 

Lemaitre é Inés, (vuelta ásus sentidos Juliana) salieron 
en pos de su madre, para evitar, ó atender cualquier ines- 
perado accidente. Tomaron la dirección del Hospital, y 
en electo encontraron ásu madre, al lado de su hijo loco, 
desfallecido, con los inmensos esfuerzos que había hecho, 
sin reconocerla y sin comprender las lágrimas de dolor 
que bañaban su dolorido rostro. 

Inés se estremeció de dolor y de piedad: Lemaitre 
creyó ver el gran cuadro de las justicias humanas, trasu- 
do con rasgos vivísimos, al frente del porvenir de la vida. 

Los dos esposos lograron arrancar á Doña María de 
aquel sitio, y llevarla nuevamente á su casa, prometién- 
dole que Antonio saldría de allí: mas que era absoluta- 
mente necesario que ella ocupara el puesto principal de 
duelo eu su casa. 

Al salir Doña María dijo : 

— Ah ! Diosmio ! perdón para todos los culpables ! 

— Y justicia para todos los buenos! — dijo una voz so- 
lemne, eu pos de ella. Los tres volvieron la cabeza, y 
encontraron la figura grave y dulce de un anciano, que 
alargaba su mano acia el loco, y depositaba en la de 
aquel, unas monedas de oro. Inés al verle sintió un sacu- 
dimiento nervioso que crispó todo su ser: una ráfaga es- 
traña de hondos y despeduzadores recuerdos, asotaron su 
frente, como si la hiriera un látigo de fuego: miró á su 
marido como asustada de un terror siniestro . . . .y dijo: 
— Dios mió! que horrible espenencia! 

— Cuál — preguntó Lemaitre sin comprender mas allá. 
— La que dú la caridad ajena, á ¡os que sufren ! 

— Lemaitre, movió la cabeza con tristeza, como dici- 
endo — líe visto que dan limosna ó tu hermano! — y de- 
saparecieron en seguida. 

K! anciano era Martin, que habla rccivido de Alfredo, 
la noticia de que Antonio iva al Hospital, pues A'njel 
había escrito á Alfredo la carta siguiente : 


— 375 — 


— “Amigo, parto para siempre Jo este país: sé que 
quedáis con una úlcera profunda en el alma: un amor 
inmenso, incompreudido, y si llega ;i ser comprendido 
fatal para Inés; fatal para vos! Yo. . . .también llevo mi 
parte de dolor. . . .amo locamente, y oso afecto me lo ins- 
pira mi propia enemiga \Lig<liilcna ! — Vos tenéis aún 

•1 porvenir. . . .yo. . . .el espacio! Antonio, .será el tipo 
do la justiciado Dios sobre la ticnvi : id alguna voz á 
visitarle al Hospital y dad al pobre, esa limosna (pío dan 
los ricos! Cuando recibáis esta, ya ocupará él m puesto 
allí: vo, habré partido bien lejos de aquí. 

“Algo se lia cumplido de mis provectos: el resto, lo 
veremos aún 

Anjcl." 


Alfredo había quedado yerto de espanto al compren- 
der tanta maldad: había llamado á su antiguo amigo 
Martin, y le había dicho : 

— Teníais razón cuando pintasteis á ese hombre con 
el fatídico color de un malvado encubierto! Leed y corro- 
borad. 

Martin leyó y corroboró sus juicios respondiendo : 

.>íada me sorprende! yole he desafiado, no siendo 

mas, que un débil anciano, y ha rehusado por cobar- 
día ! 

Vos! y os habríais batido Martin 1 

— A muerte! 

Y si os mataba esc cobarde i 

— -Moriría ! 

—Qué os llevaba á ese duelo ? 

Librará la humanidad de un malvado. 

Ah Martin, Martin ! Quién os comprenderá si yo 


!l — Faltarme tú! no, yo te seguiré al fin del inundo, 
y . . . .Alfredo, óyeme bien, partamos, pronto . olí, p.'t- 

ta — Martin ! Y ella ? Donde la encontraré si la dejo en 


3/G 


otros brazos; si la pierdo por toda la vida! — preguntó 
triste y ardientemente el jóven : 

— Dónde, Alfredo — respondió solemnemente el ancia- 
no — en el recinto de tu inmaculada memoria: en tu con- 
ciencia: en el sacrificio que la ofreces ó ella misma, al 
volverla su marido, su hija y su reposo ! 

— Ahí si, si, teueis razón! la tendréis siempre! alejad- 
me de aqui; de ella, de cuanto ha vivido á su lado: de 
cuanto han tocado sus manos! si alejadme! me perdería 
uno de esos contactos: una de esas memorias: una de 
esas palpitantes pruebas de un sentimiento perdido, pero 
infinito como el testimonio de Dios ! 

Anjeí, Aniel! — prosiguió con tono profundo — bien lo 
decíais! La llaga está sangrando en el fondo del corazón 
... .no habrá ausencia, no habrá tormentos ni privacio- 
nes que la sanen yá! y sin embargo esos son los únicos 
remedios ! 

— No ! dijo abrazándolo Martin — Nú ! El consuelo 
vivo és la fuente inagotable de la fe; de ella brotarán 
efluvios divinos de esa esperanza interrestre, por la cual 
.se han inmortalizado los buenos ! Bebe ahi; cada gota, 
acrisolada, con las tempestades de las pasiones humanas, 
de las almas perdidas, de los dolores profundos, irá sere- 
nando vuestro espíritu, y curando la acerva llaga do ese 
lastimado corazón. 

Alfredo! hijo mió! En la inmensa tribulación del ter- 
ror de las penas, y de los males sin remedio, la providen- 
cia señala misteriosamente ese caudal oculto en el abis- 
mo del dolor mismo; laye; investiga, yo he vivido mas 
que tú, también he llorado; también he sufrido! yo te 
ayudaré á encontrar el camino y el sitio donde mora el 
ánjel de layé: y juntos, enjugaremos en sus celestes álas, 
las terrenales lágrimasde nuestros ojos! — lo quieres hijo 
mió? lo quieres? 

— .Alfredo conmovido, soñando acaso con un bien im- 
palpable, respondió ávidamente — Sí, si! partamos! lo 
necesito, lo quiero ! 


— Cuando V 

dias ’ Deseo v '- r á Mascíaiena. 

~—"“i v 6i as . 

voiT~n-,’ 1f 'l, :; ~ maSC T n S ‘ SC hubiera arrepentido’, el jó- 
‘ ; anad, °— y os pido que veáis & ese desgraciado cul- 

mLTv 8U T an ° <1Pja Cn nn ^pitali'le llol, es una 
limosna, \ . . . . después partamos ! 

— Sin ver á Inés Alfredo 1 

Vol verla ! y para qué ? Tara renovar impresionas 
que me encamino á destruir; para doblar mi sacrificio: 
mis martirios ? 

Una sonrisa casi inapercibida, vagó por los libios de! 
anciano: enseguida salió para ir al Hospital ¡i ver a 
Antonio. 


Magdalena en tanto, habia recibido un billete de An- 
jel concebido así : 

"Si oís decir ii algún descreído algún dia, que la 
providencia es un sueño; que el destino no t iene señales 
tijas, desmentidle con este solo hecho que abarca toda 
la vida de un hombre — “Yo os odiaba, y os queria v« r 
muerta ñutes de conoceros; después, os líe llegado á amar 
su bi tiltil tfnte de tal modo, con tal vehemencia, que s¡ 
oigo nombraros asalta el vértigo mi cabeza; la salitre d« 
mi corazón se reanuda en las venas; parece que el air. 
de la vida me falta, y siento á la vez, el amor propió de 
verdugo, que se levanta cómo una sombra fatídica, de- 
mandando mi entidad de hombre : vuestra nulidad de 
mujer. 

“8i yo pudiera abrigar un instante la esperanza de 
todos los seres — ser amado! Yo creo que llegaría á ser 
bueno: á lo menos trataría de serlo: querría serlo. 

“Pero no me engaño sobre eso ! En vano las lubricas 
danzas del deseo atormentan la visión de mis ojos, le 
resortes de mi cabeza ! nada ! yo estoy muerto para el 
amor, para la dicha, para las locuras de la juventud ! 

“Teneis una prenda de mi odio en vuestras inania: 
leed en ella mi estraño destino ! Yo no j odia ni debía 


dejaros otra prenda que esa: vos leeréis en ella — amor , el 
mundo leerá, odio, delito! Conservadla, y escribid algún 
día la historia de ese puñal. 

“Magdalena, Adiós! Las nuves del tiempo os arrastra- 
rán en su pasaje al fin: entonces rogad por mi ! 

“Antonio el culpable, queda en el Hospital: dadle de. 
cuando en eunuco una limosna por amor de Dios ' 

Aujcir 


Magdalena sintió el horror, que despedazaba en su al- 
ma tierna y profunda el santo tesoro ríe la paz, para ha- 
cer estremecer sus fibras de ese espanto seco y horroro- 
so, que deja mustio el corazón: mustio el semblante. 

En tal estado la encontró el anciano Martin de vuelta 
de su hospitalaria visita al pobre loco, con la carta abier- 
ta entre las manos, y pálida y desencajada do emoción. 

— Leed! — dijo Magdalena al anciano, alargando el 
odioso papel — ICl anciano le tomó y leyó — Cuando hubo 
acabado dijo: — Ya lo sabia ! 

Magdalena — Cómo, cuando ? 

Martin— Sorprendí su secreto, y eso fue el mismo día 
de la llegada de Lemaitre, á quien yo buscaba para 
darle á conocer á Anjel como el verdadero culpable. 
Mas ahora, Lemaitre le ha conocido demasiado: — está 
por de mas mi aviso; y después, él ha partido ! 

Dejadle marchar arrepentido, si es posible, que jamás 
el vicio injénito se arrepienta ! ocupémonos de Inés y 
de Alfredo: — Este so aleja. 

— Magdalena — I )esgraciado ! 

— .Martin — Doblemente lo seria si quedara aquí l 

Magdalena — Desgraciada á su vez Inés ! 

-Martin — La amáis ? Pues rogad por que sea desgra- 
ciada sola, y no entre en ese destino, la presencia, á lo 
menos de un hombre doblemente infeliz ! 

-Magdalena pensativa — Y cuando ? 

Martin — Dentro de tres ó cuatro dias. 


Magdalena — Y yo, sola en la vida'— es:., r.„ v v 

Vn fi. t .i,_ i , . . nuuigOj “anadio mirando ol 

et.ato de su madre-ahi está esa santa i, najen de m J 

b, .' ! y "“"5 a «"Iré ! Esa i, nájen será la consolación do 
mis soledades. Recordaré todo lo que padeció: cunun« 
agí unas derramaron sus ojos: cuantos dolores se encerra- 

inio' Cn !-n f n °+ SU a í ,tado corazo "- Meditaré ami-o 
«lio. anadia tristemente:— la meditación absorve el 

lempo, limita el dolor en el sacrificio de la sensación 
m unamente terrestre, por la sensación intimamente mr- 

, y des P ue ?- - - - Dios triunfa de la criatura divini/.án- 
uo!a en esencia, sino en la forma. 

Martin— -Sí, Magdalena ! Predestinada mujer ! Sí: vos 
seréis un jénio! vos realzareis la misión estrecha de la 
mujer algún dia; y con el tesoro de vuestro entendimi- 
l <> cabéis loque liareis V salvar á muchos desgraciados, 
honrai la liumanidad doliente, y destruir muchos erro- 
res . . . . ! 


Magdalena — Xo seré nadamos que una pobre mujer; 
pero, haré por ser útil á cuantos pueda! — Y bien: partid 
amigos lirios, añadió — partid, y conservad mi memoria! 
l o os soy deudora: recordadlo, pues guardo esta gratitud 
en el fondo del corazón ! 

Martin — Sí, deudora de una amistad sin limites ¡í Al- 
fredo y á mí: de nada mas Magdalena; — afirmó grave y 
dulcemente — y ahora á Dios ! Ya no quiero volve- 

ros á ver: bastado emociones, pues ya soy viejo y tengo 
que llorar con Alfredo sin duda ! 

— Magdalena, corrió á los brazos del anciano y lloran- 
do como una hija que se despido de su padre, esclomó : 

— Sí, adiós í téneis razón: guardad ese tesoro de ter- 
nura para Alfredo, porque, en efecto: presiento con vos. 
ipie tendréis mucho que consolarlo! A Dios! bendecid 
mis intenciones, pues son inacusables para el bien ajeno: 
y ahora. . . .;í mi vez, adiós, adiós! 

Se separó el anciano de Magdalena, sumamente con- 


— -3S0 — 


movido: aquel corazón noble había entendido el sano co- 
razón de Magdalena, y la amaba, como és necesario 
amar, todo aquello que no está viciado con el torpe ve- 
neno de la maldad. 

Al siguiente dia Alfredo se presentó á dar su adiós á 
esta pobre mujer que parecía el tópico destinado para 
producir y recibir todas las grandes impresiones morales 
que ajilaban ;í la cantidad de seres clej idos para formar 
Ja cadena de su vida, y la encontró abatida. 

Pocas palabras se cruzaron entre los dos: pero al dar- 
se el último adiós, Alfredo la dijo : 

— Magdalena — Yo parto para Inglaterra : allí puedo 
seros útil y proporcionaros elementos para vuestra pro- 
fesión: hablad; soy, mas que un amigo, un hermano! Es- 
cribidme; es decir contestad á mis frecuentes cartas, 
pues las tendréis siempre ! En cuanto á Inós. . . .tratad 
de que sea menos infeliz de lo que ha sido: confortadla 
y baldadla de. Dios en primer término. Decidla que voy 
satisfecho de haber podido reuniría á su hija . . . .que lo 
«lemas es un eslabón de la cadena que tiene que arrastrar 
basta el fin de su vida! — Que no maldiga nunca: que no 
autorizo al dolor para creerse señor de su alma, ni de su 
«'csistencia, por que será perdida. — El aliento inmortal 
de los Santos, penetre en su corazón fatigado, y dormite 
en ú-1, Como en holocausto de una íe íntima, el inefable, 
paraíso dé la juventud y de la esperanza! — Es necesario 
Magdalena que asi sea — añadió profundamente conmo- 
vido— y como vós sois un ser tan bueno, y la profesáis 
tan alta amistad, vos sois la única que podéis hacer esta 
obra. 

— Magdalena. — Confiad en mi deseo y . en la práctica 
de« ; !í Marchad tranquilo sobre esto; y ojala que vos to- 
méis del consejo (pie dejais, algo para dulcificar el mal- 
estar de un corazón triste y sin esperanza ! Ojalá veáis 
Alfredo, surjir de en medio de las tempestuosas ondas 
«le «'se mar agitado de ]it pasión ciega, ó del sentimiento 
núíriihtble, la visión melancólica pero consoladora de la 



(Iríamos llamarle del porvenir, tal grado de paesentimicn- 
ros encerraba aquel acento:— Puedo sor que la Provi- 
dencia venza los obstáculos que os separan de la realiza- 


ción de todos vuestros deseos y seáis feliz 

Alfredo movió leutamente la cabeza, como si dijera, — 
lo dudo! — se sonrió con una de esas sonrisas fujitivas del 
dolor engañado instantáneamente; y abrazando estrecha- 
mente á Magdalena — Para siempre adiós, Magdalena ! 
— No, dijo esta — Para volvernos á ver algún dia! 

Al concluir estas palabras se separaron. 

Magdalena quedó diciendo al verle alejarse: 

— Sufre horriblemente y su mayor desgracia es ser 
bueno: siente y sufre como sufren íos que nada osan por 
que temen ofender los arcanos del cielo y de la tierna y... 
si Dios no le ilumina, se tronchará esa bella vida como 
cae rota en pedazos una flor sacudida, por la tempestad ! 
La luz guie sus pasos ! la razón elabore su destino: vuel- 
va á verle feliz ! bendito sea ! 

De Ines, que ignoraba la partida de Alfredo y que solo 
Magdalena podría habérselo dicho, solo dirémos que des- 
de el instante quevió al anciano Martin en el Hospital 
se sintió presa de una estraña tristeza, que apesar de 
haberla ella descifrado para sí propia, bajo mil caracteres 
diferentes, entre ellos la muerte de su padre, la desgra- 
cia de su hermano: la maldad de Angel, etc.; sentía que 
solo una calificación predominaba en su juicio: califica- 


— 3S2 -*• 


cion que no se atrevía á formular con una palabra, pero 
que estaba saltante en el fondo de su corazón- — Alfredo! 

Mas, heroína muda, pero invencible, tenia en su vo- 
luntad arbitrios de defensa inmensos, contra aquella po- 
testad ofensiva a la dignidad de madre y esposa; y en 
lucha perpétua, veia desaparecer las horas tinas tras 
otras, armada de cuanto el sacrificio puede -ofrecer al ser 
para combatir, sino para triunfar, de la tentación de un 
deseo ó de un sentimiento. 

Las circunstancias favorecían aquel estado triste de su 
espíritu para todos los que la observaban y sobre todo 
para su marido, el cual parecía un poco mas tranquilo. 

A los tres dias de estos acontecimientos, entró Lemai- 
tre ú la casa paterna de Inés que venia de traer noticias 
de Antonio á Doña María y ¡i J uliana, y estas eran de todo 
punto alarmantes: razón por la cual, no se le traía á la 
casa, porque el desencadenamiento de la fiebre, le hacia 
intratable en aquel sitio mismo. 

Un momento después de estar allí, y de haber queda- 
do de acuerdo con madre y esposa de la necesidad de 
que permaneciese el enfermo en donde estaba, aunque 
le costó gran trabajo lograrlo, y al despedirse para ir ¡i 
noticiar aquello mismo a Inés, un anciano le detuvo en 
el dintel de la puerta de la calle, con estas atentas 
palabras: 

— Caballero, perdonad; — sois el señor Lemaitre ? 

— Servidor vuestro ? 

— Aceptad la despedida amigable que os envía Alfre- 
do de Riera. 

Y sacó una tarjeta de su cartera, timbrada con el nom- 
bre de Alfredo y estas pocas palabras — “se despide para 
Inglaterra y pide órdenes al Sr. Lemaitre y señora.” 

— Caballero, dijo Lemaitre poniéndose pálido notable- 
mente — Tendré el honor de saber quien sois/ 

— Martin, el amigo de Alfredo, servidor vuestro. 

— Pero él tuvo otro amigo antes que vos. . . . añadió 
como si fuera presa de una reminiscencia su memoria. 


—Sí,— contestó el anciano— Claudio Prado. 

. Lsterdad. \ bien; anadió como sacudiendo sus 
impresiones — me honro de ofreceros mi amistad y mi ca- 
sa: sin duda la habéis equivocado. . . . 

^°; respondió el anciano — fui ¡i la vuestra y no ha- 
llándoos, (plise presentaros la despedida de Alfredo y mi 
respeto personalmente, donde os encontrara. 

Me dejáis obligado, caballero — cuando és la partida? 

— Dent ro de dos dias. 

Se vio pasar como un metéoro, una de osas alegrías que 
iluminan la fisonomía por un momento, pero como si en 
vez de ser la acepción de una esperanza, fuera mas bien 
el parasismo de un bien (pie muero. 

— Entonces, caballero disponed de mí, vos y el señor 
Hiera. Queréis que vamos basta mi casa? 

— Gracias. Ahora quedad con Dios, señor Lemaitre: 
la paz y la felicidad sean los compañeros de vuestra dig- 
na familia! 

— El misino deseo por mi parte: feliz viaje, caballero. 

Se alejó el anciano. Lemaitre llegó preocupado á su 
casa y encontró íí Inesj que vestida como era de forma, 
de rigoroso luto, se liubia sentado á mirar desde el fon- 
do de su habitación, el mar (pie desde allí se divisaba 
plenamente. 

Lemaitre dijo para sí — Ya la sabía. 

Se acercó á ella que estaba tan distraída que no ie ha- 
bía sentido entrar, y con voz suave, le dijo: 

— Ines: qué miras? 

Ella volvió el rostro y se puso encarnada como si hu- 
biera visto sorprendido el secreto de su alma, y respon- 
dió: 

— Miraba el mar tan triste, y pensaba en la suerte de 
los desgraciados. 

— Apropósito: sabes que se ausenta Alfredo de Riera 
y su amigo Martin ? 

— Sí. . . .? preguntó con ese tono desvaido que nada 
significa al parecer y que sin embargo, todo lo revela. 


— 3S4 — 


— .s¡! repitió Lemaitre: eh ahí la despedida que me ha 
cu negado en mano propia, Martin, 

Inés miró sin ver:su cabeza se hizo cómplice de la sen- 
sación de su corazón ú tal punto, que sin el tremendo es- 
fuerzo de una voluntad como la suya, hubiera prorumpido 
en gritos de desesperación: pero la cabeza invadida así por 
el vértigo de un dolor supremo, pudo presentar inmóvil 
todavía, la careta sobre aquel rostro, y aunque el marido 
dijo para sí: „ Sufre!” no tuvo el derecho de decírselo á 
ella: de pensar (pie podía hacerla un reproche: de creér 
que aquella mujer era infiel al esposo, cuando su alma 
solamente volaba al través del misterio, fuera del recinto 
nupcial; cuando no tomaba parte la materia en esa emi- 
gración silenciosa, inofensiva y puramente moral. 

Un hombre sensible hubiera creido que le llegaba en 
esto, su hora de sufrir mas completa: y es justo decirlo, 
Lemaitre lo sintió porque había llegado á amar doble- 
mente á Inés, desde que la había valorado, desde que 
había comprendido la ostensión de sus virtudes ! 

A los dos dias una mujer vestida de negro, estaba re- 
costada en un pilar solitario de un muelle que daba al 
mar en faz completamente, en la hora en que un vapor á 
larga distancia ya, se veia en lontananza como una nube 
blanquecina perdida en el horizonte. 

Era Magdalena que daba desde lejos y con las lágri- 
mas en los ojos un adiós silencioso ú la embarcación que 
llevaba ú Alfredo y ¡i Martin. 

Otra mujer, retirada en su habitación, sola, oraba; — 
era Inés que pedia la bienandanza para los viajeros; y la 
paciencia y la fuerza para sobrellevar la Cruz que carga- 
ba sobre sus débiles hombros, sin poder renegarla iii 
condenarla. 

Entraba su hija en el descuento de ese sacrificio. 


FIN, 


I,a doctrinaria de la filosofía social que esplica los debe- 
res mas ó menos fuertes del destino de una mujer, no 
puede aboliese, por mas dura que ella sea: és necesario 
seguir sus preceptos, sinó con la convicción de su por- 
teccion, por lo menos, con la convicción de la necesidad 
individual como j eneral para las masas. 

Así como á los pueblos, no los ha llegado la hora de 
su emancipación perfecta; así á la mujer no le ha llega- 
do tampoco su hora de compensación, de justos derechos 
reclamados al absurdo réjimen de una desigualdad de 
principios afirmativos para una parte; negativos para la 
otra. 

En este estado, y no siendo cada ser sinó un grano 
de arena, perdido en el inconmensurable occeano de la 
vida de los siglos; haremos muy bien los que hoy vivi- 
mos, en seguir aquella doctrinaria social ya establecida; 
y sin tratar de penetrar los secretos del porvenir, cami- 
nar por la senda en que transita la inmensa porción del 
mundo. 

Inés estaba convencida sin duda de esta triste y seca 
necesidad, y dijo para Dios estas palabras : 

— “El abismo cpie me cerca es el dolor; y el dolor que 
se estrella contra el imposible: en la lucha, y con sus gol- 
pes romperán mi corazón débil. Si yo soñando con las 
quimeras de un mundo inspirado por el deseo del alma, 
acaricio en él iluciones amadas; cuando despierte me 
encontraré doblemente sola, doblemente desgraciada. El 
mundo reál, me parecerá un desierto, y yo habría labra- 
do entonces mi doble desventura sobre la tierra. Si al 
contrario, ecsamino mi ecsistencia de todos los dias, fria 
mecánica y sin ambiciones, mi corazón se yela: mi cabe- 
za se inclina amortiguada de la sombra en que nadan las 
ideas, y. . . .tengo miedo de perder la fé; de desganarme 


— 380 — 


t anto <lo la vida, que me paresca la muerte una neccsi- 

dad— Qué hacer en tal situación V Siento que ahora 

pienso: no quiero pués dejar invadir mi espíritu de la 
influencia de esa potestad que bajo la forma do la deses- 
peración hace el infortunio de casi todos loa seres ! Y 
bien: es necesario meditar ahora, tratar de ver lo que se 
liará después, y consolidar la base de una ecsistcncia 
desorientada de lo que és esperanza ; pero que quiere 
consagrarse al bien. 

Traeré mi madre A mi lado: una. madre y una hija és 
un baluarte contra las profundas tristezas que las hojas 
del otoño de la vida humana, producen al caer. Ellas 
consolarán esas tristezas. 

Magdalena, es una amiga, fiél, intelijente: también 

hará mucho por mí. El resto de las cosas que me 

cercan compondrán la serie de motivos mas ó menos A 
propósito para mi tranquilidad, que estaban mareados en 
el rádio de mi destino. Valorando entóneos mi misión, 
Ja hallaré grande en santos resultados para el porvenir, 
como hoy la hallo grande, solamente en ei tamaño del 
sacrificio, con que me decido á vivir puramente de ella 
y para ella; y algún din, Dios coronará mi pobre y mus- 
tia frente de esas palmas que conquista la paciencia al 
dolor supremo : la fe, al tormento de la duda, y la perse- 
verancia de la madre, á las asechanzas de mi mundo trai- 
dor al periodo virjinal de la vida de una hija, á la cual 
es necesario entregarle intacta la fortuna que obtuve á 
trueque de llevar hasta el fin una cruz — y bien: — sea ! 

Al acabar esta frase, cayó de rodillas delante de aquel 
mismo crucifijo que había recibido tantas veces su plega- 
ria y oró profundamente. En seguida se puso de pié, se 
dirijió á la pequeña caja de ébano que había conservado 
religiosamente, estrajo de ella, una carta y un retrato 
ambas cosas pertenecían á Claudio Prado — y arrodillán - 
dose nuevamente ante la sagrada imajen de Dios, dijo: 

— En el altar venerado de tu fé, Dios mió ! depongo 
estas dos prendas del primer cariño de mi vida: del cari- 
ño romanesco y puro, que empieza y acaba cu la imajiua- 


— n$7 — 


non do la mujer, sin otra esplicncion que la que se pue- 
de ciar a un divino sueño, oreado en una hora libre y fe- 
liz de lavida. \ o he guardado fielmente estas dos oren- 
as, hasta hoy: hasta hoy en que debo de empezar para 
nu, una nueva era de sacrificios distintos, fijos, invaria- 
bles; ya pues no deben de estar en mis manos, ni deben 
de pasar ;i ningunas otras: por esto, tomándote ob, Dios! 
por testigo y juez do mi situación, te entrego átí uniea- 
mente, esto deposito que he guardado tan secretamente! 

ahi la ofrenda que poro! porvenir de mi hita te ofres- 
co Dios mió ! 

Y diciendo esto, dividió aquel papel con mano fija 
aunque suave; hizo lo mismo con el marfil donde estaba 
la imájen del hombro de sus Unciones de adolescente 1 , y 
sobre una lámpara de alabastro, que ardi a constantemen- 
te al pió del crucifijo, hizo desaparecer aquellos vCWijtos 
de la edad encantada de la vida. 

Adiós! — dijo cuando e! último resto hecho cenizas, 
so desprendía mustio y sin calor acia el suelo: — como 
vosotros so volverá esto pecho que guarda un corazón 
hoy muerto! Cenizas gran Dios! Cenizas! — eselamó 
como si quisiera acometerle la desesperación de la duda; 
pero súbitamente, pareció que su alma se halda alum- 
brado do uno de esos rayos invisibles de divina (e, \ 
replicándose á si propia añadió: 

— Cenizas para la materia; mas el alma es de Dios’ — 
Ahora ya estoy preparada — añadid con un tono de sere- 
na tristeza que hacia mal: — ose otro hombro, ese Alfre- 
do será el único que permanecerá como lafigum do 

la resignación, al través del tiempo y do mis dolores, 
porque él es el peden! ál Robre el cual se ha labrado mi 
nueva vida y és necesario recordar - su memoria do- 

lante del mundo, de mi hija para que, algún «lia respete 
y ame esa memoria, como lu «le Magduhína. Foro nada 

mas. Tal se lo dijo á Martin al venir á anunciarme su 

partida llorando y «pío todos ignoran qun he visto al an- 
ciano; tul se lo digo á Dios desdo ahora ! 

Anadia, como si algún poder involuntario la incitara 




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3SS 


íl no alejar aquel recuerdo peligroso de su memoria — 
Nada mas ! Los destinos traicionados — dijo con un acen- 
to intimo como el de un ser que mide su pérdida sin 
esperar ya nada — acaban como han empezado — con una 
tumba , y después de haber llevado la cruz del infortunio 
por toda su vida! — Complace el mió! — Ahi esté Dios! 
Olvido, silencio, y sacrificio! 

Después de ese momento la esposa y madre no se des- 
mintió un momento, por mas que el vaso del dolor, re- 
bósara en su alma: trajo á su madre á vivir con ella: y íi 
los dos meses ó tres, murió Antonio en el hospital, y su 
mujer se redujo á vivir en una antigua casa do su familia. 

De Anjel, se supo que había llegado á Marsella des- 
pués de un naufragio horroroso donde perdió todo cuanto 
llevaba; por consiguiente estaba .1 esa fecha en la miseria. 

Nadie le tendió una mano, y su madre ignoró siempre 
como Inés, el destino de aquel malvado, que solo Lemai- 
íre conocía y saboreaba en su venganza. Magdalena tra- 
bajaba y propendía al bien de Inés y su familia, habien- 
do conquistado la amistad de Lcmaitre. 

En cuanto á Alfredo 

El tiempo nos dará ocasión de ocuparnos de él algún dia. 
Baste por ahora, dejar á Inés libre de sus enemigos, al 
lado de su hija, de su marido y de su madre: triste pero 
resignada: solado corazón pero acompañada material- 
mente: sonriendo al mundo sobre su sudario, y ofrecién- 
dole á Dios hora por hora de su vida, el testimonio de su 
fé y á su hija el sacrificio entero de su corazón. 

— Careta obligatoria que se incrusta en el rostro de la 
mujer social! Si una mano arbitraria ó compasiva, te ar- 
rancóla de ese sitio, cuant os secretos revela l ian los sur- 
cos de las lágrimas diarias, estampados en el verdadero 
rostro; cuanto odio; cuantos pesares eternos; cuántos sue- 
ños desvanecidos! 

Mas, para qué? Inés como todas, llevará la careta hasta 

a sus endebles bra-